La
auto momificación entre los shugenyas en Japón
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

El Shugendo es una vía espiritual, surgida del budismo esotérico
japonés, que se basa en la práctica de muy duras ascesis
y de ejercicios de tipo mágico. Para los shugenyas, o seguidores
del Shugendo, la conquista de poderes sobrenaturales es una necesidad
pues es la manifestación física palpable del desarrollo
de la fuerza y de la energía interior.
El Shugendo nace de las dos grandes sectas budistas japonesas: el
Tendai y el Shingon. Tiene también una muy fuerte y poderosísima
influencia del chamanismo. De hecho, a imitación de los chamanes,
los shugenyas moran en las montañas y en bosques apartados.
A veces viven en la cima de ciertas montañas en un aislamiento
total. Por eso, a los shugenyas, también se les llama “yamabushis”,
o monjes de la montaña. En realidad, este fue su primer nombre.
Recordemos que no solo los shugenyas se esfuerzan en la consecución
de increíbles y sobrehumanos poderes, en la India muchísimos
sadhus (los popularmente llamados “fakires”) exhiben idénticos
poderes. Y también lo hacen muchos miembros de cofradías
sufíes, entre los musulmanes, o chamanes siberianos, o chamanes
de tribus esquimales, o de pueblos americanos o africanos. Incluso
simplemente por la fuerza del amor y de la fe muchos santos han exhibido
capacidades idénticas, y hasta superiores, a las de yoguis
y chamanes; por ejemplo, entre nosotros, podríamos reseñar
al padre Pío de Petrelcina, en cuya vida se encuentran todos
los poderes habidos y por haber: bilocación, curaciones que
desafían la razón, volar por los aires (en plena Segunda
Guerra Mundial, los pilotos de los aviones americanos que sobrevolaban
San Giovanni Rotondo reportaron, numerosas veces, haber visto a un
monje volando sobre el pueblecito).
Para algunos estudiosos, el shugendo es una alteración de la
pureza de la doctrina budista, la cual llegó oficialmente a
Japón en el año 538 (el año de la gran victoria
del conde Belisario frente a los godos en Roma) en forma de una estatuilla
del Buda y unos cuantos textos.
El shugendo nació a partir del budismo esotérico y hermético,
pero inmediatamente se vio influenciado por la magia sintoísta
y las prácticas alquímicas y mágicas taoístas,
ambas muy anteriores al budismo. El shinto es japonés, de origen
propio, mientras que la magia taoísta provenía de China.
El primer gran líder espiritual de esta secta fue En No Gyoja,
“el practicante austero”. Decimos que fue la primera figura importante,
porque el Shugendo carece de fundador.
Parece ser que En No Gyoja nació en el año 699 d.C.
Tras dedicarse durante toda vida a prácticas chamánicas,
a los cuarenta años decidió hacer ermitaño. Las
prácticas severísimas que inició, alimentándose
de hojas de pino y de hojas de los arbustos, y realizando diariamente
abluciones en las heladas aguas de las montañas, reforzaron
aún más su fuerza psíquica y mental y logró
unos poderes personales que excedían cualquier capacidad humana.
Mucha gente lo veía caminar por encima de las aguas y volar
por los aires hasta posarse en la cima de cualquier lejano peñasco.
Los shugenyas viven aislados, totalmente volcados en el estudio y
en la realización de complicados ejercicios psíquicos,
muy relacionados con los que proporcionan los yogas superiores de
la India: el laya yoga, el kriya yoga, etc.
Esas prácticas tan misteriosas, y tan difíciles de seguir,
forman parte del Mikkyo o estudio secreto. Este tipo de saberes eran
propiedad de los brahmanes de la India, que los transmitían
de boca a oreja a discípulos muy escogidos y avanzados. En
contraposición al mikkyo, las enseñanzas meramente teóricas,
públicas y exotéricas son el Kenkyo. El mikkyo es muy
anterior al budismo y se trata de enseñanzas esencialmente
prácticas.
El maestro budista Asanga (en japonés Munjaku), mil años
después de la muerte del Buda, viajó al Tíbet
y allí fusionó la corriente budista del mahayana con
toda la ciencia de los yogas hindúes. Así fundó
la escuela Yogacharya. De esta escuela nace propiamente el tantrismo.
Este desarrolló dos corrientes: tantrismo de la mano izquierda
y tantrismo de la mano derecha. De esta última tendencia nació
el mikkyo. La corriente de la mano izquierda se transformó
en el Tíbet el Vajrayana.
Por otra parte, tenemos que tener muy en cuenta la influencia del
budismo shingon sobre los yamabushis.
El reverendo Kukai, más conocido como Kobo Daishi, viajó
a China, en el año 804, para estudiar allí con maestros
cualificados el mikkyo, el cual en Japón era poco e insuficientemente
enseñado.
