La
muerte a la luz de la Teosofía
(Tercera parte)
Juan Ramón González Ortiz

A lo largo de su estancia en el plano astral, la materia astral poco
a poco se va desgastando (igual que pasa con la materia física
o la etérica) a medida que la conciencia del difunto va
dejando de ser sensible a la materia de los deseos y ya no responde
a las vibraciones que se hallan en este plano. Digamos que
la conciencia deja de estar afinada con la nota de ese plano.
Cuando el alma se detiene determinado tiempo en determinado subplano,
del plano astral, es porque algo de la materia de ese subplano atrae
y retiene a la conciencia. Digamos que hay una proporción
armónica entre la cantidad de materia astral adherida
a la conciencia y el tiempo que posteriormente, esa conciencia,
pasa en ese nivel. Una vida de elevados pensamientos es el mejor antídoto
para escapar de los niveles inferiores. Pues los pensamientos
elevados y espirituales tienen un efecto desintegrador, es decir,
rompen la cohesión de las moléculas astrales, y dejan
pasar al vehículo de la conciencia hacia planos superiores.
También el propio difunto tiene la capacidad de abandonar estos
niveles si es capaz de fijar su mente y su conciencia en planos y
en motivos verdaderamente espirituales. Una persona fuertemente
espiritualizada, pasará como una flecha por todos estos niveles
del plano astral y despertará ya en planos mentales. Una
persona, menos espiritualizada pero pura de corazón y de mente,
atravesará estos planos menos rápidamente, pero
sumido en un apacible sueño. Cuando decimos “atravesar estos
planos” queremos decir simplemente que la mente se centra en
uno o en otro subplano, focalizando su conciencia en ese subplano,
y después pasando a otro, y a otro, y a otro, hasta desechar
todas las envolturas astrales.
Imaginemos que una persona común y ordinaria muere. Recupera,
por ejemplo, la conciencia en el sexto nivel del plano astral y poco
a poco va consumiendo sus emociones y deseos egoístas. Lentamente,
el Ego superior, en su firme proceso de ascenso, alcanza las clases
más finas de materia astral. Entonces adviene la segunda muerte:
el alma cae en un sueño apacible, algo así como sucede
en el período de la gestación. El cuerpo astral es
desechado y empieza su desintegración (aunque esa desintegración
ya había empezado mucho antes). Este sueño corto y
bello se llama “Inconsciencia predevachánica”. Entonces, el
difunto despierta con un intensísimo sentimiento de felicidad
y de beatitud. Recordemos que no hay movimiento hacia ningún
lugar. De nuevo se trata de que la conciencia se focaliza en el plano
mental. En este momento es cuando nos deberíamos dar cuenta
del engaño y de la ignorancia que suponen llorar la muerte
de un ser querido, pues la muerte no es sino un simple paso hacia
la entrada en un gran país repleto de una belleza y de una
felicidad inimaginables.
The Painters Honeymoon. Frederic Leighton.
La totalidad de los grandes maestros de la Teosofía recomiendan
que se fomente un recuerdo basado en deseos amorosos de luz y de paz
para el difunto. Nada más. Por otra parte, también
coinciden en lo negativo e insensato que es entregarse al llanto
y al sufrimiento sin freno, generando una oleada de tristeza cuya
energía incluso puede llegar a afectar al difunto causándole
un gran dolor. La Teosofía insiste también en que esa
pesadumbre ciega y egoísta de los allegados dificulta no poco
la labor de los guías y de los protectores que en todo
momento se aproximan al difunto para explicarle en qué condiciones
se encuentra y cómo puede progresar.
Una persona que conozca la constitución oculta del ser humano
y el poder del pensamiento y de la atención sostenida en un
punto focal, puede enviar voluntariosamente una forma mental que
ayude a la desintegración de las formas astrales, moviendo
al alma del difunto hacia su ascenso al Devachán. Las ceremonias
de difuntos están repletas de muchos mantras e invocaciones
que tienen esta misión. Por tanto, es perfectamente posible
ayudar a un difunto con nuestra plegaria mientras se halla en el
nivel astral. No olvidemos que cualquier oración, e incluso
cualquier pensamiento, crea una forma elemental, algo así
como un dardo activo que se dirige hacia esa persona para el cual
fue creado. La Teosofía recomienda usar las antífonas
y las oraciones y palabras sagradas que se han usado desde siempre
en los servicios religiosos establecidos para los difuntos, por ejemplo:
“Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis”.
