Padre
nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre.
Por Juan Ramón González Ortiz

https://www.pinterest.es/pin/357262182951964815
Una cosa que repite y se hace vez tras vez, innumerables veces, sin
pensar en ella, sin reflexión de ningún tipo, acaba
siendo algo mecánico y vacío de cualquier significación.
Para millones de seres humanos el Padre nuestro es la máxima
expresión de familiaridad a la que pueden aspirar con el Ser
Supremo.
Ahora bien, ¿de verdad que entendemos el Padre nuestro?, ¿sabemos
de qué se habla en él?, ¿alguna vez hemos intentado
averiguar su sentido?
¿No será que, a base de repetirlo de forma automática,
ha llegado ya a ser para nosotros algo gastado, vacío, obsoleto,
un cascarón viejo, carente de significado?
¿No es cierto que usamos el Padre nuestro como una fórmula
mágica que solo entonamos en ciertos contextos y en ciertas
ocasiones, digamos, cuando las circunstancias, y no la propia libertad,
nos fuerzan a ello?
Si me permitís, quiero analizar el Padre nuestro palabra por
palabra.
Podéis acompañarme, si así lo queréis,
en este corto y trascendental viaje.
Padre
nuestro, que estás en el Cielo.
La
primera afirmación, la invocación, es, simplemente,
algo tan sublime y tan delicado que las palabras usuales se vuelven
muy cortas y limitadas para explicar su pleno sentido.
Santa Teresa de Jesús cuando rezaba el Padre nuestro, no podía
avanzar más allá de esta invocación, pues era
tan intenso el sentimiento de unidad mística que se apoderaba
de ella que le era imposible proseguir.
La primera palabra que se menciona es “Padre”. Y esto es importantísimo,
porque si Dios es Padre, es que nuestra naturaleza es la misma que
la suya, y, además, nosotros estamos en él, como él
está en nosotros. Es más, puesto que Dios es el Padre
de todo, Él, está presente en todas las criaturas, con
independencia del nivel de conciencia que estas tengan de su presencia
real. A ese conocimiento de nuestra divina naturaleza, le llamamos
conciencia espiritual.
La verdadera y la única misión del ser humano en esta
tierra es la de descubrir y comprender la presencia de Dios en nosotros,
en los demás y en todo lo creado.
En la medida en que nuestros actos y pensamientos nos lleven a comprender,
más y más, que Dios es inmanente a nosotros, esos pensamientos
y actos serán moralmente buenos.
Serán malos cuando creen barreras entre Dios, nuestras almas,
y las de los demás.
Un padre que engendra hijos los ama, naturalmente los ama. Y no se
complace en guerrear contra ellos sabiendo que siempre va a ganar,
o en torturarlos, o en sacrificarlos para su placer. El ser humano
es el único ser capaz de acercarse conscientemente al Padre,
es el único ser capaz de obedecerlo y también el único
ser capaz de oponerse a él y de desobedecerlo.
Llamamos amor de Dios a la exaltación espiritual de cercanía
y unidad con Él que experimentamos cuando sentimos su naturaleza;
e ira de Dios cuando experimentamos el resultado de nuestras acciones
egoísta y separatistas. En cualquier caso, si Dios es padre,
su realidad es el amor hacia sus criaturas. Y no la cólera
o la brutalidad. Lo que pasa es que las transgresiones y el desacato
a las leyes de la naturaleza, y a las leyes universales de gobierno,
traen como consecuencia el dolor moral, espiritual y fisco, creando
una serie de obstáculos insuperables entre el alma y Dios.
A estos frutos degenerados se les llaman, o más bien, se les
llamaban, la cólera de Dios, olvidando que nosotros somos la
única causa de los susodichos frutos.
Sin embargo, la palabra clave no es Padre, ni nuestro sino estás.
Pues en Dios, ser y estar es lo mismo e idéntico. De hecho,
la mejor definición de Dios es que “Él es el que es”.
Eso es lo único que se puede decir de él. Dios es y
está, simultáneamente.
Todos estos enunciados, tan abstractos y metafísicos, verdaderamente
solo se pueden comprender por medio de la intuición directa.