A su vuelta a Japón, en el año 806, Kukai fundó
una versión muy particular del budismo basada en la búsqueda
de la unión suprema con la esencia divina personal, a la que
Kukai llamó Dai Nichi Nyo Rai. En su nuevo movimiento, llamado
budismo shingon, Kukai albergó ideas que eran propias del Vajrayana,
como, por ejemplo, buscar el desarrollo de la energía interior,
conquistando determinados poderes, los llamados ocho poderes.
Como es natural, este tipo de budismo afincó en cierta clase
de personas muy inclinadas al chamanismo, e incluso practicantes de
estos ritos y también de la vía de los poderes y las
proezas.
Pensemos, además, que el budismo shingon utiliza abundantemente
sonidos mágicos, fórmulas sagradas y ritos, los cuales,
repetidos incesantemente, noche y día, confieren un tipo de
fuerza psíquica muy especial.
Evidentemente, muchos de los monjes que seguían el camino del
budismo shingon, acabaron perdiendo de vista que el objetivo que debían
conseguir era el desarrollo espiritual.
Con la fuerza interior que ya poseían, muchos de ellos se hicieron
practicantes del arte de la espada y de las artes marciales, y de
aquí surgieron los yamabushis. Naturalmente, estos monjes acabaron
desentendiéndose un poco (algunos, bastante) del camino espiritual
como norte de sus vidas y se entregaron al desarrollo de poderes superiores
que les dieran siempre ventaja en toda situación.
A estas técnicas de desarrollo interior que practicaban los
yamabushis, se les unieron las técnicas de chamanismo, de un
chamanismo muy particular, derivado del shinto. Estas prácticas
desarrollaban la capacidad de poseer la telepatía, o de levitar,
o de hacerse pasar por invisible, …
En este punto, la mayoría de los yamabushis ya habían
renunciado casi por completo alas cimas espirituales del budismo shingon,
y, a partir de entonces, se los conoció como shugenyas y a
su práctica como el shugendo.
Estos yamabushis enseñaron parte de sus técnicas, especialmente
lo relativo al conocimiento de las hierbas, las medicinas y la astrología,
a los ninjas.
En nuestros días, los yamabushis (los pocos que quedan) han
retornado a la vía espiritual de Kukai, a la vez que siguen
manteniendo su natural tendencia a la adquisición de poderes
suprahumanos.
El Shugendo es extraordinariamente duro y difícil de seguir,
pero estas dificultades no son una forma extrema de masoquismo, sino
que pretenden sobrepasar y superar la naturaleza humana, y la inercia
del ego. La cima de las prácticas ascéticas es, sin
lugar a duda, la auto momificación. Algunos yamabushis, motivados
tan solo por un enorme sentimiento de compasión hacia el género
humano y hacia todos los seres vivos, decidieron autoinmolarse transformándose
en momias vivientes, no solo y para convertirse en faros de poder
espiritual sino también para aguardar la llegada del Bodhissatva
Maitreya, o Miroku Bosatsu. El propio Kukai se automomificó
a la edad de sesenta y dos años.
La momia mejor conservada es la de Shinnyokai Shonin, expuesto en
el templo de Dainichi Bo, que fue un monje que, al ver el dolor y
el extravío de este mundo, decidió convertirse en Buda
viviente (o sea, en momia) para ayudar a todos los seres sintientes
hasta el fin de los tiempos. Para esto empezó a prepararse
cuando tenía los 20 años de edad. Y se convirtió
en momia a los 96 años, en 1783.
La auto momificación empieza con la repetición interminable
de una determinada letanía y con las abluciones constantes
de agua helada (o mizuyari).
El primer período dura tres años y tres meses en los
cuales hay una dieta muy severa en la que no se puede probar la carne
de ningún tipo, tampoco se pueden tomar ni cereales ni legumbres.
La alimentación ha de ser simplemente de frutos silvestres,
bellotas y las hojas de los pinos. Posteriormente, solo se admite
la corteza interior de algunos árboles, como por ejemplo el
pino. Esta dieta, que preserva al yamabushi de la posterior descomposición
y de la putrefacción va, progresivamente, ralentizando y resecando
las vísceras y la musculatura en general. Literalmente, la
piel se va adhiriendo a los huesos debido a la pérdida de grasa.
En el último período, el asceta consume únicamente
ortigas, al igual que el santo tibetano, Milarepa, que se alimentaba
tan solo de caldo de ortigas, hasta que su piel se tiñó
de verde. Dicen que lo mismo pasa con los cuerpos de los automomificados.
Parece ser que también era importante un té que se prepara
con las hojas, las semillas y la resina del árbol del que se
extrae la laca. Todos estos elementos van secando el cuerpo hasta
que adquiere una consistencia y un aspecto semejantes al del cuero.
En este punto ya empieza la momificación. Cuando el monje siente
que ya le queda poca vida, manda que se excave un agujero del tamaño
de una persona sentada en postura de loto. Entonces, ingresa en un
pequeño cajón de madera de pino con su rosario de meditar
y su campanilla, y se le introduce en ese agujero, que solía
tener unos tres metros de profundidad.
