El
problema de la libertad y la predestinación a la luz de la
Teosofía
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

Libertad y predestinación.
Es como mezclar aceite y agua.
Este es un problema tan antiguo como antigua es en el ser humano su
capacidad de pensar. Por ejemplo, Spinoza se preguntaba: ¿es
que Dios debe cambiar toda la programación de todos los universos
para evitar que yo me caiga de la rama de este árbol? O John
Rawls: si uno cualquiera es muy listo o, tal vez, genial no merece
nada a cambio por las hazañas de su talento, o de su cuerpo.
Simplemente le tocó el boleto premiado en la lotería
de la Naturaleza. Para Rawls ser habilidoso, e incluso único,
no implica de ninguna manera merecimiento alguno, ni siquiera agradecimiento.
Entre estos filósofos preguntones estaría también,
Alfred Ayer, que nos aclaró que cuando discutimos conceptos
como estos lo que en el fondo estamos discutiendo es de emociones
y vivencias personales. Para él, la discusión de estos
dos términos carecería de sentido.
Ya sabemos todos que los grandes filósofos de la libertad son
los existencialistas franceses, Sartre y Camus, especialmente Sartre,
cuya filosofía no es sino un comentario o una prolongación
de la de Heidegger. ¿Nos ha diseñado un Dios, y por
tanto llevamos una programación inscrita?, ¿o bien nuestra
esencia es la libertad? Ahora bien, ¿tenemos alguna esencia?
Está claro que podemos escoger y que podemos decidir.
En consecuencia, no hay duda de que somos libres. Incluso renegar
de serlo y dejar que los demás nos moldean tal y como ellos
quieren también es un acto de libertad. Afirmar que no somos
libres es una de las estrategias que adoptamos para huir de nuestra
responsabilidad y disculpar así los errores derivados de nuestras
elecciones.
A veces superponemos a la realidad de nuestra libertad la coreografía
social o el arquetipo que en nuestro trabajo nos vemos obligados a
representar. Para Sartre, cuando así obramos lo hacemos para
huir de la terrible realidad de nuestra libertad, porque, evidentemente,
una cosa es el personaje que representamos, por ejemplo, ser tendero,
mecánico, transportista, profesor, y otra muy diferente es
nuestra humana libertad.
No hay modo de escapar de la libertad y, sobre todo, no hay modo de
escapar a la responsabilidad de nuestras elecciones. Esto es lo que
hace sentir la libertad como algo angustiante.
Además hay que sumar la realidad de que toda decisión
que yo tomo con respecto a mi vida, se convierte para mí en
un axioma y en una ley que han de seguir todos los demás. Es
decir, que lo que es libertad para mí se transforma en obligación
para los demás. Con mis elecciones establezco lo que los demás
seres humanos deben ser.
En definitiva, primero existimos en el mundo, porque hemos sido arrojados
a él. Y, después, gracias a la libertad, decidimos qué
hacer.
Y esto es así porque, para el existencialismo, no hemos nacido
con ningún propósito ni esencia ni programación.
Al contrario: nuestra existencia precede a nuestra esencia.
Predestinación y libertad, un verdadero campo de batalla entre
fuerzas opuestas.
Pongamos que alguien, un ser humano cualquiera, acude a un vidente.
Pongamos que este hace una serie de predicciones muy detalladas, y…
acierta en todas ellas. Evidentemente, podemos decir que no ha sido
sino azar, pero las predicciones han sido tan precisas y tan detalladas
que no es posible que la simple ventura haya sido su origen.
Y además esto se produce en muchas otras consultas.
Es muy difícil explicar el porqué de esto.
A veces basta con observar las causas que uno va forjando en
la vida para deducir las consecuencias. Pero estas conclusiones no
pueden sino ser muy generalistas y no podrán ceñirse
a detalles muy particulares. Este tipo de predicciones, simplemente,
se limitan a marcar el rumbo temporal de una etapa en la vida o a
anunciar los giros con los que el destino embosca al barco en la travesía
de la vida.
Podríamos decir que existe algo en algún lugar fuera
de nuestro alcance, y que si elevamos la conciencia hasta ese lugar
podemos tener a nuestro alcance tanto las causas como los efectos
que se van a desarrollar a lo largo de una vida determinada. Y cuanto
más ascendiéramos tanto más veríamos
las circunstancias de esa vida. Así pues, sería
el Logos, y solamente él, el único que tendría
bajo su visión todas las causas que van a afectar a un
individuo durante la carrera de su existencia.
El ser humano ordinario tiene escasa fuerza de voluntad, y escasos
deseos de sobreponerse a su destino y a su ambiente social. De
hecho, casi todos ellos opinan que es prácticamente imposible
salirse del camino. El ser humano más desarrollado sabe que
cada uno se puede moldear su destino (al menos en parte) por medio
de la acción y de una determinada estructura de mente. Pero
incluso en este caso, ese vidente del que hablábamos más
arriba podrá percibir ese “quantum” de voluntad que posee esa
persona, y, por tanto, conoce las posibilidades del éxito,
o del medio éxito, o de un fracaso parcial, en la consecución
de sus acciones e ideales.
¿Cómo puede ser que haya personas que alcancen a leer
el destino humano como quien lee un libro abierto? ¿Acaso ya
ha sido escrito el guion para cada uno de nosotros?
La verdad es que quien es capaz de elevarse hasta la visión
causal está por encima de las limitaciones del espacio y del
tiempo y puede contemplar pasado, presente y futuro.
