Marta
Robin.
Cincuenta años sin comer, sin beber, sin dormir.
Juan Ramón González Ortiz

Siempre ha habido dos tipos de santos que se me han hecho irresistibles:
los grandes pecadores, y los estigmatizados.
Era normal que desde niño me atrajesen los primeros, los grandes
pecadores, pues desde siempre tuve una personalidad rebelde y hosca.
La sociedad se ha acostumbrado a mirar con simpatía a los rebeldes,
pensando de ellos que merecen más aprecio y consideración
que la gente normal, la gente anónima y desconocida que sufre
y se calla. Y no es así. En absoluto. La rebeldía suele
enmascarar graves problemas personales. Además, los rebeldes
son gente muy arrogante dispuestos a sacrificar vidas ajenas a cambio
de la imposición de su ideas, porque, al mismo tiempo, y, por
si fuera poco, los rebeldes son intolerantes en el grado máximo.
En cuanto a los estigmatizados, era para mí todo un enigma.
Porque Cristo hacía la donación de sus estigmas a sus
favoritos con el único fin de que sufrieran, de que sufrieran
con él, una parte, al menos, de su dolor en la Pasión.
Pues, por si alguien no lo sabe, los estigmas son muy dolorosos. Causan
un dolor indescriptible.
San Francisco de Asís, el primer estigmatizado, Santa Margarita
Alacoque, Santa Gema Galgani, el Padre Pío (que portó
los estigmas durante cincuenta y tres años, y que cada día
perdía en torno a dos tazas de sangre), …
Pues bien, conocí a la francesa Marta Robin, en una lista de
estigmatizados. Como era la única que no conocía, decidí
penetrar en su vida.
Y ahora, si me lo permitís, os voy a presentar su biografía.
Os pido que me acompañéis.
En 1902, en ChâteauneufdeGalaure, en el departamento francés
de Drôme, en la región de AuverniaRódanoAlpes,
nace, el 13 de marzo de 1902, Marta Robin.
Sus padres eran campesinos muy modestos. Desde luego eran cristianos,
pero no excesivamente practicantes, es decir, asistían a la
iglesia con motivo de las festividades más importantes y solemnes,
pero nada más. Fue su sexta y última hija. La primera
hija, Céline, vivió hasta los años 90.
La propia Marta contaba que cuando hizo su primera comunión,
en 1912, “Él se adueñó de mí”.
A los trece años Marta dejó de estudiar y se dedicó
a las tareas domésticas como cuidar a los animales, sobre todo
a las cabras, cocinar, coser…
En mayo de 1918 Marta comenzó a tener fuertes dolores de cabeza,
fiebre, dolores en los ojos y vómitos. Los médicos pensaban
que era un tumor cerebral. Finalmente entra en un estado letárgico
que le dura veintisiete meses, con algunos instantes de consciencia.
Cuando por fin se recupera de ese grave cuadro afirma, “he tenido
un encuentro con el Señor”.
Desdichadamente, sus males reaparecen en 1921. Un poco más
adelante surge una intensa parálisis en las piernas. Para 1924
ya casi no puede caminar.
Fue una época tremenda de lucha contra su enfermedad. Un buen
día, lo vio claro y dijo: “Yo he luchado con Dios. Pero después
de dos años de resistir, por fin acepto”. Era el día
de Santa Teresa de Jesús de 1925. Tenía 23 años.
Dos años más tarde su enfermedad se agrava aún
más. Permanece en coma tres semanas.
Paralítica, incapaz siquiera de agitarse, siempre con las piernas
dobladas, permanece recostada en un diván cuyo largo mide un
metro y diez centímetros. Ahí vivirá toda su
vida.
Lo
que parecía una parálisis de los miembros inferiores
va transformándose en tetraplejia y esta va avanzando de manera
inexorable: las manos se le quedan rígidas, ni siquiera puede
mover la cabeza, y bien pronto es incapaz de tragar, masticar o beber.
Tampoco puede dormir. En los cincuenta años que estuvo postrada
en su diván jamás durmió ni un minuto. Hay miles
de testigos que corroboran esto.
A partir de 1932 dejó de comer y de beber. Este fenómeno
se llama inedia o ayuno absoluto.
