Séneca. Otra vez con Séneca a cuestas
Juan Ramón González Ortiz

No puedo dejar de escribir de Lucio Anneo Séneca. Tengo sobre la mesa en la que trabajo un pequeño busto suyo, para que me inspire y me transmita la Verdad que esconde al fondo de sus ojos. Cada vez que nuestras pupilas se cruzan me doy cuenta de que su expresión ha cambiado con respecto a la anterior ocasión en que nos hemos mirado. Pero siempre son matices dentro de la actitud general de una gran benevolencia que constantemente ilumina su rostro. Solo una vez me miró con ira y verdadero enfado y fue porque yo estaba leyendo en voz alta La fábula de Polifemo y Galatea, de su queridísimo paisano Don Luis, Don Luis de Góngora, naturalmente.


Lucio Anneo Séneca vivió en una época terrible y horrible, mucho más convulsa y caótica que la nuestra. Sin embargo, en ningún momento pretendió estar por encima de las adversas circunstancias históricas en las cuales se desarrolló su vida, tal y como hicieron todos los demás: Sartre, Ortega, Bergson, el mismísimo Carlos Marx,…

Séneca frecuentemente se encuentra molesto e insatisfecho por el ambiente totalmente embrutecedor que le cerca.
Aristócratas ladrones y criminales, halagadores profesionales, cortesanos violentos disfrazados de tiernos corderitos, matronas perversas, sacerdotes venales, terapeutas envenenadores, comerciantes rateros, corrupción por doquier, muerte, crimen, venganza interminables…


Un día sueña que un rojo lago de sangre sumerge toda Roma. Séneca es el único que no muere anegado, agarrado al Paladio, la sagrada efigie de madera de la ojiclara Atenea, que, según cuenta Apolodoro, labró ella misma. Séneca resiste y flota, entre los cadáveres de pesadilla. Pero al levantar la vista, ve que ya no hay lago, sino que en su lugar lo que hay ahora es un mar infinito, cuyos límites no puede ver ni imaginar. Entonces, Séneca, bañado en sangre, pero aún a flote, duda de que pueda llegar a la otra orilla. Instante, en el cual, aterrado y tiritando, despierta.

Este el panorama al que día a día se enfrenta Séneca. La lucha que mantiene para que la podredumbre circundante no le sepulte es tan intensa que se queja dolorosamente de que ni siquiera él tiene la fortaleza suficiente para vivir de acuerdo con su propia y elevada filosofía.
Séneca es sinceridad, tristeza, inquietud, dudas,…. Tiene al alcance de su mano la solución perfecta a todo: el conformismo. Una vida feliz basada en los prejuicios y las mentiras, culpar de todo a los enemigos políticos del emperador y sobre todo, mirar para otro lado. Eso es lo más importante.
Me pregunto qué tendría Séneca en su indómita alma que nunca pudo hacer esto, mirar para otro lado. Como decimos en buen español, “ponerse de perfil”. Ya con treinta y tanto años, por no mirar para otro lado,

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la bestial Mesalina, “regia meretrix”, a decir de Juvenal, logró que le desterrasen a la atrasadísima y casi prehistórica isla de Córcega, de la cual dice Marcial que hasta miel es amarga. Allá estuvo siete largos años.
A punto ya de ir al destierro, muere su padre, el ilustre Marco Anneo. Poco después, muere uno de los hijos del propio Lucio Anneo.
Helvia, la madre de Séneca, queda como atontada con la partida hacia el destierro de su hijo Lucio.
Primero muere un tío suyo, después muere su propio marido, y después muere, siendo todavía muy niño, un nieto. Por último, Lucio es llevado al destierro a una isla bárbara y casi totalmente deshabitada.
Desesperada, la madre escribe a su dulcísimo hijo, Lucio, y este le contesta desde su terrible isla de cabras y fieros vientos. Primero le recuerda que Cornelia fue madre de doce hijos, que el destino redujo tan solo a dos. Y después sigue con un auténtico bocado de oro:
“De la misma manera que los soldados bisoños vociferan a la herida más ligera, temiendo menos la espada que la mano del médico, mientras que los veteranos, aunque atravesados de parte a parte, se prestan pacientemente y sin gemir al filo del acero del médico como si su propio cuerpo fuese un cuerpo extraño; así también debes prestarte tú hoy a la operación. Rechaza de ti los sollozos, lamentos y agitadas manifestaciones que de ordinario lleva consigo el dolor; porque habrás perdido todo el provecho de tantos males si no has aprendido aún a ser desgraciada. ¿Ves acaso que te trato con timidez? Nada he suprimido de tus males; todos te los he presentado ante los ojos, haciéndolo con resolución, porque pretendo triunfar de tu dolor y no atenuarlo”.

