Algunos
padres y madres del desierto
Juan Ramón González Ortiz

Un
padre viajó hasta el desierto de Egipto para encontrarse con
Abba Macarios buscando una palabra para su salvación. Abba
Macarios lo recibió a la puerta de su eremitorio y escuchó
en silencio al joven padre. Y le dijo: “Ve al cementerio e insulta
a los muertos tan horriblemente como puedas”
El joven padre se digirió al cementerio de la localidad y
empezó a gritar palabras soeces a los muertos. Cuando regresó
junto a Macarios, este le preguntó, “¿y qué te
respondieron los muertos?”. “Nada”, dijo el joven padre. “Qué
curioso”, dijo el ermitaño. Y añadió: “Habrás
de volver mañana pero ahora les vas a dirigir alabanzas como
si todos ellos fueran santos”.
Dicho y hecho. El monje se situó en mitad del cementerio y
empezó a regalar a los muertos con palabras de lisonja y de
consideración.
Al día siguiente volvió junto a Abba Macarios, y este
le volvió a preguntar, “¿qué te han respondido
esta vez los muertos”?
“Tampoco nada”, respondió el padre, que ya estaba un poco
inquieto.
Y entonces le dijo Abba Macarios: “Los muertos no te dijeron nada
cuando los insultabas y tampoco te dijeron nada cuando los halagabas,
llamándolos apóstoles y santos. Así también,
tú, si te quieres salvar, habrás de ser un muerto.
Conviértete en muerto y, como muerto, no tengas en cuenta
ni los desprecios de los humanos ni sus alabanzas”.
Siendo muy joven Abba Poimén, sintió la necesidad de
ir a ver a Abba Juan el Tebano para hacerle tres preguntas sobre la
vida espiritual. Empezó a andar para llegar a la cueva de Abba
Juan y escuchar la palabra de Dios. Pero cuando estaba llegando, de
pronto, se dio cuenta de que ya no recordaba la cita del Evangelio
por cuyo significado quería preguntar. De inmediato se dio
la vuelta para volver a su casa y consultar la cita en cuestión.
Ya había metido la llave en la cerradura de su puerta, cuando
recordó claramente el pasaje. Y allí mismo, Poimén,
se giró, dejando la llave puesta y regresó junto al
Abba.
Cuando le comentó este pequeño suceso a Juan el Tebano,
este le preguntó a Poimén por qué había
dejado la llave colocada en la cerradura y no la había quitado,
y este le respondió: “Porque lo único que anhelaba era
venir a oíros y cualquier otra distracción era para
mi secundaria y carente de sentido, y además era un retraso
en la urgencia que tenía de venir a veros”.
Allí mismo, Abba Juan el Tebano se puso en pie, y llorando
de emoción, dijo: “Hoy un gran pastor de ovejas ha venido
a verme. Tu nombre será conocido en todo Egipto”.
Se
cuenta que la gente murmuraba de Abba Moisés porque recibía
a un comerciante, que no era monje ni ermitaño ni nada parecido
y charlaba con él. Un buen día, Abba Moisés le
dijo a este hombre que dirigiera unas palabras a los hermanos y eremitas
que venían a su celda.
El pobre hombre nunca se había visto en aquel mal trago, y
se negó, pero Abba Moisés se lo rogó. Así
pues, el hombre empezó:
“No sé hablar de cosas santas. Yo compro y vendo, gano dinero.
Eso es todo. Por tanto, voy a contar un suceso que me ocurrió
a mí una vez. Yendo a Roma, un caminante me salió al
paso y al ver que yo era un extranjero, me dijo, “ven conmigo y yo
te llevaré junto a las altas murallas de la Gran Ciudad”. Y
me fui con él. Fue un largo camino. Llegando a Roma, este caminante
se despidió de mí, entonces vino a mí otro hombre
y me dijo, “veo que no eres de aquí sígueme y te ayudaré
a atravesar el caos de la gran Roma”. Y así fue. Llegué
al centro de la ciudad, junto al palacio del Emperador, y estaba
admirándolo, cuando un tercer hombre vino junto a mí,
y me dijo: “Soy amigo del Emperador, vente conmigo y te dejarán
pasar, entonces podrás hablar con el mismísimo Emperador
de Roma”. Y así, con ese hombre, es como yo logré hablar
con el Emperador”.
