La
muerte a la luz de la Teosofía
Juan Ramón González

Pintura
de Josep Gumi
Es normal que cuando tenemos planeado viajar a algún lugar,
algunos días antes, semanas o incluso meses empecemos a interesarnos
por ese país al que vamos a ir. Y lo más frecuente es
que leamos sobre su historia, o consultemos los mapas de las ciudades
que visitaremos para situar los museos y los lugares de interés
cultural, o que consigamos una guía turística para localizar
restaurantes, diversiones y sitios de moda. Puede que hasta nos iniciemos
en el idioma propio que se habla en esa nación o ciudad. Y
si pues hacemos esto con un viaje que ocasionalmente hemos de emprender,
¿cómo no hacerlo con más razón con el
viaje que todos, absolutamente todos, de forma inevitable, tarde o
temprano tendremos que realizar? Todos nos iremos a ese país
“del cual ningún caminante torna”, tal y como decía
el príncipe Hamlet.
El
temor inspirado por la muerte es, en esencia, el temor a lo que nos
es totalmente desconocido. Es el temor a lo que es radicalmente otra
cosa. Nosotros solo podemos concebir la vida en el seno de la
forma, pero, puesto que la muerte supone la destrucción de
la forma, ¿cómo entender una vida que se prolonga sin
la contraparte de la forma? ¿Cómo se vive sin el apoyo
de la parte material? Es imposible de entender, porque, fundamentalmente,
para nosotros la vida es actividad de la materia, y por eso hemos
identificado vida con materia. Así pues, si falta la materia,
¿cómo se desenvuelve la vida? Para nosotros, en nuestra
inconsciencia, la naturaleza es materia, puesta en movimiento por
el acicate del deseo y por las fuerzas propias de la materia. No hay
más. Muy pocos son capaces de ver que la vida es espíritu
desarrollándose en la materia. Generalmente los que esto afirman
no hacen sino repetir las afirmaciones de místicos y grandes
pensadores. Y repetir no tiene ningún sentido ¿Cuántos
han experimentado y han realizado verdaderamente lo que dicen?
¿Y
cuál es el mundo de los muertos?, ¿a qué mundo
se van los muertos? Todos sabemos que tras la muerte la forma se queda
en este mundo, por tanto el alma (como principio que anima la
vida) forzosamente ha de pertenecer a un mundo fuera de la forma.
Y si no hay forma tampoco hay dimen siones, ni tiempo ni espacio
¿Un lugar ajeno al tiempo y al espacio?, ¿qué
lugar es ese al que se van los muertos? Es algo incomprensible e inexplicable.
Por
eso decimos que morir es un segundo nacimiento. Porque un feto tampoco
podría entender que más allá de sus límites
existe un mundo de sonidos, y luces, un mundo de sensaciones
en la piel, un mundo sometido a la gravedad, un mundo sin cordón
umbilical en el cual hay que respirar y alimentarse con inde pendencia
de la madre, un mundo seco. Un mundo radicalmente diferente. Un mundo
más allá de la comprensión. Un mundo de gente
y ruidos. Un mundo sin soledad.
La muerte nos cerca y nos causa pavor. No solo porque significa el
cese de la vida, que es lo único que de veras poseemos y nuestro
único bien, sino porque pensamos que más allá
de la muerte existe un ajuste de cuentas. El temor a la muerte está
inspirado por la creencia en que después de la muerte se cumplen
los castigos a las trasgresiones que hemos realizado. Inconscientemente,
sin que nadie nos lo haya dicho, todos sospechamos que después
de la muerte impera la justicia, igual que en esta vida impera la
mentira y la hipocresía. Kant nos descubrió que es necesario
que haya una vida después de la vida. Una vida en la que se
restauren el orden y la justicia. Una vida en la que los injustos
reciban las consecuencias de sus actos en la misma medida en la que
los justos y los sufridores también recibirían el fruto
de su labor. Kant decía que si esto no fuera así,
la vida terrenal no tendría sentido. Si no, ¿para
qué íbamos a hacer el “bien”?, ¿para qué
comportarse de manera altruista si lo único que triunfa es
la injusticia y el egoísmo? ¿Para qué volcarse
en vivir con profundidad si todo da igual, si la felicidad obtenida
de ejercer la crueldad no se diferencia en nada de la santidad? Por
eso decía Kant que forzosamente es necesaria la existencia
de una vida más allá de la vida. Una vida regida por
la restitución: a cada uno lo que le corresponde.
