Cuando
el sueño afecta tu día a día
Antonio Callén Mora

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Puedo afirmar que, sin duda
alguna, la gran mayoría de personas en edad adulta ha leído
algún artículo o libro, o bien ha asistido a alguna
charla en la que se hace hincapié en la importancia de dormir
bien de cara a mantener un buen estado de salud. Quien más
y quien menos ha recibido mensajes machacones sobre la importancia
de dormir al menos 78 h para encontrarse bien. Eso es la teoría,
obviamente. En contraste, a la mayoría de la gente joven estas
recomendaciones se las traen al pairo. Cuando uno es estudiante o
incluso en ciertos trabajos, se permite ciertas licencias. Los fines
de semana, en lugar de recuperar sueño, las trasnochadas
todavía agravan más el problema. Sin duda, ello contribuye
enormemente a que los lunes sean tan odiosos para algunos. Digamos
que es la chispa de la vida. Está muy extendida la creencia
de que “quien duerme no vive”. Sin embargo, luego, a partir de cierta
edad, los excesos se pagan. Por no hablar de aquellos casos en que
la falta de sueño se convierte en un problema crónico
que amenaza gravemente la salud y el bienestar emocional. De ello
va este artículo, en el que quiero relatar algunas experiencias
personales al respecto que puede ser interesante compartir.
Una infancia y juventud atípicas
Si bien el grueso de este artículo no se va a centrar en mí,
sino en mi pareja, no quiero desaprovechar la ocasión para
relatar aspectos de mi vida relevantes con respecto al sueño.
En efecto, recuerdo que en mi infancia padecí sonambulismo,
de la cual guardo recuerdos dignos de un relato, aparte de por su
curiosidad. Por otra parte, desde siempre, incluso de chaval, he tenido
una necesidad imperiosa de dormir después de comer. Yo creo
que, si no hubiese estado inventada, la siesta la hubiese inventado
yo.

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De hecho,
tengo testimonios gráficos de mis siestas, al quedarme dormido
sentado, el primero de los cuales data de cuando yo tenía menos
de diez años. Por aquel entonces, no había trasnochado
ni recuerdo que hubiese dormido mal. Para tener una idea de en qué
medida afectaba mi vida la falta de control del sueño, recuerdo
episodios de quedarme dormido a las diez o las once de la noche tomando
una copa en verano, en una terraza, con amigos o familiares, después
de cenar. Era algo superior a mis fuerzas y parece que se ha corregido
con los años, tras la jubilación y el cambio de ritmo
de vida.
Para acabar con este apartado diré que quizá mi fisiología
y necesidad de sueño han sido responsables de que prefiriese
dormir a trasnochar, incluso en fiestas.Reconozco
que he sido atípico en ese sentido y no me importa que se me
tilde de aburrido. Recuerdo que, en plenas fiestas del pueblo, en
septiembre, siempre había alguna tarea en el campo que realizar.
Mi padre avisaba: “mañana habrá que madrugar para recoger
la simiente de alfalfa” (¡un clásico en esa época!).
Pues bien, si alguno de mis amigos hubiese ido a esa tarea sin dormir,
yo nunca me atreví. Era una labor muy dura para mí como
para permitirme el lujo de no dormir al menos cuatro o cinco horas.
Menos mal que mi novia era muy comprensiva al respecto. Sí,
en efecto, a los 16-18 años ya salía con la chica con
la que me casé. En mi época de estudiante, fui muy coherente
con mi fisiología y nunca estudiaba de noche.

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Recuerdo
que, como escuchaba las aventuras de mis colegas pegándose
el atracón de estudio durante las noches anteriores al examen,
tomando centraminas (anfetaminas) o Coca Cola, una noche hice la prueba
para ver si podía resistir pasar toda la noche estudiando con
la ayuda de café y Coca Cola. Afortunadamente, el examen no
era al día siguiente. Sin embargo, cumplí mi reto. Ahora
bien, he de reconocer que, según recuerdo, esa noche no fue
muy productiva desde el punto de vista de mejorar mis rendimientos
de cara al examen. Ahí lo dejo.

