Acerca
de las enseñanzas
de Krishnamurti.
Por Juan Ramón González Ortiz

No he sabido de persona alguna que, al sumergirse en la enseñanza
de Krishnamurti, no se haya sentido alterada o trastornada, o que
tras el impacto de esta doctrina no se plantee la veracidad y la sinceridad
de cualquiera de sus ideaciones, de su vocación o de su destino
en el mundo.El impacto de las palabras de Krishnamurti es profundamente
transformador. No conozco nada tan subversivo ni tan radical.El problema
es que hay que experimentar estas enseñanzas. Hablar de ellas,
sin haberlas experimentado, es meramente un juego mental que no conduce
a nada y que no vale para nada.La verdad es que toda persona medianamente
culta o sensible en el momento de leer a K., recibe la verdad profunda
y renovadora que subyace en el Mensaje de este hombre. Sin embargo,
esas palabras, sus palabras, hay que experimentarlas.
Krishnamurti nos habla de una libertad total, nueva, una libertad
nunca imaginada ni en nuestros sueños más optimistas.
Una libertad de la cual nadie jamás nos habló. Nadie.
Una vida sin fatiga, sin pesadumbre, liberada de cualquier condicionamiento,
una vida entusiasta y gozosa como la de un pájaro en el cielo.
El problema de las enseñanzas de K. no está en K. sino
en las personas que leen a K.
La Verdad es como una montaña: la montaña no se puede
poner a nuestro nivel. Si la Verdad se rebaja a nuestro nivel esta
se vuelve sórdida y vulgar. Esto es lo que han intentado muchas
sectas, gurús y políticos. Y sobre todo los sistemas
educativos. Hay que ir a la búsqueda de esa cima, porque ella
no va a venir a nosotros.
Con esto quiero decir que el Mensaje de K. no podía ser entendido
por todos, por todos aquellos en los que cayó la simiente de
sus palabras. Casi todos los que leemos a K. intentamos acercarnos
a su obra usando nuestra mente intelectual, compleja, sofisticada,
complicada y condicionada. Y eso no puede ser. Precisamente, Krishnamurti
decía que esa es la manera clásica de acceder a algo
mundano o social, pero que eso no funciona en absoluto para alcanzar
la Verdad.
¿Cuántos de los que hablan acerca de las enseñanzas
de Krishnamurti se han acercado a sus palabras con esa necesaria calidad
de mente?
Es más, ¿cuántos en el mundo, da igual que sean
hombres o mujeres, de países avanzados o en vías de
desarrollo, cuántos, poseen una mente tan libre y tan silenciosa
como la que se requiere para captar el Mensaje de K.?
Esas personas son las únicas capaces de entender el Mensaje
de Krishnamurti. Porque, aunque es cierto que K. hablaba para todos,
solo una selectísima minoría pudo continuar con ese
Mensaje.
Krishnamurti nunca dio enseñanzas aparte a discípulos
aparte, su doctrina (si se puede llamar así) nunca tuvo una
parte esotérica. Siempre dijo lo mismo, ante todos.
Es natural que sea así, no todos los seres humanos estamos
en el mismo nivel de percepción espiritual.
En alguna medida, todos los que hemos leído a K. y admitimos
sus enseñanzas participamos en su augusto y majestuoso Mensaje.
Esa participación depende, naturalmente, de la calidad de mente
que tengamos. Como siempre, todo depende de nosotros, y de nuestra
propia medida porque la montaña no puede rebajarse al nivel
humano. Lo importante, antes de meternosen dramáticas charlas
y discusiones intelectuales, es que respondamos con total sinceridad:
¿hemos sido capaces de experimentar el Mensaje de Krishnamurti?
Sí o no.
Experimentar la realidad de un Mensaje así no es una experiencia
personal, una especie de pequeña creencia particular que solo
me sirve a mí para estar por encima de todo y de todos. No.
Experimentar una verdad así es la realización de un
hecho de otro nivel, es una verdadera conmoción cósmica,
fuera del tiempo, y del espacio, algo que supera lo personal y que
transforma cualquier realidad que entra en contacto con una persona
así. Esta aproximación a esa verdad inexplicable no
es sino el resultado de dos líneas de conducta y pensamiento:
un deseo ardiente y fundamental por servir al prójimo y una
evocación permanente, constante y pura, tal como nos dijo San
Pablo: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad
y se os abrirá”.
