EL TRIPLE LOGOS
Juan Ramón González

revista nivel 2

En el lenguaje de la teología, entendemos por LOGOS tanto la conciencia dinámica, que busca proyectarse, como la actividad trascendental propia del Ser Supremo.
Tradicionalmente, debido al uso que hace San Juan en su Evangelio, el término Logos se identifica con la segunda Persona de la Trinidad, es decir, el Verbo, pero fuera de este contexto, Logos se asimila a Dios o principio supremo de la Creación, es decir, la causa que no es causada. Por ejemplo, en este sentido usa Heráclito la palabra Logos. En los filósofos posteriores, Logos se identifica con la fuerza especial que pone en funcionamiento todo el universo. Logos no es solo una energía especial y divina que penetra todo lo creado, empapándolo, como la miel con respecto al panal, sino que también es una ley, la ley suprema. De hecho, la única ley que existe.
Para Heráclito el Logos es la unidad que subyace a lo que se opone en apariencia. Esta coincidentia oppositorum es la unidad infinita que es la esencia del Logos en tanto que energía dinámica y creadora: lo que es opuesto sigue siendo opuesto y es uno y múltiple a la vez. Esta unidad que forma la oposición es también la base del taoísmo:

“Antes aún que el cielo y la tierra existiesen,
ya había un ser desconocido.
Es un ser vacío, silencioso, libre, eterno y solitario.
Se encuentra en todas partes y es inagotable.
Puede que sea la Madre del universo.
No sé su nombre. Yo lo llamo Tao.
Si me esfuerzo en nombrarlo lo llamo “grande”.
Es grande porque se extiende.
Su expansión le lleva lejos.
Y la lejanía le hace retornar.
(…)
El hombre sigue la ley de la tierra
La tierra sigue la ley del cielo.
El cielo sigue la ley del Tao.
Y el Tao sigue su propia ley.”


