Las
dos preguntas de Parsifal
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

El Rey Herido, la Tierra Yerma, el Mundo Divido, el Golpe Doloroso,
El Antirrey: esta es la realidad cruel y siniestra que nos presenta
la leyenda del Grial.
Este es el retrato, el paisaje confidencial de nuestro mundo.
La destrucción de la condición humana, la naturaleza
pervertida, y la agonía de raza humana. Este es nuestro mundo.
No nos engañemos.
Pero, por encima, de toda esta desolación, un Caballero Bueno
aparece de pronto, cuando nadie contaba con algo así, y logra
de nuevo la reconciliación de las fuerzas opuestas. Y, como
una bendición, sana a toda la humanidad y a toda la naturaleza.
A partir de él, la reunificación y el descanso retornan
a la oscura y destructiva vida de los hombres y de las mujeres.
Porque, antes que cualquier otra cosa, el Grial es curación.
Curación de nuestras heridas físicas y emocionales.
Curación de la vida humana, postrada en el sinsentido y en
el odio. El Grial, que nos muestra Parsifal, es luminosidad, entusiasmo
y, por encima de todo, Vida, Vida abundante.
La leyenda de Parsifal nos enseña que aún estamos en
tiempos de aventura y de esfuerzo, como en la época de Amfortas
y Titurel, sir Gawain y Bors. Aún estamos en época de
andante caballería.
Y, tal vez, seas tú, querido lector, ese ansiado Parsifal por
cuya espera gime toda la humanidad.
Estamos en época de incertidumbre y lucha, lucha dentro de
nosotros mismos y lucha dentro de los territorios salvajes y de los
valles oscuros en los que, a veces sin saberlo, moramos. Porque esta
sociedad está llena de fuerzas antisociales y destructoras.
Esos valles siniestros donde todo va contra nosotros. Esos valles
habitados por genios y encantadores que nos confunden, gigantes brutales
y egoístas que exigen anualmente su tributo de doncellas y
varones, visiones amables que diluyen el valor de nuestras almas,
tónicos que nos atontan administrados por engañadores
brujos y brujas, gobernantes que nos humillan, bellísimas formas
que nos esclavizan de por vida, feroces criaturas errantes que asesinan,
…. Esa es nuestra vida.
Por eso necesitamos un Parsifal.
Un Parsifal que acuda con su espada de luz verde. Un Parsifal a quien
jamás corrompiera el dinero, o los honores, o las dignidades.
Un Parsifal de nobleza permanente, que merezca la verdadera corona
de héroe.
“Canto a los que descansan aquí abajo,
y, pues solo encuentro flores sepulcrales,
tomo las secas cañas de los calvarios
y hago flautas para himnos triunfales”.
Este es el “quid” de la leyenda del Grial: la promesa del Paraíso
Perdido. Retornar a la humanidad. Volver al principio de todo,
antes de que la humanidad se extraviase. El tópico literario
del “locus amoenus” (o lugar paradisíaco, de una belleza irreal)
expresa la nostalgia anterior, la primera: la nostalgia del Paraíso
Perdido. Cuando todo era uno.
Es la imagen que divulgó Horacio, el creador de este tópico,
cuando invitaba a Tíndaris a resguardarse bajo la copa de un
árbol, en las inmediaciones dela limpia y fresca fuente Bandusia,
en el florido bosque Tiburtino, degustando un vino inocente, el vino
de la Sabiduría. El locus amoenus siempre es un lugar aislado,
una especie de hortus conclusus. Se trata de un espacio dentro del
cual se asciende al plano paradisíaco, a los planos del alma
o, al menos, de la mente superior. El árbol toma la forma del
arbor philosophica, y el riachuelo, o la fuente, siempre presente,
es el aqua permanens de los filósofos. La roca es el lapis
philosophorum, la semilla potencial. Planta, agua, piedra: es lo que
Panofsky llamaría el unus mundus, o la sphaera limpida.
Cuando hablamos del Grial, o del locus amoenus, tenemos en la
mente la explicación de Jung, el cual nos habla de que son
dos imágenes que comunican la necesidad de integración
que experimenta todo ser humano. Se trata de la realización
simbólica de uno mismo al más alto nivel. Estas imágenes
son más frecuentes, y necesarias, en épocas críticas
de la vida o de la historia cuando el inconsciente siente la necesidad
imperiosa de un apoyo interior: una imagen de crecimiento e integración
¿Cómo si no se puede explicar el permanente éxito
de público cuando un cineasta actualiza los antiquísimos
temas artúricos y caballerescos? Incluso Disney también
hizo su adaptación, en dibujos animados, de esta misma vieja
melodía.