Es natural que el ser humano normal que muere y que no ha investigado
nada acerca del país al que va a viajar, y que incluso ha podido
negar la existencia de ese otro mundo, experimente inicialmente confusión
y en algunos casos hasta sufrimiento, pues literalmente lo desconoce
todo del país en el que está. Saber es tener luz, y
no saber es vivir en la tiniebla. El esfuerzo por comprender lo que
inevitablemente nos aguarda a todos, es un ejercicio que agranda y
desarrolla las cualidades del alma. No es un estudio que no dé
fruto inmediato, no es una erudición ciega. Al contrario: es
el secreto de los secretos. Es el secreto de la auténtica Sabiduría.
Y es el único conocimiento verdaderamente trascendental. Penetrar
en los pórticos de la muerte es adquirir una filosofía
transformadora, es como alimentar con el néctar de la inmortalidad
a nuestro propio Yo superior.
Merece la pena estudiar este mundo pues, entre otras cosas, la Teosofía
nos afirma que los años de vida en los planos físicos
y materiales equivalen, generalmente, a una décima parte (e
incluso menos) del tiempo que pasamos en el más allá.
Así pues, ¿qué sucede después de la muerte?
La muerte no es más que desechar el cuerpo físico.
Cuando morimos, la conciencia continúa viviendo en el cuerpo
siguiente, que es el cuerpo astral, hasta que la energía contenida
en este cuerpo también se consume. Entonces acaece la segunda
muerte. Tras esto, la conciencia asciende, en un nivel ya muy superior,
al tercer cuerpo: el cuerpo mental. Agotada la energía de este
plano, finalmente, la conciencia entra en su propio plano: el plano
celestial, el mundo divino, lo que en el cristianismo se denomina
el paraíso, que es la tierra pura e increada que nos alimenta
vida tras vida y cuyo recuerdo nos consuela en la actividad material
y kármica de este mundo, pues la esperanza de retornar a ese
plano es lo único que inspira a la humanidad en su deambular
por este valle de lágrimas. Tras esta estancia en los planos
causales, el Ego superior toma una nueva encarnación.
La muerte no es otra cosa que cambiar de país. Cada país
que visitamos supone un cambio de vestiduras a planos cada vez
más cercanos a la conciencia pura.
Durante
la agonía, que puede ser más o menos larga, más
o menos esforzada, el plano etérico va proyectándose
al exterior del cuerpo hasta que llega el momento, como ocurre en
el sueño, en el que el doble etérico está fuera
del cuerpo pero conectado a este por un delgado y brillante cordón
magnético. Cuando se aproxima el momento de la muerte, el Ego
revive toda su vida pasada, comprendiendo íntimamente las
causas y los efectos de su propia vida. El sujeto se contempla a sí
mismo tal y como es, sin mentiras, y, finalmente, comprende el propósito
de su vida. Puesto que en los planos sutiles no existe el tiempo,
este proceso puede durar un instante, tal y como han atestiguado
personas que han tenido esta experiencia en el corto lapso que dura
un accidente de coche.
Cuando
llega el momento de morir, el hilo magnético se rompe. Entonces,
el sujeto se sumerge en una pacífica inconsciencia. Morir y
entregarse al sueño es muy parecido. En los dos casos
(aunque hay excepciones) el cuerpo etéreo sale fuera del cuerpo
y la conciencia abandona el margen del cuerpo físico. No en
vano los griegos decían que el sueño es hermano de la
muerte. Después de un tiempo variable, que puede ser desde
unas cuantas horas hasta algunos días y aun semanas (aunque
lo normal son treinta y seis horas), el doble etérico queda
desechado como un cadáver. El Ki, el Chi, el Prana, abandonando
su vehículo, retorna a la Vida Universal, de igual modo que,
hagamos lo que hagamos, el agua siempre retornará al mar.
