Algunos
aspectos poco considerados del crimen y del suicidio
Juan Ramón González
Todos
sabemos de sobra la trasgresión que supone el asesinato y el
suicidio. Los maestros nos han advertido una y mil veces acerca de
estas dos acciones. Las consecuencias kármicas e inmediatas
son incalculables. A veces tienen que saldarse con vidas y más
vidas trascurridas en el sufrimiento más absoluto: vidas de
dolores, anomalías físicas, inmovilidad absoluta, enfermedades
raras, deformaciones,… Por no tratar del anómalo y terrible
proceso post mortem, tan angustiado y horrible que hasta se puede
romper la ligazón con el principio superior.
No vamos a analizar estas consecuencias kármicas. No. Nos vamos
a referir a unos aspectos frecuentemente no considerados en los actos
de crimen y suicidio. Para esto tenemos que remontarnos al plano devachánico.
A medida que cada uno de los cuerpos (físico, astral y mental
inferior) van disolviéndose, en el proceso post mortem, los
tres átomos permanentes ligados a estos cuerpos (átomo
permanente físico, átomo permanente astral y átomo
permanente mental, o unidad mental) entran en estado de “dormición”,
quedando en estado latente dentro del cuerpo causal. Incluso la corriente
de vida en sus espirilos prácticamente no tiene actividad.
Agotada la estancia en el mundo celestial, o plano devachánico,
la unidad mental, o átomo mental, desciende a un nivel inferior,
el nivel del plano mental, y empieza a vibrar de nuevo. Así
pues, consumido ya el tiempo de estancia en los mundos causales, la
vida empieza de nuevo a desplegar toda su trama. La unidad mental
atrae hacia sí a la materia mental acorde a su nivel de vibración
y a su cualidad particular. Los devas del Segundo Reino Elemental
moldean esta materia en una nube en torno a este átomo permanente.
La presión de ese átomo mental y el trabajo de los devas,
van dando forma al aglomerado de materia mental.
Cuando el cuerpo mental está parcialmente formado, el átomo
permanente astral se vitaliza, entonces desciende del plano mental
al plano astral. Y se forma una nube de materia astral en torno al
átomo astral. Tenemos que tener en cuenta que estos cuerpos
se irán formando poco a poco durante la vida subsiguiente.
Esa materia que se adhiere a los átomos permanentes es una
continuación de la que poseyó ese individuo al término
de su última vida.
El cuerpo
etérico, o cuerpo energético, se forma durante la vida
prenatal: el prana o energía de la vida tiende una malla plena
de ramificaciones a partir del sutratma. Esta urdimbre es la que
mantiene y vivifica todos los cuerpos. Finalmente el cuerpo físico
se genera a partir del molde colocado en el útero de la madre
por los Señores del karma.
Ese molde
es el que dará forma, órgano por órgano, al futuro
cuerpo físico del nuevo individuo.
Según Annie Besant, los Señores del Karma, tras haber
elegido, la raza, la familia y la nación, suministran
el modelo de cuerpo físico, apropiado para la expresión
de las cualidades particulares y de las consecuencias cuyas causas
él ha engendrado. El átomo germen del cuerpo físico
de ese nuevo ser se encuentra en la cabeza de uno de los espermatozoides
del padre. Es decir, que no todos los espermatozoides son portadores
del átomo permanente físico. Es el óvulo de la
madre el que elige ese espermatozoide. El óvulo lleva
en sí la posibilidad de los dos sexos, mientras que el
espermatozoide o es masculino o es femenino.
Hasta aquí nos hemos referido tan solo al andamiaje del cuerpo,
o a la construcción de un ser humano. Valoremos el esfuerzo
de los espíritus constructores y la actividad incesante que
han de desarrollar para acumular la materia correspondiente.
Démonos cuenta de que el suicidio y el asesinato suponen la
destrucción de toda esta labor. Todo este trabajo que
ya empezó en los planos mentales, con la adherencia de los
materiales correspondientes, se ve truncado. Imaginémonos
la molestia, quién sabe si también el fastidio, de todas
estas vidas elementales.
Evidentemente, estas personas que han muerto, tendrán una nueva
oportunidad, pero, de entrada, ya han creado un contratiempo a los
espíritus constructores y ya no digamos a los agentes del Karma,
tal y como vamos a ver.
Consideremos también, ahora, lo larga y agotadora que es la
infancia. Una etapa en la que los seres evolucionados e incluso los
maestros no pueden ejercer casi ninguna influencia y por la que
forzosamente también ellos han de pasar.
A veces, incluso, los maestros solicitan a sus discípulos
que les “presten” sus cuerpos ya adultos. La infancia es larga y es
necesaria pues los distintos principios han de tomar posesión
del cuerpo físico. La mente, o mente inferior, tiene que esperar
hasta que el cerebro esté completamente disponible para que
la capacidad de raciocinio pueda ser ejercida. Y esto toma muchos
años.