Si seguimos a Eliade la pervivencia de estas dos realidades, Grial
y locus amoenus, en todas las culturas y en todas las literaturas
expresarían una conducta mítica, es decir, el deseo
por conocer el punto de comienzo absoluto, en el que se desencadenó
el principio de algo, y el punto final de todo, el punto de llegada,
cuando se consuma el retorno y se alcance la perfección. Y,
entonces, se renueve la condición original y la Tierra
vuelva a estar unida. El tópico del locus amoenus, que equivale
a la visión interior del Paraíso, es el punto de partida
del mito, y también de la religión. El Grial, con la
Lanza sagrada, traída por la mano de Parsifal, representa el
punto final. Es la curación de todo el universo y el advenimiento
del reino de Dios en la Tierra. Los bosques, los ríos, las
montañas y los mares, junto con la humanidad, vuelven a ser
una sola familia, bajo el misterio impenetrable de la Presencia,
simbolizado por el Grial y su bendición, que nos llega
de más de las estrellas En última instancia, ambos
tratan de representar la fuente primera y la fuente última
de la realidad.
A diferencia del castillo de Arturo, que representa el ordo Dei, la
conexión espiritual, el cielo en la Tierra, el castillo donde
caballeros y damas viven bajo las reglas de la augusta caballería,
el castillo del Grial es la morada del dolor y del sufrimiento.
El rey está enfermo y sufre, la tierra entera se ha vuelto
estéril, se ha perdido la Lanza Sagrada y la orden de caballería
agoniza y está al borde de la desaparición. Frente al
castillo del Grial, se alza el castillo de Klingsor, el antirrey,
que ha cercado la morada del Grial con unas destructoras y terroríficas
criaturas que son las muchachas planta, bellas, tentaculares,
irresistibles, trasunto de las maléficas sirenas sirenas de
la Odisea.
Podríamos decir, que el castillo de Arturo es el locus amoenus.
La visión del Paraíso. Y que el castillo del Grial es
la imagen del mundo moderno, de la humanidad peregrina, en marcha,
de los hombres y mujeres ciegos y errantes, desesperados en un mundo
de aflicción. El castillo del Grial es la tierra de la oportunidad
perdida. Por eso la pregunta que se hace Parsifal a sí mismo
es, “¿cómo arreglo todo este desaguisado?”
Al contrario que el de Arturo, que es un castillo de vida social,
el castillo del Grial es un castillo de vida interior, solitario,
atrozmente solitario. Mientras la inteligencia y la palabra rigen
el castillo de Arturo, que gobierna de acuerdo con la inteligencia
cósmica y la palabra de Dios, en el castillo del Grial todo
se ha roto y no hay inteligencia que valga. Allí la sabiduría
es una tontería, el castillo del Grial es un castillo quebrado,
es el castillo del silencio, que pertenece al cielo pero que está
lejos de él, anclado en una tierra miserable.
El correlato a Arturo es el Rey Pescador, Amfortas. Todo en ellos
es diferente. Empezando por la enfermedad que este sufre.
La misma enfermedad que padece el Rey Pescador es la que padece la
naturaleza: la dolorosa esterilidad. Los ríos no fluyen, los
árboles no verdean, las plantas no fructifican. Y hasta las
avecillas se desploman de golpe en pleno vuelo. La muerte lo envuelve
todo. El castillo está en ruinas y si la sala del Grial no
se ha derrumbado es porquese trata de una bóveda excavada
en la roca.
En ese castillo, todo es viejo, somnoliento y triste. Kundry solo
anhela dormir y disolverse en la nada de los sueños. Las piedras
se desprenden violentamente desde sus altas murallas, el musgo invade
patios vacíos y largos pasillos y el puente levadizo cruje
amenazadoramente avisando de que ya ha llegado al límite de
su funcionamiento.
Con cada visita de un caballero, el Rey Pescador empeora y en él
muere algo más. El origen de todo es que ningún caballero
hace la pregunta que debe hacer. Ha de ser una pregunta hecha en estado
de Gracia. Una pregunta que brote del Alma, y no del intelecto.
Parsifal, en verdadero éxtasis, arrobado, contempla la emocionante
sesión en la que Amfortas, incapaz de soportar el dolor de
su herida, alza el Grial para que descienda la bendición de
Dios. Es para el joven algo tan bello que, maravillado, pierde
la oportunidad de hacer la pregunta correcta. Y es que la belleza
también es algo peligroso para ciertos espíritus inocentes.