La experiencia íntima de que Dios es y está es el hecho
más importante que puede acaecer en una vida.
Todo lo que podemos saber y decir de Dios es que “Él es”. Primero
está la constatación de que Dios es, y después
lo aprehendemos como Padre.
“En el Cielo…”, está claro que el Cielo es el lugar opuesto
a la Tierra. El Cielo es otro lugar, el mundo de la conciencia superior.
Nuestra Tierra, nuestros modos de ser y de pensar han de ser superados
para poder remontarnos al Cielo. Porque el Cielo es, ante todo, otro
tipo de conciencia. Estas pequeñas palabras son un acicate,
una exhortación, a dejar nuestro mundo terreno y elevarnos
verticalmente hacia la región de pureza e inmovilidad donde
vive el Espíritu. Esa es la región original de Dios.
Los místicos son capaces de vivir ininterrumpidamente es esa
región luciente. Ellos dicen que viven permanentemente “en
presencia de Dios”. Y aunque actúen en el mundo, su mente y
su espíritu habitan en “la casa del Señor” Nosotros,
en el mejor de los casos, a veces, experimentamos, una ráfaga,
un roce sutil, un brevísimo toque, que nos proporciona la certidumbre
de que existe ese mundo, al que llamamos el Cielo.
Santificado
sea tu Nombre
Personalmente, entiendo el Padre nuestro como una espiral que asciende
en círculos cada vez más y más amplios. Con la
frase que hemos introducido, entramos en la segunda espiral.
“Santificar” significa ponerse incondicionalmente al lado del bien
más elevado y más real. Santificar exige afirmar con
palabras y con actos que tomamos parte de ese bien que es el bien
más elevado. Y no hay nada más elevado que Dios, cuya
realidad viene cifrada en su Nombre.
El nombre es el mediador, la secuencia de sonidos, más o menos
arbitraria, que permite que nuestro cerebro evoque la realidad de
una cosa. Las palabras no son la representación de las cosas.
No. Son el tubo, la línea, el cable, por medio del cual el
cerebro puede representar la cosa o el hecho.
Por tanto, el Nombre de Dios no es el equivalente de Dios. Es, más
bien, el conjunto de todos los conceptos y cualidades bajo los cuales
pensamos a Dios.
Eso es lo que hay que santificar. Esos conceptos, pero no por sí
mismos sino en cuanto que constituyen la santificación de
Dios.
Hasta que llegue la experiencia mística no hay otra forma
de conocer a Dios si no es mediante las palabras. Las palabras son
la fuente de todo el conocimiento. No en vano, Dios crea con su Palabra,
y a su Hijo místicamente se le llama El Verbo. Cada una de
las tres Personas de la Trinidad es un Logos, que en griego quiere
decir “Palabra”.
Santificar el Nombre de Dios, equivale a decir que debemos verbalizar,
continuamente, pensamientos de Dios, pues santificar es, simultáneamente,
proclamar, y actuar. Santificar el Nombre es declarar que Dios es
el bien más elevado y también el más real. El
único bien que hay.
Santificar el nombre de Dios ha sido muchas veces el único
medio en el camino hacia la contemplación que han seguido
muchos, muchísimos, místicos, de todas las épocas.
La repetición constante del Nombre mantiene a la mente permanentemente
concentrada y alerta, dispuesta para la contemplación.
Conocí a un monje cuya meditación era repetir, miles
y miles de veces, a todas horas, y en todo momento, el nombre de
Abbá, ‘padre’, tal y como oraba Cristo, por ejemplo, en Marcos,
14:36: "Y decía: “¡Abbá, Padre!; puesto que
todo es posible para ti, aparta de mí esta copa, pero que no
se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Santificar el Nombre es una condición imprescindible para
todo la que va a venir a continuación, a medida que progrese
la oración. Y esos objetivos son: la comprensión del
Reino de Dios y de Su Voluntad, la recepción de la Gracia,
el perdón y, finalmente, la liberación total.
