Las reglas para la vía directa
tal y como las dejó escritas
Mario Roso de Luna, teósofo español

por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

REVISTA NIVEL 2

¿Cuáles son las etapas de la vía directa?, ¿cómo saber lo que hay que hacer, sin perder el tiempo?

El gran, el inolvidable, el importantísimo Roso de Luna nos contesta a esta acuciante pregunta en su artículo “La Sociedad Teosófica y el Sendero Directo”, contenido en su libro El Tibet y la Teosofía, de 1930, donde fundamentalmente comenta a Alejandra David Neel.

Nos dice que “estas reglas tampoco han de ser tomadas al pie de la letra sino como medios indispensables, para ver cara a cara el drama de la vida humana”.

1. Leer gran cantidad de libros serios y profundos sobre religión y filosofía, y escuchar a diferentes maestros, así como experimentar distintos métodos, es decir, “templar la mente con el choque de los más válidos pensamientos”.
2. Escoger, de entre todas las demás, una sola doctrina. Y comprometerse con ella. Esto es lo que, en la vida mundana, se llama vocación.
3. Mantenerse en la vida en una situación de sencilla equidistancia entre la miseria y la opulencia, guardar una humilde apariencia, y no llamar jamás la atención de nadie, pero siempre elevar el espíritu manteniéndose en todo momento por encima de las glorias y de los honores mundanos.
4. Ser perfectamente Indiferente a todo y frente a todo. Obrar como el preso o, más áun, como el cerdo: que comen todo lo que la ocasión y la naturaleza les aporta. No luchar por evitar y tampoco rehuir; es decir: ecuanimidad. Cesar de distinguir entre la virtud y el vicio, el bien y el mal según las vulgares normas del mundo.
5. Contemplar sin emocionarse, sin turbarse, y con espíritu totalmente desapegado y libre los conflictos y las luchas de nuestra sociedad y de los diversos órdenes de realidad de los seres.
6. Comprender el vacío. Es decir: alcanzar la abstracción en su más alto grado. Buscar la elevación total, por encima de lo sensible y de lo concreto hasta llegar lo inteligible y abstracto.

Mario Roso de Luna en su libro sobre Isis sin velo (escrito en 1923), nos ofrece también un extraordinario resumen de las fases por las que cualquier candidato, que quiera formar de una jerarquía superior, habrá de pasar.
Las condiciones, naturalmente, siempre son duras, pero no para el cuerpo, sino para el alma. Los detalles externos son puro ritual. La significación de sus símbolos tiene que ser captada e interpretada, interiormente, por el aspirante.

Las etapas serían, brevemente, las siguientes:

1. Antes que nada, paciencia, fundamentalmente, para aprender a callarse. Es la norma del silencio pitagórico. La fuerza de voluntad ha de dejar de ser simplemente terquedad arrogante. La voluntad debe unirse a la imaginación creadora, al silencio y a la soledad, para formar, así, la clave mágica más poderosa que hará que el candidato sea el dueño de sí mismo.

Lo primero que aparece en este momento inicial es lo que se denomina la noche del espíritu: la percepción de que el trabajo espiritual es inútil, el sentimiento de tristeza, el desaliento, el hastío, frente a los bienes y glorias del mundo, que no son sino pasatiempos, ceniza, cáscaras vacías, … Un remedio a esta situación es simplemente contemplar atenta y reflexivamente el propio movimiento de la vida, que, como dice Roso, “por las más extrañas e inesperadas vías de la mal llamada casualidad viene siempre a sus manos en el momento oportuno”.

2. A continuación, comienzan para el candidato las terribles pruebas del sendero. Aquí encontrará el sentido verdadero de símbolos como la ballena de Jonás, o los cuarenta años de los israelitas en el desierto, o la cautividad de Babilonia, o al mismísimo Jesús en el desierto, … Y, además, surgirán tentaciones de todo tipo acerca del uso y del conocimiento del Árbol del Bien y del Mal, o la Magia Blanca y la Negra. Aparecerán figuras como enanos, gigantes, cíclopes de un solo ojo, sirenas y harpías, Scylla y Caribdis, bajada a los Infiernos antes de su iniciación, como le pasó a Orfeo, Perseo, Jesús, Pitágoras,etc.

Las caídas son un requisito necesario para reavivar el espíritu, entre otras cosas porque nos enseñan a separar entre la riqueza espiritual y la material. La salvación del aspirante se cifra en la nave, en la salutífera navis que él mismo va construyendo con su esfuerzo titánico para no ser devorado por las coléricas aguas de la luz astral, cuyas ondas son la temible corriente que arrastra tras de sí a toda la vida social organizada. Por tanto, precisa ponerse al frente de su nave y coger el timón con mano de hierro, con la fuerza de ambas manos, para no errar y aún menos naufragar ya que la travesía es inevitable.

3. Finalmente, llega el instante de salir de estos peligros. Porque también esta peligrosa navegación algún día se acaba.

Por fin se alcanzan las grandes alamedas de la Iluminación, ya sea en este mundo o en el Cielo o Devachán. Entonces, el héroe ya ha triunfado y la muerte no pude ir contra él. Vive en paz y felicidad constante. Aun así, Roso de Luna recomienda al iniciado que guarde su tesoro en el mayor de los silencios y que se comporte con muchísima cautela (recordemos el “caute” que Spinoza tenía escrito en la pared de su casa, precisamente, junto al abrigo que detuvo al puñal asesino en el atentado que sufrió), pues aparecerán gentes que intentarán robarle lo que no se puede robar.

 

 

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