El
problema de la “mala música”
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

Todos, sin excepción, todos los maestros, da igual de qué
época se trate, han destacado el poder fundamental y básico
de la música como influencia en el Alma y en la mente.
Nunca olvidemos que música y sociedad, o, más bien,
música y vida son una y la misma cosa.
Modernamente, el Maestro Tibetano ha recalcado que una de las más
urgentes y severas preocupaciones que tiene la Jerarquía es
el problema creado por las vibraciones que desencadenan la mala música.
Sin lugar a dudas, el problema de la mala música es uno de
los más graves problemas de nuestro mundo. Es un problema comparable
a la popularización de la magia negra, o la extensión
de la miseria sexual.
LA MÚSICA EN LEMURIA
La música que acompañaba los ritos lemurianos, era dura
y tosca, casi podríamos decir, salvaje. Se trataba de una música
en armonía con esos descomunales y duros cuerpos físicos
que tenían los lemurianos... En esta música tiene su
origen el jazz, tan apreciado ahora por muchos públicos pretendidamente
cultos.
El cuerpo de deseos de aquella humanidad, primordialmente física,
precisaba de algo que lo reactivase. Y para eso, era muy importante
el uso de la música, una música rítmica y simple
que desarrollase y estimulase el incipiente cuerpo astral.
En el trascurso de la evolución de la raza lemuriana, se produjo
la definitiva división de sexos separados, que ya se inició
en la raza anterior. Entonces, al igual que había aparecido
una primera y radical división en la naturaleza humana, los
ritmos y las tonalidades musicales también se escindieron en
dos modos: modo mayor y modo menor.
Hasta entonces, la humanidad solo tenía un único modo
musical. Al escindirse la humanidad en macho y hembra, la música
lo hizo también.
Los tonos mayores eran de tipo masculino y solar. Los tonos menores
eran de tipo femenino e influenciados por la Luna.
El modo mayor conducía hacia la objetividad de la materia,
mientras que el modo menor llevaba hacia la subjetividad y a la interiorización.
Dado que durante la Época Lemuriana preponderaba la influencia
lunar, la música se enunciaría sobre todo en el modo
menor. Sería una música fantástica, interrogativa,
oscura, totalmente irreal. Este tipo de música aún se
practica en las zonas geográficas que son restos del continente
lemuriano: islas de Indonesia, Australia, Tasmania y otras islas del
Pacífico.
Si escuchamos la música de esas zonas, a pesar de que haya
habido siglos y siglos de contaminación cultural, sigue teniendo
para nosotros un impresionante tono sepulcral y lastimero. Son sonidos,
oscuros, impactantes para nuestra sensibilidad, sin melodía,
y con ritmo muy elemental y simple. A veces, entre esas tribus, la
función de esta música es facilitar el contacto con
los mundos astrales o con el mundo de los muertos.
Cualquier persona, con independencia de sus conocimientos musicales,
sabe que se puede aprehender el espíritu interior de un pueblo
con solo escuchar atentamente su música: los sonidos místicos
de los pieles rojas, las complicadísimas construcciones del
Alma en las ragas hindúes, la magia de las escalas pentatónicas
en la música oriental, …. Exactamente igual funciona esta norma
con los lemurianos: hemos de imaginarnos una música acorde
con esos gigantescos cuerpos físicos, con una naturaleza exuberante,
con árboles altísimos y tupidos y formas vegetales densas
y descomunales, y por encima de todo, una atmósfera neblinosa
y repleta de brumas.
Es de imaginar que también tendrían danzas, por supuesto
interpretadas en contextos religiosos que se relacionasen con la naturaleza
y sus ciclos, por ejemplo, el paso de las estaciones.
En aquellos templos forestales, en el seno de una naturaleza fertilísima
y aún no afectada por la mano humana, sonarían esas
músicas sagradas en las ceremonias iniciáticas que se
instituyesen.
Puesto que la fuerza lunar era extremadamente poderosa, cabe imaginar
que, en las noches de Luna llena, las fuerzas femeninas se materializarían
en música, compuesta en modo menor, y en las noches de Luna
nueva, las fuerzas masculinas harían lo mismo, pero en modo
mayor.
LA MÚSICA EN LA ATLÁNTIDA
Con el advenimiento de la raza atlanteana, los ritos y las ceremonias
adquirieron una solemnidad y una altura espiritual nunca ante vistos.
La música, en consecuencia, se vuelve seria y profunda, y alcanzaría
una grandeza como tal vez nunca más ha vuelto a tener.