El caso de un alto iniciado es totalmente diferente: no hay ningún
elemental trabajando. El principio superior es el único encargado
del desenvolvimiento de sus cuerpos desde el mismísimo inicio.
Esto hace que esos cuerpos sean muchísimo más finos
que los nuestros. Pero también supone una sobrecarga de trabajo
para su aspecto superior. Por eso un iniciado de cierto nivel no le
agrada pasar por la época de la infancia, lo que equivale
a decir repetir muchas veces el proceso de encarnación,
prefiriendo que su cuerpo físico dure todo lo posible.
Veamos ahora el aspecto kármico y veremos la complicación
y la verdadera ingeniería cósmica que supone este trabajo
por parte de los Señores del Karma.
Un ser normal de ninguna manera pude elegir ni su cuerpo ni su lugar
de nacimiento. En general estos aspectos dependen de:
• La ley de la evolución: las cualidades que un ser necesita
desarrollar son las que hacen que ese ser nazca bajo determinadas
condiciones.
• La ley
del Karma: las oportunidades de desarrollo dependen de la propia
altura espiritual adquirida a lo largo de sus vidas. Incluso podría
no merecer ninguna oportunidad, y a veces esto origina vidas
tumultuosas, complicadas y aventureras.
• La fuerza en los vehículos personales del amor y del odio
generados en vidas anteriores.
Es decir, que son leyes de tipo kármico las que en el fondo
guían la elección de la raza, del país, del
cuerpo y del ambiente social.
Un ser humano más avanzado puede, hasta cierto punto, seleccionar
el país, y la familia de su futuro nacimiento pues cuando tal
hace no tiene en cuenta para nada su situación personal ni
sus deseos, sino tan solo su misión con respecto a la evolución
de la humanidad
Tengamos en cuenta, además, que las tendencias vibratorias
que los seres humanos hemos mantenido durante nuestras vidas también
se incorporan a nuestros átomos permanentes. Estas semillas
para el futuro se llaman skandas. Estas semillas son tendencias que
están almacenadas en nuestro cuerpo causal y que, necesariamente,
se incorporarán al proceso de formación de nuestros
cuerpos. Es decir: lo que siembra es lo que recoge.
Hay que considerar ahora que existe un Karma acumulado, llamado sanchita,
o Karma acumulado desde las primeras etapas de nuestro desarrollo.
Evidentemente, en el inicio de nuestro camino realizábamos
más acciones egoístas y necias que acciones virtuosas.
Llega un momento en el que nos damos cuenta de que existen buenas
y malas acciones. Hasta ese momento las malas acciones han preponderado
en la vida personal. La educación religiosa, y la educación
en general, es la primera que hace brotar en nosotros los pensamientos
de disciplina espiritual, la necesidad del mejoramiento. Este perfeccionamiento
del individuo no afecta en nada a la masa de Karma acumulado.
Si un niño no fuese sometido al efecto de la educación
producirá un cuerpo astral en todo igual al de su vida anterior.
Incluidos esos gérmenes (no siempre buenos) o skandas de los
que hablábamos antes.
La educación es capaz de atrofiar esas simientes y hacer que
desaparezcan para siempre de la conciencia de ese niño,
liberándolo, a él y a toda la comunidad, de unos desarrollos
que podrían ser opuestos a toda evolución.
Por eso es fundamental corregir y encauzar, y a veces ser muy
severo, con los educandos. El mal uso de la educación es terrible
pues puede perjudicar de forma irremisible a muchísimos niños.
Y por supuesto a la vida en general. La crueldad, la mentira,
el cinismo, el nihilismo, el desprecio hacia la religión y
hacia todo lo que es superior que se difunden en el seno de muchas
instituciones educativas es algo peor que la caída de un enorme
meteorito.
Algunas veces, se puede elegir la cantidad de Karma que hay que experimentar
en el plazo de una vida. Esto quiere decir, que las circunstancias
muy negativas de las que continuamente uno se queja podrían
ser lo que él deseó para sí mismo con la intención
de acelerar su progreso.
Los Señores del Karma nos dan a cada uno la cantidad de Karma
que precisamos para el corto término de una vida. Esto supone
que estos Señores seleccionan una cantidad de Karma. A esto
se le llama prarabda, o Karma maduro.
Teniendo esto muy en cuenta, los señores del Karma reorganizan
los cuerpos mental, astral y físico.
Blavtasky (en su obra La clave de la teosofía) nos dice
que “los Señores del karma no son un mito, ni tampoco unos
seres simbólicos. Son entidades altamente inteligentes que
aplican la Ley en interés de la humanidad, y así permiten
al ser humano hacerse plenamente autoconsciente, con confianza
en sí mismo, en el sentido oculto del término, y convertirse
en un ser creador gracias al conocimiento perfecto”.
