LA
LIBERTAD QUE SIEMPRE BUSCASTE
Josep
Gonzalbo Gómez

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Desde que tenemos uso de razón, algo dentro de nosotros anhela
libertad. Lo vemos en los niños que empiezan a decir “yo solo”,
en los adolescentes que necesitan rebelarse, en los adultos que buscan
salidas a las estructuras que los aprietan. Ese impulso es legítimo,
es real, y está inscrito en nuestra alma desde el inicio. Pero
no siempre sabemos dónde buscarlo.
La mayoría de nosotros, como humanidad, hemos enfocado esa
búsqueda de libertad en los planos más cercanos y palpables:
en lo físico, lo emocional, lo mental. Creemos que si tenemos
suficiente independencia económica, si somos dueños
de nuestro tiempo, si nos relacionamos con quien queremos y pensamos
con libertad, ya somos personas libres. Y es cierto, en parte. Hay
logros importantes en ese camino.
Pero también es cierto que todo lo que conseguimos a nivel
de la personalidad —cuerpo, emociones, mente— solo nos ofrece una
libertad relativa. Limitada. Temporal. Incluso esas personas que lograron
ese éxito o logro, muchas veces confesaron que sentían
un vacío, una sensación de encierro sutil, pero real.
¿Por qué? Porque lo que el alma busca no es una libertad
para el cuerpo, ni para las emociones, ni siquiera para las ideas.
El alma busca una libertad desde el alma.

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Esa libertad no es popular, ni inmediata, ni fácil. No se consigue
acumulando experiencias, conocimientos ni bienes. Solo emerge cuando
comenzamos a vivir desde los valores que le son propios al alma: el
amor incondicional, la sabiduría viva, la voluntad verdadera.
Y cuando eso ocurre, algo se revierte dentro de nosotros: ya no vivimos
para tener, sino para dar; ya no buscamos controlar, sino comprender;
ya no queremos escapar, sino servir.
Ahí comienza una libertad distinta. Una que no depende de las
condiciones externas. Hay personas que han vivido en cárceles
físicas, en regímenes totalitarios, en instituciones
cerradas… y aún así han sido profundamente libres. Su
libertad nació dentro. Y cuando se alcanza, ningún muro
puede limitarla.
Para llegar ahí, hay que empezar a trabajar desde tu corazón.
Hay que dejar de mirar solo al carcelero (el ego) y empezar a buscar
la llave. Y la llave está en tu consciencia, en tu práctica
diaria, en tu decisión de vivir no desde la reactividad de
tu personalidad, sino desde la luz de tu alma.

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- Tres prácticas breves para liberar el alma:
1. Haz una lista de tus libertades más valoradas. Pregúntate:
¿en qué áreas de tu vida me siento verdaderamente
libre? ¿Y en cuáles siento cautiverio, limitación,
dependencia?
2. Elige una acción diaria desde el alma. Durante esta semana,
cada día toma una decisión pequeña que no surja
del miedo, ni del deseo, ni de la costumbre, sino del amor. Puede
ser ayudar a alguien, decir la verdad con compasión, perdonar,
o simplemente estar presente.
3. Contempla la libertad desde el silencio. Dedica 5 minutos al día
a sentarte en silencio y simplemente decir internamente: “Me abro
a conocer la libertad de mi alma.” Repite esta frase como una semilla.
Déjala hacer su trabajo.
No necesitas tenerlo todo bajo control para sentirte libre. Solo necesitas
comenzar a reconocer que lo más valioso que puedes conquistar
en esta vida no está fuera, sino dentro. Hoy, puedes empezar
a abrir la primera grieta en ese muro invisible. Y por esa grieta,
empezará a entrar la luz.
Josep
Gonzalbo Gómez
Vídeo:
https://youtu.be/AFcz2-5A0uc