El
rito de chod
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

Cada vez con más frecuencia veo que en los cursos y retiros
de budismo tibetano, que continuamente se organizan a todo lo largo
de nuestra geografía, está presente el rito de chod.
De hecho, cada vez está más presente.
He
querido dedicar unas pocas páginas a explicar la esencia de
este extraordinario rito.
Al
igual que hizo el cristianismo apropiándose de las festividades,
de los santos y hasta de los héroes y de muchos elementos doctrinales
de las demás religiones de su momento histórico, superponiendo
su credo y su sistema, así hizo también el budismo tibetano.
Padma
Sambhava, fue un sabio surgido de la universidad budista de Nalanda
que, en el año 747 d. C., se impuso la tarea de llevar el
budismo al Tíbet. Es trascendental su llegada al Tíbet,
y se la conoce como “la primera difusión del budismo”. Muy
poco antes de esta fecha, el rey del Tíbet, Songtsen Gampo,
se había convertido oficialmente al budismo a ruegos de sus
dos esposas budistas, una china y otra nepalí. Padma Shambhava,
también llamado Gurú Rimpoche, hubo de predicar el dharma
del Buda en una tierra cuya religión más extendida era
una suerte de chamanismo autóctono llamado Bon. Padma Shambava
aprovechó muchos elementos de la vieja religión e incluso
conservó ritos de las antiguas prácticas del bon, pero
cambiándoles el sentido de la práctica, la simbología
y la conciencia del practicante. Muy posiblemente, las espeluznantes
deidades iracundas del Vajrayana, o budismo tibetano, con cráneos
repletos de sangre, pieles humanas a guisa de vestimentas y guirnaldas
de calaveras al cuello provengan de las terribles y atormentadoras
divini¬dades del culto mágico del bon.
Padma
Shambava fundó la primera orden religiosa budista en el Tíbet,
los Ningmapas, con una vocación muy fuerte de meditación,
absorbiéndose los meditantes en un arco iris de luz. También
afirmaba que había que dejar atrás la volición.
Muy pocos lamas ningmapas tomaban votos monásticos. Llevaban
hábito, pero no eran monjes. De hecho, lo normal es que estuvieran
casados. Podríamos decir de ellos que eran clérigos,
pero no monjes, y aún menos “monjes casados”, lo cual es un
contrasentido.
Tras los ningmapas, la siguiente or¬den que se creó fue
la de los Kagyupas, mucho más volcados en la reglas monásticas
(o vinaya) que la anterior, y que además practican una meditación
muy semejante al zen, tendente a suprimir todo razonamiento discursivo,
así como la dicotomía entre sujeto pensante y el objeto
de pensamiento. Esta corriente fue fundada por el santo ermitaño
Milarepa, aunque él retrotrae el linaje de la escuela hasta
su maestro Marpa (del siglo XI) e incluso hasta el maestro de este,
el sabio hindú Naropa.
Posteriormente, un gran sabio hindú procedente del monasterio
de Vikramasila, Atisha, se estableció en el Tíbet en
el año 1042. Y allí moriría en el 1052. La llegada
de Atisha al Tíbet fue un acontecimiento tan importante que
es conocido como “la segunda difusión del budismo”.
De las enseñanzas de Atisha, surgió un nuevo grupo,
que fue el de los Sakyapas. Esta secta conquistó el poder
temporal del Tíbet. Esta orden monástica tenía
ya bastantes diferencias con respecto a la antigua de los ningmapas.
En el siglo XV ocurrió la gran reforma de TsongKapa. Aunque
este este gran lama efectuó una reforma de las órdenes
monásticas, y fundamentalmente la de los sakyapas, en el fondo
trans¬formó completamente la religiosidad en el Tíbet.
TsongKapa subrayó la impor¬tancia del estudio y del cumplimiento
de las normas monásticas prescritas, abor¬dando muy al
final de la formación el estudio y práctica de los tantras
budistas. Los ningmapas y kagyupas hacían preci¬samente
lo contrario: emprendían rápi¬damente el estudio
de los tantras. Además, los gelugpas no aceptan pareja, que
sí eran admitidas por todas las demás escuelas. De aquí
deriva la acusación de puritanismo que por todas partes recibía.
