Llega el crepúsculo
Juan Ramón González Ortiz


Hace años leí la vida apasionante de

Forrest Silva “Woody” Tucker, un elegante ladrón de guante blanco, una especie de Michael Caine solo que en la vida real. Dieciocho veces fugado de la cárcel. Nunca asesinó a nadie ni capturó rehenes ni nada por el estilo.

Era, además un hombre tranquilo, modesto, y nada vanidoso. Casado tres veces, ninguna de sus esposas supo jamás nada de su actividad delictiva. Robert Redford lo inmortalizó en una película sobre su vida, que fue la última película de este gran actor.


Pues bien, tras su último atraco a un banco, con setenta y nueve años de edad a sus espaldas, fue apresado y enviado a prisión, donde murió. Allí fue a entrevistarlo un periodista. Las confesiones que le hizo me resultaron muy interesantes. Se acusaba de no haber tenido nunca un trabajo fijo, un trabajo que le hubiese permitido mantener a su familia, una vida sin sobresaltos, una vida “fija” e inmóvil.

Entonces, reflexioné por un momento y me di cuenta de que casi todo el mundo abomina de sus vidas fijas e inmóviles y lo que desean son, precisamente, esas vidas a las que llaman románticas, y que son vidas locas, ciegas e “intensas”. Ese tipo de vida que, al final de su existencia, Forrest Tucker repudiaba.
Nuestro hombre se acusaba de no haber reflexionado sobre el hecho de vivir y haber dilapidado la vida, que solo nos es dada una única vez. Se acusaba de haber corrido exhausto y demente por la vida en pos de los bienes materiales, las pasiones, el riesgo extremo, el dinero, las distracciones, las aventuras, la comodidad…
La verdad es que con la edad a todos nos entra algo de juicio. Incluso a Forrest Tucker.
Yo mismo, sin embargo, soy un caso único en el que no se ha producido esa transformación, pues, mientras era joven, pensaba que cuando fuera un viejecito de barbas blancas ya no tendría problema personal alguno y que las avecillas del cielo vendrían a comer a mis manos. Mas, ¡ay de mí!, he aquí que ya me he convertido en un anciano, y que sigo con los mismos problemas personales de antaño y además los tiernos pajaritos no vienen a visitarme.
Lo que me consuela es que, lo que me pasa a mí también le pasaba al gran León Felipe, pues hay madrugadas en las que me levanto con ganas de romperlo todo, pero a nuestra edad ya no se pude romper nada.
Forrest Tucker se quejaba de no haber tenido consciencia de la suerte que es vivir y de que, en cada instante, a la vez, nacemos y morimos.
Si seguimos con este planteamiento, de que en cada instante de la vida simultáneamente nacemos y morimos, habremos de decir que también hay continuos momentos en los cuales, de golpe, pasamos de sentirnos viejos a sentirnos jóvenes, y al revés.
Ciertamente, la edad no es un número, sino que es una acumulación de experiencias y de reflexiones en el alma de cada uno.
Envejecer no es algo imaginario, como tantas veces nos dicen desde la televisión o desde las campañas comerciales. No. Envejecemos hagamos lo que hagamos. El proceso de la vejez desata en nosotros una lucha tremenda para no sentirnos condicionados por los años que vamos cumpliendo. Eso es todo lo que podemos hacer. Hay quien se rinde a la edad, sin más, y hay quien lucha contra este condicionamiento.
Nunca debemos cortar el contacto con nuestra juventud, sin que ello signifique que haya que fingir ser jóvenes. Es ridículo que un anciano intente disfrazarse de joven. Eso es algo fuera de lugar.
En fin, no hay otro camino que seguir envejeciendo, mientras tanto hay que mantener viva, dentro del templo de nuestro corazón, la llama dorada, noble y alta de la juventud. Hay que permitir que esta llama influya en nuestra vida presente y que inunde la vida de la senectud. También hay que tener presente la ancianidad, y no dejarse arrebatar por el fuego de la juventud.