La Verdad, o sea, el Mensaje siempre es el mismo, ha de ser el mismo,
pero no así el lenguaje ni la época. Así pues,
el Mensaje debe adaptarse a la época y en consecuencia debe
variar su lenguaje. El Mensaje de K. es Vedanta puro pero actualizado
en un lenguaje moderno, despojado de cualquier carga emotiva, de cargas
culturales, intelectuales, mitológicas o religiosas. El lenguaje
de Krishnamurti tiene la misma limpieza y la misma sencillez que una
espada de dos filos.
Krishnamurti vertió su Mensaje en medio de un mundo atroz,
roto y dividido, enloquecido por el culto al dinero, por la actividad
desenfrenada, por el caos, la violencia y el ruido. Un mundo que ha
transformado hasta lo más sagrado en una simple mercancía
de compraventa.K. era consciente de que su Mensaje no podía
entrar en los oscuros corredores de una mente pequeña, racional,
automática, una mente apta para el cálculo y el análisis.
El Mensaje de Krishnamurti contradice la mente común del noventa
por ciento de la humanidad. El sabía de sobra que no había
nada que pudiese provocar esa trasmutación de un tipo de mente
a otra, de una mente humana y torpe a otra mente divina, una mente
que no mide. Solo había una cosa que podía provocar
este “tour de force”: un salto en el vacío.
Entregarse de corazón a esas palabras. Sentir la fuerza de
gravedad de esas palabras y dejarse atraer por ellas de manera que,
flotando por encima del abismo de la nada, superásemos la distancia
de la mente humana a la mente angélica. Es un salto en el vacío
sabiendo que no hay red alguna. Pero la tracción de esas palabras
es tan firme, es tan segura que no hay nada que temer; es algo tan
magnético, que la mente común se siente arrebatada por
un polo eléctrico superior que la atrae irremisiblemente, de
la misma manera que una luz intensa atrae a las polillas sin que estas
sepan por qué.En ese dejarse arrastrar, sobrevolando el mundo
de la razón discursiva y discutidora, está la vivencia
del abandono, de la nada. La negación radical y absoluta de
todos los valores por los que se guiaba nuestra mente, y, por tanto,
nuestra vida.
Este es el terrible y el impresionante desafío que nos plantea
Krishnamurti: dejarnos ir al compás de sus palabras. Entrar
en ellas. Sin reservas. Dejarnos ir definitivamente, sin ningún
posible salto atrás. No hay escapatoria. Dejar ir las conquistas
sociales e intelectuales, es más: negar estas conquistas, negar
las conquistas mentales, negarlo todo. Con fuerza. Negar. De este
vacío absoluto y de esta negación podrá emerger,
quizá, un espíritu nuevo, verdaderamente creativo. Porque
cuando personalidad y razón están “llenos” es imposible
que se pueda ser creativo. Llamamos creatividad a lo que no es más
que imitación o continuidad.
¿Quién de nosotros, cuándo leía a K.,
sentía que su alma se inflamaba y se dejaba ir, definitivamente,
con su alma, en un vuelo irreal y fantástico, más allá
del límite de las estrellas? ¿Cuántos hemos leído
a K. y al cerrar el libro hemos retornado a nuestros quehaceres impidiendo
el vuelo del águila que llevamos dentro?
Krishnamurti es ligero, ligerísimo, pero es demasiado pesado
para personas como nosotros que no queremos romper con nuestra vida
común y ordinaria. Porque somos como las encinas: cientos de
años sobre la tierra, y, en nuestras vidas solitarias, tendemos
a lo alto, es cierto, pero no podemos sustraernos a la fuerza de nuestras
raíces. El miedo, la comodidad tiran hacia abajo de nosotros.
En fin, no es que el Mensaje de K. fuese prematuro para la vasta humanidad.
No. Lo mismo podríamos decir del Mensaje de Cristo, habida
cuenta de que todavía no se ha desarrollado en toda su magnitud.
Simplemente, no queremos forzar la apertura de nuestros corazones.
Estamos como muertos. No somos capaces de vivir lo que K. nos comunica.
Mejor dicho: no queremos vivir lo que K. nos comunica. Para mí,
la enseñanza de Krishnamurti ha sido la que más cerca
me ha llevado del Misterio Absoluto de la Vida Universal. Al acabar
la lectura de sus obras un impresionante silencio ganaba mi alma.
Mi corazón, gastado, viejo y sucio, se renovaba como el cielo
de una tarde de verano tras el paso de una gigantesca tormenta. Todo
era quietud y frescura. Y tan solo sonaba, entre las chorreantes acacias,
muy quedo, la bellísima melodía de un ruiseñor
lejano.
¿Desde dónde, avecilla de jade, haces sonar tu flauta?