El plano causal: el quinto, el sexto y el séptimo cielo
Juan Ramón González Ortiz

Ilustración:Gustave Doré

 

Ya sabemos que el plano mental se divide en dos niveles: el nivel rupa, en el que habitan realidades con forma, y el nivel arupa, o sin forma. Esta división separa definitivamente el plano mental en dos grandes subplanos de conciencia radicalmente diferentes: el cuerpo mental inferior y el cuerpo causal.
Los tres niveles superiores arupa se denominan, ya lo sabemos, cuerpo o plano causal, y son la morada del Ego superior, pero en el contexto de la vida post mortem pasan a llamarse devachán.
Cuando tiene lugar la muerte, el cuerpo etérico y el físico desaparecen rápidamente, posteriormente, el cuerpo astral es desechado por el alma. Por fin, el cuerpo mental también ha de desaparecer exactamente igual que ha pasado con los tres cuerpos anteriores. Entonces empieza la verdadera vida gloriosa del alma. A la muerte del cuerpo mental, el ser humano se reconoce a sí mismo como Ego y, por tanto, como la verdadera y única personalidad.
Cuando tiene lugar este acontecimiento, debido a la escasa conciencia que aún posee la mayor parte de los seres humanos, casi todos permanecen adormecidos, en una especie de divina somnolencia. Pero eso sí: se trata de una somnolencia inimaginable, en la plenitud y en el contento más maravilloso. Es la tierra de la mayor felicidad posible para cada uno.

Sin embargo, en el ser humano espiritualmente desarrollado, todo es distinto: su conciencia en el plano causal está viva y percibe clara y distintamente todo cuanto sucede.

Con independencia del propio nivel de consciencia, todo ser humano ha de ponerse en contacto con su propio cuerpo causal, con su alma o Ego superior, en el lapso entre dos encarnaciones. De hecho, este contacto es el momento supremo de la vida post mortem.
A medida que se van sucediendo las encarnaciones, incesantemente, vida tras vida, estos contactos van siendo más largos y más reales para la propia conciencia. A medida que estos contactos van fecundando al ser, todo cambia, y el periodo de conciencia devachánica se va alargando. Cuando esto va sucediendo de manera firme y lenta, el ser humano se va elevando a un nuevo plano de conciencia y aprende a considerar todas sus diversas vidas singulares, ya pasadas, como una única vida vivida.
El ser humano no desarrollado y común puede pasar en planos devachánicos de dos a tres días. Mientras que un ser muy avanzado puede pasar ahí cientos de años.
Tras la muerte, funciona un único principio que es el ascenso a un nuevo nivel de vida superior.
De ahí que a través de las vidas, el viaje post mortem tienda a que la duración de tiempo en ese nivel superior sea lo más importante y por tanto dure mucho más que en los niveles más bajos, como son el plano astral o el planto mental.
Aun así, el plano astral, que es un plano regido por la ilusión, está más cerca de la realidad que nuestro mundo físico. Por lejos que la visión astral esté de la Verdad, está mucho más cerca de ella que la visión que nosotros podamos tener. Y existe la misma relación con respecto al plano mental y al plano causal.
La evolución rige tanto la vida como el mundo de más allá de la muerte. Finalmente, tras múltiples vidas y muertes, llega un momento en el que se unifican el yo inferior y el yo superior. Podríamos decir que entonces empieza la verdadera vida, puesto que el humano ya no puede confundir su torpe nube de ansias, tendencias y pensamientos, más o menos egoístas, con la realidad en sí misma. Igualmente, ya no pude confundir su destino con sus deseos.
Verdaderamente, solo cuando el ser humano permanece en el interior de su cuerpo causal es cuando comprende el porqué de su vida y de su historia. Al comprender su vida ya vivida, comprende también las consecuencias kármicas derivadas de su anterior existencia y, en consecuencia, obtiene un vislumbre, de tipo general, acerca de cómo va a ser su próxima encarnación: conoce el objetivo primordial de la vida que va a comenzar de nuevo y el progreso que ha de alcanzar en ella.
En el humano ordinario, este conocimiento casi no significa ninguna oportunidad, porque está muy poco preparado para la vida del alma. Pero a medida que la consciencia divina va creciendo en el ser humano, este no solo va aumentando sus capacidades para comprender lo que percibe sino que también puede comparar sus vidas pasadas, para estimar el progreso alcanzado, e incluso puede dedicar tiempo de su vida en el plano devachánico a preparar la próxima encarnación.
El Quinto Cielo es el tercer subplano del plano causal. Es decir, es el más bajo de los tres subplanos. Tal vez por eso mismo sea la más poblada de las tres regiones celestiales, pues la casi totalidad de las sesenta mil millones de almas que ahora mismo están en evolución residen en este cielo. La inmensa mayoría de todas estas almas se encuentran en un estado parecido al de la semiinconsciencia. Los muy pocos cuerpos que están totalmente conscientes destacan sobre todos los demás por su brillo y por su irradiación. Pero entre estos resplandecientes astros y los menos desarrollados e incoloros, hay toda una gran variedad intermedia de tamaño, colorido y hermosura. Estas características son las que atestiguan el grado de evolución alcanzado por la conciencia individual.
La gran mayoría de las almas estamos en un nivel de evolución de conciencia tan atrasado que no podemos participar casi para nada en el ambiente de esa región tan elevada.
En general, podríamos decir que una vez que llegamos a este plano, y tras haber experimentado el gozo, la paz y la plenitud más excelsa que pueda haber, nuestra conciencia, acuciada por la sed de vida, busca resueltamente experiencias que estén de acuerdo con su propio nivel.