Puesto que con la raza atlanteana ya se ha consolidado plenamente
el cuerpo astral, la música de esta época sería
fundamentalmente psíquica, y afectaría sobre todo al
psiquismo. Esto se reforzaría con la importancia que tendría
el agua en esa civilización. De hecho, el fin de este período
también vino de la mano del agua.
Cabe pensar, por tanto, que la música se identificaría,
al menos en una gran parte, con el elemento agua, teniendo en cuenta
que no solo los ríos o los lagos sino también el mar,
la lluvia y las brumas, que llenaban con su vapor la atmósfera,
son formas de agua.
Seguramente, aunque los atlanteanos no hubiesen perdido las facultades
que tenían los lemurianos para engarzar con la nota básica
de la naturaleza y percibir en ella las armonías angelicales,
los atlanteanos se iban sumergiendo poco a poco en el materialismo.
Pero, aun así, existía armonía con los ritmos
celestiales y los mundos angelicales. Los templos atlantes eran en
realidad centros de sabiduría en los cuales se cultivaban y
se desarrollaban todas las capacidades físicas, mentales y
espirituales del ser humano. En caso de una enfermedad era el Maestro
quien hacía que el afectado recuperase la nota musical clave,
que expulsase la inarmonía con la nota vibratoria básica
personal, social y espiritual. Por lo que nos han contado los grandes
videntes y sabios, la música en la Atlántida era un
gran factor curativo y se entonaba en el seno de los templos. Por
medio del uso de los ritmos musicales, los atlantes eran capaces de
estimular ciertas corrientes de vidas. Por ejemplo, podían
atraer las fuerzas vitales contenidas en ciertas plantas para transferirlas
a otras plantas, aumentado así la fuerza y el vigor de estas
últimas.
Los atlantes escuchaban la vibración especial de cada uno de
los objetos o de las realidades que poblaban su mundo y su civilización.
Al entonar esa vibración, el objeto se formaba ante sus ojos.
Los sacerdotes y grandes iniciados eran capaces de manejar estos sonidos
en tal forma que podían provocar la transformación de
diversos objetos.
Los atlantes también escuchaban el sonido de las corrientes
de vida y las incorporaban a sus composiciones musicales, así
como los dinámicos ritmos musicales de las plantas. Es por
esto que su piezas musicales eran de una grandeza sublime y además
eran curativas y eficazmente terapéuticas.
Cuando la Atlántida entró en su interminable y profunda
decadencia, su lenguaje también fue pervertido. Todo en la
Atlántida fue pervertido. Entonces, la vibración de
su lenguaje fue reajustada para el mal: se entonaban ráfagas
tonales que atentaban contra la nota clave de la persona o de los
objetos, así se buscaba destruir la vida y las propiedades.
A medida que la depravación de la Atlántida fue incrementándose,
las disonancias en música fueron aumentando. La música
dejó de ser bella y solemne. La música que se ejecutaba
era sombría y oscura. Esta música inducía a la
enfermedad, a la amnesia y a la locura. En sus templos de perversión,
los tonos musicales implicados, bajo el gobierno de los seres más
siniestros, proyectaban el ego inferior de los que escuchaban fuera
de sus cuerpos. A veces el resultado de estas prácticas era
la muerte o la permanente obsesión.
Tras el hundimiento de la Atlántida, fue preciso recuperar
el mundo de la armonía. La raza ariana, regida por la mente,
generó un nuevo tipo de música, concebida como algo
intensamente espiritual pero que fluye a través del patrón
de la mente superior. Lo cual es algo nuevo
Con la llegada de la sexta raza, un nuevo tipo de música surgirá.
Nada podemos decir de cómo sonará esta música.
Sin lugar a dudas, tendrá valor iluminatorio y sanador y trasmitirá
la esencia espiritual que late en el interior de cualquier ser humano.
Tal vez, también, esa música, en la medida en que la
mente de la persona en particular esté espiritualizada, conferirá
esos poderes del alma que son necesarios para servir a la humanidad.
LA MALA MÚSICA
Personalmente, siempre he creído que cuando Vicente Beltrán
Anglada hablaba contra el Jazz, en el fondo, estaba hablando contra
la música actual, en sus variedades más inarmónicas.