¿Cómo puede esto conciliarse con la realidad de nuestra
libertad? Muy fácil: no existe tal libertad. O, al menos, no
existe tal y como lo creemos.
Somos libres solo de escoger unos cuantos detalles, es decir, solo
podemos decidir dentro de unos límites. Y nada más.
Por ejemplo, cuando sacamos a pasear a nuestra mascota, sabemos lo
que va a hacer en cada caso, sin que tengamos que forzarla a nada.
De la misma manera, un profesor sabe qué calificación
va a dar a un alumno suyo.
Y ese hecho, el hecho de saberlo, no le quita ni un ápice a
la libertad que tiene ese alumno de estudiar o de esforzarse.
Así pues, un poder muy superior se comporta con nosotros como
nosotros con la mascota o con el alumno. Ese mismo Logos, a medida
que vamos evolucionando, y nos vamos integrando en el propósito
y en plan de la evolución, nos permite acceder a más
y más parcelas de libertad. Exactamente igual que hará
el propietario del animalito o el profesor.
Pero si actuamos con negligencia y necedad, obtendremos una capacidad
de acción mucho más limitada y sufriremos la coacción
que se deriva de nuestros resultados.
La libertad es necesaria para la formación del espíritu
humano. La Sabiduría abomina de los espíritus esclavos.
La libertad total y definitiva fue la gran enseñanza de Krishnamurti.
Su grito principal, “¡Sean luz ustedes para ustedes mismos!”,
afirma que sin libertad no se puede ser un aspirante a la realización
total. La Verdad es una tierra sin caminos. Cada uno ha de labrarse
su propio camino.
Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.
Para aprender a andar, el niño necesita que se le permita
hacerlo con paso vacilante y es forzoso que caiga al suelo una y mil
veces. Pero nadie dejaría que ese mismo niño aprendiese
a andar en un acantilado rocoso, bajo el cual rugen las olas enloquecidas.
Del mismo modo se actúa con nosotros. Hemos recibido la suficiente
libertad para nuestras vidas simples y comunes. Incluso tenemos libertad
para dañarnos hasta un extremo irreparable. Tenemos la libertad
que necesitamos. Y nada más. Si echamos cuenta de nuestras
vidas, muy pocas cosas han estado bajo nuestro control y muy pocas
cosas son las que hemos decidido en la vida.
El uso de esta escasa libertad también arrastrará
consecuencias, de las que se derivarán, posteriormente, una
mayor o una menor posibilidad de realizar elecciones.
La libertad se asemeja a un conjunto de vías ferroviarias.
La locomotora elige una vía, y marcha por ella sin ninguna
capacidad de variar el trayecto, aunque puede variar otros aspectos,
la velocidad, por ejemplo, la eficiencia, etc. Cuando esa locomotora
llegue a un cruce, podrá elegir, si así lo desea, otra
vía que atraviese ese mismo nudo pero una vez lo haya hecho,
todo cambiará y se verá forzada a elegir un recorrido
que ya no podrá alterar y del cual es posible que al cabo de
un tiempo se arrepienta. Pero no tendrá ninguna opción
de cambio hasta que no llegue hasta otro punto de cruce. Una vez que
alcance el punto de cambio habrá de elegir dentro de las vías
que están a su alcance. Llegado a este punto, el recorrido
que esté haciendo la locomotora tal vez esté muy alejado
del trayecto inicial de la máquina.
Una cosa es la libertad de elegir, que es nuestro libre albedrío,
y otra cosa es la libertad de acción, que es la capacidad de
actuar derivada dentro de las elecciones anteriores. Frecuentemente,
la libertad de acción se ve tan restringida por la elección
del marco general que hemos escogido, que nuestra capacidad de actuar
es nula. Recordemos que esta idea, entre otras, es la que se desarrolla
en Macbeth:
En este rojo lago de sangre he avanzado tanto
que me es más difícil retroceder
que alcanzar la otra orilla.
Como vemos, no hay modo de abdicar de nuestra perpetua responsabilidad.
Podemos decir que el Logos diseña muy cuidadosamente el conjunto
de vidas que forman parte de su propósito. Traza toda la gigantesca
variedad de vidas que constituyen su sistema. Es un diseño
inimaginable por nosotros, habida cuenta, además, de que es
plenamente consciente de cada una de estas formas. Se diseña,
simultáneamente, pasado, presente y futuro. Es decir,
el plan completo. Y toda esa creación no es sino una emanación
de su pensamiento.
Las formas mentales del Logos habitan en el plano mental cósmico.
Allí está la totalidad de su diseño El Logos
construye su plan para toda la cadena planetaria abarcando hasta los
más mínimos detalles de cada criatura. Hay que insistir:
hasta los más mínimos detalles para cada criatura.
Es el Logos quien fija los objetivos para todas las criaturas y para
cada una de las cadenas planetarias.
Y ahora, antes de acabar, volvamos al principio ¿Qué
hace el vidente al que nos referíamos al inicio de este escrito
para adivinar el porvenir? Pues no hace nada, porque sencillamente
es capaz de ver, de forma más o menos nítida, parte
del diseño inicial del Logos. Este diseño, que ya hemos
dicho que reposa en el plano mental cósmico, de alguna manera
se refleja en planos inferiores, tal vez debido a la plasticidad del
plano astral y a su labor de intermediación, y nuestro vidente
(y otros muchos, por supuesto) son capaces de contemplar algo de ese
diseño (tal vez una mínima parte) que permanentemente
el Logos tiene ante sí.
Juan Ramón González Ortiz
Juan
Ramón González Ortiz