Esto es así porque esa conciencia no puede experimentar las altísimas vibraciones propias de la materia de ese subplano causal. Nuestra conciencia anhela las vibraciones lentas y repetitivas de la materia más pesada, a la que está más acostumbrada. Este sentimiento es el origen del ardiente deseo que experimenta la conciencia por volver a encarnar.
Aun así, gradualmente, se va despertando la capacidad de responder y de entender y de reaccionar a las iniciativas celestes. Pero esta capacidad se inicia en los niveles más bajos, porque para que esto pueda ser así, el alma ha de refinarse y ha de encontrar las vibraciones físicas más de delicadas y sublimes. Este papel educativo y transformador lo realizan las artes: la literatura, la música, la pintura,… Ponerse en contacto con esas grandiosas ruinas que otras civilizaciones nos legaron y que ahora admiramos, cubiertas por el silencio del mirto y de los lauros. Escuchar la vibración heroica y terminante en las sinfonías de Beethoven. Temblar al ver la expresividad que late en los claroscuros de Caravaggio…. Es imprescindible el arte y la lectura. No se debe dar oídos a los que dicen que no es importante la lectura de obras clásicas o de filosofía antigua. Cuando dicen que todo esto es inútil e incluso una pérdida de tiempo, por no decir que es una pretenciosa frivolidad, están expresando el deseo no confesado de embrutecer y de arrastrar a la humanidad al abismo de la estupidez y la insensibilidad. ¿Cómo no experimentar la purificación y la belleza del alma al leer “Obermann”, o “La tempestad”?
¿Cómo no estremecerse al leer una y otra vez “Diffugere nives, redeunt iam gramina campis arboribusque…”, el poema más hermoso de la antigüedad…? Leer estas obras y contemplar con los ojos del alma tanta belleza descentraliza las emociones de los planos simplemente físicos, porque estas obras de arte tienden puentes entre la conciencia primitiva y el plano astral superior. Poco a poco, el alma va despertando paulatinamente a sensaciones aún más espirituales. Entonces el cuerpo astral va convirtiéndose en un vehículo que tiende hacia el Ego y que busca ser impresionado por el Ego.
Posteriormente, los egos centralizan la conciencia en el cuerpo mental inferior, viviendo en las imágenes mentales que han sabido forjarse por sí mismos y para sí mismos. Al vivir en el mundo de la mente, la conciencia se desvincula del poder de las emociones.
Aún más adelante, los egos ascienden a la conciencia de los subplanos causales. Cuando esto ocurre, estamos en presencia de una individualidad muy avanzada. Prácticamente, la existencia inferior ya no tiene ningún interés para una persona así.
La mayoría de los seres humanos estamos muy lejos de estos niveles, verdaderamente aún no hemos desentrañado la realidad de nuestro vehículo ni su función en nuestro plano. Sin embargo, todos sentimos internamente que en nosotros está surgiendo una nueva personalidad, una conciencia nueva que va por delante de nosotros conectada a algo que desconocemos y que nos comunica una conducta nueva.