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En plena madurez
Voy a resumir esta etapa en unos pocos flashes. En más de una
ocasión, he tenido que luchar denodadamente frente al sueño
conduciendo. De hecho, estoy vivo de milagro, por haber sido imprudente
en alguno de mis múltiples viajes laborales. Afortunadamente,
yo tuve más de una oportunidad. Como es lógico, intentaba
no viajar de noche. De hecho, aún lo evito, pues mi condición
de miope agravaba mi problema al ya comentado de cansancio y somnolencia.
En la época en que iba todas las semanas a Barcelona desde
Zaragoza, prácticamente ya era un hábito parar en un
área de servicio, en verano, cuando la conducción por
la autopista tras la jornada de trabajo y conduciendo hacia el oeste,
cara al sol, me provocaba una somnolencia irresistible. Con 810 minutos
durmiendo en el coche, podía retomar el camino sin riesgos.
En contraste con mi infancia, no recuerdo haber sufrido ningún
episodio de sonambulismo a partir de los digamos quince años.
No obstante, quiero dejar constancia de un episodio que sufrí
un par de veces, cuando tenía poco más de treinta años,
y que fue muy traumático. En efecto, recuerdo que un día
del fin de semana, en plena siesta, empecé a despertarme. Noté
con una angustia creciente que, al contrario de lo que me sucede habitualmente,
era incapaz de mover mis músculos. Es decir, estaba como paralizado.
Mi cuerpo no me respondía. Ni que decir tiene que ello me provocó
una angustia creciente que, en absoluto, contribuía a mejorar
mi situación. Mi cabeza parecía despejada; pero las
instrucciones de mi cerebro no funcionaban.

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Pensé
que, pidiendo ayuda, al moverme o estimularme mi mujer o mis hijos,
podría recuperar la normalidad. Sin embargo, tampoco era capaz
de articular una sola palabra. Al principio, pensé en lo peor;
es decir, que podría haberme quedado paralítico. Sin
embargo, no había razón alguna para ello. Por un instinto
de supervivencia, posiblemente, intenté relajarme y me centré
en posibles cambios en mi situación. Sabía que la ansiedad
no iba a ayudarme y me di tiempo buscando calmarme. Afortunadamente,
un poco tiempo después, que se me hizo eterno, noté
que empezaba a recuperar progresivamente la movilidad voluntaria de
mis músculos. Mis averiguaciones posteriores me llevaron a
la conclusión de que había sufrido un episodio de la
llamada parálisis del sueño. Este es un fenómeno
bien descrito que no tiene mayores consecuencias; pero yo entonces
lo desconocía. Ni que decir tiene que me volvió a pasar
otra vez, poco tiempo después; pero esta vez reaccioné
mucho mejor pues ya sabía de qué se trataba. Hace ya
casi cuarenta años de esto y no recuerdo haber vuelto a experimentar
ese problema, afortunadamente.

