Los
dioses de Lovecraft:
CTHULHU
Juan Ramón González Ortiz

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Me escribe un interesadísimo lector pidiéndome que aborde
el tema de P. H. Lovecraft, del cual, él se considera un lector
infatigable. Yo también lo soy. No solo soy lector y admirador
de Lovecraft sino de todo el grupo, el llamado Círculo de Lovecraft,
que se gestó en torno a él y cuya obra más perfecta
fueron Los mitos de Cthulhu: Robert Bloch (el más joven y autor
del relato “Psicosis”), Robert Howard (el autor de Conan, el bárbaro,
Salomón Kane, etc.), Clark Ashton Smith,….
Sobre Lovecraft ya he escrito en esta revista un artículo centrado
sobre todo en el Necronomicón.
Ya sabéis que para mí Lovecraft es un mago negro y todo
el conjunto de su obra contiene enseñanzas mágicas redactadas
bajo la inocente apariencia de un lenguaje esotérico y gótico
a la vez. Yo creo que todo el corpus de sus escritos es el verdadero
Necromicón.
Si os parece voy a ceñirme a las entidades terribles, los dioses,
todos ellos dioses pre humanos, pertenecientes a lejanísimas
rondas planetarias, y que eran en una gran parte entidades retardatarias
que se estancaron en su evolución cósmica y desarrollaron
fortísimos poderes magnéticos. Son seres sanguinarios
y horrorosos de los cuales habla H.P.B. Blavatsky, y además
representan una pesada herencia para las formas humanas actuales,
las cuales en un pasado muy lejano hubieron de luchar contra estos
terribles monstruos, imponiéndose a ellos gracias a su inteligencia.
Leadbeater también nos cuenta que en esas lejanísimas
épocas incluso existían gigantescas plantas carnívoras,
inclementes y feroces, que cazaban a cualquier ser que tan solo las
rozase aunque fuese superficialmente.

Los
resistentes y decididos humanos primitivos seleccionaban a osados
y heroicos cazadores, que se acercaban silenciosamente para provocar
el automático ataque de la planta cercenándola en ese
fugaz momento de un tajo capital.
A Cthulhu se le llama “Montaña que camina” y es cierto pues
sus dimensiones son inimaginables. Su frente traspasa las mismísimas
nubes. Cada paso que da debe medirse en kilómetros. Cuanto
se encuentra en posesión de su fuerza, su energía y
su salud, aún crece más en altura y volumen.
Los artistas y las gentes que lo han visto nos dicen que Cthulhu tiene
apariencia humana. Pero solo eso: apariencia, porque tanto brazos
como piernas terminan en unas garras afiladas y durísimas semejantes
a las del halcón. Además, su cuerpo es una masa tumefacta,
entre gris y verdosa, cubierta de bultos, como la de un sapo, y de
escamas.
La cabeza es gigantesca. Su rostro está oculto por una movediza
maraña de unos apéndices que se agitan sin cesar, y
que semejan tentáculos o raíces. Tal vez respire a través
de esos palpitantes tentáculos. Tras ese aparato de tubos o
probóscides o tentáculos está su faz. Seis ojos
negros e inmóviles, en dos grupos de tres, a cada lado del
rostro, y semejantes a los de un saltamontes.

Su piel es escamosa y maloliente. Es de color grisáceo tirando
a verdoso, cubierta de tumores y pólipos vegetantes. No es
carne sólida y más o menos dura o consistente, no. La
sustancia de su cuerpo es la baba y los espumarajos.
Se dice que el aspecto formal exterior se mantiene solo por la fuerza
de su mente, pues mientras Cthulhu sea capaz de conservar mentalmente
el aspecto, la estructura y la noción de su forma, esta se
mantendrá completa y perfecta aunque pierda partes de su propio
cuerpo.
De sus hombros cuelgan un par de pequeñas y ridículas
alas de piel muy dura y negruzca, semejante al cuero. Estas alas tienen
la misma estructura que las de un murciélago. Parecen cómicamente
minúsculas para soportar el tamaño de un ser gigantesco,
igual que una alta montaña. Sin embargo ese par de tristes
alas pueden inflarse a voluntad de su dueño. Sí, pueden
hincharse y agrandarse hasta tal punto que no solo pueden llevar a
Cthulhu volando adonde sea sino que, extendidas del todo, son más
enormes que muchos planetas y constelaciones, convirtiendo el día
cósmico en noche.

