Tito
Lucrecio Caro en el recuerdo de la Locura
Juan
Ramón González Ortiz

La historia que aquí te presento ha estado mucho tiempo guardada
en un cajón o en el fondo de una estantería atestada
de estúpidos volúmenes.
Esta narración me la remitió su autor a petición
mía cuando yo le interrogué sobre la verdad de la locura
que le acometió a Tito Lucrecio Caro en los últimos
años de su vida.
Creo que incluso sus ilustres amigos, y hasta sus familiares, se referían
también a este estado de demencia sin ningún tipo de
eufemismo.
El autor del escrito que ahora vas a leer conoció a Lucrecio
y estuvo a su lado hasta que el poeta decidió irse. Y eso fue
cuando descubrió que nada de lo que había en la tierra
era ya suyo, ni la primavera, ni el pan, ni la luz.
El hombre que escribió la carta que te voy a entregar, benevolente
lector, lloró y rio junto a Ovidio, a quien fue a visitar a
la prehistórica Tomis, después de un viaje de varios
meses a los límites del mundo; y también estuvo junto
al divino cantor del río Ofanto; y junto a aquel otro que nació
en Mantua, y también junto a muchos otros, de aquí y
de allá.
Yo le conocí en uno de mis paseos a la cueva del Monte Palatino,
adonde acudía, con obsesiva puntualidad, atraído por
algo indescifrable, casi cada tarde. Él también iba
con la misma frecuencia que yo. Así que un día, precisamente
en la oscuridad de la caverna, junto a la sagrada higuera, donde todo
empezó, y mirando, una vez más, el mismo viejo río
que acunó a los dos gemelos divinos, decidí hablarle.
Iniciamos, así, una larga amistad. Él me contaba de
primera mano, siempre que nos veíamos, cientos, miles de historias
y sucesos de Marcial, Columela, Celso, Tibulo, Propercio, …
Ignoro el actual destino del autor de la presente narración
que ahora tienes entre tus manos. Casi con toda seguridad, ahora estará
en los campos de paz pura. Y mejor que así sea pues nunca me
perdonaría el que sacase a la luz pública estas sus
páginas. Como te he dicho, las he tenido olvidadas durante
muchos años, hasta que mi buen amigo Furio Cestio consiguió
que las exhumase del silencio en el que yacían, con la boca
tapada por el tiempo y por el sinsentido de los escritos oficiales
y las comunicaciones burocráticas.
En fin, nada más por mi parte. Te dejo con la historia.
*
* * *
Sé que los recuerdos van a azotarme como nunca en mi vida,
sé que antes de que la Aurora me rinda a sus pies lloraré
callada y tiernamente, y sé, también, que la noche de
hoy será muy larga: he decidido tomar la pluma para que la
justicia y la verdad triunfen.
Nunca he escrito más allá de una carta, siempre intencionadamente
anodinas y vulgares, y en un estilo común, ad usum scholarum.
Los dioses, que tan buenas bazas me dieron para que yo me crease vicios
y levantase dificultades para mí y para los demás, me
desposeyeron de todo encanto en lo que respecta a cualquier arte.
La indiferencia de la naturaleza y ver cómo esta prefiere a
los que son más indignos y débiles me ha hecho sufrir
mucho, y considerar el origen de toda esta infelicidad me ha llevado
a ser un pequeño filósofo. ¿Cómo, si no,
puede entenderse que Ahenobarbo, además de cruel y amancebado,
fuese un afamado tañedor de arpa o que el bestial Tigelino
improvisase, por doquier, en cualquier parte, versos tan excepcionales
que merecían que quien los escuchase se rasgase la toga poniendo
como testigo de su acción a los divinos autores?
Así pues, la vida me ha transformado en un ser pensativo y
lento. Casi todo me es indiferente, y el hecho de tomar tintero y
pluma es para mí un triunfo sobre las fuerzas de la disolución
que me cercan y que, a veces, rondan mis huellas.