Cuando finalmente el ser humano desecha su cuerpo astral, este queda
flotando con una pequeña parte de la mente inferior adherido
a él. Gracias a estas partículas mentales, este resto
astral aún conserva ciertos automatismos: se mueve con
sus recuerdos pasados, acude a las vibraciones familiares de amor,
a sus pensamientos,… Comúnmente, estas “sombras” astrales
a los ojos de algunos vivos pasan por ser el difunto en sí
mismo, pero no son sino desechos. Estos vacíos cascarones astrales
son verdaderos cadáveres, sin vibración alguna
de vida, y se desintegran lentamente en el mundo astral a imagen y
semejanza de lo que le pasa al cuerpo físico. Como ya hemos
dicho varias veces, anteriormente, la existencia posterior a la
muerte no depende para nada de la muerte, que simplemente es algo
así como la zambullida en el agua. La naturaleza de la vida
post mortem depende de la naturaleza de la vida que se vivió.
Antes de acabar este pequeño resumen sobre el plano astral,
hay que decir también que el plano astral está habitado,
así mismo, por seres humanos durmientes que han abandonado
temporalmente el plano físico. Un tercio de los pobladores
del plano astral son de este tipo. Quedan también retenidos
en el plano astral los cuerpos astrales de los difuntos, vacíos,
ya sin conciencia de ningún tipo, una vez que el Ego superior
se ha alejado de ellos hacia el nivel mental. También residen
en este plano adeptos con sus discípulos; personas que se han
desarrollado psíquicamente sin ayuda y sin control de nadie;
y brujos, o magos, con sus discípulos, claro está.
También moran en ese plano seres no humanos: los cuerpos astrales
de los animales, y gran parte de los espíritus de la naturaleza,
los cuales tienen una línea de evolución diferente de
la humana.
Y también grandes ángeles o devas, muy avanzados con
respecto a nuestra evolución, así como las formas astrales
creadas inconscientemente por los seres humanos normales, y las formas
astrales creadas conscientemente por los adeptos y por los brujos.
________________________________________
Así pues, resumiendo: cuando muere un ser humano, el cuerpo
físico es inmediatamente desechado. De hecho, eso y nada más
que eso es la muerte. El ser humano común y escasamente preparado
se identifica con su vehículo astral, es decir, con el cuerpo
de deseos, de emociones, pasiones y sentimientos que le ha acompañado
durante toda una vida. La tendencia del Ego superior hacia lo alto
queda temporalmente sometida al impulso de la conciencia inferior,
que se concentra en sus deseos, y en el karma aparejado a los deseos.
En la etapa siguiente, el Ego superior abandona el cuerpo astral,
entrando en un nuevo nivel de existencia. Se trata del plano mental
o Devachán, o plano de la bienaventuranza, que también
tiene siete subdivisiones. Devachán es el nombre que recibe
el plano mental pero exclusivamente referido al contexto de la
muerte, o, mejor dicho, dentro del mundo post mortem. Fuera del
contexto de la muerte a este plano en su conjunto se le denomina plano
manásico, o sukshuma sharira, o simplemente plano mental.
Las tres últimas subdivisiones del plano mental, las más
elevadas, ordinariamente se llaman plano causal, o vijnanamaya
kosha, o plano mental superior. Mientras llaman que los cuatro anteriores
se llaman plano mental inferior, o manomaya kosha. Igual que ocurre
con el plano astral, el nivel mental, o Devachán, no es un
lugar sino un estado de consciencia. Tiene que quedar claro que el
estado físico que ocupan todos estos planos, incluido el cuerpo
material, es el mismo para todos. Sin embargo, cada uno de los individuos
de cada uno de los planos tiene sus especiales órganos de
los sentidos y percibe solo la materia y las vibraciones correspondientes
a ese nivel y es enteramente inconsciente de los otros niveles. Todos
los planos y subplanos están tan cerca de nosotros como nosotros
lo estamos del aire que nos rodea, porque todos los niveles están
superpuestos. Los seres de los otros planos pasan a través
de nosotros y de nuestros objetos sin que nadie se dé cuenta
de nada.
