Medicina
convencional vs. Medicina funcional
Por Antonio Callén Mora

Antes de iniciar este artículo, quisiera aclarar que no es
mi intención generar un debate sobre cuál de estas dos
visiones de la medicina es la correcta o la mejor. No soy un experto
en el tema, simplemente soy una persona interesada por su salud que
ha usado y utiliza los servicios de salud convencionales, tanto públicos
como privados; pero que también ha hecho una incursión
en aquello que le pudiera aportar la medicina funcional. Así
pues, podríamos decir que es la visión de un paciente
exigente y poco conformista en base a su experiencia personal.
Definición y concepto
Creo que la medicina convencional, por ser bien conocida en nuestro
entorno, no necesita una definición; pero es bueno especificar
de qué estamos hablando. Por ello, tomaremos una de las múltiples
definiciones que podemos encontrar buscando en Google, por ejemplo,
la aportada por el Instituto Nacional del Cáncer: Sistema por
el cual los médicos y otros profesionales de la atención
de la salud (por ejemplo, enfermeros, farmacéuticos y terapeutas)
tratan los síntomas y las enfermedades por medio de medicamentos,
radiación o cirugía. También se llama biomedicina,
medicina alopática, medicina corriente, medicina occidental
y medicina ortodoxa.
En contraposición, la medicina funcional, se puede definir,
para distinguirla de la anterior, tal como lo hace The Institute for
Functional Medicine (IFM): La medicina funcional determina cómo
y por qué aparece la enfermedad y restaura la salud manejando
las causas básicas de la enfermedad para cada individuo.
Dado que esta definición puede resultar insuficiente o prestarse
a confusión, si acudimos a Wikipedia, un recurso muy socorrido,
pero no exento de polémica, al menos en este caso, encontramos
lo siguiente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Medicina_Funcional
La medicina funcional es una forma de medicina alternativa que abarca
una serie de métodos y tratamientos sin evidencia científica.
Sus defensores afirman que los tratamientos aplicados, son basados
en las "causas fundamentales" de las enfermedades, en función
de las interacciones entre el medio ambiente y los diferentes sistemas
del cuerpo humano, como el gastrointestinal, endocrino e inmunológico,
de manera que, se indican diversos procedimientos dependiendo de dicho
contexto. Se la ha descrito como una práctica fraudulenta,
pseudociencia, y, en esencia, como un cambio en la medicina complementaria
y alternativa.
Tan solo hemos hecho dos búsquedas en Google y la polémica
está servida. Personalmente, y después de lo que yo
he leído y experimentado sobre el particular, me parece que
esta última definición puede estar muy sesgada y ser
bastante tendenciosa. No en vano, en los países desarrollados,
la medicina dominante es la convencional y en países como el
nuestro la medicina funcional se clasifica en el cajón de las
medicinas alternativas, lo cual, en mi opinión, le hace un
flaco favor. Trataré de explicar por qué, basándome,
como he dicho, en mi experiencia personal.
No obstante, para tratar de aclarar mejor el concepto creo que es
bueno profundizar un poco más en lo que nos es menos familiar
y establecer un análisis comparativo simple con la medicina
convencional. Mark Hymann, presidente del IFM antes mencionado, resume
así el modelo seguido por la medicina funcional:
El modelo de medicina funcional es un enfoque individualizado, centrado
en el paciente y con bases científicas que capacita a pacientes
y médicos a trabajar juntos para abordar las causas subyacentes
de la enfermedad y promover un bienestar óptimo. Ello requiere
una comprensión detallada de los factores genéticos,
bioquímicos y de estilo de vida de cada paciente y aprovecha
los datos para establecer planes de tratamiento personalizados que
conducen a mejores resultados para los pacientes. Afrontando las causas
fundamentales, los facultativos son capaces de identificar la complejidad
de la enfermedad. Estos pueden encontrar que una patología
tiene distintas causas e, igualmente, que una sola causa puede dar
lugar a diferentes patologías. Como resultado, los tratamientos
de medicina funcional van encaminados a las manifestaciones específicas
de la enfermedad en cada individuo.
Cuando uno lee este último párrafo, después de
haber ojeado la definición encontrada en Wikipedia, empieza
a dudar de esta última. Al menos ese es mi caso. Además,
es habitual que los representantes de la medicina convencional traten
a quienes ejercen la medicina funcional como pseudocientíficos,
brujos o curanderos. Y yo diría que, en base a lo que he podido
encontrar en varios libros, nada más lejos de la realidad.
