Una
historia de Galeno
Juan
Ramón González Ortiz

Claudio Galeno
segundo padre de la medicina, tras Hipócrates, el divino, padre
de todas las medicinas, era un animal de costumbres.
Tenía un complicadísimo calendario de horas y actividades
que seguía inflexiblemente. Según cual fuera la estación
del año, primavera, verano, otoño o invierno, se despertaba
a determinada hora, comía a determinada hora, descansaba o
estudiaba a determinada hora y se acostaba a determinada hora. También
mandaba que las verduras se las cortasen de determinada manera, pues
no todas se pueden trinchar de igual forma. En otoño, y en
primavera, a la misma hora de la tarde, venía a sentarse conmigo
en las escalinatas del templo de Saturno. Así le conocí
y así le estuve tratando durante varios años. De su
boca supe muchas cosas sobre su propia vida y sobre la vida del emperador
Marco Aurelio, cuya salud tuvo en sus manos. También supe cantidad
de cosas sobre tratamientos, remedios y alexifármacos. Por
ejemplo, Galeno me confesó que solo llegó a la verdadera
comprensión de la fisiología humana cuando, unos médicos
egipcios, en los oscuros y misteriosos túneles de la Gran Pirámide,
le proyectaron fuera de su cuerpo su propia conciencia para que así
pudiese ver funcionando mecánicamente su organismo, al margen
de la consciencia del alma. Él me dijo que quien no ha tenido
esta experiencia no tiene ni idea de cómo se gobierna el cuerpo
físico. Uno de sus inventos fue sondar a los enfermos con delgadas
cañas de plantas para extraer las secreciones y los humores
del interior de sus cavidades aspirando cuidadosamente con la boca,
así, por ejemplo, extraía el sedimento que se había
formado sobre el cristalino recuperando éste casi toda su transparencia
y aligerando al enfermo de la dolencia de las cataratas. Un día
Galeno me contó esta increíble historia. Escuchad bien.
El emperador Marco Aurelio había acabado su campaña
contra los sármatas y volvió triunfante a Roma. En las
afueras de la ciudad, junto a la Puerta Salaria, habían organizado
una pública subasta con todos los bienes, esclavos y tesoros
que se trajeron de esa campaña militar. Toda Roma había
acudido a pujar. El emperador y su familia contemplaban la subasta
desde lo alto de un tablado que a tal efecto habían levantado
para él y los suyos. Su médico estaba con él.
Ambos hablaban entre sí en griego. De hecho Galeno no gustaba
de hablar latín y hay quien dice que nunca lo llegó
a hablar bien. Odiaban estos espectáculos, sobre todo las peleas
de gladiadores, motivo por el cual la gente decía que Galeno
era afeminado. Marco Aurelio, que era más filósofo que
emperador, bostezaba manifiestamente aburrido. Cuando ya iba a acabar
la subasta y se había ofrecido el último bien, la hija
mayor del emperador se adelantó ante todo el pueblo de Roma.
Irguiéndose en el escenario, gritó:"¡Alto!,
¡la subasta no ha terminado! ¡Yo misma estoy en venta!"
Y diciendo esto se quitó sus ropajes quedándose desnuda
ante todos. Se hizo un silencio atroz. No se escuchaba ni una respiración.
Hasta las nubes habían dejado de perseguirse. Toda Roma contuvo
el aliento. Pasaron los minutos,... De golpe, se escuchó una
voz, de alguien que no era latino. Todos volvieron la cabeza. Era
un celta gigantesco, de ojos inexpresivos e inmóviles, como
de pez. Su rostro era seco y duro, como la piedra. Se limitó
a decir, "Ofrezco esta moneda de cobre". Nadie más
pujó. El celta dijo, "Es mía". Y adelantándose
entre la multitud que, aterrorizada, se apartaba llegó hasta
el andamio donde estaba la familia imperial. Retrepándose sobre
el tablado, sacó de dentro de sus vestiduras una cadenita que
ciñó en el cuello de la mujer. En silencio, sin decir
nadie nada, se perdieron ambos en la tarde, como de arcilla, cálida
y rosa del verano.
Juan
Ramón González Ortiz