Suicidio
y Budismo
Juan Ramón González Ortiz

La cuestión de la muerte está en la entraña misma
de la aventura humana. No erraríamos si dijéramos que
el budismo trama su red de luz a partir de la contemplación
de la vejez, la enfermedad y la muerte. Sobre todo, la muerte. No
hay religión alguna que haya profundizado tanto en el hecho
de la muerte como el budismo.
El suicidio
en las religiones ha sido muy estudiado ya que en las religiones monoteístas
el suicidio tiene la categoría del más execrable de
todos los crímenes. Pero en otras culturas, la muerte voluntaria
no tiene nada de criminal ni de vergonzante. Los romanos, por ejemplo,
se suicidaban por motivos políticos, o para ejemplarizar, o
como una salida digna a la vejez, o, como en el caso de Lucrecia,
para promover una revolución. Lo mismo pasa en la religión
sintoísta, cuyos practicantes no sienten el suicidio como
algo criminal.
Como no podía ser menos, el budismo se opone a la práctica
del suicidio. La muerte autoprovocada es una mala acción
y está prohibida. Por tanto, el suicida perjudica su evolución
espiritual sufriendo las consecuencias kármicas por
su abominable acción. El budismo advierte también
de que el sufrimiento derivado de esta acción no solo
se purifica a través de vidas y vidas de nacimientos desventajosos,
en circunstancias dolorosas, sino que también nos habla de
la existencia de planos dedicados a la expiación en los que
la vida es muy dolorosa.
A pesar de todo, como religión absolutamente compasiva que
es, entiende que es imposible determinar, e incluso adivinar, las
causas de una decisión tan terrible. Por eso el budismo se
abstiene de juzgar a un suicida. A veces esas causas son muy misteriosas,
casi incomprensibles, y radican en vidas anteriores, o en el bardo,
que es el espacio intermedio entre dos encarnaciones, es decir, el
mundo del más allá. Por ejemplo, un familiar quiere
entrar en contacto con nosotros, pero nosotros no le respondemos.
Esto nos provoca un difuso y extraño malestar anímico,
agitación, y sensación de bloqueo interior. Esta situación
podría transformarse en una depresión, cuyo resultado
podría ser muy adverso.
Por eso el budismo advierte de que para poder entender a un suicida
es necesario remontarse en el tiempo a varias vidas anteriores. Si
no, es imposible conocer en profundidad las causas de la crisis.
El budismo distingue dos tipos de suicido: un suicidio llamado “heroico”,
abierto a muy pocos individuos, prácticamente solo a personas
muy divinizadas, y, otro tipo más común, el suicidio
“egoísta”, por emplear la terminología de Dürkheim.
Siempre se ha discutido mucho si la muerte del Buda fue un suicidio,
pues quiso comer las setas que el herrero Chunda le preparó
como agasajo, a pesar de que supo enseguida que eran venenosas.
El Buda aceptó la invitación, pero prohibió a
los demás seguidores que probaran la comida. Como consecuencia,
el Buda murió. Otras leyendas nos cuentan que el Buda ya había
elegido el día en él iba a morir. También nos
cuentan cómo Mara intentaba persuadir al Iluminado para que
acabase sus días mucho antes.
El punto de partida del budismo es la constatación de que la
existencia es dolorosa y de que la tristeza es el dolor que hay que
pagar por la existencia. Desde este punto de vista, no hay nada más
deseable para una persona que sufre que anonadarse en la muerte, en
la nada: volver al estado de no nacido. El budismo entiende como
ninguna otra religión el dolor de haber nacido. No solo lo
entiende, sino que filosofa sobre él y proclama una solución.
Pero eso no quiere decir que disculpe el suicidio, aunque se esfuerce
por comprenderlo. De hecho, popularmente se admite que el
budismo es la religión cuya postura ante el suicidio es la
menos intransigente.
Para el budismo hay mucha semejanza entre el deseo de inmortalidad
y el deseo de mortalidad. Según el budismo, el deseo de existencia
más allá de la muerte no tiene nada de espiritual, sino
que es una sutil forma de apego a la vida terrestre. Es decir, que
el anhelo de existencia ultraterrena no es sino otro deseo de existencia
condicionada, solo que ese deseo de inmortalidad es un apego un poco
más refinado.
El deseo de mortalidad, la “pulsión de muerte”, no es sino
un deseo que surge de la decepción ante la existencia. Es una
especie de asqueo o de molestia ante una existencia que no nos satisface.
Pero entregarse a esta pulsión no es forma de acabar la vida.
Viene a ser algo así como cuando jugamos al ajedrez y nos vemos
acorralados y próximos al jaque mate, entonces, lanzamos por
el aire el tablero, las piezas y hasta la mismísima mesa sobre
la que jugamos. Es un acto estúpido, sin sentido y que nos
denigra.
Existen varias historias en las que el Buda disculpa el suicidio.
