La cuarta y la quinta vía de Santo Tomás

Juan Ramón González Ortiz

revista nivel 2
Mi primer acercamiento a la filosofía, en el bachillerato de antaño, tuvo lugar, naturalmente, de la mano de Aristóteles, Santo Tomás, algo de San Agustín y algo de los estoicos. Eso fue todo. De hecho, con eso bastaba. Tuve un inolvidable profesor de Filosofía, del que me gusta mucho hablar, y que pudo despertar en mí (sin proponérselo él) un indestructible amor por la Filosofía. Para todos los demás, era un profesor que disfrutaba de una tremenda mala fama, era malhumorado, sombrío, antipático y, además, suspendía de forma desconsiderada. Pero, qué se la va a hacer, fue mi primer maestro.
En el inicio de todo, siempre hay un profesor….
Las cinco vías para demostrar la existencia de Dios, de Santo Tomás, fueron el mayor descubrimiento de mi adolescencia. Me parecieron de tanta lógica y de tal perfección que, intelectualmente, para mí ya no podía haber ninguna demostración de nada que estuviese por encima. Después, sobre estas mismas cinco vías, leí mil y una réplicas y contrarréplicas, escolios, impugnaciones, apostillas, críticas, etc. Ya se sabe: es la gimnasia propia de la Filosofía. Si el lector me lo permite, me voy a ceñir a la vía cuarta y a la quinta pues me parecen magistrales a la hora de demostrar la existencia de Dios.
Lo primero que hay que decir es que para Santo Tomás es muy importante demostrar la existencia de Dios. Santo Tomás es un filósofo completo, no se conforma con decir que desde el punto de vista de la fe cristiana no hace falta demostrar nada porque la existencia de Dios es evidente. No. Para un filósofo no hay nada evidente. La única manera de hacer que una cosa sea evidente es demostrarla. Y, por tanto, él siente la necesidad de la demostración. Hasta que llegó Santo Tomás, todos los filósofos que habían intentado demostrar la existencia de Dios, solo trataban de hacer patente la incongruencia del ateísmo. Por ejemplo, eso es lo que intenta el famoso argumento ontológico de San Anselmo, que Descartes, muchos siglos más tarde, reformularía.
Santo Tomás siempre pensó que los ateos se equivocaban, pero de ninguna manera pensó que estos eran torpes, o cerriles, o que se contradecían. Para nuestro filósofo, probar la verdad de Dios es de la máxima necesidad puesto que la existencia de Dios debe ser demostrable. Lo contrario significaría caer de bruces en la incongruencia, la famosa contradicción de la que se acusaba a los ateos.
Los agnósticos, tanto los medievales como los contemporáneos, piensan que de Dios nada se puede decir. Por tanto, sería una tontería decir de él tanto que existe como que no existe. Carecemos de cualquier tipo de pista para acceder a una certeza del Ser supremo. Y nunca podremos despejar esta incógnita. Esto es el agnosticismo.
A estos, a los agnósticos, también se les enfrenta Santo Tomás. Es decir, que Santo Tomás responde por igual a agnósticos, a ateos y a idealistas. A los primeros, pretende darles un vehículo racional que les abra un camino a la existencia de Dios. Igual que hace con los ateos. En cuanto a los idealistas, que piensan que simplemente Dios existe y que no se necesita ninguna demostración racional, él afirma que esa evidencia necesita demostrabilidad. Si no, no hay tal evidencia.

Santo Tomás denomina “vías” a cada una de estas demostraciones. Las cinco demuestran en su conjunto la necesidad de que Dios exista. Las cinco forman un conjunto sólido, un verdadero edificio. Cada una de las vías, aporta algo. Pero es el conjunto de las cinco el que prueba la necesidad de que Dios ha de ser un ser personal existente.
Estas cinco pruebas están explicadas, muy densamente, en la primera parte de la Summa Theologicae, cuestión segunda, epígrafe tercero.
Las cinco demostraciones se parecen mucho entre sí.

1. La primera, parte de la constatación de que existe el movimiento en todo el cosmos y en cada una de sus partes, y que este ha de ser generado por un motor inmóvil.
2. La segunda, parte de que todos los seres son causa de otros seres, por tanto, ha de haber una causa última incausada.
3. La tercera vía, parte de que, puesto que las cosas no se deben a sí mismas, ha de existir un ser necesario.
4. El cuarto argumento de Santo Tomás parte de la experiencia personal de que existen unas cosas más perfectas que otras.
5. Y la quinta vía parte de la existencia comprobada de un universo ordenado.

Las dos primeras vías son muy fácilmente comprensibles: ha de haber un motor inmóvil, que mueva a todos los demás pero que no se movido por nadie (Primera vía). De la misma manera, si todos los seres son causados por otro y estos a su vez son también causa, ha de haber un ser incausado que sea causa final de todo, sin ser causado por nada (Segunda vía, que, como vemos, está muy conectada con la primera).
La tercera vía me parece extraordinaria. Si suceden cosas, o si hay cosas, eso significa que antes no había. Cuando algo empieza a existir, o cuando algo sucede, deja de no ser o de no suceder. Todo ser en el momento en el que comienza a ser, antes no existía, es decir, antes simplemente no era. Pero la nada no es capaz de nada. La nada no puede hacer nada, ni nosotros podemos hacer nada con ella. Entonces, tiene que haber un ser que nunca haya comenzado a ser. La creación es, en consecuencia, el otorgamiento total de existencia a partir de la nada, como si esta fuera la materia prima de la que todo procede. La creación supone el principio del tiempo y por iniciativa de Dios comienza a haber cosas.

