Servio Acilio Saturnino

por Juan Ramón González Ortiz


Mi nombre es Servio Acilio Saturnino. He nacido en Roma, La Ciudad, y, aunque os parezca mentira, vi la primera luz del día bajo los pórticos del Templo de Castor y Polux. Tal vez os interese saber por qué, en el otoño de mi vida, he decidido acercarme a la lejana Armenia desafiando mares, ríos, montes y caminos asesinos sólo por regar un cerezo.

Tal vez queráis saber el porqué. Si es así escuchadme un momento.
Cuando conocí a Formia hacía ya muchos años que el Esquilino, mi barrio, asombraba a las gentes con sus templos y edificios. Pero todo ha pasado ya: los jardines de Mecenas, el templo de Mitra, … Todo ha caído, oxidado, corroído por la inexorable lepra de los años. Cuando conocí a Formia llevaba ya varios años guerreando en la última frontera del Imperio, en el Oriente. Más allá de Antioquia, en una tierra sola y tristísima. Allí el único César era el viento, el viento helado y agresivo. Nuestros enemigos eran crueles y resistentes. Los he visto agazaparse entre los espinos, adheridos a las rocas como musgos o líquenes, permanentemente insomnes y acuclillados bajo el viento enloquecido, sin comer ni beber mientras nosotros desfallecíamos de terror. Valeriano César fue hecho prisionero; posteriormente supe que lo despellejaron y que ese cuerpo, lleno de paja, se exhibe no lejos de Ctesifonte.

Cuando conocí a Formia hacía varios días que huía a través de la lluvia negra, perdido y desorientado, cubierto de vendajes y con mis armas rotas. Caen los recuerdos sobre mí como el granizo sobre los campos sacudiéndome como una espiga que no puede resistir por más tiempo los golpes del hielo. Me pesa el ayer como una insoportable carga y de mis ojos fluyen algunas lágrimas saladas.

He parado en una miserable posada. Desganado y vacío, me han servido una grasienta sopa que he despreciado y he mandado que me traigan una jarra de ese repugnante vino que hacen los escitas fermentando vísceras de ave. Ya lo bebí en mi juventud cuando estuve en el Danubio combatiendo a los sármatas.

Conocí a Estatilia cuando vendía sus ciruelas en el mercado de Trajano. A la caída de la tarde, nos sentábamos en las escalinatas del Templo de Castor y Polux a componer poemas. Una mañana, de golpe, me vi envuelto en una reyerta en una tabernucha frecuentada por gladiadores, lanistas, venatores y otras gentes de mal vivir y buen beber. Cuando recobré el conocimiento un muerto yacía junto a mí. Huí. Y no pude despedirme de ella. Aquella tarde teníamos que continuar una poesía que iniciamos el día anterior. Aún conservo el escrito inacabado, sólo son dos palabras: “ Aestus erat…“, “Hacía calor” ¡ Sí !, ¡ hacía calor, ardía la piel, y era una interminable tarde de verano, y todas las formas temblaban hinchadas por el aliento ardiente de la siesta !

Después vino mi vida de soldado. Y ahora me encamino al país de los narcisos y las adormideras para acostarme allí definitivamente.
He vivido con Formia dieciocho años. Nunca nos dijimos una palabra: ella no podía hablar. Alguien le quemó la lengua con un hierro candente. Jamás aprendió el latín ni yo su incomprensible idioma. El muñón torcido y arrugado en su boca ape¬nas podía moverse. Adhería la lengua al paladar y la despegaba súbitamente produciendo unos chasquidos semejantes al canto de unas extrañas gallináceas que vi en el interior de Egipto. Sus ojos rasgados hablaban de lejanas tribus cuyos nombres yo jamás conoceré. Se veía claramente que había sido botín de guerra. Al principio nuestra unión era bárbara y bestial. Yo la usaba para casi todo lo que quería y ella asentía con la brutal sumisión de quien ha sido esclavo en cientos de países y en miles de familias. Por fin la fui amando tiernamente, aunque este amor me humillaba sobremanera.

Llegado a este punto envidio a los árboles del campo porque sólo los conmueve el sol y el rocío, nada más. También a mí me gustaría encontrar la tranquilidad de ser árbol y enorgullecerme de vivir cientos de años sobre la tierra indiferente.

Ahora sólo atesoro dos joyas. Un trocito desvencijado de papiro con dos palabras escritas y un árbol, que ni siquiera es mío porque pertenece a la tierra, y hacia el cual me dirijo.

Y ya he abandonado los límites del Imperio …

Cuando Formia vio conmigo aquel eclipse señalaba su sombra y la mía proyectadas y enlazadas en el resplandor de la hoguera. Y, acaso, me decía que nuestras vidas son como sombras que reptan en el eclipse de la noche, o que el eclipse de la vanidad ciega nuestros ojos y nuestras personas no son sino desconocidas sombras polvorientas.

El día antes de marcharse consultó a sus dioses. Tenía un rudimentario altarcillo de madera donde había colocado una bola de cristal con dos alas de arcilla roja. Allí depositaba sus rústicas ofrendas: agua, flores y frutas. Yo, a veces, también dejaba las mías. Creo que se consagró a sus dioses infernales pues la vi lacerarse en las mejillas hasta que la sangre manó abundante y limpia. Finalmente, se vistió con un lienzo blanco, sin una sola costura. Sentía que algo iba a pasar. Amanecía cuando me dormí. Por no despertarme, no se despidió de mí, ni siquiera quiso rozarme, ¡tanta era su delicadeza! Y yo tampoco pude despedirme de ella. Al atardecer (siempre al atardecer) salí a buscarla. Nada. Ni rastro de ella. ¡Se la tragó el viento helado! Enterré sus cosas al pie de aquel inmemorial cerezo. Lo cubrí todo con la plateada mano de Marte que llevaba conmigo desde los tiempos en que estuve en la X legión. Y lo demás lo abandoné al polvo de la llanura que todo lo roe con sus mandíbulas de vértigo. Volví a mi patria. Ahora sólo quiero verter agua fresca sobre aquel cerezo a ver si con el agua nueva florecen frutos diferentes y las raíces, absorbiendo el zumo de sus posesiones y mezclándolas en su interior, me devuelven, aunque sea a partes, que yo las sabré juntar, una larga mirada al rostro de la Formia mía.

¡Sí, hacía calor, y el aire hervía, y todo crujía, y era la hora de la siesta, y el cielo incandescente entraba en fusión, y todo eran presagios… ! Ahora sigue tú el poema.

Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

 

 

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