Memoria
y envejecimiento
Por Antonio Callén Mora

La
memoria es una función esencial en la vida, al menos en la
de los humanos, y me atrevería a decir que también
en la de los animales. Hasta tal punto es así, que cuando sufrimos
enfermedades que afectan gravemente nuestra capacidad de recordar,
como el Alzheimer, perdemos la personalidad y el sentido de nuestra
vida. Es decir, una frase ampliamente aceptada es aquella que afirma
que somos nuestra memoria. De ahí que no sea extraño
que las pérdidas de memoria normales con la edad lleguen a
generarnos una cierta ansiedad. Por eso, he pensado que escribir sobre
este tema es algo actual y atractivo. Obviamente, como no soy un experto
en neurociencias, ni en medicina o psicología, me centraré
en mi experiencia con respecto a esa facultad y relataré algunas
vivencias anecdóticas, además de tratar de aportar
mi visión de algunos aspectos de la misma.
En primer lugar, creo que es preciso centrar el tema para saber de
qué hablamos. En efecto, los expertos han definido varios
tipos de memoria. De este modo, si dejamos aparte la memoria filogenética
o innata, propia de la especie, nos podemos centrar en la memoria
adquirida, o memoria a largo plazo. Esta última, se puede
clasificar en declarativa o explícita, por un lado, e implícita
o procedimental, por otro. En cuanto a la primera, se divide en dos
grandes grupos: la semántica y la episódica. Por su
parte, la segunda, es decir la procedimental, se subdivide en emocional,
habilidades motoras cognitivas y el aprendizaje por condicionamiento
(E. García, 2018). Sin ánimo de entrar en detalles,
gracias a esta sencilla clasificación vemos que hablar de
memoria de forma genérica es algo muy impreciso. Sin miedo
a equivocarme, yo diría que cuando hablamos de pérdidas
de memoria con la edad, a menudo nos referimos a la memoria semántica,
es decir a los nombres o palabras. Quizás también,
cuando intentamos contar un chiste o una historia, a veces nos juega
una mala pasada la memoria episódica, pues olvidamos detalles
o perdemos el hilo de algo esencial para completar el relato. No en
vano, la memoria declarativa está vinculada al lenguaje. Por
el contrario, la memoria procedimental es una memoria inconsciente,
p.e. nadar, conducir o montar en bicicleta, y, por ello, no requiere
atención para recuperarla o ejecutarla. Cuando estamos aprendiendo
a conducir nos absorbe, pero cuando lo dominamos, podemos hacer otras
cosas a la vez; aunque algunas son peligrosas pues reducen nuestra
atención. Dicha memoria, se recupera mediante la actividad
y no se basa en recuerdos (E. García, 2018). Así pues,
una vez que hemos aprendido a nadar, conducir o hablar, si no hay
un traumatismo o enfermedad de por medio, podemos perder cierta
destreza por no practicar, pero, por lo general, no olvidamos lo
aprendido y con poca práctica recuperamos la habilidad. Sin
embargo, podríamos decir que hay tareas que requieren no
solo un procedimiento, sino también un relato o memoria explícita.
Se me ocurre, por ejemplo, cocinar un plato o receta. Es decir, podemos
tener una habilidad notable en la cocina, pero para elaborar ciertos
platos necesitamos recordar los ingredientes y el orden de su procesado.
De ahí que, a menudo, necesitemos de la ayuda de un libro de
cocina, recetario o de instrumentos programados para su elaboración.
Vemos pues como la memoria juega un papel vital en nuestra existencia;
aunque a veces no seamos conscientes de ello.
