Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre.
Por Juan Ramón González Ortiz

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Una cosa que repite y se hace vez tras vez, innumerables veces, sin pensar en ella, sin reflexión de ningún tipo, acaba siendo algo mecánico y vacío de cualquier significación.
Para millones de seres humanos el Padre nuestro es la máxima expresión de familiaridad a la que pueden aspirar con el Ser Supremo.
Ahora bien, ¿de verdad que entendemos el Padre nuestro?, ¿sabemos de qué se habla en él?, ¿alguna vez hemos intentado averiguar su sentido?
¿No será que, a base de repetirlo de forma automática, ha llegado ya a ser para nosotros algo gastado, vacío, obsoleto, un cascarón viejo, carente de significado?
¿No es cierto que usamos el Padre nuestro como una fórmula mágica que solo entonamos en ciertos contextos y en ciertas ocasiones, digamos, cuando las circunstancias, y no la propia libertad, nos fuerzan a ello?
Si me permitís, quiero analizar el Padre nuestro palabra por palabra.
Podéis acompañarme, si así lo queréis, en este corto y trascendental viaje.

Padre nuestro, que estás en el Cielo.

La primera afirmación, la invocación, es, simplemente, algo tan sublime y tan delicado que las palabras usuales se vuelven muy cortas y limitadas para explicar su pleno sentido.
Santa Teresa de Jesús cuando rezaba el Padre nuestro, no podía avanzar más allá de esta invocación, pues era tan intenso el sentimiento de unidad mística que se apoderaba de ella que le era imposible proseguir.
La primera palabra que se menciona es “Padre”. Y esto es importantísimo, porque si Dios es Padre, es que nuestra naturaleza es la misma que la suya, y, además, nosotros estamos en él, como él está en nosotros. Es más, puesto que Dios es el Padre de todo, Él, está presente en todas las criaturas, con independencia del nivel de conciencia que estas tengan de su presencia real. A ese conocimiento de nuestra divina naturaleza, le llamamos conciencia espiritual.
La verdadera y la única misión del ser humano en esta tierra es la de descubrir y comprender la presencia de Dios en nosotros, en los demás y en todo lo creado.
En la medida en que nuestros actos y pensamientos nos lleven a comprender, más y más, que Dios es inmanente a nosotros, esos pensamientos y actos serán moralmente buenos.
Serán malos cuando creen barreras entre Dios, nuestras almas, y las de los demás.
Un padre que engendra hijos los ama, naturalmente los ama. Y no se complace en guerrear contra ellos sabiendo que siempre va a ganar, o en torturarlos, o en sacrificarlos para su placer. El ser humano es el único ser capaz de acercarse conscientemente al Padre, es el único ser capaz de obedecerlo y también el único ser capaz de oponerse a él y de desobedecerlo.
Llamamos amor de Dios a la exaltación espiritual de cercanía y unidad con Él que experimentamos cuando sentimos su naturaleza; e ira de Dios cuando experimentamos el resultado de nuestras acciones egoísta y separatistas. En cualquier caso, si Dios es padre, su realidad es el amor hacia sus criaturas. Y no la cólera o la brutalidad. Lo que pasa es que las transgresiones y el desacato a las leyes de la naturaleza, y a las leyes universales de gobierno, traen como consecuencia el dolor moral, espiritual y fisco, creando una serie de obstáculos insuperables entre el alma y Dios. A estos frutos degenerados se les llaman, o más bien, se les llamaban, la cólera de Dios, olvidando que nosotros somos la única causa de los susodichos frutos.
Sin embargo, la palabra clave no es Padre, ni nuestro sino estás. Pues en Dios, ser y estar es lo mismo e idéntico. De hecho, la mejor definición de Dios es que “Él es el que es”. Eso es lo único que se puede decir de él. Dios es y está, simultáneamente.
Todos estos enunciados, tan abstractos y metafísicos, verdaderamente solo se pueden comprender por medio de la intuición directa. La experiencia íntima de que Dios es y está es el hecho más importante que puede acaecer en una vida.
Todo lo que podemos saber y decir de Dios es que “Él es”. Primero está la constatación de que Dios es, y después lo aprehendemos como Padre.
“En el Cielo…”, está claro que el Cielo es el lugar opuesto a la Tierra. El Cielo es otro lugar, el mundo de la conciencia superior. Nuestra Tierra, nuestros modos de ser y de pensar han de ser superados para poder remontarnos al Cielo. Porque el Cielo es, ante todo, otro tipo de conciencia. Estas pequeñas palabras son un acicate, una exhortación, a dejar nuestro mundo terreno y elevarnos verticalmente hacia la región de pureza e inmovilidad donde vive el Espíritu. Esa es la región original de Dios.
Los místicos son capaces de vivir ininterrumpidamente es esa región luciente. Ellos dicen que viven permanentemente “en presencia de Dios”. Y aunque actúen en el mundo, su mente y su espíritu habitan en “la casa del Señor” Nosotros, en el mejor de los casos, a veces, experimentamos, una ráfaga, un roce sutil, un brevísimo toque, que nos proporciona la certidumbre de que existe ese mundo, al que llamamos el Cielo.