Ese extraordinario, sublime y celestial soneto de nuestro Quevedo nos avisaba de esto:
“nadar sabe mi llama la agua fría, y perder el respeto a ley severa”.
La vejez también es poesía. Es el punto de arranque para la integración de nuestra personalidad con todas las experiencias de nuestra vida, pues en la vejez ya estamos en posesión de la visión de conjunto, que desconocíamos en la juventud y en la madurez.
Una lenta tortuga con una vela encendida sobre su coraza, eso es tanto la imagen de la juventud como de la ancianidad. O una mariposa bella y ligera posada sobre el cuerpo de un cangrejo. O la cabeza infantil y soñadora de un niño implantada en el cuerpo seco y torpe de un anciano.
Eso es la vejez.
En último extremo, es posible que la vejez nos cure y nos sane de la enfermedad de la vida. Me refiero aquí a los errores cometidos en la vida. La vejez no solo tiene su poesía, sino que también tiene sus virtudes, y estas virtudes son profundamente curativas. Parece que a medida que se vacía el cuerpo de sus virtudes físicas (la resistencia, la fuerza, la agilidad, …) más se llena lo que queda con la fuerza y la luz del alma.
Y esto es un logro de la vejez.
La década de los treinta años marca el inicio del fin de la juventud y el principio de la madurez.
La década de los cuarenta años nos advierte de que ya se acabó la identificación con la juventud y de que vamos hacia la cincuentena.
La década de los cincuenta es decisiva pues que la vida “va en serio” es una cosa que todos aprendemos a los cincuenta. La cincuentena marca el giro decisivo hacia la vejez. De hecho, mediada la cincuentena, yo empecé a recibir invitaciones para formar parte de diferentes asociaciones de “personas mayores”.
A cada cumpleaños sentimos que hemos dejado atrás una parte muy valiosa de nuestra vida y que hemos desaprovechado un tiempo y un vigor que ya nunca volveremos a tener a nuestra disposición.
A cada cumpleaños percibimos que el hecho de envejecer es algo imparable e inexorable.
Envejecer es algo más, mucho más, que la idea que teníamos de eso. Envejecer es entrar en otro mundo. Un mundo nuevo y desconocido de pensamientos, imágenes y sentimientos totalmente diferentes.
Frecuentemente, los jubilados conectamos con la juventud y con la niñez, comentando recuerdos e imágenes de nuestro pasado. También, casi sin excepción, alabamos la forma de vida de nuestra juventud, y todos decimos que en la sociedad de antes los valores humanos eran más importantes que el vil metal.
Exactamente lo mismo hacia mi padre, siempre lleno de recuerdos y siempre desando contar “batallitas”.
Pienso que todo esto es tan inevitable como que la juventud sea atropellada, impaciente e irreverente. Yo también he sido así.
Trabajé en la enseñanza una grandísima parte de mi vida, de hecho, casi toda ella, pues empecé muy joven. Siempre soñé que algún día se me presentaría en clase un jovencito atormentado, algo así como el Emil Sinclair de la novela Demian, que me redimiera de los excesos de mi juventud y que me permitiera adentrarme con sabiduría través los pórticos de la vejez. Pero ese alumno, del que también hablaba Gerardo Diego, nunca se presentó. Toda la vida esperando a un pupilo, y este nunca llegó.
Menos mal que aún tengo una bella y maleducada gatita, que tal vez será el único amigo que me guíe por ese terreno desconocido de la ancianidad.
En fin, la juventud es tan divina porque encierra dentro de sí la mirada de la inmortalidad. Todo es nuevo para los jóvenes. Y para ellos la vida es como una feria en la que se detienen a cada paso porque todo les encanta y les fascina: los globos de colores, el rostro de un payaso, la música continua, los paseantes, las jaulas de fieras, …
Esto nos lleva a decir que mientras hay ilusiones habrá inmortalidad. Pero, claro, nosotros ya no podemos tener ilusiones de tener una casa, o un vehículo, o levantar una familia. Eso ya no va con nosotros. Nuestras ilusiones han de ser diferentes que en la juventud.
A nuestros ojos, nuestros seguimos siendo los de siempre. Sin embargo, “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”. Efectivamente, hemos cambiado en muchas cosas, en muchísimas cosas. Pero no nos enga
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ñemos: hay algo en nosotros, el hueso de nuestra alma, tal vez, que permanece inalterable. Hay algo en nosotros que es como una roca. Firme e indestructible.
Ese es el embrión inmortal de nuestra personalidad, que está al margen del tiempo. Al llegar a la vejez nos damos cuenta de que hubiéramos debido sacar el máximo partido de este embrión, alimentarlo, pulirlo y abrillantarlo. Nos damos cuenta de que la vida y el paso del tiempo no han podido conspirar contra él y de que en un mundo siempre cambiante e impermanente, este punto hubiera significado el estrato más profundo desde el que hubiéramos debido edificar. Ese punto sonaba como una melodía muy armoniosa y suave sonando en medio de un estruendo caótico de ladridos, quejidos y gritos estrambóticos desesperados.