El jazz era lo más disolvente entonces y, además, se
estaba difundiendo grandemente porque despertaba la curiosidad de
muchas gentes. Según tan apreciado autor, las explosiones atómicas
rompieron los éteres protectores del planeta hasta tal punto
que, antes de que pudieran ser reparados por los ángeles, pudieron
penetrar indeseables entidades que complicarían la vida grandemente
a los humanos, sobre todo a los comprometidos con la evolución.
Una de las entidades que penetró atañe a la mala música.
A la música discordante. Otras entidades tienen que ver con
la miseria sexual, con las drogas, etc.
Con respecto a la música de jazz, Vicente Beltrán Anglada
nos dice que es una música llena de sonidos contra la llamada
raza blanca.
El jazz es el origen de toda la mala música, desde el rock
hasta el rap, pasando por el acid, el house, el metal, el trap, y
demás estilos…
El jazz tiene su origen en la música lemuriana, cuando se trataba
de estimular el cuerpo de deseos de una humanidad primordialmente
física. El jazz, por tanto, exacerba la actividad del cuerpo
astral, despertando emociones que no son deseables.
Si consideramos que la música es un instrumento poderosísimo
de elevación, el jazz es precisamente todo lo contrario pues
no solo no induce a la espiritualidad, sino que perturba profundamente.
Si así es el jazz, ¿qué diríamos, entonces,
de músicas modernas que aún son peores? ¿Qué
diríamos de esas músicas discordantes, eléctricas,
ruidosas, acompañadas de violentos y centelleantes juegos de
luz que no hacen sino atraer a formas malignas ligadas a esas vibraciones
y a esas luces?
Nunca jamás deberían autorizarse esos ruidos electrónicos
llamados “música moderna”, en la habitación de un enfermo
y aún menos en un templo. La música electrónica
moderna no puede tener cabida en los hospitales porque su baja tasa
vibratoria y la carencia de formas astralmente bellas, dificultan
y retardan la curación.
Los adolescentes permanentemente sometidos a la continua agresión
de estas músicas es forzoso que crezcan ajenos a la compresión
de la belleza espiritual (pues la música es la más espiritual
de todas las artes), a la escucha atenta y cuidadosa, y al refinamiento.
No entro en qué tipo de consecuencias psíquicas y psicológicas
les pueden originar años y años de estar en contacto
con estas vibraciones.
Rodzinski proponía como medio para combatir la delincuencia
juvenil suprimir el jive, y en su lugar exponer a la juventud a una
música superior. Y eso que Arthur Rodzinski hablaba del jive,
que aún tenía algo de melódico, porque si llega
a escuchar lo que hoy en día se llama hip hop, o, peor aún,
tuerking se habría muerto.
Concretamente, del jive decía que, a la larga, contribuía
a la degeneración mental que lleva al clima del que surgen
las guerras. Este antiguo director de orquesta insistía en
que no veía la necesidad de “música oscilante” mientras
estuviesen ahí, siempre vivos, los valses clásicos y
las composiciones bailables de los grandes compositores. Lo peor de
la llamada música mala es que no habla ni al corazón
ni a la mente. Simplemente irrita, o fatiga, o las dos cosas a la
vez.
En muchos casos lo que llamamos locura, es simplemente la negación
de una personacon respecto a ciertas experiencias, sobre las cuales
no tiene ningún control. Llegando a la frustración más
absoluta, el individuo levanta un mundo de sueños e irrealidades
y, acto seguido, entra en él como única escapatoria
posible.
La música atraviesa a la vez el córtex, sede de la conciencia,
y llega al cerebro profundo, sede de los sentimientos, unificando
todos los planos del cerebro en una armonía construida en torno
a la música.
La terapia musical no encuentra ninguna barrera, como a veces le pasa
a la palabra. La música se cuela hasta el rincón más
apartado del subconsciente, actuando benéficamente en todos
los niveles por los que pasa.
La palabra, por el contrario, casi siempre se ciñe o se mueve
en el área superior, y por eso no siempre puede descender a
las profundidades de la mente humana.
La buena música es un tratamiento idóneo para corregir
la ruptura entre los distintos vehículos humanos. No olvidemos
que quien cura no es la música sino los ángeles aparejados
a estas celestiales vibraciones. La música es el genuino lenguaje
angélico, así nos lo han dicho todos los maestros que
han logrado contactos angélicos. El propio Beethoven también
lo decía cuando comentaba que durante sus “raptos”, pues así
los llamaba, escuchaba melodías y composiciones de una belleza
inenarrables. Posteriormente, a la hora de registrar esas piezas en
el papel pautado, el sordo genial, maldecía y se desesperaba
cuando comprobaba que era humanamente imposible trascribir esas melodías
tan bellas, tan conmovedoras y tan profundas. La sublimes obras beethovenianas,
que hoy admiramos sin reservas, no son sino un pequeño y ridículo
reflejo de esas melodías que oyera en los mundos angélicos.
