Quedarse
atrás
Por Juan Ramón González Ortiz

He leído hace pocos días el libro que el maestro de
Aikido John Stevens publicó en 1994 sobre la monja budista
japonesa Otagaki Rengetsu. El libro tiene por título Lotus
Moon: The Poetry of the Buddhist Nun Rengetsu. Translated by John
Stevens. Weathwerhill, Inc., New York, 1994.
El libro contiene una breve biografía de esta monja y una introducción
a su poesía. También hay 113 de sus poemas, todos ellos
del tipo waka, y unas fotografías que, desdichadamente, no
son en color, de sus trabajos de alfarería y por los cuales
llegó a ser muy famosa en vida. También fue muy celebrada
sus extraordinarias caligrafías.
Otagaki Rengetsu fue muy posiblemente hija de un samurái y
una geisha. A los pocos días de su nacimiento (10 de febrero
de 1791), su madre la entregó a la familia de Otagaki Teruhisa,
familia noble perteneciente a un linaje ninja. Fue adoptada con el
nombre de Nobu.
Siendo una tierna y vivaz niñita empezó ya con sus estudios
de poesía y artes marciales. A edad de diez años se
trasladó a Hirado y ahí sirvió como dama de la
corte. Allí estudió caligrafía, danza, ikebana
y siguió con las artes marciales.

También
se entregó al arte del té.
Sirviendo como dama, su madrastra y un hermanastro suyo murieron dejando
a la familia sin ningún heredero varón. Por este motivo,
con apenas 16 años, Rengetsu marchó a Kyoto y allí
contrajo matrimonio con el joven samurái Mochihisa, al cual
su padrastro había adoptado. Al poco tiempo dio a luz a tres
hijos, pero los tres acabaron muriendo sucesivamente de enfermedad.
El marido, comprendiendo la situación de la mujer, aceptó
divorciarse, pues su familia necesitaba un heredero. Pero su segundo
marido también murió tempranamente. Mueren también
sus dos nuevos hijos. Para entonces ya había cruzado los treinta
años. Ha perdido a dos maridos y a cinco hijos y nunca ha conocido
a sus padres biológicos. Acude junto a su padre para vivir
con él. Y es entonces cuando toma los votos monásticos
con el nombre de Rengetsu, o Luna de loto, y se queda viviendo como
religiosa en la vieja casa familiar. Renuncia al mundo y a los deseos
materiales. Tras su entrada en la orden budista, empieza a componer
poesía.
Para ser rechazada por el mundo, y para que ningún hombre volviese
a enamorarse de ella, se hizo extraer todos los dientes. Muere finalmente
su padre, y entonces Rengetsu decide cambiar de aires y se muda a
otro distrito de Kyoto. Para mantenerse decide trabajar como alfarera,
algo de lo que no tenía ni idea. Se inicia en este arte sin
saber nada, siendo totalmente autodidacta. Con este trabajo Rengetsu
no solo pretendía vivir de manera independiente sino también
seguir manteniendo su vocación solitaria, pues no le agradaba
permanecer en el mundo de la charlatanería humana. Esto ya
lo había intentado dando clases de artes marciales, e instruyendo
en danza, o en poesía a los alumnos que así lo quisieran.
Empieza a llevar vida errante, de la Ceca a la Meca, vendiendo sus
extraordinarias obras de alfarería, todas con un cierto estilo
rugoso y con sus versos escritos en las paredes de los vasos, de las
fuentes, de los platos, de los incensarios y de las teteras que tan
hábilmente fabricaba. Sin miedo a equivocarnos podemos decir
que produjo miles y miles de obras de alfarería a cuál
más sorprendente.