Ante su mutismo, Gurnemanz lo expulsa del castillo del Grial, mientras
le aconseja que vivirá más a gusto entre ocas que entre
cisnes.
Ningún caballero hace la pregunta correcta. En una versión
de la leyenda se nos dice que los caballeros que no aciertan mueren
esa misma noche, durante el sueño.
El milagro empieza con una pregunta.
No se trata de una respuesta, como la de Edipo ante Esfinge, en el
camino de Atenas a Tebas. Hay que recordar que, según Pausanias,
Edipo comprendió el enigma de la Esfinge porque durante un
sueño un dios le reveló cuál era la respuesta
correcta que debería de pronunciar un día.
Y adivinar una pregunta es mucho más difícil que adivinar
una respuesta, porque en el desafío de la pregunta hay algo
que nos guía y al menos sabemos a qué nos enfrentamos.
Pero, sin embargo, cuando se trata del desafío de la pregunta,
no tenemos ningún asidero, estamos más allá de
la razón. Más allá de la omnipotente inteligencia,
pues la sociedad moderna rinde culto a la inteligencia.
Formular la pregunta correcta es algo así como un tiro en la
noche. La razón, el cálculo, no pueden auxiliarnos.
Es preciso entrar con el corazón por delante. No hay otra
entrada posible.
Todas las preguntas que dirigimos nacen de la sorpresa, de la curiosidad,
de la cortesía, de la astucia, etc. Pero no brotan del Alma.
La pregunta del Alma es la pregunta que atañe a la Verdad.
Todas las preguntas que no sean esta, son preguntas banales.
La pregunta correcta es la pregunta que produce frutos de inmediato.
De hecho, la búsqueda del Grial es la búsqueda de la
pregunta. De la única pregunta posible.
Pero desconocemos la voz del Alma. Solo estamos atentos a la voz de
la inteligencia. Todo lo que nos interesa viene de la inteligencia.
Es natural: nos han entrenado para rendir culto a los que tienen
muchos títulos, incontables títulos y a los que saben
muchos idiomas, y a los que citan a cientos de autores en cientos
de idiomas. A esto le llamamos estúpidamente “meritocracia”.
No sabemos nada del Alma. Hemos estado años y años viviendo
de espaldas a él. Nada nos ha transfigurado. Nosotros también
somos como esos caballeros que preguntaban desde su razón,
o desde sus creencias, o desde su ideología, o desde su conveniencia.
Pero, tal vez, querido lector, tú no seas así. Tal vez
tú seas el Caballero Inocente, solo que todavía no
lo sabes.
En la segunda ocasión, cuando Parsifal retorna al castillo
del Rey Pescador y hace la pregunta (la segunda), la pregunta correcta,
inmediatamente no solo sana el rey, recuperando su juventud, sino
que también, en un instante, florece la naturaleza entera,
y los ríos vuelven a fluir. Y, simultáneamente, la fortaleza
del Grial, vieja y desvencijada, se reconstruye milagrosamente y
vuelve a ser un castillo de ensueño. Todo se regenera, y la
Vida, con toda su potencia inextinguible, retorna como si su fertilidad
nunca hubiera dejado de manar.
Pero, en vez de hacer la pregunta correcta, una y otra vez, nos perdemos
en preguntas retóricas, muy bellamente compuestas, muy ingeniosas,
muy peliagudas, pero que no valen para nada, pues no fructifican
en nada.
Tal es el poder de la pregunta. De la pregunta correcta, claro está.
Porque, con independencia de la respuesta, la pregunta correctamente
hecha restaura al ser humano y a toda la naturaleza. Con esto, la
leyenda de Parsifal nos dice que interrogarse es la labor más
importante del ser humano. Desde luego, preguntarse a uno mismo
es el origen de toda la filosofía.
Tenemos la idea de que es la falta de respuestas lo que ha hecho naufragar
a esta civilización. Y no es así. Es la falta de preguntas.
No interrogarse sobre el sentido de la vida o hacia qué tiende
la vida es la peor traición que puede cometer el moderno ser
humano. Esa actitud es la que ha arrojado un velo de oscuridad y frío
sobre todas las criaturas del universo.
Es preciso volver a repetirlo: la aventura del Grial es la aventura
de una pregunta. No hay más.
