Las tres primeras razas a la luz de la tradición

Por Juan Ramón González Ortiz

revista nivel 2


El inicio de la vida en el cuarto globo
En las primeras etapas de la vida en este cuarto globo, ciclo de nueva manifestación, nuestro planeta azul se densificó y se transformó en una enorme masa de agua constantemente agitada por gigantescas convulsiones. Durante 200 000 000 de años terrestres se sucedieron sin interrupción estas convulsiones. Posteriormente fueron cíclicas. El primer continente apareció en el emplazamiento del actual Polo Norte. Ese lugar llegaría a ser el Edén del primer Adán, el lugar de la raza divina y andrógina. A esta tierra se le llamará después Tierra Imperecedera, pues por siempre permanecerá. Es el famoso Monte Meru de los hindúes y de los budistas. Los textos le dieron el nombre de Shvetadvipa, la Isla Blanca.

Creación de la Primera Raza
La tradición explica que siete legiones de espíritus creadores vinieron a esta tierra sagrada con el fin de crear las moradas o cuerpos con la finalidad de que mónadas de diferentes grados que venían desde otros globos pudiesen encontrar el medio de progresar a través de una forma. Esos espíritus (o jerarquías) creadores se llaman BarishadPitris. Descendieron a esta región y proyectaron a partir de ellos mismos una forma etérica, de textura fibrosa y sin sexo. Esta sombra se convirtió en el primer cuerpo de la mónada y del humano futuro. Siete clases de moradas fueron creadas en siete zonas de la Tierra que, en esta época, poseía una frondosa vegetación. Así nació la primera raza divina. A esta primera raza se les llama “Los autogenerados” porque no provenían de padres humanos sino de la potencia del espíritu de sus creadores. La reproducción se efectuaba por escisiparidad o por gemación, proceso muy similar al de nuestras amebas.
Si en el alba de la humanidad los dioses ya intervenían, ¡cómo no admirarse después de que cíclicamente lo sigan haciendo para protegernos y para instruirnos!

La segunda raza
Las partes terrestres se agrandaron y aparecieron nuevos continentes alrededor del verdeante Polo. Surgió el continente hiperbóreo. Todo estaba preparado para recibir la segunda raza. Dios dijo: “Sed fecundos, llenad la Tierra y sometedla”. El ser humano original, por su naturaleza aún etérea, no dejará ninguna huella de su existencia. Su aspecto es inimaginable para nuestras mentalidades. Eran seres inmensos, provistos de un único sentido, el oído. Durante la segunda raza se desarrollará, especialmente, el sentido del tacto.
La segunda raza estuvo condicionada por la Influencia de Júpiter. Esta raza, como las que seguirán, se subdivide en dos categorías. En efecto, en el trascurso del tiempo van a desgajarse dos tipos raciales. El primer tipo es asexuado e idéntico a los antepasados creadores (los Elohim bíblicos). El segundo tipo poseía un cuerpo más denso y ya comienza a organizarse en su interior un sistema de reproducción. El ser exudaba al exterior de su cuerpo un líquido, después se fue formando una especie de bolsa que se fue densificando y en la cual nacían nuevos cuerpos. A menudo Los Puranas mencionan este sistema de reproducción. A estos seres se les llama “Los nacidos del sudor”. Así fue creado el Señor Ganesha por su madre Parvati.

La tercera raza
La segunda raza colonizó el inmenso continente Hiperbóreo. Nuevas convulsiones prepararon el camino para la llegada de la tercera raza. Aparecieron nuevas tierras y, en primer lugar, surgió el cinturón himalayano, que se extiende alrededor de todo el mundo. En esta época un inmenso océano cubría el actual Gobi, Tíbet y Mongolia. Lentamente el Himalaya se elevó hacia la luz. Al mismo tiempo surgieron las tierras que más tarde formarían la India, Sri Lanka, Sumatra, Australia, Tasmania y la tierra de la cual formaba parte la Isla de Pascua. Al oeste, hasta Madagascar y una parte de África, la tierra también emergió. Junto con Suecia, Noruega, Siberia y Kamtchatka, ya existentes, todas estas tierras constituían el enorme tercer continente, Lemuria, que iba a transformarse en la cuna de una raza humana bastante física y además inteligente. Aquí comienza verdaderamente el gran ciclo de involución o, lo que es igual, la caída del espíritu en la materia. Resumiendo considerablemente podríamos decir que Lemuria, a lo largo de millares de años, va a sufrir numerosas transformaciones que la reducirán a múltiples islas. Todo esto sucedió setecientos mil años antes del Eoceno (el Terciario). Finalmente Lemuria desapareció engullida por gigantescas erupciones volcánicas y solo dejó, como vestigios del pasado, Australia, Madagascar y la Isla de Pascua.

