Duodécimo
trabajo de Hércules:
Captura de la Roja Manada de Gerión
Piscis (20 febrero 21marzo)

Hércules vence al rey Gerión, por Francisco de Zurbarán
(1634, Museo del Prado)
El mito
En el duodécimoTrabajo, Hércules debía de dirigirse
a Eritia, reino de la Gran Ilusión, donde el rey Gerión,
un monstruo de tres cuerpos enlazados, retenía una manada de
bueyes rojizos. La manada restaba al cuidado de Euritión, el
pastor, y Ortro, su perro de dos cabezas. Su tarea consistía
en liberar a la manada de bueyes rojizos y conducirla hasta la Ciudad
Sagrada.
El Maestró le aconsejó a Hércules que previamente
invocara la ayuda de Helios.
De esta forma, Hércules hizo ofrendas a Helios, el dios del
fuego en el Sol, y meditó durante siete días. Allí
le fue concedido un gran cáliz de oro, y dentro del brillante
cáliz, Hércules pudo cruzar los mares para llegar así
a la región de Eritia, desembarcando en una playa de ese lejano
país.
Hércules
llegó a la pradera donde la rojiza manada pastaba, cuidada
por Euritión y Ortro. Nada más aproximarse, el perro
se adelantó veloz como una flecha hacia su blanco, abalanzándosele
e intentándole dar feroces dentelladas con los colmillos de
sus dos cabezas. Con un golpe decisivo Hércules derribó
al monstruo.
Entonces Euritión, temeroso del bravo guerrero que estaba delante
suyo, le suplicó que le perdonara la vida. Hércules
le concedió su ruego e inició la partida con la manada
de bueyes rojizos hacia la Ciudad Sagrada. No había ido muy
lejos cuando percibió una distante nube de polvo que se agrandaba
rápidamente. Supuso que se trataba de Gerión que
vendría en furiosa persecución, y por ello, se volvió
para enfrentarlo.
Gerión y Hércules se encontraron frente a frente. Entonces
Gerión, al tiempo que soplaba fuego y llamas por sus tres cabezas,
le arrojó una mortal lanza a Hércules, y aunque estuvo
a punto de acertarle, el héroe supo esquivarla hábilmente.
Después Hércules tensó su arco y disparó
una flecha que parecía incendiar el aire cuando la soltó
que acabó atravesandolos tres cuerpos del feroz Gerión
por un costado. Con un agudo y desesperante gemido, el monstruo se
inclinó y después cayó para no levantarse nunca
más.
Con Gerión vencido, Hércules reemprendió el
camino de regreso a la Ciudad Santa, aunque éste no fue un
trayecto sencillo, pues muchas veces algún buey se extraviaba
y tenía que dejar a la manada para ir en busca del descarriado.
Más allá de guiar exclusivamente a la manada, por allá
por donde pasaba y la injusticia hubiera triunfado, él asestaba
un golpe mortal a los poderes del mal, y enderezaba la balanza a
favor de la justicia. Cuando Erix el luchador, lo desafió por
tres veces, Hércules le acabó venciendo por siempre.
Incluso se encontró con el gigante Alcione, el cual le arrojó
a Hércules una roca de una tonelada, éste la detuvo
con su clava, devolviéndosela de nuevo para deshacerse también
de él.
A veces Hércules se desorientaba, pero desandaba sus pasos,
retomaba el camino y proseguía su marcha. Y aunque fatigado
por este exigente trabajo, finalmente regresó.
El Maestro saludó así al guerrero que regresaba:
Bienvenido, Oh, Hijo de Dios quien es también hijo del hombre.
La joya de la inmortalidad es tuya.
Con estos doce trabajos tú has superado lo humano, y ganado
lo divino.
Has llegado al hogar, para no dejarlo más.
En el firmamento estrellado será inscrito tu nombre, un símbolo
para los luchadores hijos de los hombres, de su destino inmortal.
Terminados los trabajos humanos, tus tareas cósmicas empiezan.
Desde la Cámara del Concilio llegó una voz que decía,
Bien hecho, Oh, Hijo de Dios.
Interpretación
del trabajo
El trabajo de Hércules en Piscis refiere al de todo discípulo
que ha llegado a la casa del Padre pero que ha de abandonarla –dar
la espalda olvidando su seguridad y sus metas individuales, para
ayudar a conducir a toda la humanidad hacia los valores con los
que él ya tomó contacto.
Dicho de otra forma, un discípulo no completa su propósito
con la identificación con su realidad espiritual, sino con
el éxito de esta identificación por parte de toda la
humanidad.
Por ello, la ulterior tarea hercúlea, de todo discípulo,
consiste en revelarse de nuevo en la materia y trabajar para que el
conjunto de la humanidad alcance asimismo la casa del Padre.