Al acabar, Abba Moisés, preguntó a los que escuchaban
qué les había parecido esa historia, y todos dijeron
que era una simpleza y que no enseñaba nada nuevo. Entonces,
Abba Moisés guardó silencio un momento, y les dijo,
“el primer caminante es la ascesis, que es muy larga y necesaria.
Ese hombre te lleva hasta la muralla exterior del castillo del Alma.
El segundo caminante es el que te mete dentro del Alma, y es la oración
desde el corazón. Pero el que te lleva hasta el mismísimo
rey es la conciencia de Dios, y ese es el tercer caminante”.
Admiráronse todos los hermanos de la sabiduría del comerciante
y juzgaron duramente su estupidez y sus opiniones basadas solo en
las apariencias.
Dos famosos y grandes anacoretas fueron a visitar a una importante
madre del desierto. Se pusieron de viaje y después de andar
muchos días llegaron a Pelusio, en el camino de Canaán.
Allí se encontraron con Amma Sarras que, como si lo supiese
de antemano, estaba esperándolos fuera de su eremitorio, con
el pan y la sal ya preparados.
Como si esto no bastase, los dos hermanos decidieron poner a prueba
a la ermitaña y le dieron: “No te envanezcas, Amma, pensando
“aunque soy mujer, he aquí que dos grandes monjes vienen desde
lejos a verme”. Amma Sarras escuchó en silencio, y les respondió:
“Solo soy mujer en el cuerpo y en la naturaleza, que no valen nada.
Porque la esencia de mi pensamiento y de mi Alma es Dios, y Dios carece
de sexo”.
Y los dos monjes cayeron de rodillas ante ella.
Abba Serapio acertó a pasar por un pueblo de la costa de Egipto,
y allí vio en el balcón de una casa una mujer medio
desnuda que incitaba a los hombres a entrar y a holgar con ella. Abba
Serapio entró en el lupanar y subiendo las escaleras le dijo
a la cortesana, “espérame hoy antes de la medianoche, pues
quiero pasar la noche a tu lado”. Y la mujer le dijo que tendría
el lecho preparado y a ella dispuesta. Cuando llegó la noche,
la mujer se perfumó y se acicaló, y compuso el lecho
para yacer en él. Poco antes de la media noche entró
Abba Serapio, y le dijo a la mujer, ¨un momento, antes de comenzar
he de cumplir un rito al que estoy obligado”, y se arrodilló
en el suelo, como una montaña, y empezó a orar. Era
tal la fuerza de sus palabras y era tan poderosa la imagen del monje
arrodillado rezando por la salvación de la cortesana, que
la mujer, sin saber muy bien por qué, se arrodilló también
en el suelo y empezó a orar. Bien pronto, la mujer comenzó
a llorar. Entonces, comprendiendo que el monje había ido al
lupanar solamente para salvar su alma, se abrazó a sus manos
y le dijo: “Padre, llévame algún lugar en el que pueda
estar dedicada a Dios”. Y Abba Serapio dijo a la mujer: “Nada más
verte supe que eras un ser espiritual. No tienes necesidad de este
trabajo. Durante un tiempo elegiste la parte humana. Hora es que elijas
parte divina”.
Y marchando de la mano del monje se internó en el desierto
y, con el nombre de Amma Serapia, llegó a ser una de las más
eminentes madres del desierto.
Un joven monje acudió al desierto del Sinaí pues había
oído maravillas de Abba Silvano. Entró en el convento,
y empezó a trabajar como los demás monjes. Al poco tiempo,
Abba Silvano pidió a un hermano que entrase en la celda del
nuevo y depositase allí un libro que le entregó. Cuando
llegó la hora novena, todos los monjes bajaron al refectorio,
pero el nuevo no estaba. Los otros monjes se sintieron muy molestos
por esa falta de consideración. Abba Silvano mandó que
lo llamaran. Cuando bajó el monje, las primeras palabras que
dijo fueron: “Perdóname, Abba”. Y el padre le dijo: “No. Nosotros
somos como Marta, y tú eres como María. Nosotros queremos
comer. Tú no. Has estado leyendo todo el día y te has
olvidado de la comida. Tú has elegido la parte buena”.
Juan Ramón González Ortiz