Los lemurianos y el pecado contra natura

Juan Ramón González Ortiz



Según las fuentes tradicionales, el descenso de los avatares de Venus (los Kumaravatar) tuvo lugar hace exactamente dieciocho millones de años. El emplazamiento fue una isla maravillosa, situada en el gran mar de Gobi. En nuestros días se conoce a ese lugar como “Shamballa”. Así lo llaman también hindúes y budistas. En esta isla se ancló por vez primera el SanatanaDharma, o lo que es lo mismo, el Veda único, nacido directamente de la mente de Brahma. La venida de esta augusta jerarquía permitió la individualización del género humano, estableciendo una línea divisoria entre los reinos humano y animal.
Aunque, desgraciadamente, los verdaderos sabios no desean dar más detalles, la Sabiduría nos dice que estos kumaras trajeron con ellos algunos elementos, por ejemplo, piedras preciosas, vegetales, como el trigo, y prototipos de animales (las hormigas y las abejas), a la manera de lo que actualmente hacen nuestros astronautas en sus modernas misiones de exploración.
También trajeron una lengua sagrada llamada senzar, de la cual nació el sánscrito.
La literatura sagrada nos cuenta que en esta lejana época la raza lemuriana estaba netamente separada en dos campos: por un lado, estaba la élite de los semidioses, a los que se representa con el aspecto de ascetas y de instructores, los cuales buscaban la liberación por la senda de la iniciación o vía rápida. Estos son los gigantes buenos de la imaginería popular. Y por el otro lado, estaba el resto de la humanidad en todos sus estadios de despertar. Esta humanidad se desarrollaba por el lento camino de la evolución, el cual implica que el sufrimiento es el único medio de aprender las lecciones por la sutil actuación del karma. En esta categoría estarían incluidos también los elementos menos avanzados del segundo grupo, los Adán y Eva lemurianos, a los que se debe el primer y verdadero pecado de la carne. Estos humanos estaban desprovistos de voluntad, ya que su mente era todavía embrionaria, y no podían controlar sus pulsiones sexuales, a las cuales se entregaron sin freno.
“Pasaban los milenios y la raza Lemuriana se entregaba a los malos impulsos de la naturaleza animal. Gradualmente empezaron a aparecer los tipos iniciales de enfermedades venéreas. Finalmente, la raza en su conjunto quedó infestada y se extinguió. La naturaleza exigió su diezmo y el inexorable pago de su tributo por fin se cumplió.
Una pregunta surge aquí: ¿cómo es posible que los primeros habitantes de nuestro planeta fuesen tenidos por responsables si no existía la realidad del pecado pues aquellos humanos no tenían el sentido de la responsabilidad ni la consciencia de hacer el mal?
En aquellos días, la Jerarquía tenía sus propios métodos para enseñar a esos pueblos que aún estaban en la infancia, lo mismo hacemos hoy en día con los niños cuando les pedimos que se abstengan de ciertos malos hábitos. La humanidad de aquel entonces sabía lo que estaba mal porque las pruebas de ese mal eran físicamente constatables, lo que lo hacía fácil de evitar. La falta era evidente porque sus resultados eran inmediatos. Los Educadores de la raza vigilaron para que la causa y su efecto quedasen inmediatamente patentes.”
Finalmente, esas pulsiones fueron aún más fuertes y los humanos de entonces acabaron teniendo relaciones con los tipos inferiores, generando así descendientes degenerados. Se encuentran episodios de estas creaciones fallidas en los mitos del mundo entero, y sobre todo en la génesis del pueblo tibetano.
Según esta leyenda (o historia alegórica) un sabio o bodisatva de compasión encarnó bajo la forma de un simio (como Hanuman) y vivió una existencia ascética, en soledad, entregado a la contemplación. Por allí cerca una demonio llamada Senimo también vivía sola y estaba tan atormentada por la soledad que el mono asceta, presa de una gran e infinita compasión, rompió su voto de castidad para casarse con ella. Y de esta unión nacieron los primeros individuos que formarían el pueblo tibetano. Antaño se podía leer esta historia grabada en uno de los pilares del Jokang de Lassa. Sin duda alguna este relato es un comentario simplificado de la enseñanza esotérica que se refiere al pasado de las razas.
Esta evocación de un cruce entre dos tipos humanos incompatibles está brevemente descrita en nuestro Génesis. Allí leemos:
“Cuando los hombres comenzaron a ser numerosos sobre la faz de la Tierra y una vez que nacieron sus hijas, los hijos de Dios encontraron que las hijas de los hombres les convenían y tomaron por esposas a tantas de ellas como quisieron.” (Gen. VI, 12)
“Los Nefilim (o Gigantes) existían en aquellos tiempos sobre la Tierra, y también existieron después, y los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos. Estos son los héroes de los tiempos antiguos, los hombres famosos.” (Gen. VI, 4)

Las hijas en cuestión no eran mujeres humanas, sino la raza humana en su totalidad considerada desde el punto de vista de su polaridad negativa, es decir, femenina con respecto a los hijos de Dios (o Kumaras) de polaridad positiva. Tiene que quedar muy claro que esta unión no fue carnal sino de tipo espiritual.