Esta decisión supone alcanzar la vivencia más profunda
de unidad e inclusividad, pues a pesar de alcanzar aparentemente
aquello que vislumbró en todos los trabajos anteriores, se
sabe que, sin la plenitud de la humanidad, su misión no habrá
acabado.
Este sacro oficio (sacrificio) de salvador es un impulso que todos
vamos desarrollando, pero que se manifiesta de forma pura y limpia
cuando el Salvador ya no está mediatizado por su ego inferior.
Y a todo salvador, como Hércules, que ya ha abandonado sus
vehículos inferiores, se le ha procurar un cuerpo nuevo –un
cáliz de oro en el cual introducirse y atravesar las aguas
de los océanos que envuelven a la humanidad (el kurukshetra
de las emociones que tanto nos influye y condiciona) para así
dirigirse al campo del servicio.
La oblea –el Alma ha de descender en el cáliz el recipiente
de la personalidad y volverse a manifestar para así poder
ayudar a redimir la materia al resto de los hombres.
La humanidad está simbolizada en el mito por la manada de bueyes
rojizos, pues se trata de un conjunto de individualidades orientadas
y guiadas por el deseo –color rojizo y por el sentimiento de manada
–el inconsciente colectivo de la raza o línea de menor resistencia
con cierto o total irreconocimiento de su realidad interior.
Para iniciar el camino de regreso a la Ciudad Sagrada, es decir, de
identificación con nuestra contraparte espiritual, la
humanidad ha de librarse, ha de dejar de guiarse por sus instintos
básicos, y trascender sus reacciones viscerales y emocionales
que delimitan una vida definida por la Ley de Causa y Efecto.
Cada uno de nosotros debe aniquilar a su propio Ortro, su perro
de dos cabezas que le condiciona, que le subyuga mediante el temor
y el deseo.
También, los bueyes humanos hemos de conseguir rendir a nuestro
pastor Euritión, es decir, a nuestra mente inferior,
ante la presencia del Yo Superior o Alma (Hércules en el mito).
La misión de la mente concreta en el camino de regreso no es
la de desaparecer (el pastor no muere en el mito) sino únicamente
la de servir o vehicular el cometido de su contraparte superior.
Nuestros Euritión y Ortro sólo pueden ser vencidos
por la práctica de esta presencia del Alma (Hércules)
en nuestra vida cotidiana, observando, tomando conciencia de esta
naturaleza inferior que nos mantiene pastando en los campos de maya
y que el sabio Platón describió tan bien en su conocido
mito de caverna.
Realmente se trata de un arduo cometido, pues nuestro ego inferior
en el mito, el rey Gerión al advertir que abandonamos la
manada, responderá con todo su empeño, con toda su furia
y artimañas para evitar el final de su potestad. Su destino
inapelable será fenecer.
A pesar de la fuerza de la inercia y de los hábitos adquiridos,
conforme esta Presencia vaya siendo en nosotros una realidad consistente,
iremos integrando los tres vehículos inferiores para alinearlos
a los designios de nuestra naturaleza superior.
Esta integración y su adecuada alineación, libera al
hombre de la reclusión que hasta el momento le habían
impuesto sus tres cuerpos (físico, emocional y mental).
De esta forma, en el mito, Hércules vence a Gerión mediante
una flecha de fuego que le atraviesa sus tres cuerpos. Pues cuando
el discípulo logra integrar sus tres cuerpos, el fuego de kundalini
asciende como una flecha de fuego y destruye las inmundicias de nuestro
Gerión opresor.
La misión de un Salvador es la de estimular el fuego interno,
la de señalar y orientar al hombre en el camino de regreso
al Padre, un camino que nadie puede recorrer por nosotros, nadie puede
salvarnos sino nosotros a sí mismos. Y salvándonos inicialmente
a nosotros mismos, es decir, liberándonos de nuestro ego
inferior, comenzamos a manifestarnos como verdaderos Salvadores.
Y así, se nos dice que cuando un hombre entra en la Salvación,
el gran Iniciador recita este mantram:
Él estaba perdido y fue hallado.
Estaba muerto, pero ahora está vibrante de vida.
Un servidor se convirtió en Salvador y volvió al hogar.
Josep
Gonzalbo
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Referencias:
• Alice Bailey (1974). Los trabajos de Hércules, una interpretación
astrológica. Madrid. Editorial Luis Cárcamo.
• Torkom Saraydarian (2005). Sinfonía del Zodíaco. Buenos
Aires. Editorial Kier. ISBN: 950170324X
• José Trigueirinho Netto (2006). Hora de crecer interiormente.
El mito de Hércules, hoy. Buenos Aires. Editorial Kier. ISBN:
9501701573