El Senzar,
la lengua de los dioses.
Por Juan Ramón González Ortiz

Helena
Petrovna Blavatsky
Cuando los arios penetraron en la sagrada tierra de la India, llevaban
con ellos un considerable tesoro espiritual: un gran conjunto de conocimientos
relativos a todas las ramas o temas de la ciencia y de la religión.
Los adeptos más eminentes, también llamados rishis,
les entregaron un lenguaje sagrado y divino, el sánscrito.
El origen de este lenguaje es totalmente desconocido para todos los
estudiosos occidentales, ya sean lingüistas u orientalistas.
Incluso los jagadguru de los monasterios de Shankara se abstienen
de hablar o de opinar otra cosa que no sea lo que se narra en sus
escritos tradicionales.
En La doctrina secreta se nos dice al respecto:
“Los caracteres del devanagari, con los cuales se escribe el sánscrito,
contienen todo cuanto encierran los alfabetos herméticos caldeos
y hebreos. Además, poseen la significación oculta del
“sonido eterno” y del sentido dado a cada letra tanto en sus relaciones
con las cosas espirituales y como con las cosas terrestres. El alfabeto
hebreo consta de veintidós letras y diez nombres fundamentales,
mientras que el devanagari contiene treinta y cinco consonantes y
dieciséis vocales. Es decir, un total de cincuenta y una letras
simples, a las cuales hay que añadir innumerables combinaciones.
Por esto, lo cual el margen dejado a la especulación y al saber,
es proporcionalmente mucho más largo. Cada letra tiene en otros
idiomas su equivalente, y también lo tiene en una cifra o en
varias cifras de la tabla de cálculo. Cada letra tiene además
muchos otros significados, que dependen de la idiosincrasia o de las
características de la persona, del objeto o del sujeto que
ha de estudiarse. Igual que los hindúes pretenden haber recibido
los caracteres devanagari de Sarasvati, que inventó el sánscrito,
la lengua de los devas, o de los dioses (en su panteón exotérico),
la mayor parte de los antiguos pueblos también reclaman este
mismo privilegio en lo que respecta al origen de sus letras y de sus
lenguas.
La kábala denomina al alfabeto hebreo “letras de ángeles”,
comunicadas a los patriarcas exactamente igual que el devanagari les
fue comunicado a los rishis por los devas. Los caldeos descubrieron
sus letras escritas en el cielo, por “estrellas y cometas aún
no asentados en los cielos”, según nos dice El libro de los
nombres. Los fenicios poseían un alfabeto sagrado formado por
los entrelazamientos de serpientes divinas. El natarkhari (o alfabeto
hiératico) de los egipcios y la lengua sacerdotal (y secreta)
de los egipcios se relacionan íntimamente con el antiquísimo
“lenguaje de La doctrina secreta”. Se trata de un devanagari con combinaciones
y adiciones místicas, en las que entra en una gran parte el
idioma senzar.”
La gran Blavaysky, en su extensa obra, nos deja claro que el sánscrito
es, por una parte, la madre de todas las llamadas lenguas indoeuropeas,
y, por otra, que es una lengua surgida de un lenguaje aún más
antiguo, un lenguaje divino llamado senzar. Según La doctrina
secreta, el senzar es un alfabeto sacerdotal y la fuente única
de lo que posteriormente se desarrollará como sánscrito
arcaico.
Blavtasky nos explica que en la infancia de la humanidad era la única
lengua:
“Esta lengua secreta, común a todas las escuelas de Ciencia
Oculta, reinaba antaño en el mundo entero.”
El Génesis, aunque profundamente alterado en sus referencias
históricas, conserva grandes verdades ocultas, entre ellas
la existencia de que antiguamente existía un lenguaje único:
“Todo el mundo se servía de la misma lengua y de las mismas
palabras.”