Voy a empezar con mi relato antes de que las luces de la mañana
vengan a sacudirme de mi estupor. No quiero demorarme en decir lo
que debo.
Yo fui el último a quien habló, desde los arrabales
ya de la locura, con los ecos casi de la muerte, Lucrecio, en aquel
hospital en el que recaló al final de su travesía por
la vida.
Yo fui el último que le escuchó antes de que se sumergiera
en el océano de la sinrazón. Y por tanto yo sé
su secreto, nadie más ha penetrado en él. No hablo con
arrogancia ni vanidad. Las cosas son así de simples. Os vuelvo
a decir que las reacciones mundanas me son tan indiferentes como el
rastro que pueda dejar una nube cuando navega, libre, en el aire helado
de la mañana. Al fin y al cabo, podéis opinar de mí
lo que queráis: ni yo os necesito ni vosotros a mí.
Estamos en paz.
Yo ya había conocido a Lucrecio en mis tiempos de estudiante.
En aquellas tertulias, verdaderos cenáculos de narcisismo,
oyendo las romanzas de algún poeta exaltado por el vino, el
hambre y la desdicha, vinimos a sentarnos uno al lado del otro. Y
yo gozaba en secreto con la cercanía de aquella inteligencia,
siempre silenciosa en mitad del vendaval de las gargantas vacías.
¡Las gargantas vacías, las cuerpos vacíos, las
almas vacías ! Yo siempre supe, Lucrecio, que el más
inteligente de todos aquellos primorosos cantores de Euforión
eras tú.
Y el tiempo me demostró que no me había equivocado.
Porque tú fuiste el único que decidió salir de
la vida en posesión de su honor, y no de su fama.
Porque igual que los ríos llevan y llevan el agua dulce a la
mar sin que esta altere en nada su sabor así te comportaste
tú una vez que el mundo te sacudió de su abrazo como
quien se golpea el manto para que caiga al suelo un parásito.
Cuando tú desataste, voluntariamente, sobre ti aquello que
las gentes llaman locura y calamidad no dejabas de sonreír
y te tocaba consolar a los demás de las desgracias que han
venido o que estaban por venir.
Mi primera visita al hospital de los locos fue muy complicada pues
los terapeutas me habían negado el paso aduciendo que había
que mantenerte alejado de tus recuerdos, ¡como si uno pudiera
huir de su pasado! Allí vivías, encerrado, como un esclavo
de cualquier César en el Tulianum. Un médico, en una
de las entrevistas que te habían permitido, fue junto a ti
y te informó de mi insistencia. Y tú reaccionaste casi
con ira – esos físicos no hubieran consentido en que te emocionaras
visiblemente – y exigiste mi presencia. Y así fue cómo
un hermoso y desnudo día de enero, glacial y limpio, como a
ti te gustaban, con el sol brincando en las puntas metálicas
de las aristas de los templos, entré en tu última morada.
A punto ya de venir las cigüeñas con las que tanto habías
fantaseado cuando escribiste aquellos versos sobre Ifigenia.
El valetudinarium estaba lejos, más allá de la Puerta
Salaria, el lugar maldito por donde habían entrado todas las
invasiones en Roma. Y tenía un sencillo aire a posada de vendedor
ambulante, o de poeta pobre, o de plebeyo con pretensiones fracasado,
o de estudiante nocherniego. No era como aquella morada donde se hizo
internar el solitario de Capri: doce palacios juntos, con salas para
tañer y cantar, bibliotecas, piscinas y terrazas abiertas al
horizonte azul y perfumado del mar Tirreno.
Lo tuyo era todo eso, pero en una sola habitación. Aquello
era tan humilde…, era como la pobre casa en la que bien pudieron habitar
con sencillez Deucalión y Pirra.