A partir de ese momento, el desencarnado queda en su cuerpo astral,
listo para la siguiente fase.
El
doble etéreo permanece cerca de su parte física. Estos
son los fantasmas que algunos clarividentes pueden ver flotando sobre
tumbas en los cementerios. El mundo de la muerte es un mundo de efectos,
y no de causas. Al contrario que el mundo de los vivos. El paso por
tanto de un individuo a través el plano astral depende de cómo
fue su vida pasada (es decir, de qué tipo de vehículo
astral supo fabricarse) y de qué tipo de mente posee.
Veamos
el primer aspecto: quien se fabricó un cuerpo astral repleto
de emociones, deseos y pasiones de bajo nivel, y de pensamientos egoístas,
tiene que quedar ligado a ese plano durante un tiempo dilatado, por
lo menos hasta que se ese cuerpo se vaya disolviendo poco a poco.
El que con la ayuda de la austeridad se ha fabricado un cuerpo astral
mucho más ligero, carente de deseos, y de una vibración
más alta, pasará como una flecha por este plano.
En
cuanto al segundo aspecto, el tipo de mente, es tal vez más
importante que el primero. El difunto ha de orientar sus pensamientos
hacia lo más elevado centrándose en la conciencia de
que se está alejando de lo físico para acercarse al
mundo verdaderamente espiritual.
Aunque esto que digo parezca una solemne idiotez, los libros que explican
el más allá de la muerte insisten en que es muy normal
que la conciencia se detenga en el nivel astral y quede presa en él,
demorándose lo indecible en los niveles más bajos del
mismo. Si las preocupaciones terrenales o familiares fueron las más
importantes en la vida del difunto, después de la muerte es
muy posible que el individuo se agarre aún con más fuerza
y tenacidad a esos recuerdos. En este caso, si rehúsa elevar
su nivel de actividad, retarda su progreso, resistiendo la corriente
del espíritu, que exige ir más y más alto. Esta
oposición a la evolución no es sino fruto de la ignorancia.
Y si a esto se le añade que tal vez el cadáver físico
no ha sido desintegrado por la cremación sino que aún
dura en el plano material, este resto podría convertirse en
una especie de punto de anclaje de esa conciencia, adhiriéndola
al plano físico hasta que se consuma la desaparición
del cadáver.
El principal problema cuando transitamos por este plano es que el
cuerpo astral atrape la totalidad de nuestra conciencia. Si ignorantemente
permitimos esto, nos hallamos ya confinados en un subplano del plano
astral. El cuerpo astral tiene una vaga conciencia de sí
mismo, y por supuesto no está de acuerdo en la idea de desintegrarse.
Apenas se produce la muerte, el cuerpo astral percibe que él
mismo empieza ya a descomponerse. El cuerpo astral reacciona con
pavor pues, como entidad que es, no desea el fin de su existencia.
Digamos que, en ese momento, el cuerpo astral es capaz retener su
forma, resistiendo toda desintegración. Los teósofos
suelen emplear la palabra “reordenación”, pues, en efecto,
el cuerpo astral reordena, reajusta, sus partículas separando
sus principios de más denso en el exterior a más sutil
en el centro a lo largo de siete cascarones, uno dentro de otro, formando
siete subplanos. Esto permite que, si se produce el reajuste del cuerpo
astral, y si la conciencia del difunto no está firme en
el alma, esa conciencia quedará confinada en un determinado
subplano. Si, por ejemplo, la conciencia de uno queda restringida
a los niveles más densos del plano astral tan solo percibirá
los sentimientos y las vibraciones más salvajes y atroces.
De hecho, solo podrá percibir impresiones de entidades poco
refinadas. Son los indeseables habitantes del plano astral a los que
siempre se han referido los místicos y los sabios.
Tan
solo podrá ser consciente de lo bajo y lo vil. Este es el infierno
del que nos habla el cristianismo. Sin embargo, la verdadera culpa
de esta situación es del difunto y de nadie más, pues
él es el que consintió en ser dominado por la conciencia
astral, que, evidentemente, se fabrica uno mismo en vida. Si la conciencia
astral es del tipo más bajo y rudo es porque esa es la materia
astral que hemos fabricado en nuestra vida.
