Perdona
nuestras ofensas…
Por
Juan Ramón González Ortiz

Perdona
nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que
nos ofenden.
Esta
frase que tan inconscientemente pronunciamos encierra una increíble
joya: el perdón es un don de Dios.
Psicológicamente, el perdón es lo que más destruye
la vida del ego inferior y lo socava hasta desmenuzarlo. La forma
natural del ser, es centrarse en el ego. El egotismo es siempre la
personalidad original de todo ser humano. Pero una vez que cambiamos
nuestra actitud egotista, nos convertimos en seres “egotistas de los
demás”.
Fundamentalmente, “dar” a los demás no es darles dinero o alimentos,
lo cual, por otra parte, está muy bien, sino que dar a los
demás es, sobre todo, perdonar. Ese perdón es tan necesario
como el pan diario.
¿Qué quiere decir que Dios nos perdona?
¿Qué quiere decir que somos perdonados en la medida
en que perdonamos a los demás?
Humanamente hablando, perdonar es renunciar a nuestros derechos (sean
estos unos derechos reales o arbitrarios) al pago, al castigo o a
la venganza. Pues muchas veces lo que se esconde tras la palabra
justicia es la palabra venganza.
Es absurdo decir que esta justicia está inspirada por Dios,
pues eso supone que Dios también persigue esos mismos “derechos”:
derecho a castigar, derecho a obtener satisfacción, …
Esta es la Ley Antigua, la Justicia de los humanos. Son nociones que
han surgido de la mente del ser humano natural, que no se ha transformado,
que no ha renacido.
Lo más que se puede obtener de un ser humano natural es que
establezca una sublimación social del egoísmo individual.
Eso es lo que hace el sistema estatal de justicia, con sus tribunales,
sus juicios, sus cárceles.
Pero Dios no es como nosotros, aunque sea nuestro Padre. Él
no usa de “sus derechos”. Solo existe una ley, que no ha impuesto
Dios, sino que es lógica e inherente al hecho de actuar: cada
uno recoge sus frutos. A eso lo llamamos karma. Esa es la única
ley.
A veces, incluso, un ser aparentemente regenerado puede estar más
atrasado espiritualmente que un ser común. Este era el caso
de los escribas y los fariseos, en el Nuevo Testamento. Y eso que
escribas y fariseos eran los modelos máximos de la respetabilidad
social. El problema era que su concepto de la virtud y de la justicia
aún valía menos de que el de las personas comunes. Al
menos los seres humanos no regenerados ni transformados abrigan la
esperanza de ver y conocer a Dios, pero para los escribas y fariseos
esa puerta estaba cerrada pues para ellos Dios tenía la obligación
inexcusable de servirles a ellos.
En ningún caso Dios castiga. Como tampoco es culpa de Dios
si una persona se pone a saltar sobre el césped justo al borde
de un precipicio, y en uno de esos saltos se despeña. La naturaleza
de nuestra vida y de nuestro mundo es tal que, si una persona no
loga acomodarse a las reglas que la propia vida impone, esa persona
deberá asumir las consecuencias. Esto es válido para
el mundo social, para el campo de la salud, para lo profesional, …
Esto no tiene nada que ver con que Dios haga valer “sus derechos”.
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¿Eso
quiere decir que Dios no puede hacer una excepción con las
normas que él mismo ha creado y perdonarnos?
Así es.
Pero existe otra idea de perdón divino: en la medida en que
renunciemos a la vida del yo, en la medida en que abandonemos el
“mi”, y nos volvamos diferentes, empezaremos a comprender que ya
no estamos sujetos ciegamente a un destino que habíamos construido
a base de trasgresiones y de malas acciones.
Porque cuando dejamos de estar sometidos al poder y a la primacía
de nuestro ego, dejamos de ser los que éramos. Entonces, el
ser nuevo que surge ya no está sometido a ese destino. El que
era antes ya ha dejado de ser. Así de fácil.
Y el karma que pendía sobre nuestras cabezas se extingue como
una pompa de jabón que revienta en el aire.
Este cambio es lo que llamamos la recepción de la gracia,
y esto sí que significa el perdón total de todos los
pecados.
Hay que atraer esa gracia y desearla continua y constantemente, y
para eso hay que transformarse, día a día, momento a
momento. En un monasterio en el que permanecí, conocí
a un monje que incluso cuando se adormilaba después de comer,
incluso entonces, con los ojos cerrados y dormitando, seguía
recitando la Plegaria del corazón: “Señor Jesucristo,
Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.
Una vida nueva, anula la vida anterior.
El perdón divino no es otra cosa que la donación de
la gracia. Todos los que rodean a esa persona se van a beneficiar
su gracia. Pues cualquier ser humano tiene la capacidad para cambiar
todo su entorno. Así, es capaz de mejorar los destinos de
todos los que le rodean, liberándolos de la ejecución
inexorable del karma que habían preparado para sí mismos.
No
nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
El mal no es otra cosa que el olvido del Reino. El mal es seguir siendo
sensuales, dementes, agitados por la furia mental de la naturaleza
inferior. El mal es ser “normal”. Ser un individuo no regenerado,
no transformado.
Con cada avance que se consolida, las tentaciones se vuelven peores,
más astutas, más sutiles, más hondas y mucho
más peligrosas… Fundamentalmente, la peor de las tentaciones
para las personas que caminan por el sendero de la iluminación
es … el orgullo espiritual.
Líbranos, Padre, del orgullo espiritual.
Muchísimos aspirantes y discípulos muy avanzados han
sucumbido a esta peligrosísima tentación. Muchísimos
maestros espirituales cayeron, sin percibirlo, en la trampa de esta
tentación y se desplomaron hasta caer en brazos de la nada,
…
Solo los que son perfectos y los que están llenos de la gracia
están a salvo de cualquier tentación, porque estos ya
no tienen hueco por donde pueda entrar el gusano de la tentación.
He oído decir que hay caminantes
que viajan sin temor al rinoceronte,
ni al tigre,
y que van desarmados al combate.
El
rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
ni el tigre donde clavarle sus garras,
ni el arma donde hundir su filo.
¿Por qué?
Porque en ellos nada puede morir.
Juan
Ramón González Ortiz