Los
problemas de la meditación
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz@gmail.com)

Cualquier persona que haya meditado una única vez sabe que
hay un problema tremendo que acecha en cualquier práctica meditativa,
aun en la más simple: las distracciones. El incesante y monótono
de vaneo de la mente. El constante “run run” de nuestra mente de mono,
una mente que no se puede detener, una mente contra la que pugnamos
a brazo partido por aprisionarla, por congelarla, pero que se resiste
como el más poderoso de los animales. Para mí, este
es el mayor de todos los impedimentos. Las distracciones. Un padre
del desierto comparaba a las distracciones con un enjambre incesante
y molesto de moscas volando en las inmediaciones del meditante. Acosándolo
y enloqueciéndolo. Empleo la palabra “enloquecer” porque ese
es el sentimiento que las distracciones nos causan. Que una preocupación
nos perturbe o nos saque de nuestra meditación, tiene sentido,
y es comprensible, pues la preocupación es algo que requiere
urgencia y que expresa un movimiento hacia algo, además precisa
el cálculo de unos medios y de una acción. Sin embargo,
las distracciones no tienen ningún propósito, ni son
entendibles. Surgen del caótico océano astral. Eso es
todo. Sin propósito, sin idea, sin designio alguno. Podemos
sentarnos a meditar y descubrir, al cabo de cuarenta minutos, que
estamos desbarrando de recuerdo en recuerdo, reviviendo el pasdo,
o bien que hemos entregado nuestro tiempo a un sinsentido de absurdas
invenciones, por ejemplo, a establecer un gobierno mundial que patrocine
un sistema de apuestas basado en las configuraciones astrológicas
locales, o a descubrir un motor que funcione con arena.
Estas divagaciones, tan desesperantes y tan universales, no son sino
la punta del iceberg de un poderosísimo resorte psicológico.
Este mecanismo psíquico es el que lanza a la luz de nuestra
conciencia todo el contenido que incesantemente entra en él,
ya sea en forma de recuerdos o en forma de combinaciones siempre nuevas
y sorprendentes. Estas imbecilidades son algo así como las
densas y enormes cortinas de humo que lanzaban los buques de guerra
de antaño para ocultar su posición en los grandes duelos
artillerosnavales.
A la larga, las imbecilidades debilitan y frustran mucho, muchísimo.
Desde mi humildísimo punto de vista, son el mayor obstáculo
en la meditación.
Los padres de la Iglesia, y más aún los ascetas y padres
del desierto, eran muy severos en este tema y entendían que
todas estas distracciones contaban como pecados. Desde luego, si no
son pecado, sí que son algo extremadamente serio y son un gran
impedimento en la práctica de la vía unitiva. Corresponde
a cada uno investigar de qué manera podemos traer silencio,
a pesar de las imbecilidades, a pesar de ese incesante zumbar de abejorros
que suena en nuestro cráneo en cada sesión de meditación.
Los métodos que yo haya podido desarrollar solo me valen a
mí, y a nadie más. Y lo mismo los métodos que
vosotros, lectores, hayáis afinado. La meditación es
una práctica totalmente personal. Recuerdo, de pasada, al lector
que casi todos los maestros han aconsejado no luchar contra estas
distracciones, puesto que esto desarrolla el yo personal, y eso aún
nos escinde y nos separa más de la realidad a la que queremos
llegar.
Aun así, voy a centrarme en dos procedimientos para encarar
este ir y venir, sin ningún sentido, de nuestra mente de mono.
En primer lugar, tenemos un arma para emboscar a estas distracciones:
negarnos los estímulos y no alimentar la curiosidad. El que
está pendiente del programa de radio, de la cartelera semanal
del cine, de los resultados del fútbol, de la clasificación
de los carreras de Fórmula 1, de la presentación de
un nuevo modelo de coche, de acudir a las rebajas de la moda de verano
y además dela incesante y diariacharla con sus amigos, tendrá
tal cantidad de estímulos ridículos y ruidosos que,
como un enjambre, ya no de moscas, sino de enormes avispas, zumbarán
en su torno y que no podrá apartar hacia el exterior sino con
muchísimo empeño.