Cierro lo ojos y recuerdo los pasillos de aquel hospital, atestados
siempre de gentes devorando infames golosinas baratas: pastillas de
barro con formas de animales a las que les habían dado sabor
a miel y a frutas, pieles de ratoncillos curtidas y agradables de
roer, vino de la pestilente Escitia hecho con vísceras de reptiles,…
El hálito ardiente de las verduras cocidas... Rumores y risas…
Y como una bandada de mariposas, como infantiles gallináceas,
de pronto, entraban atropellándose un montón de ofuscados.
Yo aparentaba mucha fortaleza y virtud mientras me preguntaba por
qué suceden tantas adversidades a los espíritus buenos.
Me acerqué a un vigilante. Y le di mi autorización y
él me tendió una lista para que firmase. Leí
tu nombre y di las gracias. Fue entonces cuando vino hasta mí,
despacio y solemne, como los albatros insaciables que seguían
los barcos de Jasón, un juvenil alienado y me dijo que había
visto cómo se me había acelerado el corazón al
leer un nombre y que en eso había sabido, en el acto, o que
era un enamorado o que esperaba y necesitaba con ansia a alguien.
El jardín tenía en su centro una especie de palacete
venido a menos. Porque allí todo estaba venido a menos. Las
ruinas te cercaban, Lucrecio, sólo tú resistías.
Sin marchitarte, sin heridas ni temores. Indómito e inamovible
en la llanura helada. Simplemente, ignorando todas aquellas adversidades:
¡que la diosa de la Fortuna te tenga ahora en sus impalpables
llanuras de flores!
Y ahora que los favores sobrepasan en tu conciencia a todos los demás
asuntos quizá, sonriendo como antes, me mires admirado aún
por no haber realizado en mi vida aquello que tantas veces me decías:
el cuerpo es quemado, mordido y recibe el dolor, pero la energía
que late en la vida es intrépida e inquebrantable.
Una de las veces que fui a visitarte te vi caminando entre los locos,
como Hércules sentado entre niños, porque ellos te adoraban,
y te admiraban. Estabas junto a ellos, y ellos te seguían felices
de que estuvieras allí. Y, de repente, tuve la visión
de un Eneas vengador, al frente de un ejército de locos, de
alterados, de tristes, ofuscados, leprosos e infectados. Y te vi lanzado
a la conquista del mundo capitaneando las tropas de los pobrecitos
e inocentes que lloran, y vi que los exploradores eran ciegos, y que
los arqueros eran mancos, y que los jinetes no tenían piernas,
y que los heraldos eran mudos, y que los infantes estaban cubiertos
de lepra y no podían con el peso de la espada. Y te vi con
el semblante animoso y brillante como si la mismísima corona
de Prometeo hubiese florecido sobre tu frente de héroe. Y vi
que el cielo se cubría con una borrasca azul y rosa precursora
del incendio de la fraternidad humana, y es que la Edad de Oro vendrá
porque gentes como tú lo han querido. Y vi a la Humanidad en
marcha, lenta y agachada, y vi que explotaba el cielo, emborrachado
de nubes grises, y que se rajaba súbitamente, en un parto gigantesco,
crepitando en el insoportable huracán de aquel fuego apocalíptico.
Y me quedé mirando …. El tiempo, … ¿cuánto tiempo?...
¿Qué pasó con el tiempo?
Cuando recobré el tino, estabas junto a mí, mirándome,
con un deshilachado manto verde, delicadamente echado sobre los hombros,
porque el verde es el color de los locos, acaso porque verde es el
color de los ojos de Atenea.De nuevo, como siempre, sonriendo, me
dijiste, “¿lo has visto, verdad? “
Y, aunque todavía sonaba junto a mí el rumor todopoderoso
de aquel ejército sagrado, respondí, ensordecido, asintiendo
con la cabeza. Los años iban pasando, y tú ya habías
optado por la vida subjetiva. Y sé que, finalmente, ante el
tribunal de tu corazón hubiste de enfrentarte al último
dilema. Y yo sé que elegiste renunciar a la razón. Porque
escogiste vivir en los planos más sutiles, escogiste el silencio,
el silencio creador, el silencio dinámico que nos proyecta
más allá del torpe círculo de carne de nuestros
exhaustos cuerpos, convirtiéndonos en verdaderos hijos de los
Titanes que bajaron directamente desde el ardiente Sol.