La raza lemuriana
Esta raza es más interesante que las dos precedentes, pues en el trascurso de su evolución aparecieron los divinos seres venidos del espacio, a bordo de navíos extraplanetarios.
En la tercera raza emergen las siete subrazas de una manera más individualizada. Los primeros tipos lemurianos estuvieron influenciados por el planeta Venus. Se les llamó “Los hermafroditas”. Después, bajo la influencia de Marte, tuvo lugar el gran acontecimiento de la separación de sexos. En la tercera subraza empezó a aparecer el lenguaje. Ese lenguaje era monosilábico. El sentido de la vista, bajo la forma de un tercer ojo único y frontal, se añadió a los otros dos sentidos. Tres tipos raciales aparecieron. Un tipo humano netamente andrógino y un tipo hermafrodita aparecieron en el trascurso de la tercera subraza. En la cuarta subraza empezó a surgir el tercer tipo. Su particularidad más importante era que algunas de las bolsas, anteriormente citadas, producían seres machos y otras, seres hembras. Este tercer tipo se desarrollará sobe todo durante la quinta, la sexta y la séptima subrazas. En los individuos hembras el huevo, o la bolsa, tendía a permanecer en su seno, y la criatura nacía cada vez más y más frágil. En la sexta y séptima subrazas la reproducción sexual se hizo universal.
Las dimensiones del lemuriano se correspondían con el gigantismo del entorno y del medio ambiente. Era un gran y poderoso salvaje, que obedecía estrictamente todos los estímulos y los impulsos de los reyes divinos. Bajo las órdenes de estos construyeron grandes ciudades y enormes templos de piedra.
El descenso de los dioses
Las primeras jerarquías penetraron, literalmente, a los tipos superiores lemurianos. Pero junto a esta forma de iluminación espiritual, hubo un auténtico descenso, a bordo de navíos espaciales, de grandes seres que provenían de la cadena venusina. Tanto en este caso como en el otro, los objetivos eran los mismos: estimular la inteligencia de la raza humana en su totalidad. Los seres divinos que habían encarnado en cuerpos lemurianos fueron los reyes, los dirigentes y los grandes arquitectos de la civilización lemuriana. Por eso podemos decir que esta civilización fue un don de los dioses y no el resultado de la evolución de la humanidad (como ocurre con nuestra actual civilización).
Cuando las mitologías hablan de los titanes o de los cíclopes del pasado están hablando de los tipos lemurianos. Estos son los gigantes que construyeron la fantástica capital sagrada que los tibetanos denominan Shamballa. En el hinduismo los dioses que mejoraron la tercera raza lemuriana se llaman Hijos de Atri o Hijos de Marichi.


Los diferentes dioses
Según las fuentes tradicionales, el ser humano apareció como entidad física individualizada hace 18 millones de años, aunque desde esta época hemos cambiado considerablemente. Durante la Era Lemuriana tres categorías de devas creadores llamadas “Los hijos de la mente” actuaron sobre nuestra Tierra. La tercera raza nos interesa sobremanera pues las otras dos razas solo tenían actividad puramente subjetiva.

