El misterio de las lámparas eternas.
Por Juan Ramón González Ortiz

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Este es uno de los temas que más ha despertado mi curiosidad en relación con los “misterios” de las culturas y de las civilizaciones del pasado. Sobre todo, ha despertado mi interés porque actualmente muy pocos estudiosos se ocupan de él.
En pleno Renacimiento italiano, en la ciudad de Roma, bajo el papado de Paulo III, que siempre soñó con edificar una Nueva Roma, en el trascurso de una excavación arqueológica en la Vía Apia, apareció una tumba que bien pronto se reputó como la tumba de Tulia, la hija de Cicerón, casada con Dolabella, y muerta a los 45 años.
Cuando, por error, los obreros echaron abajo una pared, descubrieron una cripta, sellada desde hacía casi 1550 años, y entrando en ella vieron una tumba, que procedieron a abrir, encontrando en su interior el cadáver de una bellísima joven totalmente cubierta por una fragante sustancia glutinosa que la había preservado de la putrefacción. Esa sustancia estaba fabricada con mirra y ungüentos desconocidos.
Allí estaba el gran erudito Bartolomeo Fonzio y muchos trabajadores y curiosos pues el hallazgo despertó una ilimitada curiosidad. Al entrar, todos vieron una lámpara que ardía, vivamente, consumiendo la llama una especie de líquido aceitoso dorado, que sin lugar a duda era el que alimentaba ese fuego.
Al abrir la puerta de la cripta, la lámpara se apagó y nadie pudo volver a encenderla.
Parece ser que los egipcios fueron los primeros que lograron encontrar la fórmula de las lámparas perennes.
Plutarco nos habla de una lámpara que permanecía ardiendo encima de la puerta de entrada de un templo egipcio de Júpiter Ammón (una de las innumerables versiones del dios Júpiter tras la conquista de Egipto). Los sacerdotes le dijeron que esa lámpara ardía desde hacía cientos de años sin apagarse jamás y sin alimentarla con nada.
Atanasius Kircher, en su obra Edipo Egipcíaco, afirma que estas lámparas perennes las coloca el Diablo, en la creencia de que con ese artefacto evitará en los ingenuos el culto divino y lo dirigirá hacia su propio culto.
San Agustín también pensó algo parecido cuando vio una lámpara inextinguible ardiendo en un templo consagrado a Venus, en Egipto.
Constató que ni el viento ni el agua podían apagarla, entonces pensó que era obra diabólica.
Kircher nos sugiere que, tal vez, enlas cercanías de esas tumbas haya algún depósito de alquitrán o de petróleo del cual los sacerdotes supieron sacar un conducto secreto de tal manera que el incesante goteo de esos productos mantuviese encendida esas lámparas supuestamente perennes.
Blavatsky nos dice que el reverendo inglés S. Mateer vio en un templo de Trivandrum, en Kerala, en cuyo interior hay una cavidad, recubierta por una piedra, en la cual arde una gran lámpara de oro, la cual fue encendida hacía más de ciento veinte años, y que aún continuaba ardiendo.
Cuando el rey Enrique VIII se separó de la Iglesia Católica en 1534, ordenó la disolución de los monasterios en el Reino Unido y muchas tumbas fueron saqueadas. En Yorkshire, una lámpara ardiente fue descubierta en la tumba de Constancio Cloro, padre de Constantino el Grande, el cual murió en el año 300 d. C., lo que significa que la luz había estado ardiendo desde hacía más de 1200 años.
Fortunio Liceto (1577 1657), médico, científico y filósofo italiano escribe que las lámparas eternas eran muy frecuentes en su época. Nos dice que era bastante normal que en cuanto se descubriese una tumba antigua se certificase que en su interior ardía la luz bella y sobrenatural de una lámpara perenne. Liceto nos dice que esa llama inextinguible evoca la presencia divina e inmortal del alma del difunto. Desdichadamente, nos aclara, la apertura de la puerta del sepulcro provocaba la extinción de esa lámpara celestial.