Los contemplativos siempre nos han avisado de que hay que efectuar
un primer alineamiento entre las aspiraciones que se poseen y la vida
común que se vive. Las dos cosas tienen que marchar a la vez.
Vivir en la verdad es la primera condición. Y eso pasa por
vivir tal y como debemos vivir, guiados por nuestra alma, o al menos
por nuestros deseos superiores. Si no, estamos rotos, no hay armonía
y todo es mentira. Este es el primer y básico alineamiento,
después, como veremos más adelante, vendrán tres
alineamientos más.
¿Acaso no tenemos esa percepción cuando escuchamos a
alguien que afirma la preponderancia del amor, pero luego vive para
alimentar el separatismo y el nacionalismo, que se alimentan del odio
y de la exclusión?; ¿o, acaso, no percibimos también
la mentira cuando un político muestra su desmedido interés
por remediar la existencia de las clases más pobres, pero luego
lleva un tren de vida basado en el lujo y en el culto al dinero, y
además habita en un palacio?
De cara a lograr la univocidad y la armonía vida aspiración
espiritual, hay que dejar de lado los asuntos que no incumben a nuestras
aspiraciones. Hay que refrenar la curiosidad infinita del simio que
llevamos dentro.
La curiosidad acaba siendo disipación. Las apetencias son infinitas,
y hay que poner cerco a nuestra mente de mono.
Evidentemente, sentar en su sitio al imbécil y al disipado
que llevamos dentro exige recogimiento. Los antiguos hindúes
le llamaban pratyahara, que quiere decir “retirada de los sentidos”.
En la vasta y bella tradición espiritual occidental, yo creo
que encaja mejor el término recogimiento.
Sin embargo, en esta sociedad moderna, con nuestras vidas tan arduas
y tan complicadas, tan plagadas de estímulos, de publicidad,
de noticias, de anuncios, y de objetos materiales, luchar contra todos
estos elementos, que, no lo olvidemos, son precursores y desencadenantes
de las distracciones, es dificilísimo.
Cuanto más activo en el mundo sea un ser humano, más
consideración social tendrá. Y, en consecuencia, menos
activo será en su conciencia interior. Y al revés: cuanto
más recogido viva uno en su corazón las veinticuatro
horas del día, menos atractivo será para el mundo, pero
más importante será su desconocida y oculta misión.
Todo lo que sea vivir disociado acarrea disminución de la conciencia.
Todo lo que sea vivir recogido concentra y da claridad.
¿Y qué ocurre con las personas, que todos hemos conocido,
que pasan dos horas diarias dedicados a la meditación y al
yoga, pero que luego son tan odiosos y tan vulgares como cualquiera,
y sus vidas están repletas de codicia, consumismo, celos e
intolerancia? ¿Cómo puede ser esto posible?, ¿está
el error en las propias doctrinas?, ¿o en que sus prácticas
son estúpidas y repetitivas?, ¿o más bien el
error está en el interior de quien practica?
Benito de Canfield acuñó una expresión que nos
da la clave para resolver esta situación: “aniquilación
activa”.
Efectivamente, durante dos horas al día oramos con intensidad
y buscamos mantenernos en el hilo de nuestra conciencia interior,
pero cuando salimos de ese estado caemos en la naturalidad de nuestra
vida ordinaria. El fastidio de la vida ordinaria y la tremenda presión
de la vida frustra toda nuestra práctica. Se trata ahora de
llevar adelante, en el vacío de la vida común, ese estado
al que hemos intentado ascender en nuestra práctica. Es decir,
continuar con la “presencia”, como dicen los santos de la Iglesia
oriental.