Las visitas se iban espaciando, y acabaron siendo casi imposibles.
Te cercaba un ejército de boticarios y médicos. Pero
ellos, empapados, embalsamados, en cosméticos, perfumes, tintes,
aliños, togas y adornos, vivían en el más turbulento
de los odios y no se daban cuenta, explotando en sus acalorados debates
huecos, que la propia Vida, hastiada de ellos, ya los había
condenado al desgaste rápido y a la saciedad.
En cambio, allí estabas tú. Frente a todos. Mimado en
silencio por tus tropas de perturbados y pobrecitos, largo en tu cuna,
plantando cara al barro y a la lluvia, y acariciabas calladamente
los blandos rizos de un demente cuya cabeza descansaba en la concordia
de tus nudosas manos. Parecía que el final se acercaba y que
tu cuerpo ya enfilaba el camino que le llevaba a su propio fin. Entonces
me dejaron ir y venir a mi antojo.
Ya no había nada que temer, porque el movimiento de tu alma
era hacia la inmortalidad. Recordé aquellas palabras que alguien
me dijo, como santo y seña, durante un cambio de guardia, en
una noche de guerra cuando estuve en la terrible frontera del Este,
y que tan a menudo me he repetido: “toda angustia, todo temor, son
deshonestos “. La eternidad te arrastraba con un poder imparable,
avasallando esos tristes hierros, esas tristes hierbas que, cada vez
con menos entusiasmo, te entregaban esos tristes médicos. Porque
tú ya te preparabas para tu día de victoria verdadera.
Una tarde me senté bajo la ventana, frente a tu cama de madera
negra. Y empecé a mirarte profundamente a los ojos. Y, súbitamente,
casi con violencia, me sentí absorbido, caído dentro,
deshecho, orbitando perdido e irremisible en la espiral magnética
de tus pupilas. Un vendaval me succionaba hacia su interior. Era algo
colosal y prometeico, una inhalación cósmica, sobrehumana,
me atraía hacía sí. Un titánico latido,
un pálpito espléndido, vibraba al fondo de todo. Y yo
me sentía más tenue que un vilano al viento, o espuma
más impalpable que el canto de un ave, zarandeado por gigantescas,
¡monstruosas!, espirales, por enormes chispas y llamaradas,
encaminado hacia la diminuta puerta negra de tus ojos fijos.
Aquel resplandor iba a consumirme, aquella grandeza iba volatilizarme
como una pompa de jabón que estalla en la lejanía ante
una lengua de fuego. Sentí verdadero miedo y agarré
los brazos de palo de mi silla. Sudando, ahogado, levanté mi
vista al techo buscando librarme de aquel torbellino abrasador que
me ya me tenía en sus vertiginosas fauces.
Y fue entonces cuando vi ….
¿Qué vi, Lucrecio?, ¿qué vi? ¿Qué
era aquello?
Una vibración armónica, tremenda, como la nota sostenida
de un gigantesco órgano, empezó a resonar de forma insoportable
y sobre tu cabeza miles de colores empezaron a conjuntarse de forma
extraordinaria y magnífica. Cientos, miles de colores, se amalgamaban
unos sobre otros con una nitidez y una limpieza tales que me mantenían
en estado de absoluta fascinación. Aquella forma colosal, cambiante,
viva, dorada, azul, verde, rosa iba creciendo y creciendo y ya era
como una montaña. Y la vibración de la nota musical
se aliaba con el intenso violeta de su cima, pero la mole seguía
y seguía, más y más arriba. Y de golpe, algo
así como un coro empezó a sonar envolviendo aquellas
formas y matices, aquella cascada de colores, voces, brillos, franjas,
rayos, humo, melodías, campanadas, ….
No podía dar crédito a lo que mis sentidos contemplaban.