La vida es muy breve y no cabe arrepentirse ahora por lo que uno no ha hecho, o por lo que sí ha hecho. Estando en África, un día de calor torrencial, me senté con otros negros, a la sombra de una barca, a ver el rio Níger. En mitad del enorme río, una barquichuela, luchaba con gran esfuerzo contra la furiosa corriente. El hombre que pilotaba la barquita, atravesaba el río en diagonal, con gran valentía. Hubo un momento en el que dejamos de verle. Entonces un sonriente y hercúleo negro se giró hacia mí, y me dijo: “La vida es una barca que cruza un río”.
Y tenía razón. Toda la razón. La vida es eso y nada más.
La vida es algo transitorio, muy transitorio. Peor no podemos negar la alegría que proporciona vivir desde un lugar más profundo, en el que la transitoriedad no existe.
Se trata del alma inmortal. Eso es lo único que nos queda.
Vivir en el alma significa vivir menos centrado en las cosas y más en las personas. Vivir menos centrado en la incertidumbre del devenir y más en las certezas de las intuiciones y de los sentimientos.
Viivr centrado en el alma significa que nuestra identidad no es el yo, ni lo natural ni lo animal ni lo social, sino que nuestro núcleo trasciende todo eso y se acerca más a lo indefinible y a lo misterioso, a lo sublimemente poético, a lo radicalmente otro.
Al vivir desde el alma nos sincronizamos con un calendario que no es el cronológico, porque el alma tiene sus estaciones, y sus períodos de cambio y de espera, y sus días festivos que les son propios. El alma es una segunda realidad, superpuesta a la realidad ordinaria. En esa realidad todo es propio y original, no le influye nada ni nadie. Ni las modas ni los líderes políticos. Ni siquiera le influyen nuestros propios y estúpidos condicionamientos.
Si vivimos así, desde el alma, la vida toma una calidad superior a la calidad juvenil. La vida, entonces, se empapa de un sabor caliente, terrestre y profundo. Ligeramente salado.
No es preciso saber mucho del alma. Lo único que hay que hacer es confiar en ella, y echarse en su brazos tal y como el náufrago se aferra a un palpitante madero en alta mar.
El alma tiene más sabiduría que toda la cultura que nos ofrece la moderna sociedad de consumo. Rompamos también con el brillo mortecino y empañado de la cultura, a nuestra edad todo eso no nos aporta ya nada.
La juventud vive desde sus conocimientos recién adquiridos, pero a medida que el círculo de sus vida se va ampliando más y más descubre que hay muchas cosas más, con otra peculiar nota vibratoria. Además, para el joven, y también para muchos maduros, e incluso ancianos, los conocimientos entran dentro del campo de la ambición.
Nosotros ya no tenemos preocupación por el futuro, al menos en la misma manera que en la juventud, cuando todo era dramático y perentorio. Sabemos de sobra que el mundo se rige por la vanidad y que el desengaño fue una de las lecciones más importantes de nuestra juventud. Nada de lo que ocurra puede causarnos amargura, pero sí tristeza, porque este sentimiento está presente a todo lo largo de la vida.
Todos los que ya hemos cumplido ciertos años estamos teñidos por el matiz de la melancolía y de una especie de tristeza leve que apenas llega a colorear nuestros ojos. Se trata de ese garcilasiano “no me podrán quitar el dolorido sentir”.
Que quede claro que melancolía no es, ni muchísimo menos depresión, o duelo, o ausencia de vitalidad.
Como le pasaba a Forrest Tucker, a medida que envejecemos nos arrepentimos de muchas cosas. Casi siempre nos arrepentimos de lo que no hemos hecho. Nos arrepentimos sobre todo de no haber dado a nuestra vida un giro de ciento ochenta grados.
Arrepentirse es una cosa, y los remordimientos son otra cosa. Las dos palabras están llenas de fuerza y poder. Sin embargo, “remordimiento” proviene de la palabra “morder”, más concretamente “morder dos veces”.
El arrepentimiento no nos muerde, ni nos azuza, ni nos persigue. El remordimiento sí.
Los dos aspectos nos fuerzan a vivir desde adentro, y nos meten dentro del alma, queramos o no. Es como si nos tomaran por la solapas y nos obligaran a reimaginar nuestra existencia desde los planos más profundos posibles. Entonces, llegados al crepúsculo de nuestras vidas, nos replanteamos nuevos criterios que antaño nunca tuvimos….


Queridos amigos, la vejez es, o debería ser, una época heroica. Es el momento de romper definitivamente con la vida del yo, y de reconciliarnos con la vida del alma. Es el momento de dejar de justificarse por todo. Es el momento de no encajar con nada y de vivir para la belleza esencial que late absolutamente en todo.
Tenemos que asumir el ocaso, el debilitamiento, la oscuridad, pero también tenemos que regocijarnos de la luminosidad que palpita en nuestro interior, y la cual nos llama sin cesar para ir a su encuentro. Por muy ancianos que seamos nunca nos olvidemos del amanecer al que nuestro propio corazón continuamente nos invita.

Juan Ramón González Ortiz


 

 

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