Juan
Ramón González Ortiz
Venga
a nosotros tu Reino…
Por Juan Ramón González Ortiz
Venga
a nosotros tu Reino
Acceder al Reino de Dios significa acceder a un estado intemporal
que nos permite tener la experiencia de que la realidad fluye y se
manifiesta, contantemente, a través de Dios. Eso es vivir
en el nirvana y estar totalmente unificado.
“Venga a nosotros tu Reino” es un llamamiento a la Fuerza, a la Energía
necesaria para poder saltar a lo trascendente, para entrar en la
comprensión de la eternidad. Lo que intentamos con estas palabras
es adecuarnos a Dios. Para los santos y los contemplativos, el Reino
de Dios está aquí tanto como en el cielo.
La finalidad de la vida humana es tan alta y tan sublime que no podría
realizarse contando tan solo con nuestras pobres y escasas fuerzas.
Este verso nos sitúa en el plano de la invocación y
es una petición de ayuda para cumplir nuestra misión.
Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo
Esta frase nos expresa que la voluntad divina es una y nada más
que una. Es decir, que no hay una voluntad para el Cielo y otra para
el resto de la creación. Además, en Dios su voluntad
es idéntica a su ser. Por otra parte, “hacer la voluntad de
Dios” es el único medio válido para acomodarse, o para
dar cumplimiento, a la gracia de la iluminación.
Nosotros vivimos en dos realidades confusas: la Tierra y el tiempo.
La Tierra no es el Cielo, ni el tiempo es la eternidad. Ni nuestro
ego es nuestro espíritu. Hacer la voluntad de Dios es avanzar
hacia lo divino, y terminar con el ser humano natural, del que todos
inicialmente partimos. Solo así el Reino de Dios puede venir
a nosotros, tal y como decíamos en el verso anterior.
Para hacer la voluntad de Dios, la vida común y ordinaria
de impulsos y deseos, diversiones y materialismo ha de terminar.
Esto es lo que los místicos llamaban la “vía purgativa”,
reconducir la vida, y sustituir el motor de una vida centrada en el
ego por una vida centrada en el acceso y la cercanía a Dios.
Esta es una tarea que fácilmente puede llevar años sin
cuento. La vía purgativa es muy lenta. Pero es necesaria para
la iluminación y la posterior unión. A medida que vamos
avanzando, una cierta cantidad de iluminación va ocupando el
terreno que hemos despejado de deseos, y de vida psíquica inferior.
Mucha gente, muchísima, se ha vuelto endurecida y reseca por
este proceso de autodisciplina. Muy frecuentemente el problema es
que se lucha contra el yo por medio del yo, lo cual inexcusablemente
contribuye a exacerbar más ese mismo yo. Krishnamurti decía
que nunca había visto gente más muerta interiormente
y más seca que las personas que se habían dedicado durante
años a emprender austeridades y programas de sacrificios personales.
Y es que no puede existir mortificación sin que esté
presente el elemento amor, a través de la devoción.
El elemento amor es el único que nos puede guiar en el camino
del dominio del yo hacía algo superior.
Danos hoy nuestro pan de cada día
Danos el pan espiritual, que es la gracia, tu gracia. La gracia de
Dios.
Se trata no del pan físico sino del pan espiritual. Un ser
humano no puede nutrirse de la anticipación de lo que va a
comer, ni tampoco de su recuerdo. Por eso la oración incluye,
muy acertadamente, “cada día”. Ni el futuro ni el pasado pueden
contener alimento para el alma, pues la vida se desarrolla siempre
en el “hoy”.
El “hoy” representa la intemporalidad más acertada, pues el
permanente presente es lo más parecido a la eternidad. Un
ave, una flor viven en el presente y por eso mismo ya viven “sub
specie aeterniatis”, porque viven fuera del tiempo. Sin embargo, con
la desatención, la mente avanza y retrocede y vive en la memoria
o en el futuro.