En medio de mi asombro puede pensar, ”¿y ahora quién
me va a dar ojos para poder mirar al mundo común, al mundo
sangriento y vulgar de los hombres y las mujeres ?”
Entonces escuché, rectamente, en mi corazón tu voz:
“¿Lo has visto, verdad? “. Y allí estaba tu mirada,
inquebrantable y silenciosa, al fondo de todo.
Tanta visita me había hecho muy popular entre los celadores,
a los cuales sobornaba, además, con ánforas de Falerno
y entradas para espectáculos deportivos. En aquella época
todos se iban muy de mañana a ver los entrenamientos de Piritoo,
estrella de los Ludus Matutinus, del que se decía que una vez
degolló a treinta cocodrilos. ¿Dónde, luchador,
están tus tardes de triunfo? ¿Dónde está
ahora aquel otro gladiador gigante, de nombre Alción, y al
que le gustaba levantar despacio la visera de los caídos para
mirar sus ojos dulcemente antes de acabar con ellos? Dicen que por
esto mismo al emperador Claudio le entusiasmaban las peleas de retiarios.
¿Dónde estáis todos ahora?
Q. G. M.
¿Dónde estás tú, Centauro?, ¿y
tú, que te hacías llamar Homicida?, ¿dónde
estáis? También te hablo a ti, emperador, ¿te
valieron de algo tus prebendas cuando Caronte fue a buscarte para
llevarte al Orco fiero? !Quién sabe si el polvo de vuestros
cuerpos, desparramado por el suelo y apelmazado por la lluvia es el
barro con el cual se ha hecho esa copa, o esa jarra de suave vino
con la que ahora, lector, te regocijas!
Y tú, tú que lees, ¡oh¡, cierro los ojos
y veo ya el ánfora en la que te convertirás en breve
plazo.
Yo vivía cerca del Foro Boario, muy lejos del hospital y por
eso me extrañó que viniese hasta mi casa, corriendo,
al borde del pánico, un esclavo. En cuanto le oí venir,
supe, de inmediato, que la nave de Lucrecio ya había partido.
Los locos del sanatorio, al verse sin él, huérfanos
y perdidos, se habían dado muerte estrangulándose unos
a otros. Y, aunque no se me requería para nada, me presenté
rápidamente en el valetudinarium.
Y allí estaba él, tumbado, muerto.
Me escribías una vez, “contemplaré mi muerte con la
misma grata indiferencia con la que tú y yo hablamos ahora
mismo de ella “.
Aún pervivía sobre tu cuerpo el resplandor fantástico
y riquísimo que se reunió sobre ti en aquella maravillosa
tarde, pero sólo yo lo veía.
Al salir del hospital, muy de madrugada, giré, melancólico,
hacia el hueco triste de tu ventana, en la que fue tu habitación,
y vi cómo brillaban todavía, aunque mucho más
pálidos, esos destellos, esas ráfagas, esos acordes
de colores imposibles.
Muchos años más tarde, el hospital, que llevaba bastante
tiempo abandonado y vacío, se desplomó. Bajo la presión
de los techos de ladrillo y piedra derrumbados, la tierra se rajó
como en un descomunal parto, y brotó, de una hendidura muy
parecida a la que alumbra la fuente Castalia, un manantial.
Los tristes, los solitarios, los que no han hecho otra cosa en sus
vidas que perder van a beber sus aguas. Los adivinos y los poetas
enloquecidos también. Azulados y brillantes cardos pueblan
sus riveras. En el aire flota una vibración indescriptible.
Bueno, esta es la pequeña historia que sobre Tito Lucrecio
Caro te quería contar, respondiendo a tu amable carta sobre
su “locura”. Dentro de poco amanecerá, y, como ya te había
dicho al principio, las lágrimas ahora ya se desatan lentas
en mis mejillas. Voy a dejarte porque quiero llorar bien a gusto.
Espero haberte complacido con este pequeño relato.
Juan
Ramón González Ortiz