El proceso de Krishnamurti
por Juan Ramón González Ortiz
(gozanlezortiz2001@gmail.com)

revista nivel 2

 

Si la vida de HPB es un verdadero misterio, la de Krishnamurti no lo es menos. Y todo esto a pesar, de que este último, en muy pocos momentos de su vida pudo estar a solas y llevar una vida recogida y oculta para su gran público de seguidores.
Durante gran parte de su vida, K. estuvo sometido a terribles dolores que aparecían de improviso, acompañados de una semi inconsciencia física, de una gran ansiedad y de una hipersensibilidad absoluta hacia todos los que le rodeaban, por ejemplo, no soportaba en esos momentos que le tocaran. Estas tremendas crisis y dolorosas crisis fueron bautizadas por Leadbeater como “el proceso”, pues se suponía que formaban parte de la transformación de Krishna en el perfecto vehículo de Maitreya, de cara a la efusión de su energía particular.
Como es natural, psiquiatras, psicólogos y enemigos de K. divulgaron de forma muy razonada que todo esto eran manifestaciones histéricas de una intolerable angustia sexual. Se trataría de una histeria de conversión (por usar la terminología correcta) fruto de una represión sexual fortísima. Esta represión interior se liberaría en forma de una histeria en la cual el conflicto psíquico se simbolizaría en diversos síntomas corporales, pasajeros, como crisis emocionales con teatralidad, o más duraderos, como anestesias, o parestesias, fotofobia, parálisis histéricas, agitación descontrolada,…. Según la moderna psiquiatría, las manifestaciones espectaculares de la histeria provienen de una acumulación de excitación. Además, hay que considerar el hecho importantísimo de que las manifestaciones histéricas, proceden de una angustia que no es susceptible de una descarga psíquica. Esa angustia es el resultado de la insatisfacción que la represión ejerce constantemente. Dicha falta de satisfacción pulsional prácticamente se reduce a una insatisfacción en el terreno de lo sexual.
Los psiquiatras añaden también a este cuadro la atmósfera de expectación mística que habían creado Annie Besant y Leadbeater.
Eso que se dio en llamar “el proceso”, empezó la tarde del 17 de agosto, de 1922, en Ojai. El propio K. dejó escritas sus impresiones de este acontecimiento tan personal. Su hermano Nityananda, también lo hizo.
Se inició con una dolorosa prominencia que se le formó a K. en la parte posterior del cuello. Quienes le atendían pensaron que simplemente era un músculo contraído. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el desayuno un cuadro muy aparatoso se desencadenó. Un terrible paroxismo de dolores, escalofríos y temblores sacudió a K. Era muy parecido a un cuadro agudo de malaria, excepto porque K. se quejaba de un calor insoportable. Al día siguiente el cuadro se mantenía igual, pero esta vez el roce de una cortina, el más mínimo e imperceptible sonido, el ruido lejano producido por un arado rompiendo el suelo, significaban para él una molestia insoportable.
La situación permaneció igual hasta el domingo, en el que sus dolencias se agravaron. K. sufría enormemente.


