Padre, ¿por qué me has abandonado?
Juan Ramón González Ortiz

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Todas las palabras de Cristo en los Evangelios tienen una fortísima carga sublime y emotiva. Muchas de estas palabras incluso han pasado al lenguaje común, por ejemplo “dad al César lo que es del César”, o “dejad que los muertos entierren a sus muertos”,… Incluso la máxima oración cristiana, el mantra por excelencia de todo el cristianismo, la oración que circunda y rodea al planeta Tierra, el Padre nuestro, también surgió de sus propios labios. Sin embargo, hay una frase que por su dramatismo y por su fuerza, provoca, forzosamente, un inextinguible repertorio de respuestas sentimentales, también, acaso, inquietud, y hasta consternación.
Me refiero a las conmovedoras palabras que pronuncia Jesucristo en la cruz, poco antes de morir:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Desde mi punto de vista, no hay en los Evangelios palabras tan misteriosas como estas. Desentrañar el sentido de estas palabras, ha sido siempre un verdadero suplicio para los comentaristas y los exégetas.
Solo Marcos y Mateo citan esta frase, mientras que los otros dos evangelistas, Lucas y Juan, la omiten. Evidentemente, Jesucristo citaba el primer versículo del Salmo 22 de la numeración hebrea. En la versión griega de la Septuaginta de la Biblia, y en su traducción latina en la Vulgata, este salmo es el Salmo 21 en un sistema de numeración un poco diferente. En latín se referían a este salmo por su primeras palabras: “Deus meus, Deus meus, respice in me”.
¿Pero puede ser posible que el Maestro por excelencia, el Maestro de Maestros, por encima de cual no podemos concebir nada o nadie más sublime, a las puertas de la muerte, a punto de la Realización final, se queje de esta manera tan agustiosa?
James Ralston Skinner, en el Apéndice VII de su obra “La fuente de las medidas. La llave de los misterios hebreos y egipcios”, nos hace ver que hemos extraído esta versión del texto en griego, puesto que no conservamos ningún manuscrito original en hebreo.
Todos los manuscritos griegos repiten las palabras hebreas en caracteres griegos. Estas serían las palabras escritas en griego:

Que se leerían como
Eli, Eli, lama sabchthani
Estas mismas palabras en hebreo serían:

J. Ralston Skinner nos dice:
La redacción de estas palabras equivale a “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, esta es la traducción más apropiada. Fuera de toda disputa, esta traducción es correcta, palabra por palabra. Ahora bien, esto no tienen sentido. Se trata de una interpretación falsa. El verdadero sentido es contario al sentido que habitualmente se le da, y es:
“Dios mío, Dios mío, ¡cómo me glorificas!”
“Lama“ quiere decir “por qué”, y también “cómo”, y es un elemento verbal que conecta con la idea de deslumbrar. Adverbialmente se podría traducir “cómo deslumbras”, o “brillantemente”, y así sucesivamente. Al lector que no está acostumbrado a estas sutilezas, se le presentan las palabras proféticas que, además, recuerdan al primer verso de Salmo 22, que dicen exactamente lo mismo.
Además, puede que la frase no sea esa exactamente.
En Mateo tenemos la frase hebrea, en griego, pero si consideramos diferente una sola palabra tenemos:
¡Eli, Eli, lama azabvthani!
Muy diferente de,
Elí, Elí, lama sabchthani
Los mejores traductores de la Biblia comprendieron inmediatamente la diferencia notable entre” azabytha ni”, que es la palabra original del Salmo 22, y la palabra que usa Mateo, que es “sabachthani”.
Según J. Ralston Skinner, “ningún talento humano, por más sabio que sea, podría impedir la falsedad en la traducción de este pasaje, que representa un terrible golpe al carácter sagrado del relato”.
Los traductores es imposible que no se dieran cuenta de la diferencia que va de una a otra palabra. Por tanto, prefirieron una falsificación voluntaria, pues si se respetaba el verbo original la frase resultante se parecía mucho a las palabras, o jaculatorias, que se entonaban en los templos paganos después de la terribles pruebas por las que pasaban los pueblos y las naciones, calamidades, pestes, destrucciones…, y prefirieron ocultar esas palabras. Estas palabras que se cantaban en los templos de los gentiles se pueden traducir como, “Dios mío, Sol mío, sobre mí has vertido tu radiante claridad”.
Así pues, las verdaderas palabras de Cristo en la cruz se parecen más a “Dios mío, Dios mío, ¡cómo me glorificas!”, que a las angustiadas y tremendas palabras que la Historia sagrada siempre nos ha presentado. Esta es la traducción por la que se decanta también Blavatsky.


Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

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