Curiosamente, esos libros, de los cuales hablaré, han sido
escritos por médicos que se formaron en medicina convencional,
pero que o bien padecieron enfermedades que ésta no fue capaz
de curarles o se apartaron de la línea oficial al darse cuenta
de cómo la medicina convencional está muy mediatizada
por intereses económicos y, a veces o incluso a menudo, se
olvida del paciente. Haciendo una analogía, algo burda quizás,
a mí esto me recuerda a Lutero cuando se apartó de la
iglesia católica. Es decir, viniendo del mismo origen, ha habido
una serie de médicos que no estaban de acuerdo con algunos
de los planteamientos de la medicina oficial y, sin abandonar los
principios y conocimientos científicos, han evolucionado hacia
una praxis diferente.
Para quien quiera profundizar en estos temas, aconsejo acudir al libro
de Wright, (véase más adelante) en el cual explica como
en USA, aparte de los médicos de la que él denomina
medicina de patentes o convencional, quienes tras su graduación
se distinguen por poner las iniciales M.D. (Medical Doctor, según
sus siglas en inglés), hay otros especialistas en salud con
formación universitaria. En efecto, en ese país ejercen
los naturópatas, que tras su graduación se distinguen
por las iniciales N.D. (Naturopathic Doctor, según sus siglas
en inglés) y los osteópatas que se forman durante cuatro
años en las escuelas médicas de osteopatía alcanzando
el grado de D.O. (Doctor of Osteopathic Medicine, según sus
siglas en inglés). Es decir, entiendo que, dado que en nuestro
entorno no existen esas titulaciones, no podemos comparar las prácticas
de medicina alternativa en nuestro país con las de USA. Lo
cual no implica que no podamos encontrar algunos profesionales de
la medicina o de otras carreras científicas que hayan seguido
o estén siguiendo los pasos de la medicina funcional. De hecho,
hay campos relativos a la salud, como la nutrición, que reciben
escasa atención de los profesionales médicos y son ejercidos
por otros graduados, como farmacéuticos, bioquímicos,
biólogos o veterinarios, por citar los principales, los cuales
realizan masters u otro tipo de postgrados en esa especialidad. Buscando
en Google “medicina funcional” nos aparece la siguiente página
web
https://semefnup.es/
la
cual corresponde a la denominada Sociedad Española de Medicina
Funcional y Nutrición de Precisión, la cual desconocíamos.
Para completar esta parte, voy a proponer una tabla comparativa sencilla
que permita entender mejor las diferencias de enfoque o métodos
de trabajo entre los facultativos de medicina convencional y funcional.
Dicha tabla es de elaboración propia y se basa en lo encontrado
al respecto en algunos libros americanos.
Si
bien esta tabla no es exhaustiva, creo que permite hacerse una idea
mejor de algunas diferencias sustanciales en los métodos de
trabajo de uno y otro tipo de medicina. En este sentido, al recurrir
la medicina funcional a menudo a productos naturales, no patentados,
que se vienen usando desde tiempos antiguos y negarse a utilizar algunos
de los medicamentos patentados más modernos puede ser una de
las razones por las que se les tilde de seudocientíficos. En
efecto, gran parte de los remedios de medicina natural se basan en
lo que se conoce por medicina basada en la evidencia. Es decir, mientras
que la medicina convencional recurre a métodos supuestamente
científicos como las pruebas clínicas regladas, un requisito
impuesto por las agencias gubernamentales, los funcionales no necesariamente
siguen este modelo. De cualquier forma, hay que ser cautos con este
tema, pues, como bien se explica en alguno de los libros que citaré,
esas pruebas pueden estar sesgadas en varias de sus etapas y ser realizadas
por entidades no independientes.
Mi recorrido como paciente por ambos tipos de medicina
Centrándonos ya en un caso clínico de pérdida
de peso involuntaria, voy a relatar de qué modo he recurrido
a una u otra de estas visiones de la medicina.
Como es habitual, una vez que me percaté de que estaba ante
un problema de salud que podría tener consecuencias serias,
a pesar de no tener síntomas graves, acudí a mi médica
de cabecera y, previendo los retrasos que conlleva el recurso a la
Seguridad Social, también pedí cita con un especialista
de digestivo, a través de mi seguro privado.