Creemos que nuestra salvación depende de las respuestas. Pero
eso es falso. La energía que late tras la pregunta, la energía
que se desencadena en la pregunta es lo único que nos puede
salvar.
Wagner, en sus óperas, estableció un modelo de crecimiento
personal que sigue la trayectoria siguiente: Tannhäuser Lohengrin
Tristán e Isolda Parsifal.
• Tannhäuser expresa el estadio inicial del héroe, que
sale por fin de la gruta del Venusberg decidido a emprender el sendero
de la individualización y del esfuerzo. Fundamentalmente, este
camino en sus primeros pasos exige la incesante purificación.
•
Lohengrin: es el caballero que ha ascendido en la escala interior,
y que ya recibe las impresiones del Alma. Se trata del caballero que
es consciente y que ya sabe quién es (al igual que Don Quijote,
que también dijo “Yo sé quién soy”).
• Tristán e Isolda: es una sublime e indescriptible ópera
que desarrolla la idea del matrimonio místico, del amor absolutamente
espiritual.
•
Parsifal: es la cima del proceso que se inició en Tannhäuser,
representa el trabajo más consciente de todos. Es el misterio
del Alma en su propio plano, o en su templo.
La pregunta, la primera pregunta, que había que formular era
muy simple:
“Señor, ¿qué mal tenéis?”.
Esta pregunta expresa, en primer lugar, que vivimos en el aquí
y en el ahora, y que el pasado ya no tiene su temible podersobre nosotros.
Preguntar esto significa que somos libres del peso del pasado, que
vivimos plenamente integrados y que nos movemos en la vida atentos
a la realidad presente.
Por otra parte, esta pregunta transmite un urgenteinterés
por las necesidades y las atenciones a un ser que no somos
nosotros. Es una pregunta hecha de corazón.
Cuando preguntamos esto, nos enfrentamos a la desgracia de otros
seres humanossinquerer comprender cómo ha podido pasar eso,
ni planteamos nuestra posible superioridad, o inferioridad, técnica
o moral, sino que nos abrimos de corazón al sentimiento de
la compasión.
No hay debilidad ni ignorancia en esta pregunta. Ni tampoco condenamos
la actuación de Amfortas, por cuya causa se perdió la
Lanza Sagrada, se perdió el reino y se dividió el mundo.
James Franco y Sophia Myles
en Tristán e Isolda
Esta es la pregunta que muestra cómo fluimos a través
de las aguas de la vida. Es la pregunta del valeroso, del que no se
siente estúpido, porque el que se siente estúpido calla,
o intenta hacer ver a los demás su valía. Tal vez el
estúpido hablaría de lo lejos que viene y del viaje
tan peligroso que emprendiera.
Pero Parsifal no hace la pregunta acertada. Pierde la oportunidad.
Entonces es expulsado del castillo del Grial y ha de vagar por el
mundo. Su juventud va dejando paso a la madurez y a la verdadera
virilidad. Ha de pasar por abrumadoras experiencias, dejando de ser
un tímido, o un estúpido, y ha de ir ganando, poco
a poco, su derecho a una segunda oportunidad. Una segunda pregunta.
La ignorancia va siendo vencida y nuestro héroe conquista las
cualidades que le permitirán salir airoso de la terrible y
última prueba: la segunda pregunta. Esta es la pregunta definitiva.
La pregunta que sana solo con oírla.
En cierta manera, él no era culpable de no haber abierto la
boca cuando tuvo lugar la primera prueba. Nadie se había preocupado
de él. Su propia madre le había criado como un salvaje
animalito, al margen de cualquier vida espiritual, sin ponerlo en
contacto con nada superior ni sublime, y, sobre todo, alejándolo
de la idea de que la vida es guerra y esfuerzo. Un poco a la manera
del joven Aquiles, cuando fue educado como una inocente niña
en la corte del rey Licomedes, en la isla de Scyra.
¿Y cuál es la segunda pregunta? La pregunta definitiva,
la pregunta de la madurez.
Parsifal ya no es un joven inexperto. Y ya no hay posibilidad de fallar,
porque toda su vida está comprometida: todos sus muchos años
de esfuerzo y combate en los bosques, en la soledad, todas sus heridas
y cicatrices que atestiguan su búsqueda de la Sabiduría.
Se trata de una pregunta peliaguda. Extraña. Misteriosa. Me
deja perplejo. De esta pregunta hay muy poco que decir. Porque es
una pregunta que trastorna.
“¿A
quién sirve el Grial?”