La venida de los venusinos
Esta tercera clase de entidades, al contrario que las precedentes, no procedía de nuestra cadena terrestre sino de la cadena venusina. Sabemos, pues así nos lo cuentan numerosos textos sagrados, que estos seres vinieron a bordo de artefactos, que aterrizaron en la tierra y que con ellos comenzó la ley de “los grandes contactos” de los Avatares los cuales, provenientes del espacio, vienen con la misión de instruirnos. La evolución de la humanidad venusina, hace 18 millones de años, era ya muy superior a la nuestra y, puesto que existía una relación oculta entre estas dos cadenas planetarias , se decidió que un importante grupo de adeptos venusinos encarnaran como instructores sobre la Tierra. Vinieron 105 adeptos, entre ellos el jefe supremo, nuestro actual Señor del Mundo, que, desde entonces ha permanecido en la Tierra, en ese santo lugar llamado Shamballa. El aterrizaje tuvo lugar en una magnífica isla del actual Gobi, que en aquellos tiempos era un mar.
Lo más importante de todo cuanto nos trajeron estos grandes señores fue la individualización. Es decir: la estimulación de la inteligencia en la consciencia de la humanidad animal. Además de esta estimulación manásica, los venusinos trajeron consigo toda su sagrada ciencia. El Tibetano nos dice que vinieron con muchos minerales de una rara potencia y con un cetro que llevaba montado un diamante en el extremo superior. Este cetro hoy en día se guarda en Shamballa. Es probable que otras piedras radiactivas fuesen escondidas en otros países. También trajeron treinta y cinco grandes mantras esotéricos, y un lenguaje sagrado llamado senzar que más tarde dará origen al sánscrito. Sus aeronaves, verdaderas arcas, nos traerán semillas de vegetales y de animales. Nuestras hormigas y nuestras abejas, por ejemplo, vinieron de Venus.
“Los Señores de la Sabiduría, en provecho de aquellos a los que gobernaban, trajeron desde otros lokas (esferas) frutos y granos desconocidos en la Tierra ”.
Uno de los vegetales que trajeron fue el trigo. Recordemos que jamás se ha descubierto trigo en estado salvaje, y que ningún botánico ha logrado descubrir su origen. Para los egipcios este cereal era extremadamente sagrado y lo extendían sobre las tumbas.
En la India a las dos últimas subrazas lemurianas de constructores se les llama los Davanas. Hoy en día sus vestigios están profundamente enterrados sin embargo aún perduran los bellos restos de las civilizaciones lemuroatlanteana, atlanteana y aria. Los restos degenerados de la raza lemuriana perviven en las razas negroides, en los aborígenes de Australia y de Tasmania. Hubo muchos cruces entre los primeros atlantes y los últimos lemurianos. Restos de estas uniones perduran entre los malayos, los papúes y los hotentotes. De la mezcla de los últimos lemurianos con la segunda subraza atlante surgieron los drávidas del Sur de la India.


Los olmecas
La civilización olmeca pertenece a una de las subrazas de la raza atlanteana, y puede considerarse más antigua que la de los mayas. De hecho el tipo olmeca está más cerca del lemuroatlanteano que del atlanteano puro, representado en el perfil maya. Los olmecas dejaron como vestigios de su civilización un gran número de monolitos de basalto esculpidos en forma de cabezas, las cuales no estaban destinadas a coronar ningún cuerpo. Los incondicionales defensores de la venida de los extraterrestres a esta región ven en estas cabezas cascos de pilotos. Y, en efecto, eso sugieren. Pero eso no quiere decir que lo sean. La cabeza más grande supera los tres metros de altura y pesa sesenta toneladas. Con estupefacción nos enteramos de que la cantera más cercana está a ciento veinte kilómetros.