La selección del Karma maduro es una actividad complicadísima,
al menos para nuestras mentes. Hay que considerar no solo en cuenta
la época, la familia, el ambiente relacionándolos no
solo entre sí sino también con el individuo que va a
encarnar.
Puesto que el ser humano es libre, puede ocurrir que el Karma seleccionado
para esa determinada se agote antes de lo que pensaban los Señores
del Karma. En ese caso, hay que preparar más Karma y asignarlo
a ese ser extraordinario.
Naturalmente, una parte del Karma maduro ha de expresarse a través
del cuerpo físico...
En el caso del ser humano común parece que hay una cierta
continuidad, vida tras vida, en su apariencia personal. Pero
otra parte, una cantidad de Karma maduro aún mayor que
la anterior, es la que indica el destino que va a presidir su vida.
Es lo que llamamos, por ejemplo, “buena suerte” o “mala suerte”.
Esta parte de Karma se fija en el plano mental y se descarga en cuanto
aparece una oportunidad. A veces afecta el plano físico, a
veces el plano astral y a veces al plano mental.
Este es el Karma al que se accede a través de la astrología.
En el ser humano común este Karma se descarga hasta vaciarse
del todo, como si fuera una programación ya escrita de antemano,
aprovechando los momentos astrológicos que coinciden con determinadas
circunstancias.
Por eso en el caso de un ser humano común, la carta astral
y el horóscopo son una información importantísima.
Pero si ese humano está lo suficientemente avanzado y,
aunque no lo esté, si sabe que la fuerza de voluntad puede
modificar las líneas del destino, esa vida no seguirá
por los derroteros marcados por la astrología.
A veces es tan fuerte la voluntad del individuo que este Karma no
llega a vaciarse del todo, entonces lo que queda sin vaciar pasa a
integrar el Karma acumulado, o sanchita, liberándose del Karma
maduro, o prarabda.
Este Karma es el que fuerza y determina el nacimiento en el mundo,
pues es preciso escoger las influencias planetarias adecuadas para
que este Karma funcione.
Llegados a este punto, los maestros nos aclaran que no son los astros
los que seleccionan el temperamento kármico, sino que es al
revés: es el temperamento kármico el que selecciona
el momento astral o estelar correspondiente.
En cuanto al momento de la muerte, Blavatsky nos informa de que en
la vida de cualquier persona hay varios “puntos de muerte”, o puntos
abiertos a la muerte. Concretamente, ella habla de siete puntos de
muerte. Según la realidad de la vida de ese individuo o las
modificaciones que haya logrado introducir en su vida, se decidirá
o no aprovechar ese punto.
Cuando el ser humano llega al nivel de adepto, todo el Karma está
ya liberado. Su aspecto físico sigue siendo su aspecto
de siempre pero en forma glorificada.
Contemplemos
ahora el error que supone desbaratar toda la obra de los Señores
del Karma. Aún es peor cuando se trata del suicidio, pues el
suicidio supone una negativa a vivir y a liberar el Karma que nos
han seleccionado para nuestra encarnación. Si así hacemos,
no solo se posterga el cumplimiento del mal sino que encima se agrega
un Karma aún peor.
Démonos cuenta de todo el trabajo enorme que requiere preparar
un ego, y a esto añadámosle el larguísimo período
de la infancia, en el cual nuestros principios van controlando (más
o menos) los nuevos vehículos.
En el tema del suicidio (dejando claro que no todos los suicidios
son iguales), es necesario decir que es un crimen terrible porque
niega al ser humano la necesidad de vivir la propia experiencia, que
él mismo aceptó y por cuyo motivo reencarnó
en los planos físicos.
En definitiva: el suicidio y el crimen, rompen por completo el curso
de la evolución y suponen un gravísimo trastorno en
el sistema, inimaginable por nosotros. Supone destruir y dilapidar
la economía de medios con la que trabajan todas las jerarquías
constructoras y, por último, supone tirar por tierra el esfuerzo
de los Señores del Karma en conformar unos cuerpos y en esperar
una oportunidad cósmica.
Museo Samurai de Kyoto
A. G. G.
Me gustaría ampliar un poco más el tema del suicido,
por la importancia que tiene actualmente, debido a la naturalidad
y a la frivolidad con la que se trata públicamente esta acción.
Me limitaré tan solo a trascribir algunas citas de autoridad.
Blavatsky nos dejó escrito (en Collected Writings, vol. 4)
lo siguiente: “[El suicidio] Aun más que el asesinato, nunca
está justificado, sin importar lo deseable que pueda parecer.