La cuarta vía
En la cuarta vía, Santo Tomás prolonga el razonamiento que se daba en la tercera: tiene que haber un ser necesario, y que este sea absolutamente perfecto.
Esta demostración parte de la comprobación de que hay una gradación en las perfecciones, o en la perfección en sí misma. Cuando hablamos de la perfección en sí misma hablamos de algo que no contiene en sí nada negativo, sino que es totalmente pura positividad, absoluta positividad. Positividad sin ningún límite o restricción.
Por ejemplo, en “la Verdad”, “la Belleza”, “la Bondad” puede haber más o menos grados de perfección, o de imperfección. Esa perfección completa, esa positividad total, ya está incluida en el mismo concepto de Verdad Belleza Bondad.

Estas nociones expresan que el acto de “ser” es lo más importante de cada ser. La positividad pura, máxima, de estos conceptos son aspectos, o rostros, como imaginan los hindúes, de cada ser. Pues estas nociones están implícitas en la noción de “ser”: expresan o añaden algunas consecuencias de lo que significa “ser”.
”Ser caballo” o “ser verde” son perfecciones categoriales, porque expresan algo que no es, pues “ser caballo” implica no ser gato, ni ser virus,… Y lo mismo con “ser verde”. Sin embargo, “ser verdadero”, o “ser bello”, “ser bueno”, son perfecciones trascendentales, pues no incluyen nada negativo. Porque son pura positividad, de la misma manera que la noción de ser no implica nada con respecto ano ser.
Pero esto último, que es tan abstracto, no es tan importante.
Dicho de otra manera: la cantidad de bondad, belleza y verdad que contenga un ente es la misma que la intensidad de su ser.
Por tanto, la fealdad, la maldad y la falsedad, son aspectos del no ser: solo tienen existencia en cuanto privación, o carencia, o falta de presencia. Pues bien, si hay realidades más perfectas que otras, estas lo han de ser en una escala que se refiera a un ser absolutamente perfecto. Y no en una escala graduada, simplemente, a algo más perfecto.
En efecto, el significado de “más o menos bueno”, solo tiene sentido si lo pongo en relación con “la Bondad en su máximo grado”, que a su vez crea, “el Mal en su máximo grado”, que es la lejanía absoluta del concepto anterior. No habría seres más o menos perfectos si no hubiera una relación con el Máximo Bien. En resumen, cuando declaramos que una cosa es mejor que otra, lo declaramos porque existe en relación un prototipo real (prototipo que también crea el antitipo). Por tanto, no se puede afirmar lo relativamente perfecto si esa realidad no se refiere con el concepto de lo máximamente perfecto. Si alguien puede hablar de lo bueno y de lo mejor, o de que existen cosas buenas o mejores, es porque existe una relación con algo real, y no simplemente concebido de manera mental, que sea Lo Óptimo. Un Óptimo así concebido es un ser totalmente perfecto. Dios.
La quinta vía
La quinta vía eleva a la altura de concepto la constatación empírica de que en todo cuanto nos rodea hay un orden. Precisamente, en griego cosmos quiere decir orden.
Esta comprobación está en el origen de la filosofía occidental, pues se inicia con los presocráticos. Los tres filósofos de Mileto ya filosofaban sobre el principio unificador del mundo y de la creación.
En la quinta vía se hace presente la percepción verídica de que existe un orden. Esta percepción nos muestra que existe una suprema inteligencia que ordena la variedad y el desorden que aparentemente existe en el cosmos. Si hay orden, ese orden ha de provenir de una inteligencia, pues el orden es un producto de la inteligencia: sapientis est ordinare. Es propio del sabio ordenar. La dirección de una flecha hacia el blanco, no se la da ella misma. Alguien o algo ha de darle esa dirección. Ahora bien, todos los seres creados se comportan según unor den, pero eso no quiere decir que se comporten inteligentemente. La flecha que silba en el aire se comporta según un orden inteligente, pero ella misma carece de inteligencia.


Cuando decimos “la naturaleza es muy sabia y sabe lo que hay que hacer”, estamos declarando precisamente que la naturaleza sigue unas leyes producidas por una inteligencia, pues los siluros, las palmeras y el feldespato no son capaces de establecer por sí mismos orden alguno.
¿Por qué las aves migratorias saben qué ruta hay que seguir en el anchísimo cielo, y en dónde hay que detenerse, ya sea para reposar, alimentarse o residir?, ¿por qué los animales poseen estos saberes?, ¿de dónde proviene esta programación? No puede ser que estas conductas provengan del azar, pues decir que la casualidad ha generado estas sabidurías equivale a decir que un simio, dotado de más años de vida que lo normal, enredando en una montaña de chatarra, juntando y conectando piezas de desecho, pudiese construir un moderno avión de caza. De aquí surge la idea, la necesidad, de un Ser, de un ”Alguien”, que es el que ha programado todo esto, y no de una ente impersonal, difuso, o de un meteorito repleto de bacterias o de extraños virus.
La razón, o, lo que es lo mismo, la inteligencia es un atributo que solo poseen los seres racionales. Porque los animales tienen una actividad intelectual ínfima: reconocen cosas pero no pueden ni juzgar, ni concebir ni argumentar, que son las tres características de la inteligencia. De hecho, a nuestros queridos animalitos los llamamos “seres irracionales”. Tampoco es inteligente un ordenador. Un ordenador no comprender el significado de lo que guarda.


En resumen, la cuarta y la quinta vía de Santo Tomás demuestran no solo que Dios existe, sino que además es un ser personal.

El motor inmóvil (primera vía), que es la causa incausada (segunda vía), absolutamente necesaria (tercera vía), y máximo bien (cuarta vía), es la suprema inteligencia ordenadora (quinta vía).


Juan Ramón González Ortiz

 

 

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