Pero como la humanidad se preparase para construir la Torre de Bable,
Yahvé dijo:
“He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo
lenguaje; y han comenzado la obra.” (Gen. XI,1 5)
El senzar es con respecto al sánscrito lo que el alma es en
relación al cuerpo. Tenemos inequívocas señales
en todas las tradiciones y religiones a la existencia de un lenguaje
secreto reservado a los iniciados.
“Ciertos lamas, los más eruditos, y entre ellos el difunto
lama Kazi Dawa Samdup, opinan que desde las primeras edades existe
una especie de código secreto simbólico, internacional,
y común entre los iniciados, que es el que da la clave del
sentido profundo de las doctrinas ocultistas. Este lenguaje está
celosamente guardado en el seno de las fraternidades religiosas de
la India, Tíbet, China, Mongolia y Japón.”
Con respecto a los inicios de la raza aria, que como sabemos fue instruida
por los Hijos de la Luz, en Asia Central, Blavatsky nos dice:
“En ese tiempo el senzar era conocido por todos los iniciados de todas
las naciones. Era comprendido por los antiguos toltecas igual que
por los habitantes de la desaparecida Atlántida. Estos últimos
la recibieron de los sabios de la tercera raza, los Manushis, quienes
la aprendieron directamente de los devas de la segunda y primera razas.”
H. P. Blavatsky nos dice que esta lengua no pudo provenir de la humanidad
de las primeras razas, que carecían de cualquier tipo de lenguaje
articulado, sino de los instructores divinos de las razas que nos
precedieron, especialmente la raza atlante, cuyo lenguaje aparece
mencionado en antiguas obras sánscritas como rakshsibhasha
. Esta lengua cayó en la decadencia y acabó por extinguirse
completamente. El senzar solo pervivió entre los altos iniciados,
salvándose así de la degradación.
Tal y como nos dice Blavtasky, el senzar entre los altos iniciados
equivalía al sánscrito entre los iniciados arios. Los
sabios que instruyeron a Blavatsky nos comunicaron que se trata de
una lengua que no era fonética, sino que era un lenguaje pictográfico
y simbólico. En consecuencia, es una lengua que se puede traducir
a cualquier idioma, con tal de que uno esté iniciado en el
sentido que se le debe dar a cada uno de sus signos. Estos signos
son figuras geométricas y simbólicas, de colores, cada
uno de las cuales posee un sonido particular. En cierta manera, este
tipo de lenguaje se aproximaría a la representación
geo métrica conocida como el sriyantra, de la cual se pueden
derivar figuras, sonidos y colores.
Blavtasky continúa diciéndonos:
“Todos los arqueólogos y los paleontólogos conocen los
pictogramas de algunas tribus, más o menos civilizadas, que
desde tiempo inmemorial han buscado plasmar sus pensamientos bajo
una forma simbólica. Este ha sido el más antiguo sistema
para registrar acontecimientos e ideas. Ciertos signos, evidentemente
ideográficos, impresos en pequeñas hachas del paleolítico
pueden darnos una idea de la antigüedad de este procedimiento
de escritura. Unas tribus de pieles rojas de Estados Unidos, dirigieron
hace pocos años una petición al presidente del país
para que se les devolviera la posesión de cuatro pequeños
lagos. Esa petición estaba escrita en una docena de signos
que representaban animales y pájaros. Aunque los pieles rojas
americanos tienen diferentes maneras de escribir, ninguno de nuestros
actuales eruditos está familiarizado con este cifrado jeroglífico
primitivo, el cual sí que se ha conservado hasta el día
presente en algunas fraternidades. En ocultismo se le llama el senzar,
pero hemos perdido su conocimiento.”
Estas palabras pueden servirnos para recordarnos toda esa masa de
pictogramas presentes por doquier en Europa, las dos Américas,
África, Asia y Australia. Es decir, en todas las regiones del
planeta. Seguramente son variaciones o simplificaciones del primitivo
senzar. Acaso las misteriosas y gigantescas figuras de Nazca tengan
que ver también con esta lengua. Y lo mismo podríamos
decir de los intraducibles alfabetos de la Isla de Pascua.
Juan
Ramón González Ortiz