Años más tarde recordando los terribles días en Córcega, le escribe a su amigo Lucilio:

“Puedes hablarme ahora de lo que quieras – de resfriados, de toses tan fuertes que nos sacan partes de las entrañas, de fiebres que resecan nuestros signos vitales, de sed, de extremidades tan retorcidas que las articulaciones sobresalen en diferentes direcciones; pero peores que éstas son la estaca, el estante, las placas al rojo vivo, el instrumento que reabre las heridas mientras las heridas mismas aún están hinchadas y que hace que su huella sea aún más profunda. Sin embargo, ha habido hombres que no han emitido ningún gemido en medio de estas torturas. "¡Más aún!" dice el torturador; pero la víctima no ha pedido nada, ni siquiera su liberación. "¡Más aún!" dice de nuevo; pero la víctima ni ha abierto la boca y no ha llegado de él ninguna respuesta. "¡Más aún!"

Séneca no juega a ser guía. Él solo busca ser guía para sí mismo, no para las gentes, a las cuales, solo intenta aconsejar, y nada más. No se trata de consejos sublimes o heroicos. Él solo pretende que todo el mundo comprenda que cualquier acción, fenómeno, acontecimiento o palabra se desarrolla dentro de un universo espiritual, del que no sabemos nada y que tiene sus propias leyes y su propia mecánica de avance. Solo que nosotros lo desconocemos. Así, creemos vivir en un mundo injusto y caótico porque, como no tenemos la visión de conjunto que sí tiene el universo, decimos que lo que es justo es parcial y que además es una tropelía.
Sin embargo, no hay ninguna comprensión cuando por nuestra culpa decidimos dilapidar nuestra vida en la vanidad y en la inconsciencia. Este comportamiento negligente no es bueno a ninguna escala y, por tanto, es imperdonable.

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Séneca también es muy duro cuando escucha a la gente usar como autojustificación que la vida es muy breve y no hay tiempo para lograr nada:
“No has tenido poco tiempo, sino que tú has podido poco”
Cuando Séneca contempla el horror y la estupidez de la vida humana, que solo nos es dada una vez, se pregunta que si el universo es perfecto por qué, entonces, el ser humano es tan zarrapastroso, egoísta, cobarde y malvado.
Ahí descubre Séneca el problema del mal.
Por lo demás, no es un problema sencillo el del mal. Y en un punto al menos tiene razón: sin saber lo que es el mal, no podremos saber qué es verdaderamente la felicidad. «No hay, creo, ser más desventurado que el que nunca ha experimentado ninguna real lucha.»

Como Séneca es un hombre práctico no quiere meterse en líos de especulaciones teoréticas. Más bien dice que este mundo es un teatro y nosotros sus actores. Somos nosotros los que metemos el mal en el mundo con nuestras malas acciones, saliéndonos del guion que estaba escrito de antemano para cada uno de nosotros.


Somos nosotros, en definitiva,
quienes debemos escoger
de qué lado estar
y qué hacer, pues,
con nuestras vidas:
lamentarnos o combatir.


Juan Ramón González Ortiz


 

 

 

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