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Fuera del estrés del trabajo, realizando el Camino de Santiago,
dormía casi cada noche en los albergues, en literas. Se trataba
de dormitorios comunes en los que había mucho ajetreo. Las
caminatas eran largas de día, lo que auguraba un sueño
profundo durante la noche. Sin embargo, era frecuente que a medianoche
me despertase por tener que ir al servicio. A la vuelta, a menudo,
no conciliaba el sueño. Al principio, temí que el no
dormir me afectaría en la etapa del día siguiente. Para
mi sorpresa, no era así. De hecho, creo que, aunque no llegaba
a dormir profundamente, pasaba por fases de duermevela que me resultaban
reparadoras. De modo que le perdí miedo a la sensación
de haber dormido tan solo cinco o seis horas. En honor a la verdad,
he de reconocer que siempre he sido afortunado de caer en brazos de
Morfeo muy poco después de acostarme. A ello ha contribuido,
notablemente, mi disciplina a la hora de respetar ciertos hábitos
correctos por la noche.
La otra cara de la moneda
Una vez descrito mi perfil respecto del sueño, y como contraste,
voy a entrar a describir el conjunto de sucesos que me han motivado
a escribir este relato. A mis cuarenta y cinco años enviudé
de mi primera esposa y siete años después conocí
a la que hoy es mi mujer. Ella siempre se ha sorprendido de mi facilidad
para conciliar el sueño, lo cual contrasta con su patrón
de este fenómeno fisiológico. En efecto, ella no solo
tarda mucho más en quedarse dormida, sino que parece tiene
un sueño mucho más superficial. Yo suelo caer en un
sueño profundo y no me entero de nada hasta que han transcurrido
al menos 4 o 5 horas durmiendo. Por otra parte, si yo tengo facilidad
para dormir la siesta, ella raramente aprovecha el período
postpandrial para dormir. Recuerdo que, desde poco después
de conocernos, cuando ella tenía que madrugar mucho por su
trabajo incluso algún fin de semana, me empezó a insistir
en que no tenía problema en acostarse tarde y dormir pocas
horas.
Lo único que me pedía era que no le dijese a qué
hora nos acostábamos. Para funcionar bien, no quería
saber cuántas horas había dormido. Supongo que era una
táctica para “engañar a su cerebro”. Así hemos
pasado varios años y todo parecía trascurrir con normalidad.
De hecho, podemos decir que ambos tenemos un perfil de alondras (madrugadores),
en contraposición con los búhos (trasnochadores) lo
cual facilita nuestra convivencia y estilo de vida. Sin embargo, un
día se puso de manifiesto un fenómeno que llevaba tiempo
gestándose.
Un problema preocupante
Yo nunca he tenido problema para dormir con la persiana levantada,
de hecho, aprovechaba la luz matinal para despertarme progresivamente.
Por el contrario, mi mujer necesita que esté la habitación
totalmente a oscuras para conciliar el sueño y para no despertarse
fácilmente durante la noche. Hasta ahí, sin problemas,
pues yo puedo dormir fácilmente en la oscuridad. Sin embargo,
en verano empezó a manifestar, en repetidas ocasiones, unos
síntomas extraños. En efecto, recuerdo un día
que salimos de excursión con unos primos en nuestro coche y
ella, que iba de copiloto, empezó a sentirse mareada, de hecho,
vomitó. No sólo eso, sino que además tenía
un bajón terrible, se quedó como sin fuerzas. Tenía
somnolencia y astenia. Pensaba que podía tener la tensión
muy baja. Había que ayudarle para todo. De hecho, estábamos
visitando el cañón de Añisclo y ella renunció
a bajar del coche para disfrutar de los distintos recodos del paisaje.
Estaba francamente desganada y sin ánimo. No era la primera
vez que le pasaba algo así. Ya habíamos comprobado que,
si bien tiene tendencia a la baja tensión arterial, éste
no era el problema. Por entonces, llegamos a achacar el problema al
calor. Algo que luego descartamos. Como ella ya había padecido
episodios de este tipo antes de conocernos la única solución
o paliativo que aplicábamos era que tomar una Coca Cola le
ayudaba a nivelarse. Y así lo hicimos, en Nerín. Lo
cual, tras un rato sentada en una terraza al aire libre logró
que recuperase, hasta cierto punto, la normalidad y pudiésemos
acabar bien el día. Sin embargo, el problema era recurrente,
ella caía en una dependencia total y hubo ocasiones en que
yo, como conductor, viajando solo con ella y con nuestra mascota,
si sobrevenía la necesidad de atender a esta última,
me vi inmerso en situaciones comprometidas. En efecto, esto nos pasó,
por ejemplo, circulando por una carretera estrecha por la Selva de
Irati. La perrita entró en una urgencia fisiológica
y yo no alcanzaba a atender todas las demandas que me generó
la situación. En definitiva, había que buscar una solución.
En búsqueda de ayuda
Yo soy muy aficionado a las neurociencias, lo que hace que disponga
de y haya leído algunos libros que hacen referencia al sueño,
sus fases, la higiene del mismo e incluso una breve alusión
a trastornos del sueño.

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En cierta ocasión, tuve la oportunidad de asistir a una charla
sobre este tema que se impartió en mi ciudad en la que tuve
conocimiento de la existencia de una asociación nacional para
afectados de narcolepsia, llamada ASENARCO
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Así que, al estar la sede en Aragón, nos pusimos en
contacto con ellos. Nos atendieron muy cordialmente; pero para asociarse
y disfrutar de sus servicios médicos especializados, el requisito
fundamental era estar diagnosticado como paciente de narcolepsia.
Como no era el caso de mi señora, tuvimos que buscar otra alternativa.
En un segundo intento, con objeto de que la sometieran a una prueba
del sueño, acudimos a una neuróloga en consulta privada.
A esta especialista no le encajó nuestro relato y su trato
se podría calificar de hasta despectivo. Fueron un par de consultas
muy desagradables. Sin embargo, para nuestra sorpresa, en vez de prescribirnos
la prueba citada, como habíamos hablado algo de ronquidos,
ella lo enfocó como un caso de apnea del sueño y nos
mandó a consulta de un neumólogo. A veces, donde menos
lo esperas salta la liebre. En efecto, toda la prepotencia e incomprensión
de la neuróloga se tornaron en delicadeza, apertura de mente,
empatía y gran profesionalidad en el especialista en pulmón.
A nuestro relato reaccionó diciendo que, en efecto, habría
que hacer una prueba del sueño; pero aún fue más
lejos, indicando que, dada la peculiaridad del caso, quizás
habría que realizar una prueba complementaria a la anterior.
Lo cual, obviamente, lo dejaba en manos del especialista. Para este
señor, resultaba incomprensible, como para nosotros, que la
neuróloga no hubiese admitido el problema como un caso de su
especialidad. Ni que decir tiene que le pedimos que nos aconsejara
otro especialista en neurología. Así lo hizo y nuestra
experiencia fue radicalmente diferente.
De hecho, la segunda neuróloga consultada nos pautó
la realización de las correspondientes pruebas de sueño,
lo cual nos llevó a manos del especialista en estos temas.
Los resultados de las pruebas, una de noche y la otra durante 24 h,
no fueron concluyentes en el sentido de poder poner un nombre o etiqueta
al problema de mi señora; pero indicaron que había alteraciones
del sueño y había que trabajar en este sentido, cuando
menos abordando todo el tema de medidas de higiene del sueño.
Un gran paso, sin duda.
Quiero hacer algunas aclaraciones antes de seguir. En nuestras reflexiones
y discusiones internas sobre el tema, se pusieron sobre la mesa dos
temas que pueden ser importantes. En efecto, mi mujer, si bien lleva
en España desde 1999, nació en Colombia ¿Puede
esto tener alguna importancia? Para mí, sin duda.

