Quién
fue Plotino?
Por Juan Ramón González Ortiz

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¿Quién fue Plotino?
Sin lugar a dudas, fue una persona superior y en todo diferente a
nosotros.
Una llama sagrada ardía en su interior, y esta era tan visible
que una vez un perro rabioso, enloquecido, babeante, rehusó
morderlo y se acostó gimiendo entre sus pies, buscando en su
divinidad curación para su enfermedad.
Una luz dorada, le poseyó desde el primer latido de vida.
Todo en él distinto, su físico, sus andares, su mirada,
su gesto, hasta su manera de respirar era otra…, todo, todo hablaba
de algo que trascendía la mundanidad. Nunca hubo en su época
otro que manifestase mayor y más encendida nostalgia por el
mundo del Alma. De hecho, el Alma y en él eran una misma cosa,
y en su completa inocencia, Plotino, no sabía hablar de otra
cosa que no fuera el Alma y sus operaciones, y, por eso, no sabía
ser frívolo, ni chistoso ni ocurrente.
Era de temperamento muy dulce, delicado y sensible. Las mujeres podían
asistir a su escuela, cosa que no siempre se toleraba en la tolerante
Roma y que además no estaba bien vista.
El emperador Galieno quiso conocerlo, y los dos se hicieron muy amigos.
El propio monarca, en compañía de su esposa, la emperatriz
Cornelia, asistían, como dos alumnos más a las clases
de Plotino en su academia.

Supuesto retrato de Plotino. El filósofo nuca quiso posar para
artista alguno.
Maestro y discípulo, apasionados lectores de Platón,
hicieron planes para fundar una ciudad estado ideal la cual se gobernaría
por los mismos planteamientos que Platón desarrolló
en su diálogo La República. Esta ciudad ideal se llamaría
Platonópolis.
Pero fue una utopía que no se realizó.
La verdad, es que los grandes utópicos, Tomas Moro, Rousseau,
o el español Antonio Marqués y Espejo, no entendieron
que la utopía advendrá espontáneamente cuando
nos transformemos interiormente, y no cuando nosotros impongamos a
los demás la culminación que por nuestra ideología
hemos pensado. Por eso hay que centrarse en el camino y en la realidad
del andar, y no en el final, pues para llegar a la cima de la montaña
es forzoso caminar, e incluso trepar, por sus laderas y aristas durante
horas, esforzándonos y desesperándonos a veces.
Generalmente, las utopías han acabado en bestiales baños
de sangre. Y si no, que se lo pregunten a los camboyanos cuando el
utópico e inspirado Pol Pot ocupó el poder. Robespierre,
Lenin, Hitler, …, ¿qué otra cosa han sido sino tiranos
deshumanizados que intentaron establecer su utopía particular
al precio que fuese?
Como tantos otros sabios, Plotino, nació en Egipto, en el año
205 d.C. Allí estudió con Ammonio Saccas, un importantísimo
filósofo de Alejandría que no escribió nada.
Ammonio Saccas no fue pitagórico, ni platónico, ni aristotélico,
ni mago, ni místico, …, fue todo eso y más. Desde luego
fue un maestro de Vida y no estaba atado a ninguna doctrina en particular.
Posteriormente, se le atribuyó todo el “Corpus Aeropagiticum”,
del escritor llamado Dioniso el Areopagita.
Ammonio Saccas conoció el budismo, pues a partir de la muerte
del Buda muchos misioneros budistas empezaron a llegar a Oriente Medio
y a Egipto, por todo el Mediterráneo, llegando incluso a la
mismísima Roma.
A los cuarenta años, Plotino acompañó al emperador
Gordiano III en su expedición contra Persia. Según nos
cuenta Porfirio, se sumó a la expedición, no por su
interés en las hazañas militares o diplomáticas,
sino movido por el deseo de “experimentar la filosofía que
se practica entre los persas y la que florece entre los indios”.
Al retornar a Roma, abre una escuela de Filosofía, que le va
a ocupar los siguientes treinta años de su Vida.
Esta academia estuvo funcionando hasta la muerte de Plotino, en el
270 d.C.
Plotino emprende una labor gigantesca, en primer lugar, realiza una
auténtica revolución en el lenguaje pues comprende que
el lenguaje de la mística especulativa que practica ha de ser
diferente al de la filosofía común y racional. Todo
el lenguaje “especial” de la mística occidental deriva de este
metalenguaje que Plotino supo crear.
Plotino afirma que solo el conocimiento de lo divino puede divinizar
al ser humano. Por tanto, Plotino no habla de otra cosa que no sea
el conocimiento de Dios, todo lo que no sea esto le es indiferente.
