El
mandala de la rueda de la vida
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

La palabra mandala, tan reciente en nuestras lenguas, se ha introducido
profundamente en occidente, de un tiempo a esta parte. Un mandala
es una creación plástica, casi siempre de tipo circular,
aunque también los hay cuadrados, que manifiesta el conocimiento
espiritual, el proceso de creación del cosmos, así como
su estructura, y la esencia de la energía propia de la espiritualidad.
El mandala tiene que ser creado según unas muy estrictas normas
estéticas y simbólicas, muy precisas y determinadas.
Jung opina que los mandalas son revelaciones psicológicas;
es decir, una proyección geométrica del drama interior
psíquico. Efectivamente, el mandala es una representación
de la mente, y al mismo tiempo, es también una representación
de la dinámica del universo.
El mandala describe también un camino simbólico desde
el exterior hasta alcanzar, en su interior, el centro dinámico,
que expresa la clave central. Ese camino, desde el exterior hasta
el centro, representa el camino hacia la liberación.
El punto central es siempre la mente del Buda.
Finalmente, hay que decir, que el mandala no solo pinta plásticamente
la naturaleza de las formas, tanto de las formas ilusorias de la mente
como del universo, sino que también representa el vacío,
la ilusión, la inexistencia, de todo lo creado.
El mandala, en definitiva, es un acertijo, o una evidencia, dependiendo
del nivel de cada uno, referida al autoconocimiento propio. Esta faceta
del mandala como camino o evolución interior se ha desarrollado
muchísimo hoy en día a partir de las interpretaciones
que hizo Jung. Para este psiquiatra los mandalas son formas arquetípicas
que surgen de contenidos inconscientes comunes a toda la humanidad,
a todas las culturas y a todas las eras. Precisamente, el mandala,
es un puente entre el consciente y el inconsciente que permite que
esas realidades psíquicas se objetiven y se proyecten
al exterior.
Aclaremos que mandala
en sánscrito significa ‘círculo’. Y que en tibetano
se le llama khilkhor. En japonés se denomina mandara,
que también se usa, en Japón, para referirse a
cualquier tipo de pintura de tipo religioso.
El mandala de la rueda de la vida
Esa, sin duda alguna, es el mandala más divulgado y conocido
en Occidente.
Seguramente, esto es así porque este mandala permite entendernos
a nosotros mismos y a nuestra posición en el mundo. Este mandala
nos proporciona la clave de que este mundo no es satisfactorio
ni ideal, al menos para una enorme mayoría, y nos advierte
de que la realidad de esta vida es el sufrimiento, la insatisfacción
y la ceguera, causada por la ignorancia, la codicia y las pasiones.
Finalmente, este mandala nos avisa de que al final la muerte
nos aguarda, sea cual sea nuestro estatus o nuestra consideración
social.
Digamos que este mandala no solo es budista, sino que expresa una
sabiduría que se puede compartir con cualquier ser humano occidental,
con cualquier persona que corra día a día desasosegada,
zarandeada por sus obligaciones laborales, sociales y familiares,
y que se pregunte, tal vez a solas, cuando nadie la ve, si la vida
es esta frenética e infernal rueda sin orden ni sentido.
Este mandala expresa que hay un camino de paz detrás del sinsentido
atroz y de la fatiga de nuestras torpes y pequeñas vidas. Por
eso este mandala es tan apreciado en occidente, y por eso es el más
reproducido. Inconscientemente, las almas occidentales requerimos
de la contemplación de este mandala y, también inconscientemente,
con la mirada interna, captamos su significación.
Esto quiere decir que, para explicárselo a nuestra mente sensible
y racional, no hace falta remontarse a niveles que requieran conocimientos
o iniciaciones previas de teología budista.
