Decimo Albino Lentulus

Juan Ramón González Ortiz

revista nivel 2

 

De la película Gladiator


Decimo Albino Lentulus llegó por fin a su casa, una vez acabado el trabajo en el campo. Era una de las últimas tardes de verano. El otoño avanzaba ya conquistando la Naturaleza. Los árboles, antaño fragantes y espumosos, eran ahora surtidores de hojas amarillas, naranjas, marrones. En aquella hora solemne de la tarde todo era quietud y paz. Ya no quedaba nada del calor agresivo del verano. Una suavidad tibia y relajante vibraba en los aires. La tarde era la apoteosis de la frescura y del silencio. Decimo entró en su destartalada y vieja casa. Se lavó la cara, los brazos y el tronco con agua helada. ¡Qué entusiasmo sentía en la melancolía dorada y rosa del atardecer! Un anhelo salvaje, infantil le iba hinchando el corazón. Se sentó en los peldaños de madera, a la entrada de su casa.

No sabía qué le pasaba. Nunca se había encontrado así, temblando de emoción.

Le pareció que el rumor de las ramas musitantes era superior a cualquiera de las melodías que hacen los seres humanos. Decimo se sentía feliz. Había acabado por fin el trabajo veraniego. No tenía otra cosa que hacer que contemplar la naturaleza, tan bella, tan inmóvil y tan trepidante.

Fue a buscar algo de comer. Se sirvió en una bandeja de madera vino, pan candeal, ciruelas secas y unas cuantas nueces. Era suficiente. No le hacía falta nada más. ¡La delicia de los alimentos sencillos...! El bosque se iba adormilando acariciado por la brisa lánguida y fresca del otoño, que olía tan suavemente a helechos y hongos.

El cielo se teñía del color de la plata. La maleza, el lago violeta, las peñas lejanas brillaban como joyas, con sus pinceadas tan vivas, verdes, blancas, azules, naranjas y amarillas. Decimo se recostó contra la puerta de su casa.

Cerró los ojos y se contempló a sí mismo cuando era un inocente y sencillo niño, en la ciudad de Roma. Se saltaba las clases de gramática para ir a los ludus matutinus a ver los entrenamientos de un gladiador que, entonces, estaba de moda y que se hacía llamar Homicida. ¿Dónde estás tú ahora, gladiador? Una sombra sin corazas te ha derrotado, ¿verdad? ¿Acaso no sabías que no se puede luchar contra la afilada guadaña?

Después Decimo revivió su paso por el Ejército. Recordó sus años en la pestilente Escitia, combatiendo a aquellos bárbaros que fabricaban un repugnante vino fermentando vísceras de ave. Se sintió en paz con todos, amigos y enemigos, y también consigo mismo, pues durante muchos años no había hecho sino atormentarse por el pasado.

Algunas hojas cayeron junto a sus pies. Pensó que también del árbol de su vida iban cayendo las hojas, y que algún día gemiría el viento del invierno sobre su árbol definitivamente marchito. Pero ahora mismo no le importaba: ¡qué indeciblemente bello le parecía último cuarto de hora del día! "Qué rauda se pasa la vida", pensó. "El verano ya se ha consumido, dentro de poco las mañanas llenas de rocío me harán tiritar. Después el fantasma del invierno nos helará, y los lobos vendrán a aullar a mi puerta. Pero de nuevo la carne regresará a los huesos, y, clara, opulenta y rosa, la primavera vendrá. Vivir es llegar, y morir irse. Oh, mundo, cómo sacias y cómo agotas. Todo anhela morir porque todo es inmortal. También yo me iré a brillar como una estrella. Hermoso cielo, hermoso bosque, hermoso universo, ¿desde dónde, hombre de jade, haces sonar tu flauta?"

Apenas hubo dicho esto, Decimo escuchó en la lejanía una bellísima melodía. Era una música que él recordaba haber oído, ¿cuándo?, ¿dónde? Era una melodía dulce, muy sencilla, fresca y dorada que volaba sobre el silencio azul del cielo. Decimo quiso investigar de dónde venía. En el momento de ponerse en pie sintió un tirón y el ruido de un desgarro y pensó, "Vaya, por Júpiter, ya me he enganchado la túnica con un clavo". Frente a su cabaña se volvió y,... vio su cuerpo, sentando, con la cabeza gacha. Entonces comprendió que había muerto.

Decidió ir hacia la música, hacia las alturas, hacia adelante...

Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

 

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