Como no es mi intención realizar una revisión científica
ni un ejercicio didáctico, voy a poner los pies en el suelo,
tal y como he mencionado anteriormente. Es curioso, pero a menudo
asociamos la memoria con inteligencia. Desde luego que ambas están
muy relacionadas; pero, estaremos de acuerdo, en que hay personas
muy inteligentes que no se caracterizan por tener una buena memoria,
al menos hablando en términos semánticos; y gente que
tiene una buena memoria, pero no son muy avispados. Creo que quienes
fuimos instruidos en sistemas memorísticos o nemotécnicos,
como aprender una lista de nombres vacíos de contenidos en
un momento u otro de nuestra vida, sobrevaloramos la memoria. No es
mi caso en particular, pues creo que he renunciado en gran parte a
la memoria semántica desde que vi su relativa importancia y
empecé a disponer de herramientas que suplían mi memoria
explícita: libros, ordenadores, teléfono móvil,
Google, etc. Es decir, en la escuela primaban que aprendiésemos,
a base de memorizar, nombres y conceptos, sin exigirnos que entendiésemos
cómo se relacionaban. Por eso, no es extraño que un
buen expediente escolar no necesariamente se tradujese en éxito
profesional. Con ello tampoco pretendo demostrar lo contrario, es
decir que ser “zoquete” o vago o un desmemoriado fuese una garantía
de éxito en el mundo real. No obstante, todo es bueno en su
justa medida. Desde luego que hay memorias prodigiosas, como la de
aquel ministro español que era capaz de dar una conferencia
en alemán sin saber qué es lo que estaba diciendo. Esto
me recuerda la famosa anécdota de Max Planck y su chófer,
quien gracias a su prodigiosa memoria podía reproducir minuciosamente
la charla del eminente físico y matemático. De modo
que se cuenta que, en cierta ocasión pactaron un trueque. Es
decir, se ocupó él de dar la charla y al acabar la misma,
en la sesión de preguntas surgió una que no sabía
responder, por no haberse producido antes. El chófer fue muy
hábil al responder: “esa pregunta es tan fácil que hasta
mi ayudante sabe responderla”. Obviamente, creo que es una leyenda,
pues supongo que Max Planck no pasaba desapercibido en el lugar de
la conferencia. Sin embargo, algo rigurosamente cierto es el hecho
de que hay una enfermedad mental que cursa con una capacidad prodigiosa
de la memoria y ello acaba siendo terrible, pues es importante quitar
de la memoria lo que no necesitamos. Se trata de una especie de defensa.
El no poder hacerlo puede desembocar en la locura o desesperación.
Así que conformémonos.
En mi caso en particular, creo que me puedo definir como una persona
con predominancia visual. Es decir que mi vista domina a los otros
sentidos. Lo cual no quiere decir que no necesite gafas o que sea
superior a otras personas, entendámoslo. Es tan solo que tengo
ese sentido más desarrollado respecto de los otros. Sin embargo,
como nos pasa a muchas personas, hombres en particular, a veces tengo
algo tan de frente que no lo veo. Lo cierto es que, ya en el bachiller,
lo de aprender nombres me resultaba muy duro y me supuso un aprobado
justo en Geografía Universal. En cuanto a la Historia, como
se trataba de recordar nombres y cifras, tampoco fue mi fuerte, y,
por ello, me he perdido cosas importantes que ahora intento recuperar.
Sin embargo, hoy en día, gracias a los libros, revistas, documentales
y películas tengo una visión de la historia mucho más
práctica y útil.
Curiosamente, al ser una persona visual, para aprender nombres o
términos, cuando se trata de lenguas, me es de gran ayuda ver
las palabras escritas. Esto es esencial cuando se trata del francés
o del inglés cuya transcripción fonética es muy
diferente a la nuestra. La repetición también es importante,
de ahí que, al ser “empollón” en mi periodo estudiantil,
la escasa memoria no me supuso un problema. No obstante, lo que sí
me resulta casi imposible es reproducir párrafos enteros,
especialmente si son largos. Con mucho esfuerzo y repetición
puedo llegar a aprenderme una canción o incluso una poesía;
pero que no sea muy larga. Afortunadamente, eso es algo que no he
necesitado en el trabajo ni en la vida. Por otra parte, si tuviese
que aprender canciones para cantar un repertorio, estoy seguro que
tanto la escucha repetida como el canturrearlas de forma insistente
sería la solución. De momento, es algo que no necesito
ni creo que, en lo que me quede de vida, me sea necesario.
Supongo que ha quedado claro que hay dos componentes básicos
en la memoria: la necesidad y la repetición. Es decir, lo que
usamos porque lo necesitamos nos resulta fácil de recordar.
A medida que pasa el tiempo, si no lo usamos, pasa a un segundo plano
y se olvida parcial o totalmente. En este sentido, recuerdo alguna
experiencia que me ratifica en esta aseveración. Durante años,
tuve la orla de mi promoción colgada en un cuarto de mi casa.
De vez en cuando la miraba. El recordar nombres y caras, asociándolos,
en los primeros años profesionales me resultaba fácil.
Al cabo de un tiempo, retiré el “mamotreto” de la habitación.