El mandala de la rueda de la vida también es la representación
gráfica del concepto del samsara. El samsara es el mundo en
el que vivimos en su infernal dinámica, de errores, de dolor,
de nacimientos y de muertes, con sus continuos e imparables cambios,
desde la niñez hasta la decrepitud. El samsara es la marejada
en la que el ser humano navega superado por las olas enormes de la
vida. El samsara es inseparable del hecho de vivir. Por eso al mandala
de la rueda de la vida se le llama frecuentemente Samsarachakra,
o Bhabachakra, la rueda del porvenir. En tibetano se le llama Sipay
Khorlo, o Círculo del samsara.
Como vemos, este mandala se organiza en torno a cuatro círculos,
y dentro de estos círculos hay una variadísima representación
de figuras.
El mandala de la rueda de la vida ha de interpretarse a partir de
su centro. Que es el círculo número uno. Descifrar el
mandala así es como salir del laberinto a partir del centro,
buscando la salida, y no al revés. Esto una rareza, pues en
casi todos los mandalas el proceso es siempre el contrario: del exterior
hacia el interior.
En ese círculo hay tres animales que se persiguen: un pájaro
(¿una gallina, o un gallo?), una serpiente y un cerdo (o jabalí):
Estos animales nos responden a la pregunta: ¿por qué
sufro tanto? Por supuesto esos tres animales, son tres símbolos
trascendentales:
• El pájaro, representa la codicia, el ansia irrefrenada de
acaparar y de vivir solo para lo material, fundamentalmente para el
dinero, como si el ser humano no fuera más que un siervo del
dinero.
• El cerdo, simboliza la ignorancia acerca de nuestra propia naturaleza
y de la naturaleza de todo cuanto nos rodea. Representa también
todas nuestras emociones negativas, que son muchas y muy poderosas,
incluyendo la tristeza y la frustración continua y constante
que, diariamente, experimentamos en nuestras vidas.
• La serpiente, representa el odio, la ira, el resentimiento hacia
algo o alguien, que se van acumulando en el fondo de nuestro
corazón espiritual.
Estos tres animales,
o, lo que es lo mismo, esta pequeña rueda interior, es el motor
que pone en giro toda la rueda del samsara. El budismo afirma que
estos tres animales son “los tres venenos”.
Recordemos que, para el budismo, aunque en la actual encarnación
no tengamos esas actitudes tan egoístas, sí que las
tuvimos en el pasado, en anteriores encarnaciones, y por supuesto,
sus consecuencias nos persiguen.
El segundo círculo, es un estrecho círculo, dividido
en una mitad de fondo blanco y una mitad en fondo negro. Nos muestra
cuál es el resultado de las acciones que cometemos,
Las parte blanca nos pinta las consecuencias del karma bueno. Vemos
que estos personajes se elevan hacia la categoría de dioses.
Representan la victoria sobre el ego y sobre los tres venenos. Se
percibe la alegría y la devoción en sus gestos. Son
una mujer, un hombre bien ataviado y un monje. En el semicírculo
de fondo en negro, tres figuras se precipitan, desnudos, hacia la
oscuridad de los abismos. En el dibujo anterior, una horrible entidad,
diabólica, ha encadenado a estos desdichados y los arrastra
hacia el reino del dolor.
El tercer círculo expresa plásticamente las condiciones
que imperan en cada encarnación, y en cada reino de la existencia
humana.
Está dividido en seis “habitaciones”, o reinos (gatis). En
esos reinos nos va a tocar encarnar vida tras vida. En el mandala
de la ilustración estos seis reinos, en el sentido del reloj,
son:
• El reino celestial, de los dioses.
• El reino de los asuras, o de los titanes.
• El reino de los animales.
• El reino de los espíritus infernales.
• El reino de los seres hambrientos, o pretas.
• El reino de los seres humanos.
• Este tercer círculo casi siempre está pintado sobre
un fondo azul, pues en la simbología tibetana el azul es el
color que representa la conciencia de la mente.
Los dioses ocupan el recinto superior de la rueda. Se percibe que
se trata de una existencia beatífica. Un muro, con una puerta
abierta los separa del resto de las atormentadas vidas que atraviesan
la rueda del samsara.