Una de estas historias, tal como nos cuenta el Samyutta Nikaya,
hace referencia al suicidio de Godhika, de Vakkali y de Channa, que
estaban muy enfermos. Estos tres suicidios, y un suicido colectivo
de unos monjes, seguidores del Buda, que optaron por suicidarse tras
un sermón, encendieron una interesante casuística que
se prolonga hasta hoy en día. El Buda en persona exoneró
a los tres monjes de cualquier responsabilidad en cuanto al suicidio,
indicando que estaban a la puerta del nirvana. Cuando Channa iba a
suicidarse, Sariputra lo sometió a un interrogatorio, obteniendo
la conclusión de que era un verdadero arhat que estaba en posesión
de la visión trascendente. Apenas, el monje se vio solo de
nuevo se suicidó con un cuchillo.
Este es el suicidio “heroico” del que hablábamos al principio.
El Majjhima Nikaya nos cuenta que en el caso del suicidio colectivo
de los monjes, el Buda le explica a Ananda que entre esos monjes suicidas
había arhats, que no han cometido ningún crimen, monjes
avanzados, que han conseguido alguna oportunidad, y monjes normales,
que se enfrentan a un destino incierto. Un comentarista, Bhikku
Bodhhi, nos explica que el Buda era consciente de que tras su discurso
sobre la impureza esos suicidios eran inevitables, pues esos
monjes kármicamente estaban ya inducidos a tomar esa decisión.
Sin embargo, el Buda intentó atenuar los efectos de esos
inevitables suicidios.
Modernamente, en el antiguo Vietnam del Sur, se sucedieron unos suicidios
de monjes budistas que se incineraron con gasolina en plena vía
pública. El primero de todos ellos fue el del monje Thich Quang
Duc. Es espeluznante y grandioso a la vez contemplar en la fotografía
su imagen recta y enhiesta, erguido sobre las furiosas llamas que
superan su cabeza. Ni un solo grito, ni una queja, ni una mueca de
dolor…. Incluso después de muerto, carbonizado y ennegrecido,
es asombrosa la serenidad de su rostro.
También hay que reseñar que, a pesar de que los medios
informativos han optado por no informar de estos casos, desde el año
2009, más de 110 tibetanos se han suicidado por el fuego para
protestar contra la política que Pekín impone en el
Tíbet.
Estos monjes vietnamitas, antes de inmolarse, prohibieron formalmente
a sus discípulos que les imitasen y que les siguiesen por medio
esta práctica. Hay que decir que estos monjes estaban plenamente
convencidos de que esta acción no era un suicidio sino que
era un sacrificio emprendido para el bien de la humanidad. Esto es
muy importante, pues el budismo, como el cristianismo, da muchísima
importancia a la motivación altruista, ya que la intención
es la que clasifica al suicidio como “heroico” o como “egoísta”.
Todos los demás suicidios que no se realicen por sabiduría,
se consideran como un crimen, mejor dicho, como un “mal crimen”. Porque,
la verdad, el suicidio no soluciona nada: no solo no pone fin a la
vida, puesto que esta se prolonga, sino que además añade
un muy pesado karma, e incluso la negatividad ligada al acto
mismo de matarse continúa en la siguiente vida manifestándose
como desesperación, miedo, culpabilidad, torpeza, confusión
(si hubo intoxicación por fármacos), violencia
(si la muerte fue por ahorcamiento, arma de fuego, …), etc.
El budismo afirma que obtener un nacimiento humano es una oportunidad
rarísima y por eso no hay que atentar de ninguna manera contra
el don de la vida humana. La sabiduría budista ejemplifica
la inigualable oportunidad de obtener una encarnación humana
con el símil de una tortuga que nada sumergida en los mares
del planeta Tierra. Cada mil años, en algún lugar de
los océanos, esa tortuga asoma la cabeza para respirar, pues
bien, la probabilidad de conseguir un nacimiento humano es la misma
que esa tortuga encaje su cabeza en un salvavidas, que flota a la
deriva, en el preciso momento de asomarse por encima del agua.
El budismo desarrolló una maravillosa explicación sobre
la estructura psicológica del ser humano. Este se resume,
de forma grosera, sin sus principios superiores, a un sumatorio de
formas, sensación, percepción, composición
física y consciencia. Pero a estos cinco agregados se le superpone
la sed. Y esta sed se manifiesta en tres aspectos: sed de placer,
sed de existencia y sed de destrucción.
La sed es elemento principal que impulsa a cualquier ser vivo al perpetuo
ciclo de muerte y renacimiento. De hecho, la sed es la que mantiene
unidos los cinco agregados que forman al ser.
La sed de destrucción (Vibhavatanha) es la que origina el suicidio.
Cuanto más se desespera uno en la vida más se incrementa
el deseo de destruir. El budismo insiste en que el sufrimiento es
connatural al hecho de vivir y que el impulso de destrucción
no es la correcta manera ni el correcto camino para salir del dolor
de la existencia.
Esta sed de destrucción se exacerbó en la filosofía
estoica, que siempre vio con buenos ojos la máxima austeridad
y el suicidio. Sin embargo, el budismo añade un matiz importantísimo,
y es la consideración de que el suicidio no proporciona
ninguna a salida a ninguna situación, pues el samsara y los
nacimientos ulteriores van a seguir produciéndose y las consecuencias
de un acto inmoral van a prolongarse durante muchas vidas.