Después de la segunda muerte, la del cuerpo astral, el ser
humano despierta a una increíble nueva vida. Una vida radiante
y celestial. Algo tan bello y tan jubiloso que ni siquiera los más
elevados de los teósofos aciertan a describirlo con exactitud,
pues las palabras se vuelven torpes, oscuras y limitadas. Las formas
mentales inferiores, propias de los intereses egoístas, tras
la muerte, se vierten en el plano astral: la ambición, la soberbia,
la vaguería, la autocompasión, la dependencia de los
entretenimientos, etc. Y se consumen en ese plano. Sin embargo, el
gran cúmulo de pensamientos bellos y elevados, ya sean de
naturaleza puramente intelectiva o ligados a la compasión
y al amor, permanecen, con toda su energía, con el difunto.
Estas formas representan los intereses no egoístas de nuestras
vidas. Estos pensamientos sublimes son los que nos van a llevar al
mundo celestial.
Lady Adelaide. Sir Frederic Leighton.
Desdichadamente, en general, el cuerpo astral se halla mucho más
desarrollado que el cuerpo mental. De hecho, en vida, el cuerpo astral
es el principal obstáculo para ser consciente del cuerpo mental.
Todos los pensamientos elevados y divinos, llenos de generosidad
y de altruismo han tejido en torno a nosotros una vestidura vibrante
y bella. Esta vestidura responde y vibra a los estímulos de
la materia también refinada y noble del plano mental.
En este plano, el vehículo de la conciencia es la mente. Un
ser humano se puede mover aquí con más libertad que
un ser humano se mueve en el mundo usando su cuerpo físico.
Puede acceder a los campos más ilimitados de conocimientos
que cabe imaginar. La Teosofía nos afirma que basta con que
un ser humano haya sentido una vez en su vida el impulso de la generosidad,
el pensar amorosamente en el otro, la pureza del heroísmo,
o la necesidad de socorrer y ayudar, para que ya tengamos nuestro
momento de disfrute en el plano mental. Casi con absoluta y total
seguridad, todos los seres humanos tendremos experiencias en este
plano de paz profunda y de maravillas absolutas. En lo que difieren
las almas es tan solo en el subplano en el que morarán y en
la proporción de tiempo, con respecto al tiempo pasado en los
subplanos del plano astral.
Emocionarse con la sublime poesía de los divinos poetas: leer
al gran Horacio, estoico y epicúreo, juntamente con Virgilio,
la mitad de su alma, ambos corazones unánimes; recitar “Los
bandidos” en voz alta en la cima de una montaña; sentir los
claroscuros de Beethoven; estremecerse y llenarse de admiración
al ver un hermoso paisaje en primavera; contemplar la callada belleza
de la noche profunda; cultivar la amistad; mantener pensamientos
plenos de amor, tratar de curar y no de herir, desprenderse del pasado,…
Todo esto es elevarse hacia los niveles mentales puros y sembrar en
esos planos sublimes para recolectar el fruto tras la muerte.
La relación de tiempo entre la vida física y la devachánica
es una relación de uno a veinte, y en el caso de gente muy
avanzada puede ser de uno a cuarenta. Este nivel, por tanto, es en
el cual transcurre la verdadera vida del individuo. En el Devachán
mal o dolor son imposibles, absolutamente imposibles. Y la única
limitación concebible es la propia limitación de la
capacidad de aspirar. No existe duda, ni vacilación, ni distancia,
ni separación. El pasado del mundo se hace tan patente como
el propio presente, entre otras cosas porque los anales akáshicos,
que son la única historia fiel del mundo, también corresponden
al Devachán.
El Devachán no tiene escenario porque es uno mismo el que se
construye el Devachán con sus pensamientos sublimes. Es una
existencia tan gozosa que incluso cuando los discípulos lo
visitan, para conocerlo, existe el peligro de que esa fuerza divina
irresistible arrastre definitivamente hacia arriba al inexperto discípulo,
motivo por el cual siempre tiene que estar presente el maestro. Los
cuatro últimos subplanos se llaman planos “rupas”, que quiere
decir “con forma”, y los tres últimos, planos “arupas”, o
“sin forma”. En los subplanos rupa, los pensamientos toman formas,
no así en los otros tres subplanos. Todos los seres humanos
tienen que ponerse en contacto con sus propios Egos superiores,
y esto lo hacen en los planos rupa, o planos causales.