El hueco era cubierto con hojas, ramas, piedras y tierra por los discípulos
que, deslizan, una caña hueca de bambú hacia adentro
para asegurar que el aire siga entrando hacia el interior. Allí
dentro, sumido en permanente meditación, sin alimento alguno,
y sin agua tampoco, el monje hace sonar de vez en cuando su campanita
para indicar que aún vive. Una vez que la campanita ya no suena,
abren la tumba para certificar la muerte y la vuelven a cerrar. Es
preciso esperar tres meses para retirar la cobertura exterior y exhumar
el cuerpo. Si al exhumar el cuerpo se comprueba que no hay señales
de putrefacción, se declara al monje como Sokushinbutsu (momificado
en vida) y se le rinde adoración como verdadero Buda viviente.
Si se aprecian signos evidentes de putrefacción, e incluso
si el cuerpo está totalmente descompuesto, se le agradece sobre
manera el enorme esfuerzo que ha realizado el monje, y se le entierra
con un rito especial entre muestras de admiración, gratitud
y respeto.
Y ahora viene la pregunta del millón: ¿para qué
todo este esfuerzo?
Muchos antropólogos, y estudiosos, simplemente ven aquí
una forma muy sofisticada e interminables de suicidio. Algo en lo
que los japoneses son verdaderos maestros, pues la teatralización
del suicidio en este país es una de sus notas de identidad
más conocidas.
Decir que la auto momificación es una suerte de suicidio lento
e interminable es decir que no se entiende nada de nada. Además,
pensar así muestra un pensamiento atrozmente materialista y
simple. Sospechar que en el ser humano no hay espacio para lo sublime
o lo sagrado es disminuir la verdadera altura de nuestra talla.
Personalmente, opino que los científicos, antropólogos
y eruditos que afirman lo dicho más arriba, tal dicen porque
no son capaces de concebir nada grande.
En primer lugar, tenemos que decir, que estos monjes abandonaban su
envoltura física antes de que se produjese la muerte del cuerpo.
Esta capacidad la han poseído muchos grandes yoguis y practicantes,
por ejemplo, el lama tibetano Tomo Geshé Rimpoche, y tal vez
el monje vietnamita Tich Quang Duc, que se auto inmoló prendiendo
fuego a su cuerpo el 11 de junio de 1963 en Saigón, en la intersección
entre las calles Phan Dinh Phung y Le Van Duyet. La cara de profunda
y sobrenatural paz que muestra mientras las llamas lo envuelven y
superan su cuerpo, son una muestra de que su espíritu y su
conciencia no estaban ahí, en ese momento.
La capacidad de situar la conciencia en mundos interiores no tiene
nada que ver con lo que popularmente se llama “viaje astral”.
En
el caso de las momias, trata de un aprendizaje que no tiene nada que
ver con la astralidad, y cuyo nombre es “transferencia de conciencia”
(en tibetano se conoce como Po Wa).
Auto
momificarse no tiene como finalidad seguir viviendo de alguna manera,
ligado al cuerpo, no. Se trata de convertir el cuerpo en un receptáculo
de fuerzas espirituales muy intensas. La momia así construida
no es una cadáver normal, sino que es un cuerpo inmortal para
la difusión de la energía de la budeidad.
El
proceso de la auto momificación es un verdadero camino de purificación
que reconstruye un cuerpo, que ya anteriormente era muy puro.
La
inmortalidad de esta momia no depende del cuerpo, transformado en
cuero y poco más, sino en la energía interior que le
anima. Podríamos decir, que en la momia de un yamabushi hay
dos vertientes: la visible, constituida por el cuerpo seco y material,
y la invisible, constituida por la irradiación y el cuerpo
de luz espiritual ligados a ese cuerpo material.
Efectivamente,
la energía espiritual invade todo ese cuerpo. Una gran parte
de ese fuego interior queda retenido en la base la columna vertebral.
Esta energía espiritual actúa como centro atractivo
de numerosas vidas espirituales. Junto a esa energía queda
también la voluntad del monje de transferir la energía
de la compasión y de la budeidad a todo el universo. El poder
de esta influencia es tan grande que multitud de personas encuentran
inspiración y armonía cuando visitan, concentrados y
atentos, estos templos y estas reliquias.
No
olvidemos tampoco que la energía de estos, y de otros, objetos
sagrados actúa sobre las corrientes vitales que se mueven
en el cuerpo humano y pueden llegar a curar y a armonizar partes enfermas
del organismo.
Antes
de acabar, sea real o no que estas energías espirituales existen,
pensemos en el tremendo sacrificio de un monje para lograr que su
cuerpo se transforme en una expresión del fuego del espíritu.
Pensemos en la tremenda preparación y en el sufrimiento necesarios
para elevar la vibración de su alma, y para dejar su energía
atrapada en el interior de su envoltura. Y todo para mejora del mundo
y de todos los seres senibles.
Por
mi parte, admiro y reverencio a estos gigantescos y heroicos monjes
de la montaña.