Al igual que su maestro, Ammonio Saccas, Plotino nunca escribió
nada. Un alumno suyo, Porfirio, recogió sus enseñanzas
en seis partes, a las que llamó “Enéadas” y a las que
dividió después en nueve capítulos cada una de
ellas.
Enéada es el conjunto de nueve dioses egipcios que constituían
la cosmogonía que establecieron los sacerdotes de Heliópolis,
en Egipto.
En total son cincuenta y cuatro libros, “para observar el honor que
debemos a los números perfectos seis y nueve”, nos dice Porfirio.
Desde luego no es una obra sistemática, y bien ordenada. Su
lectura es muy difícil pues es de una abstracción absoluta
debido a que todo lo que nos transmite se ciñe al mundo del
alma y del pensamiento con escasísimo contacto con la realidad
sensible.
Plotino nos ofrece una concepción simbólica de todo
el cosmos.
Su punto de partida es El UNO. El UNO es algo indefinible porque está
más allá de cualquier posible definición. Aunque
es la fuente de todo lo que es, él mismo no es, pues si fuera
algo sería otra cosa más. Ya que lo que es puede también
dejar de ser. Entonces, puesto que El UNO no es como las cosas que
son, tenemos que decir que El UNO no es, o que, si es, lo es de una
manera radicalmente diferente
Plotino lo explica diciendo que El UNO es más que esencia y
más que existencia. Nada puede decirse de él, por ejemplo,
no podemos decir de él que posee el ser, o que es la esencia
o que contiene la Vida.
De esta manera, Plotino inicia la teología apofática,
que consiste en enunciar las características del UNO por medio
de la negación, diciendo lo que no es.
Del UNO todo procede, y todo sale de él. Este surgimiento,
él lo llama emanación. Todo lo que surge del UNO, surge
porque está en él. Las cosas son en El UNO, en la medida
en que participan de este Uno. El UNO es la única realidad
que hay.
El
UNO es lo que hay.
Pero El UNO es “el que no es”.
Siendo todo lo que es, no es nada de lo que es.
Porque El UNO excede la realidad, la cual está formada por
las cosas que son.
Fuera del UNO no hay nada pensable.
Después del UNO, está el NOUS, la Inteligencia, que
crea y organiza la realidad.
El NOUS también es la facultad que Plotino comparte con el
Demiurgo de Platón.

Representación simbólica del Demiurgo de Platón
Platón nos había hablado de que existe un mundo que
no tenía nada que ver con lo físico, o con lo energético,
aliado a lo físico. Un mundo al cual se accede únicamente
con la potencia de la mente superior, es el mundo de las ideas, o
mundo eidético. Platón decía que, entre el mundo
de las ideas y el mundo de las formas, en el que nosotros habitamos,
hay un verdadero abismo, una insondable brecha, una ruptura tan grande
que nada lo podía unir. Por eso era necesaria la presencia
de una entidad especial, llamada Demiurgo, que rellena este vacío
creando la totalidad de las formas sensibles.
El Demiurgo es, en verdad, la entidad creadora responsable de la creación.
Pero el Demiurgo no es El UNO, es el segundo dios.

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El Demiurgo posee todas las llamadas fuerzas espirituales. Ordena
el caos y modela el cosmos a partir de la materia sin forma. Es quien
teje las leyes de la naturaleza y establece los mundos con su órbitas,
sus reinos de la naturaleza y sus humanidades. La Inteligencia es
la cualidad del Demiurgo. Ahora bien, el propio ser humano en cuanto
que también tiene el don de la Inteligencia, se comporta como
un ser creador pues copia las ideas del mundo eidético y las
transporta al mundo de la materia, para así redimir la materia.
Por tanto, el humano participa del mismo impulso del Demiurgo. Podríamos
decir, que el ser humano es un demiurgo del pensamiento.
Por eso para Plotino el Nous, La Inteligencia, es lo mismo que lo
que Platón llama el Demiurgo.
El cosmos de Plotino comienza con el indefinible UNO, del cual ya
hemos dicho que solo se puede decir lo que no es.
El UNO está más allá de todo, pero también
está dentro de todas las cosas que son. Sin la participación
del UNO nada puede existir o ser.
Para Plotino, por debajo del UNO se sitúa el Nous, que es el
Demiurgo platónico, la potencia creadora, la Inteligencia,
que ordena, crea y realiza. Después viene el Alma, el Alma
del Universo, que sostiene y alimenta la Vida. La Vida es la misma
vida para una galaxia, una hierbecita que se agita sacudida por el
viento helado, o un protozoo que vive en una charca.