 

 

Santificado sea tu Nombre
Personalmente, entiendo el Padre nuestro como una espiral que asciende en círculos cada vez más y más amplios. Con la frase que hemos introducido, entramos en la segunda espiral.
“Santificar” significa ponerse incondicionalmente al lado del bien más elevado y más real. Santificar exige afirmar con palabras y con actos que tomamos parte de ese bien que es el bien más elevado. Y no hay nada más elevado que Dios, cuya realidad viene cifrada en su Nombre.
El nombre es el mediador, la secuencia de sonidos, más o menos arbitraria, que permite que nuestro cerebro evoque la realidad de una cosa. Las palabras no son la representación de las cosas. No. Son el tubo, la línea, el cable, por medio del cual el cerebro puede representar la cosa o el hecho.
Por tanto, el Nombre de Dios no es el equivalente de Dios. Es, más bien, el conjunto de todos los conceptos y cualidades bajo los cuales pensamos a Dios.
Eso es lo que hay que santificar. Esos conceptos, pero no por sí mismos sino en cuanto que constituyen la santificación de Dios.
Hasta que llegue la experiencia mística no hay otra forma de conocer a Dios si no es mediante las palabras. Las palabras son la fuente de todo el conocimiento. No en vano, Dios crea con su Palabra, y a su Hijo místicamente se le llama El Verbo. Cada una de las tres Personas de la Trinidad es un Logos, que en griego quiere decir “Palabra”.
Santificar el Nombre de Dios, equivale a decir que debemos verbalizar, continuamente, pensamientos de Dios, pues santificar es, simultáneamente, proclamar, y actuar. Santificar el Nombre es declarar que Dios es el bien más elevado y también el más real. El único bien que hay.
Santificar el nombre de Dios ha sido muchas veces el único medio en el camino hacia la contemplación que han seguido muchos, muchísimos, místicos, de todas las épocas. La repetición constante del Nombre mantiene a la mente permanentemente concentrada y alerta, dispuesta para la contemplación.
Conocí a un monje cuya meditación era repetir, miles y miles de veces, a todas horas, y en todo momento, el nombre de Abbá, ‘padre’, tal y como oraba Cristo, por ejemplo, en Marcos, 14:36: "Y decía: “¡Abbá, Padre!; puesto que todo es posible para ti, aparta de mí esta copa, pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.


Santificar el Nombre es una condición imprescindible para todo la que va a venir a continuación, a medida que progrese la oración. Y esos objetivos son: la comprensión del Reino de Dios y de Su Voluntad, la recepción de la Gracia, el perdón y, finalmente, la liberación total.