El viento que genera cada aleteo es suficiente como para arrasar los
más tupidos bosques de nuestro planeta Tierra o para levantar
las aguas del océano, formando olas de cientos de metros de
altura capaces de reducir a polvo la más orgullosa de las ciudades.
Usando sus alas fue como Cthulhu llegó nuestro mundo desde
un lugar desconocido, o al menos Lovecrafft no dice cuál era
el remoto astro donde Cthulhu moraba.
También, si así lo desea, puede volar utilizando la
gigantesca energía liberada en la explosión de cientos
de estrellas, pues Cthulhu puede aumentar la intensidad de brillo
y luminosidad de muchas estrellas hasta llevarlas al estallido. La
explosión de estas luminarias es de una violencia inimaginable
e impele a Cthulhu hasta el último rincón del universo,
de la misma manera que una ráfaga de fuerte viento impele a
un barco de vela incluso más allá de tierras y mares
que desconoce.

Cthulhu controla mentalmente a cada uno de sus esclavos y sirvientes
de la misma forma que la abeja reina de una colmena mantiene el control
continuamente sobre cada una de las demás abejas del panal.
Incluso los adoradores y devotos, que existen en los lugares más
apartados del Universo, están bajo el poder mental de Cthulhu,
el cual a veces en sueños les regala con alguna manifestación
de los planos ancestrales donde Cthulhu vivía, o de su propia
presencia. Algunos enloquecen al verlo en sueños…
Puesto que su tamaño es descomunal y dado que solo los océanos
pueden albergarlo, vive sumergido en el Océano Pacífico,
precisamente
en una zona que antaño fue tierra firme y que poseía
una ciudadela, llamada R’ lyeh, en la cima de una alta montaña.
Cthulhu, desde su palacio de piedra y roca, gobernaba ese continente
entero.

La fortaleza de R’ lyeh, Cthulhu dirigió incesantes guerras
contra una raza alienígena que poblaba nuestra Tierra antes
de la venida de Cthulhu y sus huestes. Eran llamados “Los seres ancianos”.

Cada una de las crías que tienen sus seguidores es perecida
a Cthulhu. También las crías pueden controlar mentalmente
a otras criaturas que también son inteligentes, si bien el
poder magnético de Cthulhu es muchísimo más fuerte,
infinitamente más fuerte.
Con el paso de millones de años, la radiación de muchas
estrellas se volvió muy peligrosa y destructiva para este enorme
ser. Así pues, Cthulhu huyó de esos grupos de estrellas
y su radiación tan nociva. En un cierto planeta, que era nuestra
antiquísima tierra, se detuvo y allí mandó construir
una profundísima cripta de piedra. Los muros de esta estancia
eran totalmente impenetrables a cualquier tipo de irradiación.
Allí, tomó una especie de letargo o de vida suspendida.
Pero su mente seguía plenamente activa manteniendo a sus adoradores
y siervos bajo sus órdenes. Ordenó a sus seguidores
que cuando se extinguiese la radiactividad estelar, lo liberasen de
la cripta en la que yacía. Les advirtió de que el edificio
que contenía su cuerpo, se distinguía de todos sobre
la Tierra porque en la puerta tenía un sello que no se podía
romper desde adentro. Forzosamente había que quebrarlo desde
fuera. El sello era tan fuerte que ni siquiera el resto de los dioses
eran capaces de romperlo.

Resulta que la ciudadela de R’ lyleh así como el continente
al que pertenecía se hundieron bajo las aguas debido a terribles
convulsiones planetarias. Se hundió también la cripta
donde dormitaba Cthulhu. Y de repente este se dio cuenta de que se
hallaba totalmente separado de sus fieles, pues la inmensa muralla
de agua que le cercaba le era inatravesable a su poderosa mente.
Mientras tanto, Cthulhu duerme en su tumba de piedra esperando que
las estrellas se alineen de otra forma y dejen de producir una energía
nociva. No hay palabras para definir ese estado ente la vida, la muerte,
la dormición y el ensueño.
Cuando las estrellas y el cielo se aquieten, el dios soñado
llamará a sus adoradores hacia él, y ellos romperán
el sello de la puerta de su casa de piedra, y Cthulhu surgirá
como antaño, para volver a imperar el mundo para su personal
deleite.
El poeta yemení ABDUL ALHAZ-RED ha sido el mayor conocedor
de la vida y enigmas de Cthulhu. Es también el escritor de
ese misterioso dístico, que dice:
“Aunque
algo yace eternamente, no está muerto,
porque a lo largo de los eones hasta la muerte puede morir”
Juan Ramón
González Ortiz