Todo tiene El UNO, el Nous y el Alma.
Desde El UNO al Nous, y desde este al Alma del universo, hay una gradación.
El UNO no se deteriora ni se destruye ni se disminuye. Es como el
Sol, que existe con independencia de que su luz nos llegue o no a
nosotros.
Todo emana del UNO, que es indivisible.
El UNO se expande porque al ser el Sumo Bien es en esencia difusivo.
Plotino lo explica diciendo que dentro del UNO está “la pasión”
por el ser. Y la pasión por ser implica hacerse otro.
Esta pasión por ser es lo que Platón llama “Eros”. El
Eros platónico es la necesidad, la tendencia, el ansia de poseer
lo que hay de eterno en las cosas. Este movimiento late en toda la
creación como un recuerdo de que El UNO es quien hace vibrar
todo cuanto existe.
Tenemos pues,
El UNO
El Nous
El Alma del Universo
El alma individual
Todos formamos parte de esa Alma Universal.
Este impulso fundamental de la vida es el patos. Simpateia, o simpatía,
implica unidad, o identidad, con el movimiento del Alma. “Antipático”
expresa oposición, dualismo, incomunicación, ruptura.
Plotino, en consecuencia, nos pinta un universo de emanaciones a partir
del UNO, hasta llegar a la materia densa.
Lo que nosotros llamamos Dios se parece más al Demiurgo platónico
que a lo que Plotino nos propone. Digamos que El UNO es anterior al
concepto de Dios. Dios sería la primera explicitación
del UNO, su primer nombre, o su primera manifestación. Plotino
nos aclara que Zeus sería el Dios, pero no es El UNO. Zeus
sería el Demiurgo, que ya vimos que Plotino lo identifica con
La Inteligencia, o Nous.
El Nous, el Alma Universal y el alma vuelven automáticamente
al UNO, como las limaduras de hierro siempre retornan al imán,
pase lo que pase y aun sin quererlo ellas. Todo va hacia El UNO.
Para Plotino, todo en el universo “corre hacia esta unidad, sin pararse,
atraído por su propia existencia”.
Antes del Nous o Inteligencia, existe el Bien o plano del Puro Amor,
primer reflejo de la Unidad Espiritual. El Bien se halla más
allá de la Inteligencia, que es el Principio Pensante Espiritual.
La Inteligencia necesita del Bien. Pero el Bien no necesita de la
Inteligencia.
El Bien corona la Inteligencia.
La Inteligencia no es el pensamiento de una sola cosa sino el pensamiento
de todas las cosas.
Puesto que la Inteligencia es anterior al universo manifestado, pues
es su causa y su origen, la vida real, la que nosotros conocemos,
es el resultado del pensamiento abstracto.
El Alma constituye el mundo vital por excelencia. El Alma es el lugar,
el campo, de la multiplicidad unitiva. El Alma universal es el teatro
de la infinitud de cosas. En su seno, se individualizan las conciencias.
Es el Alma quien enlaza todo el aparente caos de las múltiples
fracciones centradas en sí mismas. Por la mediación
del Alma, El UNO está presente en todo, aunque las cosas lo
ignoren.
El Alma mantiene todas las cosas y seres, bañándolos
en su luz. La vida no es sino el vínculo que tenemos con el
Alma Universal.
Nuestro Universo, fue creado todo él por Zeus, el Dios, o el
Demiurgo, nuestro Dios. “El Jefe del mundo” tiene su propia conciencia,
su propia edad, sus afinidades electivas. Su lenguaje es amoroso,
crea las armonías, crea también la ley de la aversión
y de la simpatía. Somos parte de esa Entidad.
“El alma humana recibe su papel de las manos del Poeta del Universo”.
“El Demiurgo crea las almas de la misma sustancia de la que proviene
el Alma Universal”.
Bajo el cetro de ese Demiurgo existe una Jerarquía o gradación
de seres que administran el Cosmos.
Estos seres se hallan complicadamente organizados, desde el nivel
más alto hasta al puesto más humilde.
Este escalafón de entidades colaboradoras forma un gobierno
perfecto. Por esa razón se hallan tan identificados entre sí
y con el Demiurgo.
“Nuestro Dios creador es uno y múltiple. Aparece en todos los
dioses, que son Él, pues cada uno de ellos contiene a la totalidad”.
Más cerca del ser humano, los genios tutelares se unen a nuestras
vidas y ayudan a la Jerarquía ordenando nuestras confusas y
caóticas existencias. Y otro tanto diríamos de los espíritus
de los elementos.