Mi médico de cabecera me atendió rápidamente,
pero quedé bloqueado ahí (ver cuadro 1, Esquema de visitas…),
ya que mientras no aportase pruebas de que mis síntomas estaban
relacionados con problemas digestivos no me podía desviar
a la consulta de digestivo. Lo curioso es que, salvo una ecografía
convencional, y el cribado de heces para encontrar restos de sangre,
algo que ya me habían realizado, no había otras pruebas
que me pudiese prescribir. Los resultados de la ecografía privada
fueron negativos, por lo cual no pude acceder a la consulta pública
de digestivo. En paralelo, las primeras pruebas prescritas por la
especialista en digestivo de la privada resultaron negativas, lo
cual supuso que me prescribiera nuevas pruebas que retrasaron el diagnóstico
(TAC, gastroscopia). Todo ello aún a sabiendas de que hacía
cinco años que me habían detectado la infección
por H. pylori, lo cual no pareció suficiente para explicar
mi pérdida de peso. De hecho, en principio, se sospechó
de pancreatitis externa. A todo esto, nadie se interesó por
el aspecto de mis deposiciones, mi regularidad en ir al baño
u otros síntomas. Sin embargo, mi médica de cabecera
me facilitó la realización de una nueva prueba del
aliento para H. pylori, cuyo resultado positivo fue seguido de la
posibilidad de seguir el tratamiento de erradicación y la
consiguiente receta a un coste más que razonable. No obstante,
ni este hecho ni los resultados favorables en el TAC toracoabdominal
me facilitaban el acceso al especialista de digestivo de mi centro
de especialidades. Cuando dispuse de los resultados de las biopsias
tomadas en la gastroscopia, acudí a la especialista de digestivo
particular que me facilitó los resultados anatomopatológicos
y me informó de que era positivo de H. pylori; algo que no
sólo se sabía desde el principio, sino que yo ya me
había ocupado de confirmar por la prueba no invasiva. En ese
sentido, podríamos hablar de sobrediagnóstico. Yo me
pregunto si hacía falta realizarme tantas pruebas para llegar
a donde estaba. En efecto, sabiendo que sufría de dispepsias,
con posible disbiosis, y que era positivo desde hacía cinco
años a Helicobacter, ¿era necesario diagnosticar la
presencia de éste mediante gastroscopia? He de aclarar que,
cuando me sometí a esta prueba ya sabía que tenía
gastritis (aunque me faltaba ponerle el grado a la misma) y que gran
parte de mi problema se asociaba a un bajo grado de acidez estomacal.
Es decir, estaba yendo por delante de los facultativos en el diagnóstico,
sin necesidad de pruebas tan complejas. Sin embargo, ante la duda,
por lo que había leído y el tiempo que llevaba perdiendo
peso, de que pudiera tener un cáncer incipiente de estómago,
decidí que no era mala idea que me practicasen la gastroscopia.
Quería saber el alcance de las lesiones. Tras esta prueba,
la consulta a la especialista de digestivo fue decepcionante, pues
omitió una parte fundamental del diagnóstico, que afortunadamente
estaba indicado en los resultados anatomopatológicos, y, al
saber que iba a seguir el método de erradicación prescrito
por mi médica de cabecera, se limitó a decir que, si
me hacía el seguimiento de la erradicación de H. pylori
en otro centro y salía negativo, con volver al cabo de tres
años a realizarme otra gastroscopia, para ver cómo había
evolucionado, era suficiente. Increíble. De cualquier manera,
estos resultados acabaron siendo mi pasaporte para el especialista
de digestivo de la pública.
En el cuadro adjunto, se esquematiza el periplo que tuve que hacer
por la medicina oficial antes de llegar a un diagnóstico.
El balance es de:
Tres meses, lo cual podría considerarse todo un record
Nueve consultas médicas
Seis pruebas diagnósticas
Sería
conveniente aclarar que, en todo este período, yo no cesé
de buscar información sobre las pruebas que se me iban a hacer
y mi diagnóstico presuntivo inicial, es decir pancreatitis
crónica; así como de todo lo relacionado con H. pylori
y otras posibles causas de pérdida de peso involuntario.