Sin embargo, cuando volvimos a reunirnos, después de 25 años,
muchos de los compañeros de curso, el haber visto repetidamente
la orla me facilitó reconocer a muchos de los antiguos colegas
y recordar el nombre de ellos, a menudo con los dos apellidos. Otra
anécdota que recuerdo es que cuando fui a trabajar a Binéfar
(Huesca), tenía que desplazarme a muchas granjas y conocer
a los propietarios. Pues bien, a base de repetición, me aprendí
los nombres de los dueños, de las granjas y su ubicación.
En definitiva, que recordamos lo que usamos.
Ahora que he pasado a la jubilación, he cambiado de aficiones
y actividad. He de reconocer que me cuesta más aprender; pero
con el interés y la repetición lo suplo. Sin embargo,
hay una cosa curiosa que he observado recientemente. En efecto,
desde hace unos tres años, le estoy dedicando bastante tiempo
al estudio de la lengua francesa. Cuando usaba un diccionario de francés
para entender los vocablos en ese idioma, llegaba a entender el concepto;
pero, a menudo, no lo traducía al español. Eso me supone
o suponía que puedo entender un texto, pero luego me cuesta
traducirlo. Si, por el contario, recurro a un diccionario EspañolFrancés
o viceversa, no sólo me ayuda a entender los textos, sino
que me refresca la memoria en cuanto a términos en castellano.
Es decir, el método de aprendizaje tiene mucho que ver con
la memorización. Y he de ser prudente, pues al aprender términos
nuevos es habitual olvidar otros términos conocidos y poco
usados. En este sentido hay que aprender a nadar y guardar la ropa
pues, al fin y al cabo, vivo en España y el francés
es una diversión, una forma de aumentar mi cultura y una herramienta
para ejercitar mi cerebro; pero nada más.
Por otra parte, la asistencia a clases de idioma extranjero, me ha
enseñado otros trucos. Por ejemplo, cuando uno no recuerda
un término, se puede o bien recurrir a sinónimos, que
se debe aprender primero, o bien expresar el mismo por medio de otros
términos, como si se tratase de una definición. Son
perrerías de veterano, en definitiva.
De modo que, la tecnología, siendo un arma de doble filo, ayuda.
Efectivamente, en mis últimos años como profesional,
siempre era un reto reencontrar en un congreso o reunión a
gente que había visitado en su empresa o lugar de trabajo.
El ver a la gente fuera de su ubicación habitual, vestida de
distinta forma y mezclada con otros colegas de múltiples sitios
complica la identificación. En este sentido, el disponer de
una buena base de datos en el teléfono móvil era de
una gran ayuda. Si no recordaba el nombre, me podía acordar
del apellido y, si no, de la empresa. Una búsqueda rápida
en el móvil, antes de saludarle, me salvaba de un apuro. Eso
sí, estas herramientas son muy traicioneras porque al final
acabas en dependencia.
Por ello, hay que ejercitar la memoria de vez en cuando. Así,
es importante recordar algunos números esenciales, como el
teléfono de los familiares más próximos, el propio
DNI o los PIN o algunas claves hoy imprescindibles.
Escribir éstos en determinados sitios puede ser muy arriesgado.
Sin embargo, la combinatoria nos enseña que, tapando solo
algunas posiciones, ayudamos a la memoria y complicamos la vida al
delincuente. Tengo que reconocer que, a veces, también la
nuestra.
En cuanto al olvido de los nombres de famosos, como estrellas del
cine o del deporte, ya no me quita el sueño. He de admitir
que a veces entra uno en un bucle obsesivo y que, en otras ocasiones,
es motivo de cachondeo en reuniones con los amigos; pero la sangre
no llega al río. De hecho, dicen los expertos que si eres
consciente de que tienes esos lapsus de memoria no te debe preocupar
que estés desarrollando una enfermedad mental grave, como el
Alzheimer. Es decir, el ser consciente del problema es un signo si
no de salud, al menos de normalidad.
No nos traumaticemos más de la cuenta que esta sociedad cada
vez nos exige más esfuerzos de aprendizaje y adaptación.
Eso sí, tampoco debemos dejar al cerebro a su libre albedrío,
ya que, al fin y al cabo, se comporta como un músculo. De modo
que para mantenerlo fuerte hay que retarlo y ejercitarlo. A veces
es divertido. De hecho, corren muchos “tests” de este tipo en internet
que, en su justa medida, ayudan a cambiar nuestra forma de ejercitar
el cerebro y a matar el tiempo.
Antonio Callén Mora
Bibliografía: García, E. (2018) Somos nuestra memoria:
Recordar y olvidar, Colección Neurociencia & Psicología,
Ed. SALVAT.