La figura central es la de Avalokiteshvara, que teje una bella melodía,
tal vez buscando despertar a los propios dioses;
tras él vemos un resplandeciente palacio circuido por
bellos resplandores de luz. A su alrededor, varias figuras, admirativa
y respetuosamente, otorgan su homenaje y su gozo a esa gran figura
central.
Entre nosotros, en nuestro mundo, los dioses serían esos multimillonarios
estadounidenses, que jamás han pegado ni golpe, y que ya nacieron
dueños de una incontable fortuna, en familias poderosísimas
y muy influyentes, y que viven dedicados a su placer. Todos ellos
residen en una permanente primavera, entregados a su cuidado
personal, a navegar en sus yates, o dedicados al surf, y que dejan
a un consejo de avezados estrategas la obligación de acrecentar
su patrimonio.
A la derecha de esta celestial región, tenemos a los heroicos
asuras o titanes. Es un mundo repleto de llamas y de agitación.
Estos seres sobrehumanos viven entregados a la acción y a las
hazañas. Sus vidas son de continua pelea y de grandes recompensas.
Aquí no hay goce o contemplación, como en la vida anterior.
Aquí todo es acción y lucha, contra otro titán
o contra el entorno. También son vidas semidivinas por los
lujos y refinamientos de los que disfrutan. A su lado nosotros no
somos sino pobres gusanitos que se desenvuelven en una simple vida
que solo tiene dos dimensiones. Entre nosotros, los asuras podrían
ser esas personalidades todopoderosas del mundo de la alta política,
de la economía, de las finanzas, del arte o la moda, que van
y vienen en sus viajes en avión, y que cruzan medio mundo
para asistir a una reunión en la que hay que tomar decisiones
delicadísmas. Estas son vidas de permanente conquista y combate,
escaso o nulo reposo y mucho riesgo. Está claro que todas
estas personas llevan una vida de una intensidad superior a la nuestra,
no solo por el nivel de actividad que tienen sino porque sus combates
son tales que ellos tienen de sí mismos la percepción
de que son héroes a la manera de Héctor, Temístocles,
Eneas o Hércules. Pero, como pasa con el nivel anterior, los
dioses, también se agota el karma de estas vidas, y entonces
se esfuman de ese nivel de existencia para renacer en otro de los
sectores.
Vemos la figura central del Árbol que concede todos los deseos,
o Árbol del Conocimiento (Kalpataru). Algunos titanes se sientan
en torno al Buda Heroico que les imparte instrucción espiritual.
Mientras estos escuchan, otros muchos luchan en torno al árbol
por combatir la ilusión, la oscuridad y la ignorancia.
El espacio siguiente del mandala representa el mundo de los animales.
Son vidas duras y de un miedo intenso. Solo el ser humano puede rescatar
a un animal de vivir bajo el peso del terror, la escasez, la enfermedad
y la muerte brutal. El ser humano es el único que puede instruir
a un animal de tal manera que definitivamente ese animal quede ya
lanzado para siempre a la corriente de evolución, de tal manera
que en otra vida tenga más oportunidades y, por fin, renazca
un día como ser humano.
Entre nosotros, el nivel de consciencia adecuado a este reino es el
de la gente animalizada, cuya existencia es psicológicamente
inferior, o casi germinal; es decir, que su psiquismo es casi
plano, y su vida interior inexistente, y todo se reduce a satisfacer
lo más básico del cuerpo, estando la mente casi ausente
de todas sus decisiones. Sus vidas se reducen a satisfacer sus cuerpos,
pelear, huir, atesorar, temer, ser habilidosos en la lucha, o en trabajos
manuales, etc.
El nivel inferior es el reino del infierno. En realidad, el infierno
budista son dieciséis recintos, ocho fríos y ocho calientes,
cada uno rodeado de dieciséis infiernos menores. En total 256,
que, unidos a los dieciséis principales, suman 272 estancias.