El tercer sucesor de TsongKapa recibió del príncipe
mongol Altai Kan, en 1578, el título de Dalai Lama. También
se les aplicó ese título a los dos precedentes. Con
el quinto Dalai Lama, quedó definitivamente establecida la
supremacía de estos sobre todo el Tíbet como monarcas
y pontífices máximos. Y la secta gelugpa acabó
siendo algo así como la “iglesia oficial del Tíbet”.
Igualmente, es la “iglesia” mayoritaria entre los mongoles.
El rito que nos ocupa, el rito de chod, es una de esas extrañas
prácticas del vajrayana que bien pudiera haber rescatado Padma
Shambava del fondo de prácticas y usos del bon.
El rito de chod exige un fortísimo poder de visualización.
Es fundamental. En esta práctica, la visualización es
tan importante que muchos aspirantes para lograrla se encierran en
una habitación, o en un oratorio, o en una ermita, o incluso
en una cueva, durante un lapso de tres a siete años, manteniendo
el mínimo contacto social posible (lo justo para recibir alimento),
y no se permiten salir de su retiro hasta que la técnica de
la visualiza¬ción no es perfecta.
Visualizar significa crear de forma absolutamente clara una construcción
mental. Al hacerlo perciben nítidamente que entre su construcción
mental y este mundo no hay ninguna diferencia, por¬que el carácter
básico de nuestro mundo es ser una forma vacía, es decir,
una manifestación mental.
La finalidad de la visualización es desarrollar la energía
interior y controlar la mente, pero también constatar la reali¬dad
de la no dualidad. A través de la visualización, la
no dualidad deja de ser una cantinela, un concepto teórico
aprendido mecánicamente para compro¬bar que es una realidad,
una verdadera y viva realidad.
Además, hay que recordar que no dualidad supone también
ausencia de individualidad.
La visualización permite crear y animar todo un universo.
Ninguna persona normal, por más que crea, tiene acceso a este
poder, que solo se puede adquirir tras años y años de
continua y constante práctica de la visualización. La
visualización es un proceso que exige la pérdida del
ego, del falso ego, y que nuestra ínfima y ridícula
mente, incapaz de comunicarse con el vasto universo, trascienda
todas sus ataduras.
En las artes marciales tradicionales, también existía
la visualización. Solo de esta manera podían entrenar
a solas muchos practicantes.
Fotografía de J.R.G.O.
Durbar de Karmandú
Pero no eran las visualizaciones tor¬pes y pequeñas de
quien repite y repite un kata de entrenamiento. No. Los practicantes
verdaderos percibían la amenaza en el enemigo que se presentaba
mentalmente ante ellos, veían el odio en su mirada y las
gotas de sudor brillando sobre su piel. No había diferencia
entre mente y realidad. Todo era uno. Sentían de veras el combate
porque ese combate era verdadero, y no de mentirijillas, como hace
la casi totalidad de seguidores de cual¬quier arte marcial. Veían
los dientes apretados del contrario cuando disparaba un ataque, escuchaban
el zumbido en el aire rasgado por el acero de la katana, sentían
la furia, la rapidez, el peligro y la inestabilidad de las posiciones.
En fin, nada parecido a lo que hay ahora. Solo puede visualizar así
una persona que ya no está dedicada a vivir en su pequeño
y dramático ego.
Jung ya nos avisó de que hay muchos métodos terapéuticos
ajenos al pensamiento occidental, y la visualización es uno
de ellos. Tal vez por eso, este psiquiatra usó tanto de él.
Como vemos, en el poder de la visualización no hay ningún
truco sino tan solo años y años de práctica y
un proceso implacable de limpieza interior.
Un practicante del vajrayana ha de ser capaz de ver un mandala como
quien ve un edificio cualquiera ante sí. Los detalles arquitectónicos,
puertas, ventanas elementos decorativos, colores, edificios anexos,
….
Y exactamente lo mismo con las deidades que pueblan el mandala.
Cuando un practicante medita sobre una deidad, da vida a esa deidad
hasta que se identifica con ella, y él se convierte en esa
deidad. Al mismo tiempo, la característica fuerza mental de
la deidad va penetrando en la mente del meditantehasta fundirse ambas
haciéndose una sola e indistinguible mente.
Lo mismo habría que decir con la práctica tibetana del
toglen, que consiste en cambiarse por los demás en situacio¬nes
de dolor y padecimiento. Es preciso verse de forma totalmente nítida
en lugar de la persona que sufre, tomando, acep¬tando amorosamente
todo el dolor del prójimo y sufriendo realmente, no de forma
mental o fingidamente. Sufriendo físicamente de veras.