La “aniquilación activa” quiere decir precipitarse constantemente
en la conciencia suprema en cada uno de los quehaceres diarios y de
los momentos del día. No separarse, no salir, ni por un momento
de la unidad con la conciencia de Dios. Descubrir que en el desordenado
mundo en el que vivimos, en el caótico y confuso mundo de la
vida ordinaria, en mitad de las aguas agitadas, hay un poste macizo
al que agarrarse: la continuidad en la conciencia divina. Ese poste
resiste a la corriente de los hechos transitorios, de los pensamientos
transitorios, de las emociones transitorias. Evidentemente, esto es
mucho más difícil que la “aniquilación pasiva”,
que es la que buscamos en cualquier ejercicio de yoga, de zen, o de
meditación.
Este método de prolongar la presencia fue descrito por los
místicos cristianos como un proceso que exigía humildad:
“entrégate a Dios”. Se entiende que es precisa la humildad
pues se necesita la experiencia personal de nuestra penosa incapacidad
frente a las imbecilidades o frente a las pasiones. El maestro Eckhart
nos dice que Dios nos rescatará, “como hace el padre con su
hijo cuando está a punto de morir ante una piara de cerdos
salvajes, o ante una manada de osos enloquecidos que van a desgarrarlo
a dentelladas”.
Esto que hemos llamado, práctica de la “presencia” parece un
trabajo cómodo y fácil, ¿verdad? Nada más
lejos de la verdad, es un trabajo dificilísimo. Casi todos
los que lo intentan lo abandonan.
Sin embargo, es un trabajo necesario. La meditación, sentados
en un cojín, concentrados en nuestro interior, o repitiendo
un mantra viene a ser la teoría. El trabajo en solitario. Algo
así como las katas que practicamos a solas en las artes marciales.
La presencia continua, es el combate, es luchar en medio de las cosas
y de la vida. Es la práctica pura. Y también es necesaria,
porque se trata de acercar los dos estados.
En el primer estado estamos psicológicamente introvertidos;
en el segundo, estamos extravertidos. La introversión es un
estado de huida física. La extraversión es un desparramarse
en el mundo, perdiendo conciencia interior.
Actuar en las actividades del mundo recordando a cada momento el nombre
de Dios (como hacen los monjes crisitiano ortodoxos) o concentrados
en nuestra propia conciencia es un ejercicio de autoaniquilación,
pues negamos el yo. Por tanto, nos desapegamos de nosotros mismo.
El desapego solo puede practicarse con acciones en sí mismas
buenas. Si no, caeríamos, por ejemplo, en ese desaforado libertinaje
sexual que han practicado muchos gurús modernos. Ellos afirmaban
que no había nada malo en ello, pues lo hacían con “total
desapego”….
Esto que hemos descrito es la primera y necesaria alineamiento, que
todos hemos de seguir, para poder decir al menos que pensamos, decimos
y practicamos la misma cosa. No como los políticos, que piensan
una cosa, dicen otra y hacen otra.
Aún quedan, todavía, tres alineaciones más:
• Los tres cuerpos inferiores han de alinearse con el Alma.
• La personalidad se alinea con la Tríada Espiritual, entonces
la conciencia se eleva al plano atómico.
• Finalmente, todo el ser está alineado con la Mónada,
entonces la Divinidad lo baña.
Así pues, hemos comentado dos vías para escapar de las
distracciones: rehuir, en la medida que se pueda, todas las acciones
innecesarias que no conduzcan al vaciamiento de la mente.
Y, en segundo lugar, la práctica de la “aniquilación
activa”, es decir, cultivar la constante y cuidadosa conciencia de
la realidad que para nosotros sea la realidad sagrada.
Estos dos caminos nos permitirán vivir fuera del fluir del
tiempo, en lo eterno. Recordemos lo que decía Aldous Huxley:
“Nadie puede alcanzar la vida eterna si no ha aprendido antes a vivir
no ya en el pasado o en el futuro, sino en el ahora”.
Juan Ramón González Ortiz