Como pasa con los demás sectores del mandala, aquí tampoco
se reside eternamente. Yama, el amo del infierno, preside todos
los horrores, por ejemplo, arder en calderos y hornos de fuego, o
atravesar un bosque donde los árboles tienen ramas más
afiladas que espadas, o ser devorado por animales, o subir y bajar
por valles de montañas cubiertos enteramente de cenizas incandescentes.
Entre nosotros, este nivel de existencia es el que podría
reinar en una oscura y remota cárcel de cualquier país
del tercer mundo. Violencia desmedida, total falta de libertad, brutalidad
constante, ceguera espiritual, enfermedad, crimen, inseguridad, hambre,
parásitos, soledad, frío, calor, ….
A continuación, vienen los pretas, o espectros errantes. Sus
bocas, o sus cuellos, son finos y pequeños y no les permiten
alimentarse. Por eso arden en una permanente e insaciable hambre.
Tienen por ello el vientre hinchado. Su existencia también
es infernal. No pueden saciarse ni con las frutas ni con la abundancia
de la naturaleza pues su vida es hambre ciega y permanente. Su realidad
es vagar desesperados. No hay más. Esta es la vida ansiosa
que podrían experimentar los ambiciosos, o los envidiosos,
siempre hambrientos, o, aún más, los que tienen arden
bajo algún tipo de adicción, por ejemplo, la adicción
a las drogas. Estas gentes no pueden disfrutar del hecho de vivir,
o de conformarse con lo que tienen. Su existencia es permanente insaciabilidad
y la angustia desaforada y mortal por lo que no tienen.
Toda la vida de un preta es intentar satisfacer su deseo. Incluso,
apelan a la magia negra para que los humanos colmen sus mortales
ansias, y, generalmente, esto se hace a través de la sangre.
En cierta manera, nuestra existencia inquieta, angustiada, en mitad
de la mortal incertidumbre que nos cerca, se aproxima mucho a
la realidad de los pretas. Aún lo es más más
para todos aquellos que arden en la sed de la posesión,
el infierno del consumismo, y corren tras cualquier objeto o tras
cualquier pasatiempo de los muchos que nos tiende el mundo moderno:
viajecitos, títulos académicos, honores y dignidades,
adquisiciones materiales, …
Finalmente, entramos en el sector de los humanos. Este es el reino
del esfuerzo y de las grandes decisiones. Y es el espacio del
Buda histórico: Sakyamuni. Se puede ver en la ilustración
una mujer pariendo, un agricultor que trabaja duramente el campo,
otro marcha con un muerto a cuestas envuelto en un sudario blanco,
otro, acaso un monje, mendiga junto a un gran señor, otro reconoce
a una mujer desnuda, … Finalmente, en la parte superior, de este sector,
un monje budista enseña el Noble Sendero a varios discípulos.
Un pequeño muro los separa del mundo del dolor, de la concupiscencia
y de la ignorancia, que impera en el resto de la humanidad. Ese pequeño
muro nos asegura que los monjes moran en otra realidad, en otro nivel,
en un nivel superior al desdichado y confuso mundo de los humanos.
Queda ahora por comentar la cuarta rueda, la más exterior y
que es la más importante. Son los doce nidanas, o eslabones
de la causalidad que aseguran la infernal cadena del samsara. En su
conjunto este cerco de hierro nos aprisiona y nos impide parar el
diabólico giro de la rueda del samsara.
Esta rueda exterior, junto con el Buda que preside silenciosamente
el giro de la rueda en manos del enrojecidoYama, es la clave del mandala
de la rueda de la vida.
• La primera imagen, justo bajo el colmillo del dios Yama, es una
mujer ciega que camina a tientas con su bastón. Representa
la ignorancia inicial, que es la que hace que tengamos una idea absolutamente
falsa de nuestra realidad y de la realidad del mundo y de la vida.
• La segunda imagen, es un alfarero que modela un cacharro. Representa
lossamkaras, o sea, las impresiones que lentamente nos van formando.