El ocultista que ve el origen y el fin último de las cosas,
enseña que el individuo que afirma que cualquier hombre, bajo
cualquier circunstancia, tiene derecho a poner fin a su vida, es culpable
tanto de un gran agravio, como de haber fabricado un peligroso fragmento
de engaño, exactamente igual que la nación que asume
el derecho de matar en la guerra a miles de gentes inocentes bajo
el pretexto de vengar el mal hecho a uno” (…). “Ningún ser
humano tiene derecho a poner fin a su existencia simplemente porque
juzgue que esta es inútil. …En la mayoría de los casos,
hay mucho más valor en vivir que en morir… Cualquier cosa es
mejor – incluso ser llamado loco filántropo – que cometer suicidio,
porque este es el más pusilánime y cobarde de los actos,
a menos que se recurra al suicidio en pleno ataque de locura”.
En Cartas de los Mahatmas, el Maestro Kuthumi nos dice (carta 16):
“Los suicidas que esperando locamente escapar de la vida [con asombro
descubren que] se hallan aún vivos [a nivel sutil], y que tienen
suficiente sufrimiento en reserva para ellos proveniente de esa misma
vida. Su castigo está en la intensidad de esta última
[es decir, en la reserva de sufrimiento que siguen experimentando
en el Más allá]”. No olvidemos que el cuerpo físico
absorbe mucho sufrimiento y mucha energía negativa. El suicida,
sin el elemento intermedio que para la sensibilidad significa el cuerpo
físico, se encuentra solo, con toda su sensibilidad dispuesta
en grado máximo, frente al sufrimiento, por lo menos hasta
que se consuma la cantidad de tiempo de vida que se le asignó.
En Cartas de los Mahatmas (carta número 16), se nos dice: “La
regla es que una persona que muere de muerte natural permanecerá
desde unas cuantas horas hasta varios cortos años en el KamaLoka
[el plano astral]. . .[Pero un suicida] que estaba destinado a vivir
digamos, 80 o 90 años y que se mató a los 20 años
tendrá que pasar en KamaLoka, no solo unos cuantos años,
sino en su caso, además 60 o 70 años como un fantasma
caminante de la tierra”
Blavatsky nos dice (en Collected Writings, vol. 3) de los suicidas
que: “Cuando llega la hora de la liberación, el alma, no habiendo
aprendido nada y habiendo perdido en su tortura mental el recuerdo
de lo poco que sabía en la Tierra, es violentamente arrojada
fuera de la atmosfera terrestre y llevada a la deriva presa de la
corriente ciega que la obliga a efectuar una nueva encarnación,
pero el alma es incapaz de escoger como de otra forma lo hubiese hecho
con la ayuda de sus buenas acciones [durante su estancia en Devachan]”.
Finalmente, una última cita de Cartas de lós Mahatmas
(carta 16): “El acto arrebatado les ha hecho (a los suicidas) perder
su séptimo y sexto principios [su parte divina, atma y buddhi],
aunque no para siempre, ya que pueden recobrarlos. Desafortunadamente
en vez de aceptar su castigo y aceptar sus oportunidades de redención,
frecuentemente [durante las sesiones espiritistas] se les hace que
lamenten la vida tentándolos para recobrar su disfrute a través
de medios pecaminosos.
En KamaLoka,
la región sutil de los deseos intensos, ellos pueden satisfacer
sus anhelos terrenales solo a través de un substituto vivo,
y al hacer esto, a la expiración del término natural
[de lo que habría sido su vida en la Tierra], ellos pierden
generalmente para siempre su monada… Ellos son los Pisachas de la
India, los Íncubos y Súcubos de la época medieval.
Demonios sedientos de gula, lujuria y avaricia, llenos de astucia,
maldad y crueldad intensificadas [al ya no ser guiados por la monada].
Provocan a sus víctimas a cometer horrendos crímenes
por los cuales se divierten y se deleitan.
Ellos no solo arruinan a sus víctimas, sino que estos vampiros
psíquicos sostenidos por el torrente de los impulsos infernales,
por fin al cierre determinado de la que habría sido su periodo
natural de vida, son llevados fuera del aura de la Tierra, a regiones
en donde por muy largo tiempo, tiene que aguantar un intenso sufrimiento
[debido al karma negativo que se generaron en el astral] que
termina en los caso más graves en la destrucción total.
Si solo supieran esto los médiums y los espiritistas, que
con cada nuevo “espíritu” al que le dan la bienvenida con arrobamiento,
ellos están tentando a este último a que caiga en una
Upadana [deseo de recuperar su vida física] que será
productora de una serie de males inenarrables para el nuevo Ego que
nacerá bajo su nefasta sombra, y que con cada sesión
(especialmente las de materialización) ellos multiplican las
causas de miseria”.
Juan Ramón
González