San Pablo no fue el que construyó el cristianismo
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

 

 

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Nunca he dejado de leer estudios históricos y análisis críticos sobre la composición y la historicidad del Nuevo Testamento.
Muchos de estos libros son muy rigurosos y están hechos con la verdadera intención de saber cuál fue la verdad histórica.
Pero muchos otros, desgraciadamente, más divulgados que los anteriores, no pasan de ser meros libelos dictados por el resentimiento. He leído bastantes de estas obras y para mí son panfletos, y no porque nieguen o critiquen, no, en absoluto, sino porque en ellas no hay aparato crítico, ni referencias bibliográficas, ni hay profundidad en el estudio, ni hay conocimiento de los idiomas originales, ni crítica textual, ni nada. A pesar de que sus autores intenten hacer pasar sus obras por aportes dignos a la crítica neotestamentaria, no son sino eso: panfletos.
Desde hace mucho tiempo, incluso en obras verdaderamente serias, pero que tal vez no hayan sometido a la duda metódica todos los asertos tradicionales sobre la redacción del NT, cada vez circula con más y más potencia la idea de que San Pablo fue el verdadero fundador del cristianismo.
Afirman estos estudiosos que Pablo fue el que desarrolló la doctrina cristiana y el que estableció el “kerigma”, o proclamación de las verdades del cristianismo. También afirman que fue el que instituyó el rito de la eucaristía a partir del sublime acto de compartir que tuvo lugar en la última cena.
Pero esto no es así.
De hecho, la Iglesia nació contra los escritos y contra la figura de San Pablo. Y, además, para prevalecer, hubo de tergiversar y alterar todos los escritos de Pablo, pues la Iglesia cristiana surge por el empuje del emperador Constantino aliada a la actividad manipuladora de Eusebio de Cesarea, y no por la labor de San Pablo.
¿Cuántos cristianos de hoy en día conocen la oposición que hubo entre Pablo y la naciente Iglesia católica? Y eso que Pablo es la figura histórica más popular y más importante del cristianismo tras la muerte de Cristo.
La verdad es que de San Pablo se puede decir casi cualquier cosa. No sabemos cuándo nació, ni tampoco sabemos exactamente el año de su martirio. Por otra parte, en la edición más antigua del Apostolokon, de Marción, que son diez epístolas de Pablo, no encontramos ni las dos Epístolas a Timoteo, ni a Tito, ni a los hebreos. Casi con toda seguridad estos textos fueron añadidos a posteriori por la naciente Iglesia cristiana.
Pablo no solo nuca se encontró físicamente con Jesús de Nazaret, sino que el Cristo del que nos habla es el Christos, que es la palabra que utilizaban los nazarenos y los ebionitas.
El ebionismo nace de las enseñanzas que dio del mismo Jesús de Nazaret a los esenios del Mar Muerto. Para la nueva Iglesia cristiana todas las fraternidades gnósticas que ya existían en el ámbito geográfico de Palestina, es decir, nazarenos, esenios y ebionitas, eran enemigos que había que destruir. Estas tres escuelas formaban un conjunto muy parecido entre sí, las diferencias eran mínimas y tan solo se referían a matices y no a verdades doctrinales.
El ebionismo de Pela (en la Decápolis) guardaba toda la enseñanza original de Jesús de Nazaret. Era en su esencia el cristianismo más puro. El ebionismo se escindió en dos corrientes, una de tipo judío y otra de tipo cristianizante. Ambas rechazaron a Pablo, que se esforzaba por apartar al ebionismo de su contexto judío, como por ejemplo la obediencia ciega a los 613 preceptos, o mitzvot, de la Torá. Tertuliano convirtió a este movimiento en una herejía fundada por un inexistente Ebión. En hebreo, “pobre” es “ebionim”, y de aquí viene ebionita, y no de la etimología que inventara Tertuliano.
Eusebio de Cesarea redujo este movimiento a un grupo de simples y pobres seres despistados, carentes de toda formación o capacidad. De hecho, dice que el significado original de “pobres” se ajustaba muy bien a este grupo pues sus pensamientos acerca de Cristo eran pobres, estúpidos y bajos.