Así, poco a poco, nuestra ignorancia va dando forma al plano
de la ilusión. Pues, al igual que el alfarero modela a su gusto
un objeto, nosotros sin darnos cuenta, con nuestros pensamientos,
sentimientos y actos, vamos modelando nuestra personalidad, nuestro
destino, y nuestro karma.
• La tercera imagen es importantísima: un mono que juega con
un fruto en la cima de un melocotonero. Expresa cuando nuestra conciencia
(vijnana) ya modelada, toma posesión de nuestro cuerpo. Se
trata de una conciencia no formada ni educada, una conciencia
inquieta, como un mono, que salta de un ilusión a otra, de
lo bueno a lo malo, incesantemente. Según el Abidharma
esto no solo es válido en el paso de una vida a otra, sino
también de un día al siguiente, e incluso de un instante
al que le sucede.
• La cuarta imagen es dos hombres en un bote cruzando un río.
También puede ser un único hombre, o tres. El barquero
representa la personalidad. El barco la forma corporal. El agua es
el propio samsara que arrastra al barquito. Cuando hay dos barqueros,
uno es la personalidad y el otro es la mente. Si hay tres, se trata
de la personalidad, la mente y el cuerpo, los tres juntos, reunidos
en un único barco.
• La quinta imagen: seis casas vacías, o un grupo de casas
con seis ventanas. Las casas o las ventanas son los seis sentidos
(pues la mente cuenta como un sentido más). Es la personalidad
la que impulsa la percepción exterior, y no al revés.
• La sexta imagen es el acto amoroso. Aunque también puede
figurar en su lugar, simplemente, una joven mirando seductoramente.
Representa el contacto con los objetos. Al contacto con el plano físico,
salta una chispa que, permanentemente, nos une ya a ese objeto, experiencia
o realidad.
• La séptima imagen es un hombre cegado en un ojo (o en los
dos) por una flecha. Representa la sensación (vedana), la
chispa que surge de la experiencia. Esa sensación es fuerte
y certera, como una flecha, y nos ciega y a la vez acaba causando
dolor.
• La octava imagen: un hombre bebiendo. Una vez que aparece la sensación
aparece, también, la sed (trishná). Y esa sed no se
apaga y nos impulsa a seguir bebiendo. La sed fomenta la aparición
de sensaciones nuevas. Esa sed, generalmente es sed sensual, que
necesita del apego a objetos materiales, aunque los budistas también
entienden que existe una “Gran sed”, una sed buena, por la humanidad
y por los Budas.
• La novena: un mono arranca fruta de un árbol. La sed genera
el ansia de seguir obteniendo, acaparando y poseyendo (upadana).
• La décima imagen es una mujer embarazada. Representa la formación
del agente kármico, o de los agentes kármicos, que nos
van a esclavizar en un mundo de consecuencias, y en uno u otro reino
deexistencia.
• La undécima imagen: parto. Entrada decisiva en el mundo
de la existencia kármica, y demostración de que este
es un mundo de causas y consecuencias.
• Duodécima imagen: envejecimiento y muerte (jaramarana).
Un anciano lleva a la espalda a un muerto. El nacimiento de la escena
anterior es la semilla de la muerte. Y así durante interminables
rondas y rondas. Con esta terrible imagen acaba.
El Buda, y su conciencia
búdica, están fuera de esta rueda infernal, lejos de
las mutaciones que funcionan solo para aquellos cuyas conciencias
aún no han despertado a la clara luz del Dharma.
El Buda enhiesto e inmóvil, ofreciéndonos el espejo
de nuestra propia existencia, verdaderamente, es la clave de todo
el mandala de la rueda de la vida.
Él, con todo lo que representa, es la medicina. Él es
la llave de nuestro crecimiento y de nuestra huida del samasara.
Porque lo opuesto a samsara es nirvana. Y el Buda nos señala,
apuntando al vacío azul de la mente divina, el camino. Solo
que, desdichadamente, este es un camino que va por dentro de uno mismo,
por eso es tan largo.