La civilización lemuroatlante
La civilización de los orígenes era ciclópea y megalítica. El primer culto no estaba dedicado a la madre generadora sino a la serpiente y a menudo estaba asociado al culto del pájaro. La serpiente, o el dragón, fue el primer glifo utilizado para representar por vez primera la presencia de los dioses.
En esa época el dragón representaba el principio creador primordial, la sabiduría del caos y la aparición del bien y del mal. En tiempos recientes la serpiente de la sabiduría se transformó en la serpiente tentadora. Esta degeneración del símbolo, sin embargo, oculta una verdad. Se trata de la realidad de que nuestro globo antes de ser un ovoide perfecto era un largo reguero de polvo y materiales cósmicos que ondulaba en el espacio como un inmenso dragón. Nuestro globo tuvo esta forma, hasta que, impregnado de vida creadora inteligente, tomó la forma anular de una serpiente mordiéndose la cola. La cabeza era el bien y la cola el mal.
Mucho más tarde, durante el período atlante, apareció el culto solar. Ya existía de antes el embrión de una religión, al contrario de lo que pasaba con que los lemurianos que, al ser espirituales por naturaleza, no necesitaban creencias ya que vivían naturalmente un estado subjetivo interior. Vivían simplemente y ejecutaban de la mejor manera posible cuanto les ordenaban los reyes y los sacerdotes.
“En cuanto el ojo mental humano se abrió al entendimiento, la Tercera Raza sintió que era una con el Todo, con la Divinidad Única y Universal siempre presente y al mismo tiempo siempre desconocida e invisible. Dotada de poderes divinos y sintiendo en sí misma a su Dios íntimo, cada uno de ellos tuvo consciencia de que era Dios- Humano por su naturaleza, aunque por su ser físico fuesen animales. La lucha entre estos dos principios se inició el mismo día en el que probaron el fruto del Árbol de la Sabiduría. Empezó entonces la lucha por la vida, entre lo espiritual y lo psíquico, y entre lo psíquico y lo físico. Los que vencieron a los principios inferiores dominando el cuerpo formaron “Los Hijos de la Luz”. Los que cayeron víctimas de sus naturalezas inferiores fueron esclavizados por la materia. Tras haber sido “Hijos de la Luz y de la Sabiduría” acabaron siendo “Los Hijos de las Tinieblas”. Sucumbieron en la lucha entre vida mortal y vida inmortal. Todos los que sucumbieron fueron la simiente de las futuras generaciones de atlantes”.( H.P.Blavatsky, La doctrina secreta, t. III, Ed. Adyar, p. 340.)




Tras la separación de los sexos, las pasiones sexuales fueron potentes e incontroladas. Algunos adeptos encarnados olvidaron su naturaleza divina y tomaron como esposas mujeres de la Tierra. Eran mujeres de un tipo extremadamente primitivo, lo que dio como fruto especies inferiores. No es raro en la literatura ufológica leer un error común en muchos autores: que esos dioses eran extraterrestres y que se casaron con bellas mujeres terrestres. ¡Nada más falso! Los dioses de los que hablamos son adeptos encarnados que siguieron la vía de la izquierda y que se separaron de los adeptos puros los cuales eran obedientes a los preceptos de la jerarquía de Shamballa. En cuanto a las mujeres se trataba de mujeres más cercanas al animal que al humano, pues en esta época la diferencia en la apariencia exterior entre estos dos reinos no era tan evidente como en nuestros días. Hubo terribles conflictos entre los adeptos sometidos a la jerarquía y los que estaban sometidos a sus sentidos. Los más puros emigraron hacia el Norte. Los corrompidos emigraron en las otras direcciones. Estos últimos fundaron cultos basados en los elementales, cultos que hoy en día persisten bajo la forma de magia anímica y de todos los ritos en los que se precisa un médium chamánico o un brujo y se utiliza la sangre de un animal.

El final de Lemuria
La destrucción de Lemuria fue debida a erupciones volcánicas provocadas por cambios en el eje de rotación del globo. Desde el inicio de la evolución humana cuatro veces la humanidad ha sufrido estos cambios en la rotación del globo. El continente lemuriano se hundió en el Océano Índico. Esta catástrofe no sucedió en una sola noche. Fue un proceso que duró siglos. A medida que el continente lemuriano se fraccionaba y se iba deslizando hacia las olas, el continente atlante emergía lentamente. El gran ser llamado en la India Manú escogió a los mejores tipos raciales (intelectual y racialmente hablando) y, lo mismo que Moisés cuando encabezó la formidable migración, los condujo hacia el Norte, hacia la Tierra Sagrada, con la idea de aislarlos y de perfeccionarlos. Una inmensa colonia se estableció en las regiones septentrionales de Asia y de ahí surgió el germen de la raza atlante.
Texto aportado por J.R.

 

 

 

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