 


Tiene que llamarnos la atención que en el NT se nos hable por doquier de los saduceos, o de los zelotes o de los fariseos, pero, que, sin embargo, no haya ni una sola mención de los nazarenos o de los ebionitas. Y esto es sospechosísimo. Con esto, queda muy claro que la naciente Iglesia cristiana expurgó todo lo que, aun de lejos, tuviese que ver con lo gnóstico o con lo iniciático.
San Ireneo, obispo de Lyon, hizo de los ebionitas su más jurado enemigo. Él era consciente de que estos eran los herederos del conjunto nazareno esenio y les dedicó todo tipo de descalificaciones, especialmente en su obra Adversus Haereses. El odio hacia este grupo era el odio hacia todo lo que oliese a gnosis.
Sin ninguna duda, todos los Evangelios proceden de narraciones que los nazarenos y ebionitas poseían. Si el lector dudase de esto, podría comparar el Evangelio de San Mateo con “La regla de la comunidad”, de los esenios, y encontrará numerosas coincidencias.
Desde luego, Pablo fue iniciado por los nazarenos: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia”.
Cuando leemos a Pablo tenemos la extraña e incómoda percepción de que no habla para nada del Jesús histórico, es más, de que incluso desconoce los acontecimientos que le rodearon. Pablo se ciñe a hablar de Cristo. El “Christos” del que Pablo hablaba era, como ya hemos dicho, el Cristo de los nazarenos y ebionitas y no el hombre llamado Jesús. A ese Cristo interior, que él quería revelar a todos, le llama “Kyrios”, o “Señor”
Y si en sus escritos nos encontramos algo de ese Jesús, el Mesías, es porque la Iglesia se ha permitido introducirlo.
André Wautier concluye que, de las catorce epístolas de Pablo, solo cuatro son de él: Gálatas, Corintios I y II, y Filemón. Y ninguna más. Otros investigadores no son tan radicales y afirman que solo siete de las catorce fueron escritas por Pablo.
¿Por qué tantas manipulaciones? Porque Pablo nos habla de una teología heterodoxa, una teología propia de la enseñanza nazarena esenia ebionita. Por eso fue fundamental manipular y mixtificarlo todo. Puesto que Jesús había muerto hacía relativamente poco tiempo, era imprescindible retocarlos relatos para dar la impresión de que Pablo conocía y se relacionaba con los primeros apóstoles. Esta preocupación fue la que guió a los “correctores” cuando redactaron los Hechos de los apóstoles y cuando falsificaron las cartas de Pablo.
Martín Lutero, y más exégetas, atribuyen los “Hechos” a Apolo, el cual era un predicador amigo de Pablo, cristiano, “ferviente en espíritu”, del que Pablo habla con mucho respeto: “Yo planté, y Apolo regó, pero el que hizo crecer fue Dios”.
Este Apolo (o Apolos) era un instructor de alto nivel, iniciado de la escuela nazarena, pues se nos dice de él que “había conocido el bautismo de Juan”. Muy seguramente, Pablo y Apolo eran hermanos de una misma gnosis, aunque discreparan ligeramente en algunos aspectos. De hecho, la observación de Pablo que hemos citado más arriba explica que siendo ambos predicadores distintos, ambos conducen a los discípulos a la misma realidad.
En esa misma cita, Pablo no habla de Jesús como mediador, tal y como hablaba de Jesús la Iglesia de entonces, pues Pablo no se ciñe para nada a la figura de Jesús, desaparecido ya hace años, y se centra exclusivamente en el Christos.
Pablo reclama el ideal de la espiritualidad cristiana, pero sin ser para nada cristiano pues el ideal del Sanatana Dharma (o la “religión permanente”) es el mismo siglo tras siglo.
Pablo, tal y como él nos lo cuenta, fue consagrado por su madre, al nazarismo judío. Por eso es comprensible que despreciase y aun combatiese a la otra vertiente del nazarismo, el nazarismo cristianizado. Tal vez esto sea lo que se esconde tras el comentario de que perseguía a los cristianos y formaba entre los curiosos cuando alguno de estos era lapidado.

 

El libro de “Hechos” nos dice que San Pablo asistió al martirio de san Esteban. Estas anécdotas son muy difíciles de creer y tal vez sean una de tantas interpolaciones.
Pablo ya había pasado por “el bautismo de Juan”, es decir, el bautismo en las aguas del Jordán, o sea, la segunda iniciación. Tal vez la iniciación que es más difícil para la generalidad de todos nosotros.
La caída del caballo, camino de Damasco, su ceguera, y su posterior “sanación” equivalen al relato de una transfiguración, son, por tanto, sinónimo de la tercera iniciación:
“Sé de un cierto creyente, el cual hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo. Si fue con el cuerpo o fuera del cuerpo, eso no lo sé, lo sabe Dios. Y sé que ese hombre, sea con cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras que no son para el oído y que nadie sabría expresar”.
Los tres días de ceguera antes de que Ananías le imponga las manos, y le llene con el Espíritu, son del todo equivalentes a los tres días que pasó Jonás en el vientre del monstruo marino, o a los tres días que pasó Jesucristo en el seno de Abraham tras su crucifixión. Este paréntesis de tres días es la fórmula literaria para denominar a un proceso iniciático.
El iniciador fue Ananías,y no un apóstol, pues Pablo está al margen de toda la tradición apóstolica:
“Al instante se le cayeron de los ojos una especie de escamas y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado. Después comió y recobró las fuerzas”.
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San Pablo. El Greco.