Son los ángeles, como supremos terapeutas, los que con su infinito
poder han desarrollado maravillosas curaciones, pues la armonía
es el fundamento de la salud en todos los cuerpos que componen el
ser humano. El cuerpo es un templo, y la desarmonía lo destruye
y lo hace enfermar.
La desarmonía que introducimos en nuestro interior tiene muy
diversos orígenes. Uno de los más nefastos son los sonidos
discordantes, primitivos, ensordecedores que brotan de la mala música,
de la cual así es imposible escapar hoy en día. Es tan
tremenda la presión de la mala música nuestra alma que
muy bien podríamos hablar de una contaminación musical,
tan destructora como la contaminación industrial.
Hay que insistir una y mil veces que la llamada música moderna
tiende al materialismo y al desequilibrio. Hasta tal punto esto es
así que en los recitales de este tipo de música el alcohol,
la droga, los accidentes de carretera e incluso los homicidios abundan
e incluso se consideran normales.
La actual densidad psíquica que se cierne sobre el mundo se
ve aún más espesada por la infección de la mala
música, pues esta música atrae a las fuerzas sombrías
más dañinas que se pueda imaginar. En todos los escenarios
donde abunda la drogadicción, o cualquier forma de miseria
psíquica, incluido el satanismo, existe siempre la presencia
de la mala música como ineludible colaboradora del desastre
espiritual.
Toda la música de la civilización occidental emplea
como base las consonancias, ocasionalmente, intercaladas con disonancias.
Sin embargo, a través de toda la historia musical las disonancias
muestran una tendencia a preponderar sobre las consonancias. Las disonancias
solo eran libremente usadas en la música folklórica.
Finalmente, la música llega por un lado al súmmum del
materialismo y al auge extravagante de la disonancia con Stravinsky
y Schoenberg de un lado y el jazz de otro, pues el jazz es una evolución
de la música popular venida de África con los esclavos
negros en los tiempos coloniales.
Podríamos decir, que, actualmente, ocurre con la música
occidental lo contrario de lo que pasó en sus inicios: que
las disonancias preponderan sobre las consonancias, organizándolo
todo.
Con el aumento del pensamiento disruptivo y cada vez más materialista
(y el materialismo se manifiesta en egoísmo), las disonancias
en música han ido aumentando cada vez más y más.
Y esto es la demostración de la decadencia espiritual de nuestro
mundo, pues la disonancia es destructiva, y alimenta el cuerpo de
deseos, mientras que las consonancias son constructivas, y alimentan
el plano mental y construyen un puente hacia los mundos superiores.
El materialismo en música ha llegado a tales externos que no
se ha salvado ni siquiera la música religiosa. Pues esta se
ha hecho tan vulgar y tan grosera como si fuera una música
más. Esta música no tiene ni paz ni elevación.
Es normal si tenemos en cuenta que muchos curas modernos afirman que
dudan de la existencia de Dios o sostienen que los ángeles
son simplemente símbolos, o sea, seres inexistentes.
En
fin, opino que la música es un elemento fundamental en la vida
del alma. La música es una revelación angelical
que atraviesa todas las capas del ser humano, afecta directamente
al psiquismo y a toda nuestra realidad espiritual.
La música, en verdad, es algo milagroso que nos hace vivir
en armonía con la naturaleza y con el cosmos. La música
nos entrega momentáneas visiones de esos mundos trascendentales
por cuyo conocimiento todos suspiramos.
La armonía implícita en la buena música es uno
de los más eficaces cortafuegos frente a la tormenta de fuego
del más brutal y agresivo materialismo que se ya casi se ha
apoderado de toda la sociedad.
El papel de la música en la liberación de las capacidades
espirituales y creativas del ser humano es tan grande que casi podemos
decir que su uso y utilización será una de las notas
más distintivas de la Nueva Era.
Súbito, ¿dónde?, un pájaro sin lira,
sin rama, sin atril, canta, delira,
flota en la cima de su fiebre aguda.
Vivo
latir de Dios nos goteaba,
risa y charla de Dios, libre y desnuda.
Y el pájaro, sabiéndolo, cantaba.