La Jerarquía también sirve al Bien final. Nada puede
existir fuera del plan del Demiurgo y de su ordenación.
La materia es para Plotino el elemento pasivo, dúctil siempre
presto a responder al menor soplo de vida.
“La materia no opone resistencia alguna pues no posee ninguna actividad.
Es sombra. Espera el designio de la causa activa”.
“La materia continúa siendo lo que fue: siempre potencia de
otras formas que vendrán”.
“Su nombre más propio sería el de receptáculo
o nodriza. Es la señora de las mil formas, una y múltiple.
Es la madre del mundo y se la denomina así por analogía”.
“La materia es incapaz de transformarse ella a sí misma. Permanece
en su propia y primordial existencia, pues ella es el no ser”.
“Lo inteligible plasma las cosas sensibles como el arte de escultor
da forma al mármol”. Pues este mundo físico nuestro
no es sino una copia del mundo espiritual de las ideas.
Ajeno e íntimo, cada ser humano tiene un DAIMON propio, representado
en todas las religiones como el personal guía interno. El daimon
es la imagen reflejada del Yo divino, por tanto, “es nuestra mejor
parte”. “Es lo que impulsa al yo al cumplimiento de los silenciosos
mandatos del vigilante Ego”.
Según la categoría del daimon así será
también la fuerza de voluntad, pues la voluntad es divina y
no es sino el impulso dinámico del propio daimon. A eso se
debe que los héroes inmortales de antaño tuviesen una
fuerza de voluntad sobre humana pues un espíritu superior al
de los seres comunes habitaba en ellos.
“El daimon, aunque es de una categoría superior a nosotros,
siempre posee un nivel próximo a nuestro grado de evolución.
Al alcanzar un estado evolutivo superior, inmediatamente tomamos por
guía a otro daimon más elevado”.
El daimon preside nuestra vida sin obrar por sí mismo. “Es
la barca en la que bogamos sobre las aguas de mundo”.
Con respecto a la muerte y a la reencarnación en la Enéada
tercera, Plotino nos dice: “Tú eres lo que eres por tu conducta
en el mundo anterior”.
“La muerte consiste en cambiar de cuerpo, al igual que el actor cambia
de traje tras morir en una escena anterior, reapareciendo posteriormente
con otra vestimenta y otra personalidad en un nuevo papel”.
“Entre la muerte y el siguiente renacimiento, el alma se remonta,
siguiendo un ciclo siempre ascendente hasta el cielo sublime, la morada
inteligible, la mansión soberana del alma liberada. Y, si ha
logrado llenar toda su existencia terrena con cosas excelsas, olvida
las cosas de aquí abajo. Porque lo hermoso es substraerse aquí
de las cosas humanas”.
“En ese cielo, el alma posee conciencia de sí misma, puesto
que no constituye sino una unidad con lo Inteligible. Allí
no reina el día ni la noche y las almas que se conocieron anteriormente
se reconocen”.
Transcurrido un período dichoso en esta sumersión, el
alma ”deja el mundo inteligible, llevando en sí misma esos
recuerdos y ve de nuevo lo que vio antes de sumergirse en él”.

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Conclusión
Hércules y Prometo son los símbolos de esta bellísima
y mística filosofía que nos dice, nos grita,
“ten esperanza y ten audacia”
Vemos que en estos pocos pensamientos que he desgranado aquí,
está presente ya casi toda la Teosofía.
Despertemos de nuestros sueños absurdos, de nuestro interés
por la política, por la economía, por las diversiones,
por el deporte. Cesemos de inclinarnos hacia las cosas inferiores,
porque eso enflaquece el alma.
Brindémonos a nosotros mismos lo que es nuestro. En el interior
de todos se halla El UNO.
Nuestra vida no ha de tener otro objeto.
“Para el alma no hay punto en el que se detenga, y diga, “hasta aquí
soy yo”.
Numen,
¡oh, numen nuestro, nuestro y divino!,
oye nuestra súplica,
alma de Zeus Olímpico y espíritu del divino Alcides,
el Tebaida,
puesto que no deseamos riquezas ni fraudes,
porque la pena final siempre llega,
danos a beber la copa del mismísimo Hermes,
tú que ves el término de nuestra vida
como quien ve las indóciles nubes corriendo en el cielo.
Hemos cantado en vano a Tíndaris y a Manasidikis.
Ahora haznos servidores tuyos.
y regálanos el infinito don de las Musas,
para que podamos llegar hasta tus pies,
más allá de la anchurosa Frigia y del último
Helesponto.
Juan Ramón González Ortiz