Y tal como exige la iniciación, pues es un segundo nacimiento, a partir de ese momento toma un nuevo nombre, y de Saulo pasa a ser Pablo.
Es muy posible que, tras esta iniciación, Pablo se convirtiese en el líder espiritual de esa comunidad. En el capítulo XXIV de los Hechos, cuando Pablo es acusado por Tértulo, este dice de él que “es el jefe de la secta de los nazarenos”.
En el propio libro de los Hechos, en el relato de la transfiguración, se introduce una interpolación para dar cuerpo al encuentro entre Pablo y Jesús, en forma inmaterial de una visión. Es lícito dudar de este testimonio y todo parece un arreglo de los compiladores de las escrituras para relacionar a Pablo con Jesucristo:“Él respondió: ¿Quién eres, Señor? Y la voz respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues”.
Santiago, a quien la Iglesia lo califica actualmente de “jefe de la Iglesia primitiva”, tampoco sería un cristiano tal y como ahora lo entendemos, antes bien era nazareno, pero de la vertiente cristiana. Por ejemplo, cuando Santiago habla de Jesucristo, lo llama “Señor de gloria”, que era exactamente la forma en la que los nazarenos hablaban de Juan el Bautista. Santiago desconfiaba de Pablo, pues, aunque sus creencias coincidían, Pablo estaba presto a seguir sus intuiciones espirituales y sus visiones antes que las normas estrictas de los nazarenos, normas profundamente ancladas en el espíritu del judaísmo. Es natural, por tanto, que no existiese empatía entre Pablo, que era un revolucionario y un espíritu libre, y Santiago, que era fundamentalmente un espíritu conservador. Debido a esto, Pablo tardó tres años en presentarse en Jerusalén y prefirió marchar a Arabia, concretamente al reino de los nabateos, buscando más instrucción espiritual.
Santiago aún estaba demasiado cerca del judaísmo, y Pablo había superado ya sus dogmas y sus cientos de normas que todavía estaban vigentes. Por eso nos dice que la circuncisión es un rito innecesario, o que el bautismo de agua no es decisivo, pues él se propone “bautizar en el Espíritu”, o que las severas costumbres alimenticias de los judíos no son importantes. Con esta actitud, Pablo se atrae las críticas de nazarenos, ebionitas y esenios.
Muchos estudiosos ven una absoluta identidad entre Pablo y la figura de Simón el Mago, hasta Wikipedia se hace eco de este parecido:
“De acuerdo con Hermann Detering, desechando las referencias y datos de Ireneo y Justino, Simón el Mago podría haber sido un apodo de Pablo de Tarso, que habría sido rechazado por la Iglesia oficialista y que cambió su nombre tras ser rehabilitado. Aunque a primera vista parece una teoría demasiado radical, en algunas ocasiones Simón es descrito de forma muy semejante a Pablo”…”Además, el apócrifo Apocalipsis de Esteban presenta a Pablo en un tono muy negativo, mostrándolo como un villano y enemigo del cristianismo, convirtiéndose únicamente al final de su vida”.
En caso de que Pablo y Simón el Mago sean la misma persona, sabemos quién fue el iniciador de Pablo, y fue el maestro gnóstico Dositeo de Samaria, perteneciente a un grupo esenio llamado los “hemerobaptistas”, pues este lo fue de Simón el Mago.
Lo que Pablo enseña es gnosis, teosofía. Por eso se independiza de la figura de Santiago y se dedica a “evangelizar” a los gentiles y paganos por su cuenta. Mientras tanto, Santiago se ciñe a la instrucción en ambientes nazareno cristianos, muy teñidos por la influencia judaizante.
El grupo nazareno cristiano judío de Santiago, en el cual había también muchos miembros ebionitas, se extinguirá en el año 70 con la destrucción de Jerusalén. Mientras que el grupo pagano gentil de Pablo no hará sino crecer y extenderse.
Cuando Pablo desaparece de la escena entra en ella Marción.
Este autor nació hacia el año 100 en Sinope, fue estoico y posteriormente estudió con un maestro gnóstico. Acude a Roma hacia el año138, pero antes de esto ya se había hecho cristiano. Marción estudió muy profundamente las cartas de Pablo y se convierte en seguidor suyo.
Marción comprende rápidamente que hay dos predicaciones, una que es la que ha convertido en Mesías y Salvador al Jesús crucificado, y otra, que es la de Pablo, y que busca la purificación (o bautismo de agua) para alcanzar la iluminación (o bautismo del Espíritu). Para Pablo esto es lo que el maestro Jesús reveló a los iniciados esenios: la experiencia de que el Espíritu de Dios habita en nosotros.

