La muerte de Ramana Maharshi
Por Juan Ramón González Ortiz

 

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El tiempo es un cosechero exigente. A fin de cuentas, el Tiempo será el único espectador que contemple de cabo a rabo nuestra ficción. Nadie más entre nosotros lo puede hacer.

El Tiempo nos enseña a conformarnos y a aceptar las cosas que son inevitables. Por ejemplo, no vayamos a pensar que todas las enfermedades que se nos vienen encima como un fardo son curables…

Tal vez nuestro destino sea llamarnos Jonás, o tal vez Job.

Una de estas cosas le pasó a Ramana Maharsi.

Unos cuatro años antes de su muerte, en 1950, le encontraron un tumor maligno sobre el hombro izquierdo.

Cuando se le dijo la enfermedad que padecía, el Maharsi, girando la cabeza para mirar la úlcera que crecía sobre su hombro, dijo simplemente: “Ah, ya estás aquí”.

Y hablaba con el tumor como quien habla con un vecino o con un conocido.

El Maharsi aceptó lo que tenía. Y dijo,
“Aunque me quite este bulto, volverá a salir. Que se quede conmigo”.

Pero los discípulosde ninguna manera podían aceptar esta resignación. Una y otra vez le decían que, si no se extirpaba aquel crecimiento, su vida estaba condenada.

Y él les decía:

“Sí, sí, ya lo sé. Ha venido para eso: para acabar con mi vida. Este tumor me trae el mensaje de que por fin ha llegado mi hora de partir y de marcharme. Da igual que me extirpéis este cáncer. Es mi hora y me iré igual, lo queráis todos o no. Es como si la Naturaleza me hubiera telefoneado para decirme: “Eh, querido Bagaván, ya puedes dejar tu cuerpo”.

Los discípulos, seguidores, simpatizantes, toda la nube de amigos y toda la gente que le rodeaban se negaban a escuchar eso.

Una y otra vez, sin desmayo, insistían en la necesidad de la operación.

El Maharsi escuchaba en silencio, sonriendo.

Les respondía:

“No sabéis nada de cómo son las cosas. El tumor no tiene ningún poder sobre el destino de mi vida. Es el propósito el que decide mi vida. El cáncer no es sino un mensajero, y me está diciendo que ya he cumplido con el propósito de mi vida”.

Los discípulos, entonces, le rogaban que no se marchara. Muchos le confesaban que no podrían seguir caminando a solas por el sendero de la vida sin su presencia, sin su guía y sin su auxilio.

Ramana les señalaba el hombro enfermo y les decía:
“No os preocupéis por esto, por favor. Lo único que ha pasado es que me ha llegado un mensaje y tengo que aceptarlo. Eso es todo”.

Y los discípulos volvían a la carga.

Por fin, Ramana, les dijo un día,
“De acuerdo, haced lo que deseéis. Me operaré si así lo queréis”.

Cuando iba a principiar la operación, apareció el anestesista con sus fármacos.

El buen doctor avanzó hacia Ramana con la inyección en la mano. El doctor era discípulo suyo y le dijo que era una inyección anestésica, que le haría perder la conciencia en un instante y, así, todo transcurriríasin ningún tipo de dolor, como en un sueño muy profundo.

Pero eso no le hizo ninguna gracia a Ramana, que dijo:

“¿Queréis que pierda mi consciencia? Toda la enseñanza que os he transmitido es que cuando se es completamente consciente el sueño no existe ¿Cómo creéis que ahora voy a poder dormirme? ¿Creéis que podéis? Yo descanso, pero no duermo. El acuerdo al que llegamos era que yo me dejaba operar, y ya está. No había nada más. No quiero la anestesia. No la necesito. Yo no soy mi cuerpo. Haced con él lo que haya que hacer, yo también miraré cómo lo hacéis. No vivo mucho en el cuerpo, y por eso me puedo retirar de la parte que quiera, porque hay un método para retirarse. Pero puesto que nadie sabe cómo retirarse, hay necesidad de anestesia.”
Así pues, tras esta enseñanza, empezó la operación y le extrajeron el tumor.

Mientras tanto, el Maharsi miraba atentamente como si estuvieran cortando la rama de un árbol, como si la cosa no le concerniese para nada a él.

Acabada la operación, los discípulos estaban exultantes de alegría. Pero a Ramana parecía que le daba igual.

Puesto que él no se sentía condicionado, no se sentía aliviado. Ni tampoco preocupado. Sonreía, como siempre.

“Dan por hecho que este cuerpo es Bhagavan y le atribuyen el sufrimiento. ¡Qué pena!”

Por fin, una mañana murió.

Él había dejado claro que la causa de su muerte no era el tumor.

El bulto es un mensaje, y me dice, “ya es hora de que dejes tu cuerpo”. Pero quiero que sepáis que no es la causa de que me tenga que ir”. (Ramana Maharshi)

 

 

Juan Ramón González Ortiz

 



 

 

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