En todo este proceso de ascenso, la introspección es necesaria. En este nivel del plano causal, la introspección nos permite emprender el estudio del pasado y entender las causas y las consecuencias que este pasado ha puesto en movimiento.

En los subplanos arupa, o sin forma, no hay ningún tipo de ilusión, engreimiento, falsas expectativas o desconocimiento para con uno mismo. No. Quien habita en este plano conoce su real naturaleza. En este tercer suplano se encuentran también los cuerpos causales recién adquiridos de los animales que han alcanzado la individualización. En verdad, ya no son animales. Sus cuerpos causales son completamente primitivos y casi no brillan con matices de color. En esa espera de una encarnación humana, el animal permanece en una especie de trance pleno de alegría y profunda plenitud. De alguna manera que no conocemos los profanos, sigue habiendo en el corazón de sus naturalezas algún tipo de avance interior.

El segundo subplano: el sexto cielo

Si bien el quinto cielo estaba “repleto”, el nivel que ahora desarrollamos está mucho menos poblado. Solo una pequeña minoría de individualidades ha alcanzado el nivel de conciencia que corresponde a esta esfera. Una vez llegado a este punto, se puede contemplar y comprender no solo el pasado que se ha experimentado sino que también se percibe el desarrollo que está por venir y, evidentemente, el método de desarrollo. Es natural que sea así: el que ha llegado a este subplano sabe que su vida es un proceso de auto perfeccionamiento. El cuerpo se percibe como una prolongación de uno mismo, que tiene que ser vigilado y dirigido, al igual que la mente inferior, que está totalmente subordinada a la mente espiritual. La mente inferior, a pesar de algunas vacilaciones y titubeos, acaba aceptando las ideas abstractas que la mente superior le transmite: la necesidad de conducirse manejando los conceptos de justicia, honor, dignidad y verdad.
Estos principios se graban tan fuertemente en el núcleo de la mente inferior que llega un momento en el que esta no puede actuar contra ellos, por mucho que se le exija o que se le imponga. Los santos, los mártires, o los guerreros de antaño, declaraban a sus torturadores y captores que les era imposible ir en contra de sus principios, pues estos expresaban la vida de sus Egos, o Almas.

En este plano, se reciben muchas influencias espirituales de niveles más altos.
Esta influencia se manifiesta en la mente inferior como una tendencia muy fuerte a la abstracción y a la racionalidad. También se perciben con claridad las causas del pasado y sus efectos aún no consumidos. El ser humano percibe entonces la proporción exacta y minúscula de todos los fenómenos materiales y entiende la acción y el propósito de los métodos divinos.


Los egos que moran en este plano pueden ponerse en contacto con instructores muy adelantados. Estos contactos son incomprensibles para nosotros pues no hay ningún tipo de separación en ellos.


En este sexto cielo, se pueden contemplar igualmente todos los arquetipos de todas las formas que evolucionan en los mundos inferiores. Este es el mundo del que nos hablaba Platón, de manera tan cautivadora, en el Fedón.


El primer subplano: el séptimo cielo

Al llegar a este nivel, alcanzamos por primera vez un plano que es cósmico en su extensión, pues el primer subplano del plano causal es el subplano inferior del cuerpo mental del Logos Planetario.
Quienes habitan en este subplano, ya no pueden confundir el vehículo con su Ego superior.
Su conciencia está instantáneamente activa en cualquier punto inferior al que quiera dirigir su atención, y por eso puede proyectar su energía espiritual allí donde sea preciso actuar, inspirar o purificar ambientes y emociones.
En fin, poco más podemos decir de este subplano, salvo que esas almas reciben una iluminación inimaginable para nosotros.
En los tres niveles superiores, arupa, del plano mental habitan los ángeles, o devas, cuyo cuerpo más denso es el cuerpo causal. Estos devas tienen a su cargo el gobierno del mundo, los pueblos y las naciones.
Los Puranas nos advierten también de que en estos niveles arupa habitan almas que han alcanzado puntos muy altos de conocimiento y de evolución pero que, necesitando purificar karma pasado, encarnan bajo la forma de “enemigos del bien”. Debido a este karma del pasado, están forzados a recoger en sí las fuerzas malvadas del mundo para destruirlas después.


Juan Ramón González

 

 

 

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