A las seis de la tarde, K. se levantó, se quejaba de la suciedad imperante por doquier, de la suciedad de las ropas de todos, de la suciedad de la casa y no consintió en que nadie le tocase. Lo condujeron hasta el exterior, hasta un lugar en el que se alzaba un joven pimentero, con sus frescas hojas de color verde brillante. Junto a ese pimentero, zumbaban las abejas, los bellos colibríes y los alegres canarios.
Bajo aquel árbol, descubrió K. su lugar preferido. A la sombra de aquel bello árbol, se serenó y con una voz muy melodiosa, aunque fatigada, Krishna empezó a cantar.
Al día siguiente, lunes, K. estuvo sentado bajo el árbol, en samadhi. Así acabó la primera manifestación de los que después se llamaría “el proceso”.
Krishna nos explica que ese episodio tan extenso de dolor tan agudo coincidió con una toma de conciencia que él inició y que consistía “en mantener todos sus cuerpos vibrando en la misma frecuencia que el plano búdico”. Krishna descubrió que su interés vital en el plano búdico era servir a Maitreya. Y, por tanto, se concentró en mantener todo el día en la mente la imagen de Maitreya, y descubrió que podía hacerlo sin ninguna dificultad. Entonces fue cuando le empezó ese dolor en la base de la nuca del que hemos hablado más arriba.
Con respecto a lo que K. experimentó durante esamanifestación, él mismo nos escribe:
“Había un hombre reparando la carretera, y ese hombre era yo mismo. Y yo era también el pico que él sostenía. Y la piedra que él estaba rompiendo era parte de mí. Y la tierna hoja de pasto era mi propio ser, y el árbol junto al hombre era yo. Casi podía sentir y pensar como el hombre que reparaba la carretera. Podía sentir el viento pasando a través del árbol, y a la pequeña hormiga sobre la hoja de hierba. Lo pájaros, el polvo y el mismo ruido eran parte de mí. Justo en ese momento pasó un auto a cierta distancia de mí, y yo era el conductor, la máquina y las llantas. Y conforme el auto se alejaba de mí, yo también me alejaba de mí mismo. Yo estaba en todas las cosas y todas las cosas estaban en mí: las cosas inanimadas, las animadas, las montañas, el gusano y toda cosa viviente… El día entero permanecí en esta dichosa condición (…) Era muy dichoso. Estaba en calma y en paz. Podía ver mi cuerpo, y yo flotaba suspendido cerca de él (…) Ya nunca nada podrá volver a ser igual. He bebido en las puras y transparentes aguas que manan de la fuente de la vida y mi sed se ha aplacado. Nunca más volveré a estar sediento. Nunca más volveré a hallarme en total confusión. He visto la Luz. He tocado la compasión que cura todo el dolor. Y esto no es para mí mismo, sino para el mundo. He estado en la cumbre de la montaña, y contemplado fijamente a los Seres Poderosos (…) He visto la gloriosa Luz que cura. Me ha sido revelada la fuente de la Verdad y las tinieblas se han disipado. El Amor en toda su gloria ha embriagado mi corazón, y mi corazón nunca podrá cerrarse. He visto en la fuente de la Felicidad y de Belleza eterna. Estoy embriagado de Dios”.
Como vemos, lo que cuenta K. de su propia experiencia y lo que cuentan los expertos en psiquiatría no tienen nada que ver. Absolutamente nada.



Ese goce en el amor y la belleza son la antítesis de la explicación que nos proporciona la ciencia. Cabe preguntarse cómo una misma experiencia en voz de su autor adquiere un tono tan gozoso y en la de los analistas y psiquiatras un tono vulgar y desordenado, producto de una fuerte inhibición sexual.
Así empezó el llamado “proceso”, y todas las tardes, hacia las 6,30 se repetía. Krishna caía en una seminconsciencia, se agitaba, preso de muchísimo dolor. Los dolores eran tan fuertes que quedaba totalmente exhausto. Todo eso duraba hasta las 7,30 o las 8. A veces, coincidiendo con la luna menguante, el proceso se hacía aún más doloroso.
A partir de 1923 el proceso prosiguió a intervalos. Leadbetaer suponía que era la acción de la energía de kundalini en su ascenso, pero, francamente, no sabía a ciencia cierta el porqué exacto de esas manifestaciones:
“No comprendo por qué tan terrible sufrimiento físico debe sobrevenirle a nuestro Krishna (…) El caso es tan singular que, en verdad, cuanto podemos hacer es esperar y observar”.
El proceso continuaba también durante los viajes de K. Como siempre el dolor aparecía de súbito, con ardores y palpitaciones, frecuentemente lloraba desconsolado.
A mediados de agosto de 1923 el proceso se intensificó, de forma muy severa para K. Los tormentos que se sucedían durante estas crisis eran lo más parecido a una atroz agonía.
Igualmente, el estado de ánimo de sus acompañantes era de un sobresalto y de una continua tensión.
El proceso culminó a finales de 1923, en Ojai, entonces, incluso el propio hermano de Krishna se sintió sobrecogido ante el terrible drama y llegó a preguntarse “si todo está ocurriendo en la forma debida”.
El hermano de K. le escribió a Leadbeater preguntándole si ese “experimento” también formó parte de la preparación del cuerpo del maestro Jesús cuando este hubo de recibir al Cristo. Hay que decir, que, a veces, durante sus pérdidas de conciencia, el mismo K. hablaba de su situación como “el experimento”. Desde Sidney, Leadbeater escribió que no podía dar explicación alguna ni tener ninguna seguridad acerca de lo que estaba sucediendo. Personalmente, siempre he sentido que la incertidumbre de Leadbeater, sobre todo, y de Annie Besant da mucha credibilidad y autenticidad a esta historia. El que todo esto los superara, y los llenase de angustia nos garantiza que no era ni un fraude ni una invención.
El 7 de febrero de 1924, el hermano de K. escribe a Annie Besant que, hasta ese día, desde que llegaron a Ojay, Krishna había tenido setenta y seis noches ininterrumpidas de proceso. Al ser los sucesos nocturnos, aún generaban más tensión y excitación. El 27 de febrero, K. escribe a Lady Emily:
“La fuerza subió por mi espina hasta la base de la nuca. Luego se separó en dos, yendo una parte a la derecha y la otra a la izquierda de mi cabeza, hasta que se juntaron ambas corrientes junto encima de mi nariz. Entonces hubo una llama y vi al Señor. Al Maestro”.
Krishna adoraba conducir, le encantaban las motos.