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Marción se da cuenta de que Pablo no es muy querido para la Iglesia cristiana del momento, y que muchos lo consideran un hereje, un cuasi gentil, un semicristiano paganizado. Como ya hemos dicho, aprovechando que no era muy conocido en Judea, la Iglesia lo viste de hereje bajo la figura de Simón el Mago.
Marción decide publicar las cartas, o epístolas, de Pablo y después, en el 130, escribe el “Evangelion”, hoy perdido, aunque algunos eruditos lo han recompuesto en casi su totalidad. La reacción fue terrible, en el año 144, el papa Pío I excomulga a Marción. Tras este hecho la iglesia de Marción se extiende con tal éxito que estuvo a punto de ser la iglesia oficial.
Tras Simón el Mago, Marción se convierte en el segundo gran hereje de la historia del cristianismo. A partir de entonces, la Iglesia se aplica a fondo para acabar con Marción y con todos sus escritos. Ireneo, Tertuliano, Justino, …, etc., fueron los ejecutores de este plan
El “Evangelion” de Marción era una copia del Evangelio que recopiló Pablo y que recibió, a su vez, de los nazarenos y ebionitas de Kokba, que custodiaban el original (o los originales) como
algo sagrado. Además, tenemos que suponer que Pablo también conocía la importantísima tradición oral que existía en la comunidad nazareno esenia en torno a Cristo.
Por tanto, el Evangelio de Marción no era sino el Evangelio paulino. Tal vez, y esto es una mera hipótesis de algunos estudiosos, Marción dejó su Evangelio a Lucanus o Lucianus, su discípulo. La Iglesia tomó este Evangelio y amputó partes y añadió otras más. Finalmente, Ireneo le dio el nombre de Evangelio de Lucas. Y por eso actualmente todos los comentaristas que se asoman incautamente a este tema afirman que el Evangelio de Marción es una copia del Evangelio de Lucas.
En resumen, Pablo recopiló el Evangelio original, en posesión de los ebionitas o de los nazarenos. Una copia de este Evangelio llegó a manos de Marción. Y este lo publicó, tal vez con algún aspecto o interpretación personal.

Verdaderamente, Marción es el auténtico autor de los cuatro Evangelios y de casi todo el Nuevo Testamento.

Del Evangelion, Ireneo sacó cuatro textos llamados evangelios.
Todo el odio de la Iglesia hacia Pablo queda de manifiesto en las “Homilías clementinas”, anteriores al año 400. En ellas, entre otras cosas, se nos menciona la teoría de las “sicigias” que consiste en que lo que es verdad siempre ha de ir precedido por algo que es mentira. Es decir, que lo bueno sigue a lo que es malo:
”Entonces, como nos dijo el verdadero profeta, es necesario que venga antes un verdadero Evangelio predicado por un impostor, y será solo entonces, tras la destrucción del lugar santo, que el verdadero Evangelio será enviado secretamente a todos los lugares para rectificar las herejías que deben llegar”.
No hay duda de que el Evangelio falso predicado por un impostor es el de Pablo, y que el verdadero Evangelio es el de la Iglesia oficial, representada por la figura de San Pedro. Por cierto, es muy curioso el adverbio con el que la Iglesia se refiere a cómo se ha de enviar el nuevo Evangelio: “secretamente” ¿No suena esto un poco a “conspiración”?

Conclusión
Podríamos alargar esta investigación mucho más, pero basta con lo expuesto aquí, tan brevemente, para mostrar que Pablo no fue “el inventor” del cristianismo, como ingenuamente suponen muchos que creen ser críticos con el cristianismo.
Personalmente, afirmo que el cristianismo es la religión de las religiones. Su experiencia de la fraternidad, de la unidad con Dios y del amor, no la encuentro en ninguna otra religión: “Ya no os llamaré siervos sino amigos…”
Los dogmas y la inercia aplastan las mentes de las personas bien pensantes pero que confían en las autoridades y en los expertos. Es preciso desconfiar de todo y atreverse a leer y a investigar. Todo este escrito no pone en tela de juicio la altura espiritual del maestro Jesús de Nazaret ni tampoco la existencia del Cristo, supremo ideal de la divinidad, más allá del cual no podemos imaginarnos lo que es la suprema santidad.
Cuando la Nueva Era advenga, todo lo que está oculto será revelado, entonces conoceremos la verdad de los Evangelios. Y ya no habrá ignorancia. Conoceremos la Verdad, sin teorías, sin lenguajes oscuros, sin claves herméticas.
Ojalá nos sea dado vivir ese momento….



Juan Ramón González Ortiz

 

 

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