Cuando se descubrió en el año 1401, en el templo de Numa Pompilio, el sepulcro de Pallas, el hijo de Evander, muerto por Turno, los que entraron vieron asombrados una lámpara que iluminaba la estancia con una luz firme y poderosa, y así lo había estado haciendo durante más de dos mil años.
Es un lugar muy común afirmar que en el monasterio de Montserrat existe una de estas lámparas eternas.
Se ha descubierto lámparas eternas en el Tíbet, China y Sudamérica.
El humanista italiano Tito Livio Burattini, inventor, físico (él fue el que inventó el término “metro” como unidad de medida) y además egiptólogo (pues exploró en al año 1639 la Pirámide de Giza) afirmó en una carta dirigida a Atanasius Kircher que vio muchas lámparas de estas en los pasillos subterráneos de la antigua Menfis.
En Edessa, Georgius Kedrenus, nos informa de una lámpara perenne que ardió durante quinientos años. La furia de unos soldados acabó con ella, pues fue derribada por tierra y destrozada.
Pero la más espectacular de todas las lámparas eternas es la que se encontró en el sepulcro de Olivio Máximo de Padua y que se encontró cerca de Ateste, en el norte de Italia, en la región del Véneto, y que Bernardo Escardonio nos describe en términos muy curiosos: se trataba de una lámpara que ardía por medio de dos licores purísimos, encerrados en dos frascos, uno de oro y otro de plata. Los frascos acabaron en poder de Francisco Maturancio, vecino de Perusa, el cual, en una carta a su amigo Alfeno, citada por Fortunio Liceto, asegura, que tiene en su poder intactas y enteras la Lámpara, y las dos fialas o frascos de oro y plata que alimentaban la llama, y que no daría este precioso monumento por mil escudos de oro. Nuestro genial y estudioso Fray Benito Jerónimo Feijoo, gloria de la Ilustración española y europea, hace notar al respecto que,
“debo advertir que esta disposición de Maturancio no debe hacernos fuerza por dos razones: la una, porque sólo nos viene por la mano de Fortunio Liceto, apasionado propugnador de las Lámparas inextinguibles. Y la otra, porque es posible que existiesen tales alhajas, y se hubiesen hallado en el sepulcro de Máximo Olybio, sin que por eso fuese verdad lo de la luz inextinguible”.
Quiero advertir, que el español Feijoo es el autor que más habló y reflexionó acerca de las lámparas perennes, siempre desde una perspectiva científica y racionalista, tal como correspondía a la época en la que escribe. Curiosamente, en ninguna de las bibliografías que he consultado aparece ni la más mínima referencia a este autor, el cual, sin embargo, estoy seguro de que sí que fue leído por Blavatsky pues en las páginas de Isis sin velo en las que trata este tema introduce datos y detalles que ya proporcionaba el padre Feijoo en 1730.
Parece ser que los alquimistas fueron capaces de fabricar preparaciones bituminosas capaces de arder sin ser consumidas. La propia Blavatsky, sin ningún problema, pues ella era así, proporciona la extraña e interminable fórmula (escrita por Tritemio) para fabricar este combustible.
Los alquimistas mencionan preparaciones a base de oro y plata, juntamente, con mercurio, petróleo, lapis asbestos (o amianto), lapis carystius (o mármol de cipolino) y linum vivum (o asbestina) y diversos tipos de aceites, por ejemplo, mencionan el aceite de alcanfor y de ámbar,…
Ellos afirmaban que ese licor inagotable podía ser preparado con oro y plata reducidos al estado líquido. Según explicaban, en su terminología propia, claro está, “de todos los metales el oro es el que sufre menos pérdida cuando se calienta o se funde, es más, incluso puede absorber su propia humedad oleiforme en cuanto esta se forma, alimentando de esta manera, continuamente, su propia llama”.
Los cabalistas aseguran que este secreto era también conocido por Moisés, y que la lámpara que Yahvé mandó colocar sobre el Tabernáculo era una lámpara perenne. Tal vez el Éxodo (XVII, 20) nos dé una clave cuando dice: “Ordenarás a los hijos de Israel que traigan aceite puro de oliva para alimentar a las lámparas”.
Juan Ramón González Ortiz

 

 

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