Bastan
cinco minutos con Krishnamurti
por
Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

Aún recuerdo cuando leí la necrológica de la
muerte de Krishnamurti. Yo tenía 25 o 26 años. Leía
y releía incesantemente el artículo y no daba crédito.
Me parecía de todo punto imposible. Pero no: ahí estaba
la noticia. Recordaba las palabras llenas de vida y fuerza de K.:
“¡Sean luz ustedes para ustedes mismos!” Ya no podría
ir a escuchar sus pláticas en Saanen. Ahora carecía
de sentido irme a Ojai. A partir de ese día, empecé
a leer con premura, y hasta con impaciencia, como si la vida fuera
más corta de lo que es, cuantas obras de K. veía a mi
alcance.
El libro de Pupul Jayakar fue de los que más sacudió
mi mente y mi sensibilidad. También recuerdo el intenso choque
que supuso leer este libro. Fue como un trueno en la inmovilidad de
una tarde de verano.
El principio de esta obra es una embestida, una verdadera y brutal
embestida. Es demoledor, como siempre era K.
Si me permitís, voy a contároslo porque es la quintaesencia
de las enseñanzas de K.
Pupul nos dice que era el año de 1948, y el mes era enero.
Ella y su hermana, Nandini, habían llegado a Bombay para visitar
a su madre. Pupul ya había conocido a K. en Benarés,
cuando ella era una estudiante. Toda la familia Jayakar era de una
extracción social muy alta. El padre había estudiado
en el famoso King’s College de Cambridge, y las dos hermanas tuvieron
una preceptora irlandesa que les proporcionó una vastísima
cultura de tipo occidental.
A través de una amistad común, Sanjeeva Rao, amigo del
padre de la familia y al mismo tiempo de K., se concertó una
entrevista pues la madre, a pesar de los años que mediaban
desde la muerte de su marido, aún llevaba luto y seguía
sumida en una gran depresión.
K. entró en la habitación muy silenciosamente. Tras
las presentaciones, la madre empezó a hablar del dolor y de
la pérdida que experimentaba desde la muerte de su marido.
K., como siempre hacía, escuchaba con una tremenda intensidad.
Cuando la madre calló, todos se prepararon para la consoladora
y sublime respuesta que K. iba a otorgar. Pupul estaba segura de que
solo las bellas y poéticas palabras de K. podrían sanar
ese corazón tan triste y tan dolido. Íntimamente, la
madre y las dos hermanas deseaban que el maestro les dijese que los
dos esposos se reunirían al otro lado del túnel de la
muerte.
Abruptamente, K. dijo:
“Lo siento señora. Se ha equivocado de persona. No puedo darle
el consuelo que Vd. busca”.
Y guardó silencio.
Todos se quedaron helados. Pupul, atónita, perpleja, sin saber
por qué, incluso se levantó de la butaca.
K., como sabiendo lo que la señora quería que le dijesen,
siguió:
“Vd. desea que le diga que su marido le está esperando en el
más allá y que se reunirá con él a su
muerte. Pero yo no le voy a decir eso ¿Con quién desea
encontrarse? ¿Con el hombre que se casó con Vd. cuando
ambos eran jóvenes?, ¿o con el hombre que murió
en sus brazos?, ¿o con el hombre que sería ahora mismo
si no hubiera muerto?”
Y volvió a callar. Un tremendo y solemne silencio llenó
la habitación.
“Dígame, señora, por favor, ¿qué esposo
desea encontrar más allá de la muerte? Seguramente,
el hombre que murió ya no era el mismo que el que se casó
con Vd.”
Eso era demasiado. Nadie se imaginaba algo así. Esas palabras
eran demasiado perturbadoras. Esperar consuelo de K. había
resultado una muy mala idea. Las tres mujeres estaban muy alteradas.
Algo estalló de golpe en la garganta de la madre:
“Pero, pero, ¡no!,…. ¡mi esposo no habría cambiado!”
“Señora, por favor, ¿no se da cuenta de que no echa
de menos a su esposo, sino que lo que echa de menos es el recuerdo
de su esposo”.
Y K. hizo una nueva pausa. En este momento, tras el choque inicial,
los corazones empezaban a abrirse, y la atención de las tres
mujeres se centraba cada vez más poderosamente en las palabras
de K.
“Señora, ¿por qué quiere seguir manteniendo el
dolor?, ¿por qué quiere recrear una y otra vez en su
mente el recuerdo de su marido? ¿Por qué quiere continuar
viviendo en el dolor?”
A pesar de las palabras tan, aparentemente, crueles, la claridad y
el contacto con una espiritualidad nueva fascinaban a las tres mujeres.
Estaban en presencia de algo inmenso y totalmente desconocido, fresco,
renovador y nunca oído.
Aunque las palabras de K, eran durísimas, había tanta
dulzura en sus ojos, en sus gestos y en su voz que todo él
era como una medicina.
En ese momento, tomando las manos de la madre, le transmitió
un reconfortante y extraordinario consuelo, sin decir una sola palabra.
Levantando los ojos, K. pasó a interesarse por Pupul. Ella
le dijo que era trabajadora social. Entonces, K. le preguntó
que por qué hacía ese trabajo. Pupul le respondió
que ese trabajo era la raíz de su vida y que además
llenaba toda su existencia.
Siguió un silencio algo incómodo para Pupul.
K. la miró y le dijo:
“Somos como un hombre que intenta llenar de agua un cubo agujereado.
Da igual lo que haga. Nunca lo logrará”.
Nuevo silencio.
“Cuanta más agua meta y más esfuerzo ponga, tanta más
agua se derramará por el suelo. Y lo peor de todo es que el
cubo seguirá vacío”.
Pupul reconoció que cada vez se iba poniendo más nerviosa,
pues era el primero que no alababa su trabajo o su actitud, tan generosa
y solidaria.
“De qué está intentando escapar? Unos escogen el trabajo
social, otros el placer, otros vivir con el dolor, … ¿No son
todas estas cosas diversas maneras de llenar el vacío interior?
¿Podrá Vd. llenar ese vacío? ¿Acaso se
puede llenar ese vacío? Y, sin embargo, ya ve: el vacío
y cómo llenarlo es el principal problema de la existencia”.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, K. sonrió ampliamente
y decidió que ya era hora de marcharse.
Al despedirse de Pupul, le dijo: “Volveremos a encontrarnos”.
Y así fue.
Ese día fue para Pupul Jayakar el principio de toda su nueva
vida….