Precisamente, una de las mayores críticas que he leído hacia K. viene del hecho de que alguien le regaló un Mercedes. Recuerdo que lo que más le molestaba a ese autor era que K. encontraba un gran gozo en limpiar su choche y dejarlo brillante. Pienso que para este escritor tal vez lo más conveniente que debería haber hecho K. era lanzarle paletadas de estiércol. Hay que aclarar que K. nunca quiso ser propietario de nada de lo que se le regalaba. En aquellos durísimos meses de tormento, aquella fue la única alegría que tuvo K. En “la maravillosa noche”, que fue la noche del 11 de abril, Krishna pronunció un mensaje en el que el señor Buda hablaba de sí mismo empleando el pronombre “yo”: “No quiero que dejen este lugar hasta después de Wesak, cuando todos Me podrán ver….” K. nunca pensó consultar a ningún médico ni a ningún terapeuta. Aún fue mucho más visible el caso cuando, el 28 de diciembre de 1924, K, estaba dando una charla sobre la realidad del Instructor del Mundo, cuando, de repente, su voz cambió bruscamente, completamente, y dijo,
“Yo vengo para los que necesitan simpatía, vengo para quienes desean felicidad, vengo para los que anhelan ser liberados, vengo para los que desean encontrar la felicidad en todas las cosas. Yo vengo a reformar, y no a demoler, no vengo a destruir sino a edificar”.
Para todos los allí presentes fue una experiencia escalofriante. Inolvidable. Refiriéndose a ese diurno del 28 de diciembre, el propio K. dijo:
“Me siento por completo diferente. Me siento como un vaso de cristal, un vaso que ha sido lavado, y en el que ahora todo el mundo puede poner una bella flor en él. Esa flor vivirá en el vaso y nunca morirá”.
A partir de entonces el proceso, el terrible proceso, se puede dar por concluido. Aunque continúa de forma intermitente, y no tan dramática, hasta el final de su vida. Por ejemplo, cuarenta días antes de morir, K. pronuncia un discurso en Madrás; por la noche dice que, durante esa charla, “Algo entró dentro de mí. Algo me ocurrió.”
Epílogo
Qué contó Krishna acerca de su proceso
Fundamentalmente, K. siempre insistió en que él era el único que conocía la verdad del proceso. Y que nadie, absolutamente nadie, estaba autorizado a hablar o a comentar sobre aquellos años.
“Nadie puede comprender lo que pasó por este cuerpo. Nadie. Que nadie lo pretenda. Nadie. Lo repito: nadie entre nosotros o entre el público sabe qué ocurrió”.
Queda muy clara, por tanto, la actitud que tenemos que tomar. Mejor no formular ninguna teoría, Y desde luego, no caer en los excesos de la psiquiatría o de la psicología, pues la luz que arrojan sobre el proceso de Krishnamurti ciega a base de oscuridad. Krishna nos dijo también:
“No creo que la gente se dé cuenta de la tremenda energía e inteligencia que pasaron por este cuerpo. Es un motor de doce cilindros. Y setenta años. Un tiempo considerablemente largo. Pero ahora ese cuerpo ya no puede soportar más. Nadie, a menos que su cuerpo haya sido muy cuidadosamente preparado y protegido, puede comprender lo que pasó por este cuerpo. Y ahora, después de setenta años, eso ha llegado a su fin. Ustedes no encontrarán otro cuerpo como este. Esa suprema inteligencia operando en un cuerpo. No lo encontrarán en muchos cientos de años. No verán esto otra vez. Todos Vds. pretenderán o tratarán de imaginar que pueden entrar en contacto con eso. En cierto modo, si viven las enseñanzas tal vez lo hagan. Pero nadie lo ha hecho. Nadie. Y eso es todo”
Nueve días antes de morir, Pupul Jayakar escuchó de labios de K. las que para ella fueron las palabras más perturbadoras de todas cuantas Krishna pronunció: “Si tan solo supieran por un segundo lo que todos Vds. se han perdido… ¡Ese inmenso vacío!”


 

 

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