La verdadera eclosión de creatividad en su vida tuvo lugar
a partir de sus setenta y cinco cumpleaños. Entonces fabricaba
obras de arte, caligrafías y poemas, casi sin interrupción.
En esta su última etapa vive muy retirada, totalmente aislada,
permanentemente en meditación.
Sintiendo que la muerte le va rondando, pide que a su muerte la envuelvan
en un sudario blanco en el que esté pintado una luna y un loto.
Murió el 10 de diciembre de 1875. Su amigo pintor Tomioka Tessai
fue el que realizó este encargo.
Algunos de estos poemas de Rengetsu sonsorprendentes, llenos de frescura
y delicadeza, ligeros y, a la vez, profundísimos, con esa melancolía
tan garcilasiana de aquellossublimes versos de nuestro soldado poeta,
prodigio sensibilidad:
“no me podrán quitar el dolorido
sentir si ya del todo
primero no me quitan el sentido”.
Uno
de sus poemas dice:
“Tomo el pincel
Solo por el placer de hacerlo.
Escribo una y otra vez.
Largas filas de letras danzantes
van quedando allá lejos”.
O
este maravilloso ejemplo sobre la conciencia plena del alma, despierta
a la Voz del Buda:
“Vestida tan solo con una túnica negra,
no debería sentir atracción
ni por las formas ni por los aromas
de este mundo.
¿Pero cómo mantener mis votos
cuando contemplo las encendidas
hojas del arce?”.
O
este otro, también del mismo tema:
“Totalmente consciente,
Ni un solo pensamiento.
Solo la Luna,
me atraviesa con su luz,
mientras la contemplo”.
Pero
mi poema preferido, el que hace que me estremezca de veras cada vez
que lo leo, es este:
“Una
y otra vez sufro
la impermanencia
de este mundo flotante.
No hay peor dolor en la vida
que ser el que ha quedado atrás”
Si
volvemos analizar la vida de esta monja, vemos que fue entregada en
adopción y que a los treinta y tres años ya había
perdido a dos maridos y a cinco hijos, y poco después a su
padrastro, puesto que no conoció a su padre natural. Este poema
es, en primer lugar, un llamado a tener presente la temporalidad y
la brevedad de todo lo creado. "Nihil durare potest tempore perpetuo”,
como dice la famosa inscripción en un muro de Pompeya. Incluso
el poema más bello de la antigüedad, la oda 7 del libro
4 de Odas, de Horacio, contiene dos versos aludiendo a esto mismo:
“Immortalia ne speres,
monet annus et almum
quae rapit hora diem”.

Pintura
de Joan Sarsal
El fruto que se desprende de la impermanencia es la pérdida.
Mil y una pérdidas, en el caso de Rengetsu. Todo lo creado,
amado, o no, querido, o no, todo, por muy duradero y resistente que
sea, todo es temporal.
Podríamos decir que la primera parte del poema es la exposición
canónica que hace el budismo sobre la verdad del mundo que
fluye, este mundo flotante que no podemos asir en ningún momento
y que permanentemente se nos escapa de las manos como si fuera arena
de una playa o agua de un río. Es el parte escrita por la monja
budista. Sin embargo, en los dos últimos versos asoma la sinceridad
y el desconsuelo de la mujer que ha vivido y que se ha desesperado.
Estos dos versos son tristísimos. Casi casi, el culmen del
alma dolorida y del desánimo. Mueren nuestros abuelos, mueren
nuestros padres, mueren amigos, y familiares, a veces incluso mueren
los hijos, y nosotros quedamos vivos, quedamos atrás, con el
corazón recubierto por la costra del dolor y lo ojos empañados
por el humo de las lágrimas.
Cuando uno queda atrás, sentimos que se rompe la continuidad
del viaje que empezamos en nuestro nacimiento, sentimos que algo se
ha quebrado tal vez para siempre y percibimos que el camino que nos
queda va a ser muy difícil. Nuestros padres se fueron, y aquí
nos encontramos nosotros. Atrás. Porque ellos se fueron por
delante de nosotros.

Esto es lo que quiere dar a entender Rengetsu cuando afirma que “no
hay peor dolor en la vida que ser el que ha quedado atrás”.
La fuerza de estos dos últimos versos es tremenda. Este poema
nos habla directamente al corazón y nos trasmite el dolor que
hay en el hecho de haber sobrevivido, pero también nos habla
de la necesidad de continuar en el camino.
Reconocer la pérdida y aceptar que esas emociones nos puedan
tener atrapados durante años y años en su madeja de
duelo y melancolía, es el primer paso para librarse de ese
dolor interno. La angustia, el suplicio interno y la pesadumbre han
de cesar. Precisamente el budismo nos enseña como transformar
todos esos sentimientos negativos en paz profunda.
Algunas otras obras suyas
“Flotando a la deriva,
como las blancas nubes,
desde el principio hasta el fin.
¡Qué cosa tan misteriosa
es este corazón!”
Una pintura y un poema
Juan Ramón González Ortiz