Es más, a medida que progresan, más corta va siendo
la estancia en el nivel astral y más larga la estancia en
el Devachán. Hasta que finalmente, la conciencia atraviese,
sin detenerse, el plano astral para llegar al plano mental o devachánico.
Una vez ahí, la vida devachánica se divide en dos períodos:
el primero de los cuales transcurre en los subplanos rupa, y el segundo
en el plano arupa. El primer período también se irá
acortando cada vez más para aumentar progresivamente el tiempo
pasado en el seno del plano causal.
Por tanto, podríamos decir que es el ser humano el que decide
por sí mismo tanto la naturaleza de su Devachán como
la duración del mismo, pues es él quien ha creado las
causas para ello en su vida terrenal.
Recordemos que no todos los tipos de amor o de devoción son
iguales. El amor egoísta o la devoción que solo piensa
en uno mismo no tiene germen alguno de vida devachánica. Estas
fuerzas pertenecen al plano astral y ahí se agotarán.
Detallemos ahora muy brevemente los subplanos del plano devachánico:
Séptimo subplano: tiene como característica principal
el amor a la familia, a los amigos. Para muchísimos seres humanos,
el goce no físico más elevado que cabe se encuentra
en la familia. El afecto desinteresado, la fuerza altruista del amor,
es la primera puerta que abre el camino del Devachán.
Sexto subplano: la cualidad principal es la devoción religiosa
antropomórfica. Es decir, se trata de la devoción
que consiste en la adoración perpetua de una divinidad personal.
Las almas que reposan aquí son completamente dichosas y están
satisfechas del todo, pues lo que reciben es siempre lo más
elevado que son capaces de apreciar.
Quinto subplano: la cualidad principal es la devoción que se
expresa por obras. Es el plano para llevar a cabo grandes planes y
designios no realizados en la tierra, grandes organizaciones religiosas
y que tienen tienen un fin devocional y filantrópico. También
moran en este plano los artistas que cultivan el arte por el arte
en sí mismo, y también los que lo consideran como una
ofrenda a la divinidad pero sin pensar nunca, en ambos casos, en
sus efectos sobre sus semejantes. El artista o el músico que
cultiva su arte buscando su gloria personal o la riqueza, no engendra
fuerzas que los conduzcan al plano devachánico.
Cuarto subplano: es el más elevado de los planos rupa. Agrupa
cuatro divisiones: personas interesadas en conocimientos espirituales.
Personas interesadas en conocimientos filosóficos o de alta
ciencia. Personas interesadas en habilidades literarias y artísticas
dirigidas a fines desinteresados. Personas interesadas en hacer el
bien por el simple amor al bien. A continuación nos referiremos
a los niveles superiores, o arupa, con ellos acaba el ciclo de la
encarnación. En estos niveles, el alma reside, por algún
tiempo en su propia patria. Tercer subplano: es el inferior de los
niveles arupa. Es con mucho la región más poblada de
estos niveles. Aquí se encuentran casi en su totalidad los
sesenta mil millones de egos, más o menos, que constituyen
la presenta evolución humana. Un número reducidísimo
habita los niveles segundo, y primero.
Cada ego está representado por una forma ovoide. A medida que
el Ego se desarrolla, ese “cuerpo” empieza a mostrar una enorme variedad
reluciente de colores, convirtiéndose en un globo de vibrantes
colores brillantes y luminosos, imposibles de describir. Todos los
cuerpos causales están llenos de un fuego vivo que proviene
de un plano superior, con el cual el globo está en relación
por medio de un hilo de luz intensa, por eso dicen las “Estancias
de Dzyan: “La Chispa pende de la llama por el hilo más fino
de Fohat”. La inmensa mayoría de esos egos están
semiinconscientes, como somnolientos; los que están completamente
despiertos son excepciones, y brillan como astros de gran intensidad,
representando así cada uno el exacto nivel de evolución
que atesora.
Cuando ya se ha agotado el tiempo de vida devachánica, el alma
siente la necesidad de retornar a una nueva encarnación. Entonces,
el alma tiene un brevísimo relámpago de conciencia:
contempla el resultado de la vida que ya se ha completado del todo,
y algo de lo que va a ser su siguiente vida, generalmente ve sus posibilidades
y oportunidades. Entonces, el horizonte se cierra sobre él
y el alma cae en un delicioso ensueño… Y empieza una nueva
encarnación.