El gran santo y poeta Milarepa nos dice: “Si tú mueres antes
de que tu tiempo se cumpla, cometes un crimen semejante al de matar
a un dios. Los sutras nos dicen que no hay crimen más horrible
que acabar con la propia vida. Puesto que ya lo sabes, renuncia a
provocar tu muerte”.
A pesar de todo, como ya hemos visto, el budismo admite una restricción:
la del individuo que ya está más allá tanto de
la vida como de la muerte. Y este tipo de individuo no es el ser humano
común y ordinario. El budismo se refiere a un tipo superior
de persona, aquel en el cual el Yo superior, la conciencia búdica,
ya está despierta. Si la conciencia búdica ya está
activa, ese practicante no puede suicidarse por fastidio, por hartura,
por depresión, por molestia, por incomprensión del género
humano. Se trata de un suicidio altruista que solo se podría
emprender en ciertas condiciones que lo justificasen, por ejemplo,
ante una enfermedad grave o terminal. Estos son los únicos
individuos que solo en ciertos casos podrían elegir la
iniciativa de autodestruirse.
Hay otro tipo de suicidio “heroico” que es el que se emprende para
no cometer el mal. Por ejemplo, cuando uno es obligado por otros
a cometer un crimen o se le fuerza para torturar a otro. La tradición
búdica mantiene el relato del hijo de un carnicero que, debiendo
sacrificar a unos animales, por exigencia de sus padres, empleó
el cuchillo del sacrificio para darse muerte a sí mismo. Un
comentario muy pío y edificante añade que este
joven “en el momento de morir tomó nacimiento en la Tierra
Pura de los dioses”.
Frente a estos suicidios “heroicos” que alcanzan las tierras imperecederas
de los budas, queda el suicidio común, el que al principio
denominábamos “egoístas”. Las normas budistas avisan
de que, al contrario de lo que pasa en el suicidio sublime, un suicida
normal queda sometido al campo de atracción de la Tierra y
de su corrompida atmósfera hasta que queda cumplido el
tiempo de vida que tenía asignado. El problema es aún
mayor para las almas de los suicidas que, durante su vida terrestre,
estaban controlados por personalidades llenas de instintos,
vicios, egoísmo y odio. En tales individuos, que poseen un
muy potente cuerpo de deseos, los cuales no se han agotado, la voluntad
va a dirigirse en una sola dirección: establecer contacto
con el plano de las sensaciones, tan cerca y a la vez tan lejos de
ellos. Estas almas ávidasy errantes (son los espíritus
hambrientos o pretas de la teología budista) buscan desesperadamente
una puerta de entrada del mundo que han abandonado. Las más
pasivas de estas almas se contentarán con rondar por los lugares
de diversión, de excitación sexual, o de perversión,
donde el alcohol corre en abundancia y donde los deseos se desatan
sin freno. Otros se dejarán aspirar por la invocación
de un médium durante una sesión de espiritismo.
Otros intentarán penetrar dentro de una persona que sufre una
crisis de “delirium tremens” y que, por tanto, ha aflojado el control
de su conciencia propia. Incluso otros llegarán a introducirse
en el cuerpo de deseos de un animal a fin de poder vivir, de
forma vicaria, toda una gama de sensaciones.
Esto es más notorio cuando el suicida es un joven, y, naturalmente,
estaba repleto de deseos y de ambiciones. Por instinto, esta
alma, buscará ávidamente retomar el contacto con
las sensaciones. Por eso se llaman “espíritus hambrientos”
y “espíritus sufrientes”. Al estar tan cerca del plano físico,
pueden llegar a obsesionar a algunos vivos, tal como nos cuenta Guy
de Maupassant en ese estremecedor cuento suyo que es El Horla. No
solo buscan el contacto con los vivos sino que incluso, habiendo adquirido
en vida cierta fuerza de voluntad, pueden provocar esos fenómenos
tan conocidos por los médium: desplazamiento de objetos, apariciones
luminosas, ruidos de pasos, …
Antes
de acabar, tiene que quedar muy claro que el budismo considera malo,
en todos los casos, el suicidio. Tan solo, en seres muy sabios y que
han alcanzado el Despertar, una vez que llegan a una vejez miserable
o que padecen una enfermedad incurable, pueden decidir acabar con
sus vidas, pues de hecho ya viven en la conciencia del Buda.
En los demás casos, el suicido es una acción negativa
que esclaviza a la persona a un karma muy negativo en sus posteriores
encarnaciones.
También es cierto, que en el budismo el suicidio no es muy
diferente a otros crímenes y entiende que en su origen
está el karma de vidas pasadas y la sed de destrucción,
que viene impresa en la estructura psicológica de todo
ser vivo. La única solución es comprender el decepcionante
juego de la vida social, corregirnos interiormente, superando
la fuerza del deseo, y vivir rectamente según el óctuple
sendero
Recordemos, finalmente, un viejotexto budista que dice,
“No existe
crimen alguno, no existe crueldad alguna
que una verdadera y sincera práctica no pueda purificar”
Juan Ramón González Ortiz