Sin un entrenamiento previo todo esto es imposible, porque, por ejemplo,
en el caso de una divinidad, no solo hay que memorizar el aspecto
de la deidad que tenemos que visualizar, sino que hay que retener
todos los detalles: ropajes, pliegues de las ropas, ornamentos, cabellos,
movimiento del pelo, rizos, ojos, pestañas, expresión
facial, dedos de manos y dedos de los pies,…. Incluso puede llegar
a tener veinticuatro brazos, cada uno de ellos con diversos gestos
y cada uno de ellos con diversos objetos rituales. Un adepto tiene
que ser capaz de construir inmediatamente la figura completa de su
deidad. Algunas figuras, como Tara, tienen los dedos orientados en
muy diversas po¬siciones, brazos y piernas. Otras deidades exigen,
además, visualizar un vasto fondo de figuras y de dioses, todos
con su colo¬rido y su movimiento particular. Puede ocurrir que
la imagen que se ob¬tenga de la divinidad sea tan real, tan in¬tensa,
que el adepto llegue a perder de vista que se trata de una creación
mental, vacía, vacía de toda realidad. Entonces, tal
vez, el lama simplemente le ordene que disuelva la deidad, que la
haga desaparecer, como quien tras haber hecho un mandala con arena
de colores, lo confunde todo, mezcla la arena y la devuelve a un
tarro.
Conforme se avanza en la visualización, la deidad se hace
tan real como si fuera un ser de carne y hueso, más real aún
que cualquier ser que se genere en nuestros sueños. Pero ese
no el objetivo de la práctica.
El fin de la práctica es que ese ser se una, se funda, literalmente,
con el meditante llegando a ser ambos una unidad absoluta, siendo
uno solo. La deidad, al unirse al adepto, purifica todos sus pensamientos
y su alma al tiempo que le confiere un gozo inenarrable, un gozo
extático, y una profundidad mística que suspende todos
los sentidos.
John Blofeld (que fue novicio en monasterios tibetanos y chinos) cuenta
que un lama estaba de viaje con un grupo de seguidores, y llegando
a un camino decidieron sentarse en la cuneta y comer unas empanadas
que ya tenían prepara¬das. El lama pidió permiso
para retirarse y meditar brevemente antes de comer. Por supuesto,
nadie se opuso. Acabada la meditación, el lama retornó,
vio que ya habían comido todos y pidió un trozo de empanada,
pero vio que el trozo que le daban estaba reseco y duro, y el relleno
estaba pasado y desagradable. Preguntó qué pasaba con
esa comida. Y, entonces, tímidamente, un discípulo le
comentó que la meditación se había prolongado….
tres días completos.
El rito de chod es todo él una poderosísima visualización.
Si no es así, tan solo se finge que se está celebrando
el rito de chod. No se trata de imaginar, sino de ver y de vivir.
Este es un rito originalmente ningmapa pero es muy utilizado en to¬das
las demás sectas. Ya hemos dicho al principio, que esta técnica
continuamente aparece en cursos y cursillitos. Es fácil ver
que aún tiene raíces prebudistas, o bon. La religión
bon (todavía muy común en el Tíbet) vino de más
allá del desierto de Gobi, concretamente de la zona paleosiberiana.
El fundador de la antigua tradición espiritual bon fue TonpaShenrab.
Según el canon Bon, su nacimiento data de hace 18.000 años.
Sus enseñanzas se llaman YungDrung Bon o “EternoBon“, y los
practicantes de bon se llaman bonpos.
Parece ser que el rito de chod fue creado en el siglo XI por la yoguini
tibetana Machig Labdrön.
En tibetano, chod significa literalmente “cortar” pues lo que intenta
es cortar de una vez por todas la presencia del ego inferior con todas
sus pasiones y actitudes egoístas. Evans Wentz define acertadamente
el rito de chod como “un drama místico”. Un drama místico
realizado por un solo actor con la presencia de numerosos seres espirituales
que son visualizados.
Antes de que se juzgue apto al novicio, pues el rito es psicológicamente
muy peligroso, se requieren años y años de preparación.