Juan Ramón González Ortiz

 

 

Venga a nosotros tu Reino…
Por Juan Ramón González Ortiz

Venga a nosotros tu Reino
Acceder al Reino de Dios significa acceder a un estado intemporal que nos permite tener la experiencia de que la realidad fluye y se manifiesta, contantemente, a través de Dios. Eso es vivir en el nirvana y estar totalmente unificado.
“Venga a nosotros tu Reino” es un llamamiento a la Fuerza, a la Energía necesaria para poder saltar a lo trascendente, para entrar en la comprensión de la eternidad. Lo que intentamos con estas palabras es adecuarnos a Dios. Para los santos y los contemplativos, el Reino de Dios está aquí tanto como en el cielo.
La finalidad de la vida humana es tan alta y tan sublime que no podría realizarse contando tan solo con nuestras pobres y escasas fuerzas. Este verso nos sitúa en el plano de la invocación y es una petición de ayuda para cumplir nuestra misión.
Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo
Esta frase nos expresa que la voluntad divina es una y nada más que una. Es decir, que no hay una voluntad para el Cielo y otra para el resto de la creación. Además, en Dios su voluntad es idéntica a su ser. Por otra parte, “hacer la voluntad de Dios” es el único medio válido para acomodarse, o para dar cumplimiento, a la gracia de la iluminación.
Nosotros vivimos en dos realidades confusas: la Tierra y el tiempo. La Tierra no es el Cielo, ni el tiempo es la eternidad. Ni nuestro ego es nuestro espíritu. Hacer la voluntad de Dios es avanzar hacia lo divino, y terminar con el ser humano natural, del que todos inicialmente partimos. Solo así el Reino de Dios puede venir a nosotros, tal y como decíamos en el verso anterior.
Para hacer la voluntad de Dios, la vida común y ordinaria de impulsos y deseos, diversiones y materialismo ha de terminar. Esto es lo que los místicos llamaban la “vía purgativa”, reconducir la vida, y sustituir el motor de una vida centrada en el ego por una vida centrada en el acceso y la cercanía a Dios. Esta es una tarea que fácilmente puede llevar años sin cuento. La vía purgativa es muy lenta. Pero es necesaria para la iluminación y la posterior unión. A medida que vamos avanzando, una cierta cantidad de iluminación va ocupando el terreno que hemos despejado de deseos, y de vida psíquica inferior.
Mucha gente, muchísima, se ha vuelto endurecida y reseca por este proceso de autodisciplina. Muy frecuentemente el problema es que se lucha contra el yo por medio del yo, lo cual inexcusablemente contribuye a exacerbar más ese mismo yo. Krishnamurti decía que nunca había visto gente más muerta interiormente y más seca que las personas que se habían dedicado durante años a emprender austeridades y programas de sacrificios personales. Y es que no puede existir mortificación sin que esté presente el elemento amor, a través de la devoción. El elemento amor es el único que nos puede guiar en el camino del dominio del yo hacía algo superior.
Danos hoy nuestro pan de cada día
Danos el pan espiritual, que es la gracia, tu gracia. La gracia de Dios.
Se trata no del pan físico sino del pan espiritual. Un ser humano no puede nutrirse de la anticipación de lo que va a comer, ni tampoco de su recuerdo. Por eso la oración incluye, muy acertadamente, “cada día”. Ni el futuro ni el pasado pueden contener alimento para el alma, pues la vida se desarrolla siempre en el “hoy”.
El “hoy” representa la intemporalidad más acertada, pues el permanente presente es lo más parecido a la eternidad. Un ave, una flor viven en el presente y por eso mismo ya viven “sub specie aeterniatis”, porque viven fuera del tiempo. Sin embargo, con la desatención, la mente avanza y retrocede y vive en la memoria o en el futuro.
La única diferencia entre la vivencia del “hoy” por parte del santo y por parte de los animales y plantas, los cuales también viven en el presente duradero, e incluso en la eternidad, es el nivel de conciencia que hay en cada caso. En el caso de santo, se trata de una conciencia pura, unida a la eternidad, y en caso de los animales se trata de una conciencia muy poco desarrollada. Entre estas dos conciencias, la del santo y la de animal, se sitúa nuestro mundo, repleto de ensoñaciones, planes, remordimientos, miedos, ansias, horrores, y también cosas bellísimas y elevadas, … Ese es nuestro mundo, el resultado de nuestros deseos y de nuestras ambiciones. Un mundo en el que nadie nos hemos guiado por lo más espiritual o lo más altruista. De haberlo hecho, nuestro mundo ahora mismo sería otro.
La liberación solo se puede logar viviendo el ahora. Hic et nunc. Cristo exhortó a sus discípulos a no dejarse mediatizar por el valor dado al día de mañana:
“¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del valle, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero yo os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así, como uno de ellos”.
Esta frase del Padre nuestro resume toda esta enseñanza. Debemos pedir la gracia ahora, porque la naturaleza de la gracia es el ahora. Y esta solo podrá venir si estamos dispuestos a renunciar a nuestro devaneo con lo temporal para vivir centrados en el eterno presente. Esto que hemos enunciado ahora mismo es muy difícil, dificilísimo.
Recordemos el verso de Shakespeare en su obra Enrique IV, “el Tiempo debe detenerse”:
“¡Oh Harry, me has arrebatado mi juventud! Siento menos la pérdida de esta vida frágil, que los lauros que sobre mí has ganado. Hieren mi pensamiento más de lo que tu espada hirió mi carne. Pero el pensamiento es el esclavo de la vida y la vida la mofa del tiempo; y el Tiempo, señor de todo lo creado, debe detenerse. ¡Si pudiera decir mi profecía! Pero la terrosa y helada mano de la muerte sella mi labio. No, Percy, no eres más que polvo y pasto para los...”