Segundo subplano: Está escasísimamente poblado. Solo
una pequeña cantidad de individuos han logrado elevarse hasta
ese plano. Solo habitan aquí los egos dedicados al desarrollo
espiritual. Los egos que viven en este plano tienen grandísimas
oportunidades de desarrollo pues pueden recibir enseñanzas
de altísimas personalidades.
Primer subplano: Es el nivel más glorioso de todos. Aún
tiene menos habitantes. Solo Maestros e Iniciados habitan estas cimas.
Las palabras se hacen pequeñas, densas y limitadas para hablar
de este plano. Basta saber con que existe.
Verdaderamente, es una tarea imposible describir la naturaleza del
Devachán, pues excede todas nuestras posibilidades. Tenemos
que tener muy claro que en el Devachán florecen los pensamientos
inegoístas y el tipo de mente que hayamos favorecido, por cierto,
también es un pensamiento inegoísta la aspiración
pura y limpia por el conocimiento superior aunque, frecuentemente,
en vida se hayan reído de uno por alimentar este ideal. En
el mundo devachánico, el ser humano se encuentra haciendo lo
que siempre ha deseado hacer de acuerdo con sus pensamientos, solo
que allí no hay fronteras ni límites para lo que quiere
emprender, ni hay fricción contra la materia, y además
tiene a su disposición toda la sabiduría de los grandes
ángeles y toda la extensión insondable de la Mente Divina.
Pues en el Devachán tenemos abierto el depósito de la
Mente Divina. Esta apertura a nuestro favor siempre será en
proporción a la calidad de nuestra mente, es decir, a cómo
nos hayamos cualificado nosotros a nosotros mismos en vida. Por eso
el cielo de una persona no puede ser como el de los demás,
de la misma manera que uno se encuentra cómodo en un ambiente
pero no en otro. Cada uno crea su propio cielo seleccionando qué
esplendor desea para su pensamiento y qué aspiraciones tiene.
Las causas que uno engendra en su vida terrenal deciden el tipo de
vida celestial y la duración del mismo. Tal y como sea la idiosincrasia
y la capacidad de uno, recibirá el máximum de felicidad
posible para él.
Antes de acabar, una palabra relativa a los niños de corta
edad que mueren. La religión católica admitía
con toda naturalidad la realidad de un lugar especial llamado ”limbo”,
que era el nivel al que iban las almas inocentes de los niños.
Modernamente, sin embargo, la religión católica se ha
avergonzado de afirmar la existencia de estos niveles, y sin embargo
es cierto: existe un lugar para estos niños. Algo así
como un lugar lleno de belleza y gracia, al estilo de los Campos Elíseos,
donde los niños viven en perpetua alegría junto a otros
niños, con los que juegan constantemente. Los ángeles
que tienen a su cuidado a estos niños, hacen de instructores
y les explican, por ejemplo, la omnipresencia de Dios. Como los niños
siempre están deseosos de aprender y de ayudar a los adultos,
los ángeles los instruyen en diversas tareas.
El Devachán es nuestro verdadero destino, allí realizaremos
todas nuestras aspiraciones superiores y viviremos siglos de felicidad
inenarrable e ininterrumpida. Esa es la recompensa a nuestro deambular
por la vida terrenal. Es un mar de felicidad tan grande, tan grande
que no podemos ni imaginar aunque nuestra mente use toda su potencia
y nuestra imaginación se estire al máximo. Este período
de felicidad constante solo se ve interrumpido por sucesos aún
más dichosos que introducen aún más y más
felicidad. Esa es nuestra patria, nuestra casa verdadera:
Alma, región luciente,
prado de bienandanza, que ni al hielo
ni con el rayo ardiente
fallece; fértil suelo,
producidor eterno de consuelo.
Y acabo, con el mejor anticipo de la gloria y de la alegría
inmortal que a todos nos aguarda. ¡Oh luz!, ¡luz y amor
de nuestra vida! ¡Tú nos recibiste al nacer, amortájanos
cuando muramos!:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado,
entre las azucenas olvidado.
Juan Ramón González Ortiz