Sorprendentemente, Heráclito, mucho antes que Nicolás de Cusa, ya anticipa la dialéctica de Hegel:
• “Lo contrario se pone de acuerdo y de lo diverso nace la más hermosa armonía, pues todas las cosas se originan en la Discordia.”
• “El fuego vive de la muerte del aire y el aire de la muerte del fuego.”
• “Para las almas, es muerte convertirse en agua; y para el agua es muerte convertirse en tierra.”
Es decir, que la energía propia del Logos es la tensión dinámica, la Discordia, la armonía en lo divergente, la armonía en las tensiones opuestas, como la del arco y la lira.
El Logos creador, posee una energía que le es propia. En los filósofos clásicos occidentales, y en la filosofía taoísta, el Logos es uno aunque dual en sus fuerzas. Sin embargo, en su concepción mística esta energía del Logos que da vida al universo forma una Trinidad, pero sin poner en duda su unidad.
En el Cristianismo, la triple manifestación del Logos reviste el nombre de Padre, Hijo, Espíritu Santo. Todas las culturas y todas las religiones tienen sus nombres propios para los tres modos de actividad del Logos. Puede pasar que, por las razones que sean, antropológicas, sociales, o simplemente religiosas, una religión exagere un solo aspecto de esta trinidad (como sucede en el Islam), pero si investigamos bien en su literatura sagrada se percibe por doquier la afirmación de la trascendencia de las tres personas.
Así pues, el Logos es uno, y a la vez se manifiesta tres aspectos particulares. Esta triple actividad se expresa como Primer Logos (Padre), Segundo Logos (Hijo) y Tercer Logos (Espíritu Santo).
El Primer Logos expresa la Divinidad.
El Segundo Logos, la Vida en el seno de la Forma.
El Tercer Logos, la Fuerza en la Materia.
El Primer Logos, no puede manifestarse en un plano inferior al suyo mismo, por lo tanto permanece en el plano ádico, o plano divino, el plano que le es propio. El Segundo Logos, cuando llega el momento de su manifestación, desciende al plano inmediatamente siguiente, que es el llamado el plano monádico, y allí se reviste de la materia particular de ese plano. Al manifestarse así, se diferencia del Primer Aspecto.
El Tercer Logos, igualmente, cuando ha de manifestarse, desciende hasta el tercer plano, que es el plano espiritual, plano átmico, o plano nirvánico.
Estas tres manifestaciones logoicas son enteramente distintas unas de otras. Son manifestaciones o personas distintas pero en el nivel supremo son aspectos de un UNO. Es la misma divinidad en el plano de la divinidad, pero cada una en su plano de manifestación son manifestaciones muy distintas.
Es la misma sustancia. Es decir, no son tres dioses sino un solo Dios, o Logos.
Finalizada la apocatástasis (que es el tiempo de oscuración, o sea, la vida existente en el plazo comprendido entre el fin de una creación y el inicio de otra, algo incomprensible para nosotros), Dios decide crear. Dicho de manera muy llana e imperfecta, Dios, en su plano mental divino crea los arquetipos de todas las fuerzas, formas, figuras, energías, pensamientos, sentimientos, así como las etapas en las que su plan ha de desarrollarse.
El primer movimiento para la creación proviene del Tercer Logos. El Espacio, es decir, la materia oscura, aún no fecundada por la acción de ningún Logos, es consustancial al Logos mismo. Pues el Logos es a la vez Padre Madre. Esa sustancia es Mulaprakriti, la materia madre, la raíz primordial, la materia una, el Koilón (en griego, literalmente, “vacío”). Su símbolo está representado en la Virgen negra de tantas iglesias católicas, que es la materia aún no iluminada en espera de que la fecunde el Tercer Logos.
En ese Koilón se vierte la luz del Tercer Logos. Antes del “descenso” del Tercer Logos no existía nada estructurado, agregado o combinado. Tan solo la materia atómica de cada uno de los planos. El Tercer Logos atraviesa esa materia creando todas las subdivisiones en cada plano, dotando a los átomos de atracción y repulsión, por la creación de fuerzas positivas y negativas. La energía del Espíritu Santo, o Tercer Logos, atraviesa el espacio infinito creando puntos infinitos de luz. Algo así como una lámina completamente negra y que de pronto fuese perforada por una fuerza extraordinaria que originase espacios blancos en medio de la negrura. Resultando una forma muy parecida a la de un tablero de ajedrez. Donde hay luz no hay Koilón. Cada punto de luz, cada burbuja de luz, está en su espacio mantenido tan solo por la voluntad del Tercer Logos. Y cada burbuja es un punto de la conciencia del Tercer Logos.
El Espíritu Santo, al atravesar el espacio lo envuelve formando una espiral en torno a sí mismo. Esta espiral se mantiene por la voluntad del Tercer Logos. Estas primeras espirales se llaman espirales de primer orden. La fuerza del Espíritu actuando sobre la materia de estas espirales hizo que estas girasen en círculos mayores, generando espirales de segundo orden. Por su parte, a su vez, estas espirales se enrollaron sobre sí mismas, formando las espirales de tercer orden. Esto explica que la espiral sea la forma elegida para explicar todas las formas cósmicas y todos los flujos cósmicos de energía.
La voluntad del Tercer Logos atraviesa todo este manojo de espirales vivificándolos con su fuerza y manteniendo su giro y su cohesión.
Diez vueltas de espirales de sexto orden se arracimaron para formar el átomo físico. Es el átomo básico de la materia física. Es el ladrillo del plano físico. Pero, ¡atención!, este átomo no es materia, sino que son puntos de conciencia del Tercer Logos, del Espíritu Santo, que los cohesiona para crear esa forma en particular.
El primer plano, el plano divino, el ádico, se compone de una sola burbuja de luz en el Koilón. El plano siguiente, el plano anupádiko, o monádico, son 49 burbujas. El siguiente, el átmico, o plano del espíritu, 492, o sea 2 401. El plano siguiente, intuicional o búdico, son 493 burbujas. El plano mental, 494. El plano del deseo y los sentimientos, o plano astral, 495. Y el plano físico, 496.
Tras haber creado los siete planos, el Tercer Logos crea los subplanos. El primer subplano de cada uno de esos siete planos, se compone exclusivamente de su tipo propio de átomos aislados. Pero los otros seis subplanos, de cada plano, son combinaciones de los átomos que les son propios a cada plano. Ya hemos dicho que esto se hace combinando átomos de tipo positivo y negativo. Pues el Tercer Aspecto ha insuflado en la materia cargas positivas y negativas.
La formación de los siete grandes planos y subplanos del universo, con sus siete subplanos, es competencia exclusiva del Espíritu Santo. Sin lugar a duda, este es un proceso aún en marcha.
Esta es la obra del Tercer Logos. Es la Fuerza en la Materia. La expresión decisiva de su energía en nuestro plano físico es la electricidad.
Pero esta energía a medida que va construyendo el Sistema, se va opacando más y más. Cada vez se va oscureciendo y velando más. Pero ello no se debe a las características intrínsecas de esa energía, pues es algo perfecto, incapaz de deteriorarse, sino que se debe a las características, digamos de lejanía, del plano que atraviesa. Imaginemos que un objeto de tres dimensiones desciende a un mundo de dos dimensiones. Ese objeto seguiría siendo perfecto, y de tres dimensiones, sin embargo, los habitantes de ese plano, incapaces de percibir más allá de sus limitaciones en ese plano afirmarían que solo posee dos dimensiones. O también podríamos imaginar a ese mismo cubo en todo su esplendor mostrando, a plena luz del día, sus seis caras, pero que a medida que va descendiendo de plano en plano, va perdiendo una de sus caras, no porque se le sustraiga ese componente sino porque el ambiente se va oscureciendo, pues al bajar de plano en plano va faltando la luz del sol y los ojos distinguen cada vez menos cosas. De tal manera que al llegar al último peldaño, los habitantes de ese plano solo podrían distinguir una sola de sus seis caras.
Hasta en las formas más ínfimas está presente esta energía.
Una vez que el tercer Logos, o la Primera Emanación, llega a su punto de máxima lejanía, de involución, se eleva, resurge hacia lo alto en un nuevo sendero de ascenso o de retorno. Se inicia, por tanto, el sendero llamado EVOLUCIÓN. A partir de este momento la Primera Emanación pasa a llamarse Kundalini, y actúa sobre los cuerpos que recorren el sendero de la evolución preparándolos para recibir la energía del Primer Logos, o Tercera Emanación.
En la materia así vivificada se infunde a partir de ahora la Segunda Gran Emanación.
Entonces interviene el Segundo Logos. Es la Fuerza mágica, incomprensible e inexplicable de la VIDA. La VIDA es una energía divina, por tanto es un misterio inasequible que la ciencia nunca podrá explicar, controlar o imitar.