Podría
hablar largo y tendido de esta pregunta. Podría hablar y hablar
y hablar. En la universidad me han entrenado para eso: para hablar
y hablar, aunque no sepa bien de qué, y para darle vuelta a
todo, aunque no sepa cómo.
No entiendo muy bien esta pregunta. Me deja boquiabierto y admirado.
Y eso me desespera. Necesito que la pregunta se haga fuerte en mi
corazón y que se incruste dentro de mí como si esta
fuese un pólipo que se hubiese aferrado a mi carne y como si
sus pedúnculos hubiesen penetrado hasta el interior de mis
entrañas.
“¿A
quién sirve el Grial?”
Esta
es la segunda pregunta. Y con ella logra la sanación instantánea
de toda la Tierra Yerma, incluido el propio Rey Pescador.
No puedo decir nada de esta pregunta.
A lo mejor yo también necesito hacerme a la mar, o perderme
en la floresta, para vivir una gran aventura, y para lograr que lo
que antes fue bacía de barbero y lo que ahora es yelmo de guerra
se transforme en halo de santidad. Porque, como le dijo San Quijote
de la Mancha a su fiel discípulo Sancho: “Este es el orden,
Sancho, bacía, yelmo, halo”
Wagner era consciente de que su hijo más querido, su última
ópera, “Parsifal”, era mucho más que una ópera.
Wagner escribía que “Parsifal es la última carta que
me queda por jugar”. Él sabía íntimamente que
su obra estaba más cerca de una representación de los
antiguos misterios cristianos que de una simple función operística.
Cuando, en el día de su estreno, finalizó el impresionante
Primer Acto, el público sobrecogido, transfigurado por la elevadísima
música fue incapaz de aplaudir, sintiendo que ese profundo
recogimiento y esa introversión se romperían con la
agitación y el ruido. Los músicos, en el fondo del “foso
místico”, uno a uno, calladamente, abandonaron la orquesta,
y el público quedó solo, expectante, en silencio, sintiendo
la altísima vibración que sobrevolaba el patio de butacas.
El propio Wagner prohibió formalmente que “Parsifal” se representase
en ningún otro teatro que no fuera el de Bayreuth. Prohibición
que prescribió treinta años después de su muerte,
debido ala conclusión legal de los derechos de autor. Incluso
Hitler, consciente de que “Parsifal” no era una simple ópera,
anunció que mientras durase la guerra, esta obra no se representaría
en el teatro de Bayreuth. Y así fue. El 12 de noviembre de
1880, Luis II de Baviera solicitó a Wagner escuchar de manera
privada el preludio de la ópera. Nadie sabía que esa
iba a ser la última vez que ambos estuvieran juntos. El rey,
atónito, maravillado, enmudecido, quiso escuchar por segunda
vez el maravilloso preludio, tan majestuoso, tan solemne como el preludio
de Lohengrin o el del Oro del Rin. En el momento en el que Luis II,
aquejado ya de su mal, tras el amplio tema inicial de La Cena, escuchó
el tremendo, el gigantesco desgarro interior del tema del Sufrimiento
tuvo un estremecimiento tal que estuvo al borde del desmayo. Este
preludio nos transporta sin esfuerzo a la atmósfera religiosa
y purísima del drama. Los lacerantes y largos silencios van
desgranando los temas de la obra: el tema del Grial, el de la Fe,
el lamento del Salvador,,…
Por fin, el 26 de julio de 1882, se estrenó la ópera.
Estuvieron presentes Saint Saëns, d’Indy, Chausson, Delibes,
… Y, cómo no, por supuesto, Liszt.
Las catorce representaciones de Parsifal fueron todo un éxito.
Incluso en la última representación, fue el propio Wagner
quien se atrevió a dirigir el último acto, pues Hermann
Levi (el director) se notaba enfermo.
Wagner sabía que su tarea ya estaba cumplida. Habían
transcurrido más de veinte años, desde que una mañana
de Viernes Santo, subiendo a la colina junto a la que moraban los
Wesendonck, concibiese tan fenomenal drama. Finalmente, culminaría
ese trabajo, como si de una ascesis se tratara, el día de Navidad
de 1881. Poco después de estas catorce funciones Wagner, marchó
a Venecia para pasar allí el invierno, tal y como hacia desde
1879. El duque della Grazia, le alquiló el primer piso del
palacio Vendramin, dieciocho habitaciones. Y allí murió
el día 13 de febrero. Aproximadamente, seis meses después
del estreno de su más querida criatura.
Juan
Ramón González Ortiz