Juan Ramón González Ortiz

 

 


Perdona nuestras ofensas…

 

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Esta frase que tan inconscientemente pronunciamos encierra una increíble joya: el perdón es un don de Dios.
Psicológicamente, el perdón es lo que más destruye la vida del ego inferior y lo socava hasta desmenuzarlo. La forma natural del ser, es centrarse en el ego. El egotismo es siempre la personalidad original de todo ser humano. Pero una vez que cambiamos nuestra actitud egotista, nos convertimos en seres “egotistas de los demás”.
Fundamentalmente, “dar” a los demás no es darles dinero o alimentos, lo cual, por otra parte, está muy bien, sino que dar a los demás es, sobre todo, perdonar. Ese perdón es tan necesario como el pan diario.
¿Qué quiere decir que Dios nos perdona?
¿Qué quiere decir que somos perdonados en la medida en que perdonamos a los demás?
Humanamente hablando, perdonar es renunciar a nuestros derechos (sean estos unos derechos reales o arbitrarios) al pago, al castigo o a la venganza. Pues muchas veces lo que se esconde tras la palabra justicia es la palabra venganza.
Es absurdo decir que esta justicia está inspirada por Dios, pues eso supone que Dios también persigue esos mismos “derechos”: derecho a castigar, derecho a obtener satisfacción, …
Esta es la Ley Antigua, la Justicia de los humanos. Son nociones que han surgido de la mente del ser humano natural, que no se ha transformado, que no ha renacido.
Lo más que se puede obtener de un ser humano natural es que establezca una sublimación social del egoísmo individual. Eso es lo que hace el sistema estatal de justicia, con sus tribunales, sus juicios, sus cárceles.
Pero Dios no es como nosotros, aunque sea nuestro Padre. Él no usa de “sus derechos”. Solo existe una ley, que no ha impuesto Dios, sino que es lógica e inherente al hecho de actuar: cada uno recoge sus frutos. A eso lo llamamos karma. Esa es la única ley.
A veces, incluso, un ser aparentemente regenerado puede estar más atrasado espiritualmente que un ser común. Este era el caso de los escribas y los fariseos, en el Nuevo Testamento. Y eso que escribas y fariseos eran los modelos máximos de la respetabilidad social. El problema era que su concepto de la virtud y de la justicia aún valía menos de que el de las personas comunes. Al menos los seres humanos no regenerados ni transformados abrigan la esperanza de ver y conocer a Dios, pero para los escribas y fariseos esa puerta estaba cerrada pues para ellos Dios tenía la obligación inexcusable de servirles a ellos.
En ningún caso Dios castiga. Como tampoco es culpa de Dios si una persona se pone a saltar sobre el césped justo al borde de un precipicio, y en uno de esos saltos se despeña. La naturaleza de nuestra vida y de nuestro mundo es tal que, si una persona no loga acomodarse a las reglas que la propia vida impone, esa persona deberá asumir las consecuencias. Esto es válido para el mundo social, para el campo de la salud, para lo profesional, …
Esto no tiene nada que ver con que Dios haga valer “sus derechos”.