Este Segundo Logos es el Hijo. Es también el aspecto que desciende a la materia y retorna de nuevo hacia lo alto. Por eso se dice de Él que es el Redentor. Es Dios y ser humano a la vez. Es Dios por la sustancia del Padre y ser humano porque recibe la sustancia de la Madre. También es ser humano porque conduce la fuerza de ascenso de la humanidad hasta Dios. Su manifestación tiene lugar en el segundo plano, llamado plano monádico, o paranirvánico, o anupádiko, y se realiza cuando ya se ha creado el Sistema, pero como aspecto de la Divinidad existía desde siempre, desde antes de la creación del Sistema.
El Segundo Aspecto nos lleva a la tremenda cuestión del “Filioque” que separó definitivamente a la Iglesia Católica de Roma de la Iglesia Oriental, o griega. Esto tuvo lugar con el añadido de la expresión “Filioque” en el Credo, durante el III Concilio de Toledo, del año 589. Esta cláusula no fue admitida por la Iglesia Oriental:
«Credimus in unum verum Deum Patrem et Filium et Spiritum Sanctum... sed a Patre Filioque procedens.»
«Creemos en un solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo... que procede del Padre y del Hijo.»
Verdaderamente, la pugna entre las dos grandes y poderosas sedes era debida a la rivalidad política y a la preeminencia económica. La excusa que por fin encontró la Iglesia Oriental para romper con Roma fue, precisamente, la cuestión del “Filioque”.
La Iglesia romana entendía que el Espíritu Santo estaba en pie de igualdad con las otras dos manifestaciones, y que por tanto, al proceder del Padre y del Hijo, es Dios junto con el Padre y el Hijo. A esto se le llamaba la “procesión” del Espíritu Santo. Mientras que, la Iglesia oriental opinaba que el Espíritu era creación del Padre, igual que el Hijo, y que procedía del Él por creación suya, siendo en consecuencia, una creación inferior.
La energía de la Segunda Persona se derrama en la materia, y la recorre en todos sus planos y subplanos. Se oscurece al llegar a los niveles más bajos, y acto seguido se eleva hasta encontrarse con la Tercera Oleada, procedente del Primer Logos. Este encuentro se realiza en los planos del alma, en el altar del alma. En el llamado cuerpo causal. La Segunda Emanación recibe diferentes nombres. Mientras actúa en los cuatro planos superiores del Sistema, en su conjunto, recibe el nombre de ESENCIA MONÁDICA.
Cadena por cadena, este Logos anima todos los planos y subplanos. Porque el Segundo Logos invierte toda una cadena planetaria en atravesar todo un plano. Pero cuando pasa a los tres planos inferiores (mental, con sus dos aspectos, superior e inferior, astral y físico) pasa a denominarse entonces ESENCIA ELEMENTAL.