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Colombia
es un país situado en el ecuador, es decir con una duración
del día y la noche casi constante a lo largo del año
(50/50). Digamos que no hay estaciones propiamente dichas, como es
nuestro caso. En España estamos situados en el hemisferio norte
y entre el solsticio de verano (la noche de San Juan) y el de invierno
(Navidad) experimentamos una gran variación de la relación
entre la duración del día y de la noche. Todo ello tiene
un gran impacto en nuestra cronobiología o ritmo circadiano.
Es decir, nuestros relojes internos se tienen que ajustar al ritmo
de duración del día y la noche. Creo que no es un misterio
para nadie que tenga una cierta edad que los cambios horarios que
se realizan en primavera y en otoño en nuestro entorno alteran
nuestra rutina y provocan trastornos en nuestro ritmo de sueño
y bienestar. Esto varía con las personas y con la época
del año; pero es un hecho contrastado. De ahí, la necesidad
de mi mujer de oscurecer al máximo la habitación.
Por otra parte, como he citado anteriormente, mi señora no
solía dormir siesta ¿A qué se debía esto?
Pues curiosamente, por una de esas casualidades de la vida, ella había
padecido en Colombia algún episodio de parálisis de
sueño. Al contrario que yo, que caigo muy fácil en brazos
de Morfeo ella sistemáticamente renunciaba a sestear después
de las comidas. De modo que, si por la noche no descansaba bien, a
la mañana siguiente podían concurrir las circunstancias
de que su patrón hormonal no le permitiese llevar un ritmo
de vida normal, anulándola.

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La
base neurocientífica
Para hacerlo simple, aún a riesgo de caer en algún error
soportable, diremos que hay dos hormonas determinantes en nuestro
patrón de sueño: la melatonina y el cortisol. Con la
luz del día el nivel de la primera, que es elevado en las horas
de oscuridad, debe descender. Por el contrario, para entrar en actividad,
necesitamos que aumenten nuestros niveles de cortisol (la hormona
del estrés) que durante el sueño son muy bajos. Las
concentraciones fluctuantes de estas hormonas van, por consiguiente,
reguladas por el ritmo de luz. Pero no todo el mundo respondemos igual,
de ahí la intervención de los llamados cronotipos. Es
decir, hay gente de cronotipo matutino, o madrugadores (alondras),
otros de tipo intermedio y finalmente otros vespertinos o trasnochadores
(búhos). Esto explica por qué hay gente que no soporta
madrugar y otros que no nos adaptamos bien a trasnochar. Eso está
en función de la evolución de los niveles de las citadas
hormonas en relación con la presencia o ausencia de luz. De
ahí la importancia de no estimularnos con la pantalla del móvil
antes de acostarnos. ¡Cuántas veces me ha desvelado este
a pesar de mi facilidad de conciliar el sueño! De ahí
que haya decidido evitar al máximo el móvil a partir
de las nueve de la noche. Para aquellos lectores no profesionales
que quieran profundizar en este tema, recomendamos leer el libro de
Darío Acuña (2018) Sueño y vigilia que fue publicado
en la colección Neurociencia & Psicología por El
País.
Un
episodio para no bajar la guardia
Llegados a este punto, hemos visto como, gracias a la ayuda de los
correspondientes especialistas y a nuestras deducciones, supimos que
los brotes de astenia intensa sufridos ocasionalmente por mi mujer
estaban relacionados con su patrón de sueño y no con
el calor o las caídas de tensión arterial. Ahora bien,
los primeros intentos de “prevenir o corregir” el tema por medio de
un tratamiento a base de melatonina no fueron lo satisfactorios que
esperábamos. De cualquier forma, el cambio en los hábitos
de vida logró mejorar, poco a poco, su evolución. De
modo que, desde entonces, tan apenas se han presentado aquellos “brotes
severos” de desgana que la incapacitaban durante horas.

