Venga
a nosotros tu Reino…
Por Juan Ramón González Ortiz

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Venga
a nosotros tu Reino
Acceder al Reino de Dios significa acceder a un estado intemporal
que nos permite tener la experiencia de que la realidad fluye y se
manifiesta, contantemente, a través de Dios. Eso es vivir
en el nirvana y estar totalmente unificado.
“Venga a nosotros tu Reino” es un llamamiento a la Fuerza, a la Energía
necesaria para poder saltar a lo trascendente, para entrar en la
comprensión de la eternidad. Lo que intentamos con estas palabras
es adecuarnos a Dios. Para los santos y los contemplativos, el Reino
de Dios está aquí tanto como en el cielo.
La finalidad de la vida humana es tan alta y tan sublime que no podría
realizarse contando tan solo con nuestras pobres y escasas fuerzas.
Este verso nos sitúa en el plano de la invocación y
es una petición de ayuda para cumplir nuestra misión.
Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo
Esta frase nos expresa que la voluntad divina es una y nada más
que una. Es decir, que no hay una voluntad para el Cielo y otra para
el resto de la creación. Además, en Dios su voluntad
es idéntica a su ser. Por otra parte, “hacer la voluntad de
Dios” es el único medio válido para acomodarse, o para
dar cumplimiento, a la gracia de la iluminación.
Nosotros vivimos en dos realidades confusas: la Tierra y el tiempo.
La Tierra no es el Cielo, ni el tiempo es la eternidad. Ni nuestro
ego es nuestro espíritu. Hacer la voluntad de Dios es avanzar
hacia lo divino, y terminar con el ser humano natural, del que todos
inicialmente partimos. Solo así el Reino de Dios puede venir
a nosotros, tal y como decíamos en el verso anterior.
Para hacer la voluntad de Dios, la vida común y ordinaria
de impulsos y deseos, diversiones y materialismo ha de terminar.
Esto es lo que los místicos llamaban la “vía purgativa”,
reconducir la vida, y sustituir el motor de una vida centrada en el
ego por una vida centrada en el acceso y la cercanía a Dios.
Esta es una tarea que fácilmente puede llevar años sin
cuento. La vía purgativa es muy lenta. Pero es necesaria para
la iluminación y la posterior unión. A medida que vamos
avanzando, una cierta cantidad de iluminación va ocupando el
terreno que hemos despejado de deseos, y de vida psíquica inferior.
Mucha gente, muchísima, se ha vuelto endurecida y reseca por
este proceso de autodisciplina. Muy frecuentemente el problema es
que se lucha contra el yo por medio del yo, lo cual inexcusablemente
contribuye a exacerbar más ese mismo yo. Krishnamurti decía
que nunca había visto gente más muerta interiormente
y más seca que las personas que se habían dedicado durante
años a emprender austeridades y programas de sacrificios personales.
Y es que no puede existir mortificación sin que esté
presente el elemento amor, a través de la devoción.
El elemento amor es el único que nos puede guiar en el camino
del dominio del yo hacía algo superior.
Danos hoy nuestro pan de cada día
Danos el pan espiritual, que es la gracia, tu gracia. La gracia de
Dios.
Se trata no del pan físico sino del pan espiritual. Un ser
humano no puede nutrirse de la anticipación de lo que va a
comer, ni tampoco de su recuerdo. Por eso la oración incluye,
muy acertadamente, “cada día”. Ni el futuro ni el pasado pueden
contener alimento para el alma, pues la vida se desarrolla siempre
en el “hoy”.
El “hoy” representa la intemporalidad más acertada, pues el
permanente presente es lo más parecido a la eternidad. Un
ave, una flor viven en el presente y por eso mismo ya viven “sub
specie aeterniatis”, porque viven fuera del tiempo. Sin embargo, con
la desatención, la mente avanza y retrocede y vive en la memoria
o en el futuro.
La única diferencia entre la vivencia del “hoy” por parte del
santo y por parte de los animales y plantas, los cuales también
viven en el presente duradero, e incluso en la eternidad, es el nivel
de conciencia que hay en cada caso. En el caso de santo, se trata
de una conciencia pura, unida a la eternidad, y en caso de los animales
se trata de una conciencia muy poco desarrollada. Entre estas dos
conciencias, la del santo y la de animal, se sitúa nuestro
mundo, repleto de ensoñaciones, planes, remordimientos, miedos,
ansias, horrores, y también cosas bellísimas y elevadas,
… Ese es nuestro mundo, el resultado de nuestros deseos y de nuestras
ambiciones. Un mundo en el que nadie nos hemos guiado por lo más
espiritual o lo más altruista. De haberlo hecho, nuestro mundo
ahora mismo sería otro.
La liberación solo se puede logar viviendo el ahora. Hic et
nunc. Cristo exhortó a sus discípulos a no dejarse mediatizar
por el valor dado al día de mañana:
“¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más
que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan,
ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.
¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y
quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir
a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os
afanáis? Considerad los lirios del valle, cómo crecen:
no trabajan ni hilan; pero yo os digo, que ni aun Salomón con
toda su gloria se vistió así, como uno de ellos”.
Esta frase del Padre nuestro resume toda esta enseñanza. Debemos
pedir la gracia ahora, porque la naturaleza de la gracia es el ahora.
Y esta solo podrá venir si estamos dispuestos a renunciar
a nuestro devaneo con lo temporal para vivir centrados en el eterno
presente. Esto que hemos enunciado ahora mismo es muy difícil,
dificilísimo.
Recordemos el verso de Shakespeare en su obra Enrique IV, “el Tiempo
debe detenerse”:
“¡Oh Harry, me has arrebatado mi juventud! Siento menos la pérdida
de esta vida frágil, que los lauros que sobre mí has
ganado. Hieren mi pensamiento más de lo que tu espada hirió
mi carne. Pero el pensamiento es el esclavo de la vida y la vida la
mofa del tiempo; y el Tiempo, señor de todo lo creado, debe
detenerse. ¡Si pudiera decir mi profecía! Pero la terrosa
y helada mano de la muerte sella mi labio. No, Percy, no eres más
que polvo y pasto para los...”
Juan
Ramón González Ortiz