¿Eso quiere decir que Dios no puede hacer una excepción con las normas que él mismo ha creado y perdonarnos?
Así es.
Pero existe otra idea de perdón divino: en la medida en que renunciemos a la vida del yo, en la medida en que abandonemos el “mi”, y nos volvamos diferentes, empezaremos a comprender que ya no estamos sujetos ciegamente a un destino que habíamos construido a base de trasgresiones y de malas acciones.
Porque cuando dejamos de estar sometidos al poder y a la primacía de nuestro ego, dejamos de ser los que éramos. Entonces, el ser nuevo que surge ya no está sometido a ese destino. El que era antes ya ha dejado de ser. Así de fácil.
Y el karma que pendía sobre nuestras cabezas se extingue como una pompa de jabón que revienta en el aire.
Este cambio es lo que llamamos la recepción de la gracia, y esto sí que significa el perdón total de todos los pecados.
Hay que atraer esa gracia y desearla continua y constantemente, y para eso hay que transformarse, día a día, momento a momento. En un monasterio en el que permanecí, conocí a un monje que incluso cuando se adormilaba después de comer, incluso entonces, con los ojos cerrados y dormitando, seguía recitando la Plegaria del corazón: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.
Una vida nueva, anula la vida anterior.
El perdón divino no es otra cosa que la donación de la gracia. Todos los que rodean a esa persona se van a beneficiar su gracia. Pues cualquier ser humano tiene la capacidad para cambiar todo su entorno. Así, es capaz de mejorar los destinos de todos los que le rodean, liberándolos de la ejecución inexorable del karma que habían preparado para sí mismos.

No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
El mal no es otra cosa que el olvido del Reino. El mal es seguir siendo sensuales, dementes, agitados por la furia mental de la naturaleza inferior. El mal es ser “normal”. Ser un individuo no regenerado, no transformado.
Con cada avance que se consolida, las tentaciones se vuelven peores, más astutas, más sutiles, más hondas y mucho más peligrosas… Fundamentalmente, la peor de las tentaciones para las personas que caminan por el sendero de la iluminación es … el orgullo espiritual.
Líbranos, Padre, del orgullo espiritual.
Muchísimos aspirantes y discípulos muy avanzados han sucumbido a esta peligrosísima tentación. Muchísimos maestros espirituales cayeron, sin percibirlo, en la trampa de esta tentación y se desplomaron hasta caer en brazos de la nada, …
Solo los que son perfectos y los que están llenos de la gracia están a salvo de cualquier tentación, porque estos ya no tienen hueco por donde pueda entrar el gusano de la tentación.


He oído decir que hay caminantes
que viajan sin temor al rinoceronte,
ni al tigre,
y que van desarmados al combate.

El rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
ni el tigre donde clavarle sus garras,
ni el arma donde hundir su filo.
¿Por qué?
Porque en ellos nada puede morir.


Juan Ramón González Ortiz

 



 

 

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