El lector debe ser extremadamente cuidadoso y no confundir la fusión espiritual entre los dioses y los lemurianos avanzados con los cruces físicos entre dos de las especies de la raza lemuriana. El resultado de este cruce fue una raza de gigantes, de la que se habla en los escritos del judaísmo. Esta raza a la que se refieren estos textos judíos puede equipararse a los lemurianos hindúes al menos en dos aspectos:
• eran gigantes,
• tenían el poder de cambiar de tamaño.
En el Ramayana se los llama “los monos que voluntariamente cambian de forma”. Según el Génesis, hubo una raza nacida del apareamiento de los dioses caídos con las hijas de los hombres. El Talmud y la Midrah usan además de la palabra chedim (o demonio) la de mazziquim, o “perniciosos”, porque, efectivamente, eran los rakshasas, los opuestos a Rama:
“Estos se parecían a los ángeles compasivos bajo tres aspectos, y a los hombres bajo otros tres aspectos. Al igual que los primeros tenían alas y podían volar de uno a otro confín de la Tierra . Son invisibles y conocen el porvenir. Al igual que los hombres y las mujeres comen y beben, procrean y finalmente mueren . Otra de sus características consiste en su capacidad de adoptar la forma que deseen.”
Verdaderamente ya no tenemos ninguna duda sobre la identidad de estos malvados lemurianos transformados en demonios en los mitos.
La Iglesia cristiana ha transitado silenciosamente sobre esta parte de la historia bíblica. Y esto es muy comprensible: ¡cómo hablar de acontecimientos que ocurrieron hace millones de años cuando esta misma Iglesia ignora la fecha de nacimiento de su salvador!
Recordemos una vez más que estos de los que hablamos aquí son los héroes buenos, semidivinos, que instruyeron a los primeros humanos. Por medio de sus enseñanzas lograron despertar en ellos la facultad mental de comprender y de elegir, otorgándoles el germen del libre albedrío. Este fue el punto de partida de la incesante lucha entre bien y mal, que llenará toda la historia humana. Este es el punto de partida de la historia de Adán y Eva una vez que fueron expulsados del Paraíso.
El Libro de Enoch, obra básica para las sectas gnósticas herederas de los esenios, nos dice:
“Estos son los ángeles (es decir, los seres santos) que descendieron sobre la Tierra y que revelaron a los hijos de los hombres lo que es secreto. También enseñaron a los hijos de los hombres a cometer elpecado.”
El lector que tenga mucho interés puede leer el capítulo VI del Libro de Enoch, que se titula “La unión de los ángeles con las hijas de los hombres”, y también su capítulo VII, “El nacimiento y fechorías de los gigantes”. Estos dos capítulos son mucho más explícitos que las raras frases sibilinas que sobre este tema aparecen desparramadas a lo largo del Génesis.
Recordemos una vez más que en el plano estrictamente humano, las llamadas “hijas” eran los tipos más próximos del reino animal y que por tanto estaban desprovistos de la chispa mental, principio fundamental que diferencia al ser humano del animal (un estadio muy preciso de evolución que los sabios denominan “la individualización”), aunque ambos estén animados por una misma alma divina. Los reyes divinos prohibieron estas parejas pero sin embargo se seguían produciendo por el gran parecido físico que había entre las dos especies. De estas uniones prohibidas nació una progenitura con las formas más monstruosas posibles. Todos los mitos hablan de esto. Se trata de los cíclopes, las sirenas, los centauros, etc. En los frescos prehistóricos también se describen estas existencias. Un bello ejemplo de esto que decimos se halla en el yacimiento de Comanche Gap, en Nuevo Méjico, donde se reproducen imágenes de seres híbridos. La India es la fuente de la cual provienen todas estas tradiciones. El fiel servidor de Rama, el mono Hanuman, observó criaturas de este tipo cuando estaba en la isla de Ceilán. Este es aspecto de esos rakshasas tal y como se nos describe:
“Solamente tenían un ojo, o una oreja, o bien las orejas les cubrían (el rostro), o bien no tenían orejas, o las orejas eran (puntiagudas) como dardos, o tenían la boca y la nariz sobre el cráneo…”, etc. (Ramayana, sarga XVII, vol. II, p. 511).
Tras la aparición de esta raza monstruosa la mayor parte de la raza lemuriana fue aniquilada.
“La Tierra se pervirtió ante Dios y se llenó de violencia. Y Dios miró la Tierra y dijo: “Toda la Tierra está pervertida pues todo ser de carne tiene conducta perversa.” (Gen. VI, 11 12)
Y, como sigue diciendo el Génesis, Dios se arrepintió de haber creado a la humanidad sobre la Tierra y se aprestó a acabar con su Creación por medio del Diluvio.



Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

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