La única diferencia entre la vivencia del “hoy” por parte del
santo y por parte de los animales y plantas, los cuales también
viven en el presente duradero, e incluso en la eternidad, es el nivel
de conciencia que hay en cada caso. En el caso de santo, se trata
de una conciencia pura, unida a la eternidad, y en caso de los animales
se trata de una conciencia muy poco desarrollada. Entre estas dos
conciencias, la del santo y la de animal, se sitúa nuestro
mundo, repleto de ensoñaciones, planes, remordimientos, miedos,
ansias, horrores, y también cosas bellísimas y elevadas,
… Ese es nuestro mundo, el resultado de nuestros deseos y de nuestras
ambiciones. Un mundo en el que nadie nos hemos guiado por lo más
espiritual o lo más altruista. De haberlo hecho, nuestro mundo
ahora mismo sería otro.
La liberación solo se puede logar viviendo el ahora. Hic et
nunc. Cristo exhortó a sus discípulos a no dejarse mediatizar
por el valor dado al día de mañana:
“¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más
que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan,
ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta.
¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y
quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir
a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os
afanáis? Considerad los lirios del valle, cómo crecen:
no trabajan ni hilan; pero yo os digo, que ni aun Salomón con
toda su gloria se vistió así, como uno de ellos”.
Esta frase del Padre nuestro resume toda esta enseñanza. Debemos
pedir la gracia ahora, porque la naturaleza de la gracia es el ahora.
Y esta solo podrá venir si estamos dispuestos a renunciar
a nuestro devaneo con lo temporal para vivir centrados en el eterno
presente. Esto que hemos enunciado ahora mismo es muy difícil,
dificilísimo.
Recordemos el verso de Shakespeare en su obra Enrique IV, “el Tiempo
debe detenerse”:
“¡Oh Harry, me has arrebatado mi juventud! Siento menos la pérdida
de esta vida frágil, que los lauros que sobre mí has
ganado. Hieren mi pensamiento más de lo que tu espada hirió
mi carne. Pero el pensamiento es el esclavo de la vida y la vida la
mofa del tiempo; y el Tiempo, señor de todo lo creado, debe
detenerse. ¡Si pudiera decir mi profecía! Pero la terrosa
y helada mano de la muerte sella mi labio. No, Percy, no eres más
que polvo y pasto para los...”
Juan
Ramón González Ortiz
Perdona nuestras ofensas…
Perdona
nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que
nos ofenden.
Esta
frase que tan inconscientemente pronunciamos encierra una increíble
joya: el perdón es un don de Dios.
Psicológicamente, el perdón es lo que más destruye
la vida del ego inferior y lo socava hasta desmenuzarlo. La forma
natural del ser, es centrarse en el ego. El egotismo es siempre la
personalidad original de todo ser humano. Pero una vez que cambiamos
nuestra actitud egotista, nos convertimos en seres “egotistas de los
demás”.
Fundamentalmente, “dar” a los demás no es darles dinero o alimentos,
lo cual, por otra parte, está muy bien, sino que dar a los
demás es, sobre todo, perdonar. Ese perdón es tan necesario
como el pan diario.
¿Qué quiere decir que Dios nos perdona?
¿Qué quiere decir que somos perdonados en la medida
en que perdonamos a los demás?
Humanamente hablando, perdonar es renunciar a nuestros derechos (sean
estos unos derechos reales o arbitrarios) al pago, al castigo o a
la venganza. Pues muchas veces lo que se esconde tras la palabra
justicia es la palabra venganza.
Es absurdo decir que esta justicia está inspirada por Dios,
pues eso supone que Dios también persigue esos mismos “derechos”:
derecho a castigar, derecho a obtener satisfacción, …
Esta es la Ley Antigua, la Justicia de los humanos. Son nociones que
han surgido de la mente del ser humano natural, que no se ha transformado,
que no ha renacido.
Lo más que se puede obtener de un ser humano natural es que
establezca una sublimación social del egoísmo individual.
Eso es lo que hace el sistema estatal de justicia, con sus tribunales,
sus juicios, sus cárceles.
Pero Dios no es como nosotros, aunque sea nuestro Padre. Él
no usa de “sus derechos”. Solo existe una ley, que no ha impuesto
Dios, sino que es lógica e inherente al hecho de actuar: cada
uno recoge sus frutos. A eso lo llamamos karma. Esa es la única
ley.