Bogotá
Sin embargo, en el verano de 2025, mi señora tuvo que viajar
a Colombia y permaneció allí desde mediados de junio
hasta principios de agosto. Por circunstancias de la vida, pasó
allá por momentos muy estresantes. El vuelo en avión,
con las complicaciones típicas de este tipo de desplazamientos
intercontinentales, añadió mucha leña al fuego
ya iniciado por un estrés crónico. Quien más
y quien menos, ha sufrido o, al menos, ha oído hablar del jet
lag o el síndrome que sobreviene como consecuencia del desfase
horario al que sometemos a nuestro reloj biológico al hacerlo
pasar por un cambio brusco en la duración del día. Creo
que no es necesario entrar en detalles.

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Pues bien,
los primeros días tras su retorno a casa, mi mujer pasó
por varias noches en las que fue presa del insomnio. Al viaje y el
estrés pasado y reciente, se juntó la situación
de nuestra mascota que padecía una enfermedad crónica
y se encontraba ya en una fase terminal. La situación llegó
a ser desesperante. Como es comprensible, esto alteró nuestra
relación. Mi mujer era una persona extraña para mí,
sus reacciones eran demasiado bruscas, no la entendía. Sin
caer en la astenia, era una persona completamente diferente. Se tornó
más frágil emocionalmente, se irritaba fácilmente
y no encontraba la tranquilidad que debía aportarle la vuelta
a la rutina y a su teórica zona de confort. Como no descansaba
y la situación se volvía insoportable, pensamos en recurrir
de nuevo a solicitar ayuda médica. El problema es que buscar,
en esas circunstancias, el seguimiento de los especialistas consultados
años atrás, se nos antojaba algo poco factible y nada
práctico. La desesperación la llevó a acudir
a su médica de cabecera. Afortunadamente, a pesar de que la
médico titular estaba de vacaciones, algo lógico por
esas fechas, la atendió la médico residente (MIR) con
quien ya había pasado consulta anteriormente y que, por uno
de esos azares de la vida, resulta que es colombiana.
La doctora
enseguida pensó en el mencionado jet lag y le recetó
unas pastillas a base de melatonina. Estas contenían una formulación
doble, con una sal de acción rápida y otra para mantener
un efecto sostenido. Fue mano de santo. Mi mujer empezó a dormir
mejor, se recuperó progresivamente y presentó un cambio
emocional y de comportamiento increíble. Las aguas volvían
a su cauce. Fue algo milagroso. Ni que decir tiene que no fue algo
de la noche a la mañana; pero resultó ser muy efectivo
y el producto pasó a formar parte de nuestro botiquín.
Huelga decir que sólo recurrimos al tratamiento en circunstancias
excepcionales.

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A modo de conclusión
A menudo oímos reiteradamente avisos y recomendaciones sobre
lo importante que es el sueño para nuestra salud. Incluso una
alteración del patrón de sueño puede preceder
a casos de demencia. Ello no es óbice para que hagamos caso
omiso de los consejos que nos dan los expertos, de modo que solo reaccionamos
cuando le vemos los cuernos al toro. Nuestra experiencia, personal
y en el caso de mi pareja, a lo largo de distintas etapas de nuestra
vida, nos ha puesto de manifiesto cuán importante es disfrutar
de un sueño regular. A través de informarnos, pasar
por consultas de especialistas y practicar las pruebas ensayo error
hemos llegado a dar con claves sobre un problema que, sin poder definirlo
con una sola palabra nos ha quitado el sueño. Este problema
no solo ha alterado el bienestar cotidiano y la relación de
pareja, sino que, mucho nos tememos, que sin atenderlo adecuadamente
podría tener graves consecuencias en la salud física
y mental de la persona afectada. De modo que no creemos que haya necesidad
de insistir en la importancia de mantener una higiene de sueño
que nos aporte el descanso y bienestar necesario. En caso de que se
detecte algún problema, hay que buscar la ayuda adecuada sin
demora. A veces, esto puede ser complicado; pero hay gente muy válida
y con ganas de ayudar.
Antonio
Callén Mora