Pasemos ahora a la medicina funcional. En efecto, como fruto de mis
búsquedas sobre un diagnóstico diferencial de posibles
causas para una pérdida de peso involuntaria, y debido a que
mi médica de cabecera me puso muy en duda que padeciese una
pancreatitis crónica, dados mis análisis de sangre y
mi estado físico, empecé a enfocarme en H. pylori como
posible agente causal de mi proceso. En las múltiples búsquedas
realizadas a través de Google, encontré algunos artículos
de carácter divulgativo que hablaban de la falta de acidez
gástrica como posible causa de dispepsias, esteatorrea e incluso
pérdida de peso. En uno de esos artículos, sin cejar
en el empeño de encontrar una explicación a lo que estaba
experimentando mi cuerpo, encontré una referencia al libro
de J. V. Wright titulado “Why Stomach Acid Is Good for You” (Por qué
la acidez estomacal te beneficia). Gracias a Amazón, dispuse
de la versión digital instantáneamente, a finales de
septiembre, y me dispuse a leerlo de inmediato. Sorprendentemente,
en este documento, repleto de referencias bibliográficas y
escrito con un estilo claro, bien estructurado y contundente, por
fin pude encontrar una explicación fidedigna a lo que me estaba
pasando. La clara explicación de cómo se desarrolla
todo el proceso digestivo y el papel esencial que juega el ácido
clorhídrico en el mismo, junto con los perjuicios que puede
acarrear una falta de acidez dejaban todo meridianamente claro. Por
si esto fuese poco, Wright desvela en su libro cómo la medicina
convencional, que él denomina de patentes, ha dejado de lado
este tema que se conoce desde hace varias décadas, merced a
investigaciones pioneras en este campo. Además, él explica
muy bien de qué manera las compañías farmacéuticas
han contribuido a este olvido debido a sus intereses económicos
en productos encaminados a tratar el exceso de acidez gástrica.
Todo un tesoro de libro, especialmente para alguien que conoce por
dentro las empresas farmacéuticas, pues, no en vano, ha estado
trabajando para ellas la mayor parte de su carrera, en la rama Veterinaria,
bien es cierto. Wright, un prestigioso médico que se graduó
en Harvard, aporta mucha información y lo hace en base a estudios
científicos, haciendo añicos el paradigma de que el
reflujo gastroesofágico (GERD, por sus siglas en inglés)
y otras dolencias gástricas se correspondan con exceso de acidez
gástrica. Más bien es lo contrario. Una verdadera joya
que aconsejo leer, aunque no me consta que esté traducido al
castellano. No solo los pacientes con gastritis o GERD, también
los médicos generalistas o los especialistas en digestivo deberían
leer este libro. Creo que podrían hacer un gran favor a los
pacientes; aunque las compañías farmacéuticas
seguro que no estarían muy contentas.
He podido comprobar en mis lecturas sobre el tema y en mis visitas
médicas cómo Wright está cargado de razón
cuando habla de la desinformación que hay sobre la hipoclorhidria
y aclorhidria y el rechazo por la medicina oficial de estos temas.
Claro que la capacidad de monopolizar las pruebas y la información
por los poderosos engranajes de los departamentos de marketing de
las farmacéuticas pueden esto y mucho más. Para colmo,
y por si alguien duda de estas afirmaciones, recientemente cayó
en mis manos otro libro de lectura obligada para quienes estén
interesados en temas de salud. En efecto, el Dr. Antonio Sitges Serra,
un experto cirujano representante de la medicina convencional explica
detallada y magistralmente en su obra “Si puede, no vaya al médico”
los derroteros por los que se mueve la medicina oficial, que como
consecuencia de la sociedad hipocondriaca en la que vivimos, está
completamente al servicio de los intereses económicos de algunos
sectores. Esa obra debería ser obligatoria para los estudiantes
de medicina. Muy pero que muy aconsejable.
Pues bien, tras leer el libro de Wright y varios artículos
científicos relativos a H. pylori y a gastritis, fui a la gastroscospia
sabiendo que estaba aquejado de esa dolencia. Me faltaba saber el
tipo, sabía que era crónica, pero desconocía
si era o no atrófica, su localización y su alcance.
Y todo surgió en un principio a partir de artículos
en internet del entorno de la medicina funcional. De hecho, fue a
través de ellos como descubrí la sencilla prueba del
bicarbonato para tener una idea del grado de acidez gástrica,
una prueba de la que la medicina convencional no quiere ni oir hablar.
Una vez confirmado el diagnóstico de gastritis, y antes de
abordar el tratamiento de erradicación de H. pylori, empecé
a adoptar cambios en mi dieta y hábitos alimenticios. La búsqueda
de información al respecto, me llevó a leer varios libros
tales como “Dime qué comes y te diré qué bacterias
tienes”, de Blanca García Orea o “La digestión es la
cuestión” de Giulia Enders. Si bien, en esos momentos, sabía
que tenía gastritis crónica no atrófica desconocía
si padecía una disbiosis intestinal. De hecho, supongo que
la padecía, pero no he conseguido llegar a un diagnóstico
laboratorial de la misma. Todo se ha quedado en un autodiagnóstico
presuntivo.
No obstante, la revisión del concepto de leaky gut que traducimos
al castellano por intestino permeable o intestino poroso, un proceso
del que se habla en muchos libros de nutrición y de enfermedades
autoinmunes, me llevó a repasar algunos libros de especialistas
en medicina funcional que había en mi biblioteca desde 2016.