Un hecho extraordinario que sucedía cada vez que Marta comulgaba
era que, al no poder pasar las Eucaristía por su incapacidad
de tragar, esta era absorbida milagrosamente y desaparecía
de su boca. Muchas veces, incluso antes de que el sacerdote la colocara
en la lengua, volaba de sus manos hacia Marta como si la propia Forma
tuviera ansias de ser recibida por ella. Hay muchísimos testigos
presenciales de esto. Y no ha sido un caso único en la historia,
pues también se cuentan casos en la vida del santo cura de
Ars, de santa Catalina de Siena, de santa María de las cinco
llagas y de otros. El padre Finet escribió: “Tres veces, la
Eucaristía se me ha escapado de mis manos a veinte centímetros
de distancia para entrar en la boca de Marta. En ese momento cayó
en éxtasis”.
En septiembre de 1939, aparecen los estigmas, permanentemente, en
cabeza, manos, pies y costado. También a partir de ese año,
en el que se inicia la Segunda Guerra Mundial, Marta entrega su vista
(lo único que tenía sano) como sacrificio personal para
aliviar el horror que se iba a desplegar para la humanidad. Ella dice
que la ofrenda es inmediatamente aceptada. Consecuentemente, se queda
ciega bruscamente. Solo distinguirá a partir de entonces la
luz de la oscuridad. La luz le molestaba muchísimo cuando le
incidía directamente en la pupila, de hecho, le podía
provocar un desmayo por lo doloroso que le resultaba. Motivo por
el cual su habitación siempre debía estar en penumbra.
Cuando le administraban en la boca la Eucaristía, la cual fue
su único alimento diario durante cincuenta años, ella
decía, “es como si un ser viviente entrara en mí”. Tras
la Eucaristía, todos pueden comprobar cómo una gigantesca
energía la inunda de pies a cabeza y permanece en éxtasis
durante horas. A veces estos éxtasis duraron hasta dieciocho
horas.
El informe médico oficial que, en febrero de 1942, elaboraron
unos médicos de la facultad de Medicina y de los hospitales
de Lyon, entre ellos un psiquiatra, concluye diciendo: “En cuanto
a los estigmas: eliminamos cualquier origen histérico y afirmamos
la realidad de los estigmas sangrantes fuera de toda duda de simulación
o superchería. En cuanto a nosotros, lo consideramos como una
manifestación de orden sobrenatural”.
En 1930, Marta conoce al más importante sacerdote de su vida,
el padre Georges Finet, que murió en 1990. Pero Marta Robin
lo había conocido seis años antes, sin que él
se diese cuenta, cuando intervino para salvarlo de un desplazamiento
de tierras en Fourvière. Murieron allí diecinueve bomberos
y cuatro policías. El padre Finet dijo posteriormente de esta
tragedia, “Marta estaba ahí. Pero yo no la conocía”.
La bilocación fue uno de los dones que Marta usaba cuando era
necesario. El filósofo y escritor Jean Guitton le preguntó,
si viajaba por el espacio pues él tenía la impresión
de que había visitado países muy lejanos. Y ella respondió:
“¡Si se puede llamar viajes! Yo viajo en Dios. Él me
lleva a donde quiere”.
En 1930 Marta comenzó a hablar a su director espiritual de
entonces, el padre Faure, de una inspiración que Dios le había
dado. Se trataba de fundar una escuela parroquial de niñas
en un viejo edificio del siglo XVI que dominaba el pueblo y que funcionaba
como salón de baile. El padre Faure no veía futuro a
una escuela cristiana, porque eran muy pocas las familias cristianas
de la zona y no habría suficientes alumnos. Los habitantes
de la zona no eran muy religiosos, más bien todo lo contario,
abundaban los ateos, los críticos y los revolucionarios. Además,
decía que no había dinero para comprar el local y para
todo lo demás. Un sacerdote de la zona, el padre Perrier al
saber del encargo, le dijo al padre Faure, “Si Marta te lo pide, tienes
que hacerlo inmediatamente”.
Así es como en 1934 se abrió, con siete alumnos, el
colegio parroquial. Cuando Marta murió, en 1981, tenía
ya unos mil estudiantes.
Tras esta primera fundación, Marta concibe lo que ella llama
su “Gran obra”: la creación de los Hogares de la Caridad.
La función de estos hogares es exclusivamente garantizar la
vida mística, esto es, servir de centros de retiro, contemplación
y silencio. A día de hoy, los “Hogares” ya son más de
cien por todo el mundo.