Además, el ritual ha de confiarse a la memoria: deben dominarse
sin duda alguna todos los pasos, la apropiada entonación de
las sílabas sagradas, las figuras sagradas que el practicante
ha de realizar, el sonido de la trompeta sagrada (hecha con un fémur
humano),…
Antaño se realizaba en cementerios, o en los terribles parajes
donde se descuartizaban a los muertos, ofreciéndose los pedazos
a lobos y buitres, tras meses y meses de preparación de vivir
allí, entre tumbas y cadáveres. Se exigía el
mínimo ropaje, y a veces se detallaba que era necesario el
uso de un tamboril. Podría parecer un rito bárbaro y
salvaje. Pero no es así.
Exige un valor fuera de lo común, sobre todo cuando tiene lugar
en la soledad de las montañas, por la noche en la más
absoluta tiniebla y lejanía.
Inicialmente, el meditante adopta la forma de una diosa, la que él
decidiera previamente, y danza y al danzar destruye y disuelve todas
las pasiones, deseos y afectos que manchaban su corazón. Los
afectos se desprenden, caen al suelo como una masa negruzca y allí
arden y desaparecen. El cuerpo se purifica y se extingue todo el añadido
de las pasiones y los apegos.
Acto seguido, el practicante ofrece su cuerpo como manjar para que
las da¬kinis lo consuman. Las dakinis son dei¬dades femeninas
que simbolizan el mo¬vimiento de la energía en toda la
vastedad del espacio. El practicante invoca a las da¬kinis y a
todas las divinidades iracun¬das.
Entonces se va preparando el sacrificio humano, y se revela el verdadero
significado de la palabra “corte”: se trata de cortar la sensualidad,
la pereza, la ignorancia y el estado separativo que conduce al egoísmo.
Tras esto, el meditante observa su cuerpo muerto, como un cadáver
hinchado y deforme. Es un cadáver que llena la totalidad del
espacio.
Contempla cómo Vajra Yoguini, con su terrible aspecto, su aspecto
abrasador y su guirnalda de calaveras, aparece y se dirige hacia el
cadáver, secciona el cuello y separa la cabeza.
Baila sobre él.
Lo trocea con la cuchilla ritual.
Vacía el cráneo y lo transforma en un recipiente en
el que arroja los huesos y la carne hecha pedazos.
Cumplido esto, de los labios de la diosa brotan las palabras de poder
que instantáneamente convierten todo ese montón de carne
en una forma purísima, en néctar o “amrita”.
Entonces, Vajra Yoguini llama poderosamente a todas las demás
deidades para que acudan al festín, a devorar ese cuerpo ya
purificado y a sorber esa sangre humeante.
En ese punto la conciencia del adepto interviene y les ruega a los
dioses que no tengan reparos y que no vacilen, que no pierdan tiempo
y que no cocinen ese cuerpo, al contrario, mejor que consuman ese
delicioso cuerpo crudo.
Al igual que los buitres o los gusanos que roen los cadáveres,
todas las deidades devoran ese cuerpo muerto.
El practicante dedica el mérito del sacrificio personal que
supone servir de alimento a esos mismos dioses que le devoran y a
todos los seres sintientes.
A la vista de su cuerpo triturado, muerto y roto, devorado en una
siniestra fantástica cena, el adepto pronuncia su último
gran deseo: que él sea capaz de soportar todas las austeridades
que aún están por venir, para que en todos los corazones
de los seres humanos se desarrolle la semilla de la Esencia Increada
de la Mente Pura.
Que su cuerpo abierto en canal, que su vida material sirva de sustento
a todos los dioses y seres vivos, para que en el acto de comerlo lo
purifiquen y lo renueven. Que ese cuerpo muerto y dolorido alimente
también la tierra para que allí recrezca el árbol
del Buda.
Esta ceremonia ha de llevarse a cabo en un lugar aislado, y ha de
producir, al menos, cierto temor. Es necesario ver.
Ver con toda nitidez, con absoluta claridad, las huestes interminables
de se¬res sobrenaturales acudiendo, atropellán¬dose,
como si fueran nubarrones de tor¬menta, a sorber la sangre y a
nutrirse de ese cuerpo.
Es preciso también ver cómo Vajra Yoguini despedaza
ese cuerpo, y limpia los huesos separando la piel ensangrentada y
la musculatura.
Es preciso ver cómo baila y cómo transforma ese cuerpo
en alimento digno de los dioses.
Nadie que no haya desarrollado la visualización podría
realizar este rito con un significado y un poder real capaces de transformar
a un ser humano para siempre.