Todos
los libros sobre la muerte nos avisan de que el ser humano común
debe resistir el temor que le transmite el cuerpo astral de un inmediato
peligro de destrucción en los primeros momentos tras la muerte.
Este comportamiento se debe exclusivamente a la ausencia de fe en
los planos elevados o a la falta de creencias en los mundos superiores.
Si en vez de haber llevado una vida espiritualmente pasiva, orientada
solo a colmar nuestros absurdos y ridículos deseos hubiéramos
fabricado una sustancia astral más refinada no tendríamos
el problema del que hablamos.
El Bardo Thodol nos avisa, una y otra vez, de que, una vez que se
ha roto el hilo magnético, ya estamos muertos y ya no
hay nada que temer.
Debemos resistir por tanto esa irrazonable sensación de miedo.
Hay que oponerse a ese reajuste en un único subplano manteniendo
poderosamente nuestra aspiración a los niveles superiores.
Así escaparemos a la esclavitud del cuerpo del deseo, rompiendo
su resistencia. Con el paso del tiempo, al irse desgastando la materia
de cada subplano, la conciencia irá ascendiendo uno tras
otro por todos los niveles concéntricos del plano astral.
Pero un ascenso así prolonga lo indecible el avance del alma.
¿Cómo es la vida de un ser humano en el plano astral
inmediatamente después de su muerte?
Normalmente, el difunto descansa en la inconsciencia hasta que
se desembaraza del cuerpo etérico. Lo habitual es que el muerto
despierte ya en el plano astral. Entonces percibe que ese mundo se
diferencia muy poco del mundo físico que acaba de abandonar.
La muerte no cambia en nada a un ser humano. Inicialmente, este sigue
siendo el mismo de siempre, con sus ambiciones y sus deseos egoístas.
Según cómo le afecte la separación de su cuerpo
físico, será más o menos feliz. Muchas veces
tarda en descubrir que está muerto, contempla a sus familiares
y a sus objetos de antaño, y durante algún tiempo trata
de convencerse de que está soñando, pero, finalmente,
admite la muerte. Llegado este momento, el difunto recupera las enseñanzas
que le transmitieron sobre la muerte y el más allá.
No reconoce el cielo que le habían prometido, y tampoco el
infierno con el que le amenazaban. Por eso se siente un tanto decepcionado.
Casi siempre se genera inquietud al ver que las lecciones de la infancia
no valen para nada en este mundo. En ese momento, generalmente,
se presenta un protector ya desencarnado que le calma y le tranquiliza.
A medida que el difunto va avanzando más y más en el
mundo astral descubre que él se va retirando más y más
dentro de sí mismo, hacia el verdadero receptáculo
de la conciencia divina. Cada vez se siente menos atraído por
la materia astral inferior, contraparte del mundo físico,
y se siente más atraído por la materia astral superior,
de la cual se construyen muchas formas mentales, pues las formas mentales
ya forman parte de algunos niveles del mundo astral. Así,
lentamente, va ascendiendo hasta el mundo del pensamiento. Cambia
de foco de interés y, aunque continúen los deseos, las
formas que ahora lo rodean expresan la naturaleza de sus deseos. Es
decir, que se ha desvanecido la atrac ción por la materia
astral inferior aliada a los objetos materiales, pues la
materia astral interpenetra a la materia física. Por eso el
muerto puede percibir su casa, sus objetos, sus muebles,… El muerto
no puede ver las partes físicas pero sí las contrapartes
astrales. Los amigos, exactamente igual, cuando están dor
midos, pueden contactar con los muertos con la misma libertad
que estos cuando vivían, pero lo olvidan casi siempre cuando
retornan al mundo de la materia física.
Toda la vida astral es un proceso de purificarse y de ascender hacia
el Ego superior. La muerte es un camino firme de introducirse en uno
mismo. Cuando el Ego llega a su límite en el plano que sea,
se produce una nueva muerte. El alma desecha la materia de ese plano
para pasar a un nivel de vibración más alta.
Juan
Ramón González Ortiz