A veces, incluso, un ser aparentemente regenerado puede estar más
atrasado espiritualmente que un ser común. Este era el caso
de los escribas y los fariseos, en el Nuevo Testamento. Y eso que
escribas y fariseos eran los modelos máximos de la respetabilidad
social. El problema era que su concepto de la virtud y de la justicia
aún valía menos de que el de las personas comunes. Al
menos los seres humanos no regenerados ni transformados abrigan la
esperanza de ver y conocer a Dios, pero para los escribas y fariseos
esa puerta estaba cerrada pues para ellos Dios tenía la obligación
inexcusable de servirles a ellos.
En ningún caso Dios castiga. Como tampoco es culpa de Dios
si una persona se pone a saltar sobre el césped justo al borde
de un precipicio, y en uno de esos saltos se despeña. La naturaleza
de nuestra vida y de nuestro mundo es tal que, si una persona no
loga acomodarse a las reglas que la propia vida impone, esa persona
deberá asumir las consecuencias. Esto es válido para
el mundo social, para el campo de la salud, para lo profesional, …
Esto no tiene nada que ver con que Dios haga valer “sus derechos”.
¿Eso
quiere decir que Dios no puede hacer una excepción con las
normas que él mismo ha creado y perdonarnos?
Así es.
Pero existe otra idea de perdón divino: en la medida en que
renunciemos a la vida del yo, en la medida en que abandonemos el
“mi”, y nos volvamos diferentes, empezaremos a comprender que ya
no estamos sujetos ciegamente a un destino que habíamos construido
a base de trasgresiones y de malas acciones.
Porque cuando dejamos de estar sometidos al poder y a la primacía
de nuestro ego, dejamos de ser los que éramos. Entonces, el
ser nuevo que surge ya no está sometido a ese destino. El que
era antes ya ha dejado de ser. Así de fácil.
Y el karma que pendía sobre nuestras cabezas se extingue como
una pompa de jabón que revienta en el aire.
Este cambio es lo que llamamos la recepción de la gracia,
y esto sí que significa el perdón total de todos los
pecados.
Hay que atraer esa gracia y desearla continua y constantemente, y
para eso hay que transformarse, día a día, momento a
momento. En un monasterio en el que permanecí, conocí
a un monje que incluso cuando se adormilaba después de comer,
incluso entonces, con los ojos cerrados y dormitando, seguía
recitando la Plegaria del corazón: “Señor Jesucristo,
Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.
Una vida nueva, anula la vida anterior.
El perdón divino no es otra cosa que la donación de
la gracia. Todos los que rodean a esa persona se van a beneficiar
su gracia. Pues cualquier ser humano tiene la capacidad para cambiar
todo su entorno. Así, es capaz de mejorar los destinos de
todos los que le rodean, liberándolos de la ejecución
inexorable del karma que habían preparado para sí mismos.
No
nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
El mal no es otra cosa que el olvido del Reino. El mal es seguir siendo
sensuales, dementes, agitados por la furia mental de la naturaleza
inferior. El mal es ser “normal”. Ser un individuo no regenerado,
no transformado.
Con cada avance que se consolida, las tentaciones se vuelven peores,
más astutas, más sutiles, más hondas y mucho
más peligrosas… Fundamentalmente, la peor de las tentaciones
para las personas que caminan por el sendero de la iluminación
es … el orgullo espiritual.
Líbranos, Padre, del orgullo espiritual.
Muchísimos aspirantes y discípulos muy avanzados han
sucumbido a esta peligrosísima tentación. Muchísimos
maestros espirituales cayeron, sin percibirlo, en la trampa de esta
tentación y se desplomaron hasta caer en brazos de la nada,
…
Solo los que son perfectos y los que están llenos de la gracia
están a salvo de cualquier tentación, porque estos ya
no tienen hueco por donde pueda entrar el gusano de la tentación.
He oído decir que hay caminantes
que viajan sin temor al rinoceronte,
ni al tigre,
y que van desarmados al combate.
El
rinoceronte no encuentra donde hincarle el cuerno,
ni el tigre donde clavarle sus garras,
ni el arma donde hundir su filo.
¿Por qué?
Porque en ellos nada puede morir.
Juan Ramón González Ortiz