Cuando en noviembre de 1940, murió su madre, Marta Robin, anunció
que el Señor le había pedido que fuera ella la que asumiera
durante doce meses la estancia de Purgatorio que le estaba destinada
a su madre. Los tres últimos meses fueron durísimos,
terribles, de una inconsolable soledad, pues consistían en
vivir la experiencia de sentirse al margen de Dios. Por eso, en esos
tres meses no le llamaba al padre Finet “padre” sino “señor
Finet”, como si no lo conociera.
Una pareja de esposos le comunicó a Marta que después
de un año de matrimonio no tenían hijos y estaban tristes
por ello. Marta les aseguró: “El hijo nacerá después
de 10 años de matrimonio”. Y después de 10 años
tuvieron tres hermosos niños.
Un día de visita se presentó una joven bastante ligera
que quería ver “a la estigmatizada”. Marta la hizo sentarse
y después de algunos minutos de silencio le dijo: “He sido
iluminada sobre tu alma. ¿Por qué ofendes tanto al buen
Dios?” Marta le leyó su alma como un libro abierto. La joven
manifestó: “Ella me reprochó mi ligereza y mi falta
de fe y de piedad. Hizo una revisión general de mi vida. Me
dijo que el Señor me amaba mucho y más que a otros y
que estaba cansado de esperar”. Esta joven se convirtió y entró
después en las Hermanitas de la Asunción y venía
frecuentemente a visitar a Marta como amiga.
Entretanto, su hermano Enrique, que vivía en la misma casa,
se dedicó a beber. Llegó al extremo de golpear a Marta,
de mover su lecho, lo que le causaba gran dolor, y en una ocasión
la amenazó con quemarla viva. A pesar de todo, Marta velaba
por él. Un día, Marta, mandó venir al padre Finet
y le dijo que la Virgen le había revelado que su hermano se
estaba intoxicando por las emanaciones de los productos químicos
utilizados para fertilizar las tierras. El padre Finet fue de inmediato
a verlo y le avisó.
Finalmente, Enrique se suicidó en 1951. Y, aunque, Marta recibió
la seguridad de que su alma descansaba en las moradas celestiales,
ella se echaba la culpa diciendo: “No lo he sabido proteger”.
Se conoce el nombre de 103.000 personas que visitaron a Marta Robin
y se entrevistaron con ella. Gracias a tantos testigos se sabe que
todo lo que se refiere de ella respecto a que no comía ni bebía
ni dormía es rigurosamente verdad. Filósofos como Gabriel
Marcel, el ministro Robert Pinay, el príncipe ruso Félix
Yussupov (que fue quien asesinó a Rasputin), Lanza del Vasto,
gente pobre o rica, agricultores, profesores universitarios, y también
muchos niños, sobre todo de las escuelas de pueblos vecinos,
fueron sus visitantes entre otros miles y miles…
Además de su vida de sufrimiento, habría que añadir
también las terribles luchas que Marta sostenía con
los seres y las entidades diabólicas, una de las cuales le
rompió dos dientes de un puñetazo en la cara. A veces
un diablo le cogía la cabeza con sus manos y se la golpeaba
contra el mueble de la cabecera.
En 1980, el viernes seis de febrero, una de estas horribles entidades
inferiores y diabólicas, le partió la columna vertebral.
La encontraron tendida en el suelo, a los pies de su diván.
En el momento de recogerla murmuró, “Él me ha matado”.
Ese mismo día moría Marta Robin.
Los funerales tuvieron lugar el jueves 12 de febrero. Había
40 obispos y 200 sacerdotes concelebrando.
He querido escribir esta breve biografía de Marta Robin para
que todos veamos que más allá del dolor, más
allá de la desesperación, de la parálisis total,
que todos tememos, y de la ceguera, que aún tememos más,
hay una fuerza que no es humana, una fuerza inconmensurable y todopoderosa
que es capaz de mantenernos en la Esperanza y en la Alegría
más absolutas.
En esta época en que se sobreestimula la eutanasia y el suicidio
como únicas soluciones para las vidas terribles, Marta Robin
nos transmite un mensaje de sobrehumana dedicación y de valor
inimaginable para los tibios y cobardes.
Juan
Ramón González Ortiz