En efecto, en ese año, atraído por mi interés
por la inmunología, conocí el libro The Immune System
Recovery Plan, de la doctora Susan Blum. Pronto descubrí que
había sido traducido al castellano bajo el título Regenera
tu sistema inmunitario, cuya portada indica: “Programa en 4 pasos
para el tratamiento natural de las Enfermedades Autoinmunes”. Mis
conocimientos de inmunología me indicaban que lo que esta doctora
argumenta está basado en la ciencia. El relato de su caso personal,
junto con las recomendaciones prácticas que hace de forma detallada,
me convencieron. Después de este libro, a través de
la propuesta de Amazon, encontré el libro de la Dra. Amy Myers
The Autoimmune Solution, una obra sobre el mismo tema publicada en
castellano con el título La solución autoinmune y que
se basa en postulados similares. Si bien no lo leí entonces,
lo acabo de leer recientemente y me parece también una obra
que vale la pena leer y, si es el caso aplicar. Sin embargo, he de
reconocer que su lectura puede asustar y no ser apta para hipocondriacos
pues no solo analiza intolerancias alimentarias, sino también
el papel de agentes infecciosos y toxinas que podemos encontrar en
el entorno.
Para finalizar, en aquella época, tuve también acceso
a un libro del Dr. Mark Hyman sobre un tema que me preocupa por mi
condición de ser un paciente con hipercolesterolemia familiar:
Eat Fat, Get Thin que podríamos traducir como Come grasa y
adelgaza . De nuevo, la descripción minuciosa de los tipos
de grasas o lípidos y sus propiedades, junto con recomendaciones
y desmitificación de algunos errores promulgados por la medicina
oficial, basándose en una impecable revisión bibliográfica,
me convenció. En definitiva, de esta forma es como yo admito
la medicina funcional y no estoy de acuerdo con la descalificación
absoluta que se hace de esta concepción de la medicina por
parte del sector oficial. Curiosamente, en estos libros no he encontrado
insultos ni descalificación de la medicina oficial, sino argumentos
en contra de algunos de sus métodos. Sin embargo, muchos representantes
de la medicina oficial descalifican olímpicamente la medicina
funcional y los tratan de charlatanes y mercachifles, sin fundamento.
Lo cierto es que ellos acaban siendo el refugio y, muchas veces, la
solución para personas cuyas dolencias crónicas conllevan
tratamientos farmacológicos o quirúrgicos de consecuencias
muy traumáticas y poco eficaces en el medio o largo plazo.Para
concluir con este tema, quiero dejar constancia de un libro que me
parece muy interesante porque establece un puente entre la medicina
convencional y la naturista. El libro se titula “Aparato digestivo.
Aspectos científicos y Medicina Naturista. Una visión
integral” y está escrito por dos doctores en Medicina y Cirugía.
Lo curioso es que uno de ellos está especializado en medicinas
alternativas, de modo que nos dan un enfoque ambivalente. En el prólogo,
que me parece muy honesto y sincero, se menciona pros y contras de
la medicina tradicional o alopática y se señala la importancia
de “una buena relación médicopaciente basada en el respeto,
la confianza y humanidad por ambas partes”. En esas mismas líneas
se reconoce “las limitaciones de la medicina convencional en algunos
casos y la necesidad de buscar otras opciones complementarias cuya
eficacia ha quedado plenamente demostrada por la práctica clínica
y, en muchos casos, por la investigación”. En el capítulo
dedicado a la Medicina Naturista y método científico,
el Dr. Saz, Director del Curso de Postgrado en Medicina Naturista
de la Universidad de Zaragoza, señala la gran relevancia que
ha adquirido en el mundo occidental la demanda de prácticas
alternativas en medicina, a la cual se recurre en paralelo a una atención
basada en la medicina convencional. Una posible explicación
para esta situación paradójica “estaría vinculada
al exceso de expectativas creadas por la medicina oficial que no se
convierten en realidad en el tratamiento de una buena parte de las
dolencias que afectan al paciente, por un lado, y las frecuentes consecuencias
nocivas de los procesos diagnósticos y terapéuticos,
y especialmente los efectos indeseables de algunos tratamientos farmacológicos”.
Para mí, está claro que los pacientes tenemos mucho
que decir en la gestión de nuestra salud y no tenemos por qué
comportarnos como meros receptores pasivos de una medicina hasta cierto
punto deshumanizada.
Antonio Callén Mora