Al comienzo de la quinta cadena anima el plano mental superior. Se trata de un mundo sin forma, o plano ARÚPICO, y allí crea el Primer Reino Elemental. Cuando desciende al nivel de la forma dentro del plano mental, la mente concreta, o nivel RÚPICO, crea el Segundo Reino Elemental. En su paso por el plano mental invierte también el tiempo de una cadena. Cuando por fin llega a los planos del deseo, o plano astral, crea el Tercer Reino Elemental. El Segundo y Tercer Reino Elemental están íntimamente ligados al ser humano, pues son los que forman el elemental del deseo y el elemental mental.
A media que la Segunda Oleada va sumergiéndose en la materia, va animando a su paso a las formas materiales, infundiendo la vibración sagrada de la Vida. Mientras la Corriente de Vida del Segundo Logos va avanzando en su proceso, se va diversificando, dividiendo y subdividiendo más, más y más, de tal manera que cada ejemplar, cada fruto, cada ser vivo tiene su partícula propia y exclusiva del HIJO. Pero a pesar de que esa chispa es una en sustancia, cada ser creado tiene su propia individualidad que le diferencia de todos los demás.
A este Segundo Logos se le llama también “El Rayo Ascendente”, porque este Rayo, una vez que llega al punto ínfimo de inmersión en la materia, comienza a ascender a través de los reinos vegetal, animal y humano, hasta que se encuentra con el poder descendente del Primer Logos, o Tercera Emanación. Uniéndose a la energía de la Primera Emanación, o Tercer Logos.
A partir de ahí, al ascender, es cuando desarrolla la conciencia en todos los planos creados, insuflando la capacidad de que los cuerpos construidos sean medios para que se manifieste esa conciencia. En el ser humano, este Logos es el que nos concede la conciencia de los planos físico, astral y mental.
Por eso se dice de ÉL que es la energía que anima a la evolución. Y puesto que es la energía de la Vida, el Segundo Logos es el que regula el proceso de nacimiento, desarrollo, vejez y muerte. Una forma nace por la energía del Segundo Logos. Y también muere por ÉL: es el Hijo el que retira la Vida en un ser para construir una nueva forma que pueda dar vida a nuevas experiencias. La manifestación del Segundo Logos en nuestro plano físico, es lo que nosotros denominamos PRANA, o KI, o CHI.
Existe una diferencia fundamental entre la actuación del Primer Logos y la del Segundo y Tercer Logos: El Primer Logos (Tercera Emanación) NO se envuelve en materia, en ningún tipo de materia intermedia. Es como si fuera luz blanca y purísima, incontaminada, que atravesase una serie de cristales que no le restan nada de su potencia ni de su limpidez original.
Sin embargo, el Segundo y Tercer Logos (Primera y Segunda Emanación) descienden gradualmente atrayendo hacia sí a toda la materia de esos subplanos y penetrando tan profundamente en ellas que llega un momento en que es imposible distinguirla con independencia de esa materia.


Cuando la Vida del Segundo Logos ha culminado su descenso en la materia como mineral, las sustancias animadas por ÉL desarrollan una capacidad desconocida hasta entonces: los elementos químicos se agrupan y reaccionan, aparecen misteriosos compuestos, se desarrollan otras formas. Aparece el reino vegetal. Y poco a poco surgen animales. Finalmente los animales se individualizan. Entonces, el Primer Logos, envía una chispa de sí mismo, un fragmento propio, que es el que otorga el don de la individualización. Esta individualización es la que forma el cuerpo causal, que es lo mismo que decir el ALMA.

El Primer Logos infunde su Luz, pero esta Luz no se densifica ni se materializa a medida que desciende hacia el plano de la manifestación. Pero por sus características no puede descender más allá del plano causal. Y allí permanece. A la espera de las bodas divinas. Atrayendo hacia sí, al igual que las limaduras de hierro no pueden evitar verse atraídas por el imán, con un poder magnético inconcebible, irresistible, a la energía de retorno del Segundo Logos, y también del Tercero, que arrastra consigo la conciencia humana. Porque el Segundo Logos es el portador de la conciencia humana, es el Salvador y el que nos lleva de vuelta a la Casa del Padre.
La Tercera Emanación, procedente del Padre, el Primer Logos, es la que infunde el verdadero espíritu divino en el ser humano. La Tercera Emanación es la que trae de sí mismo todas las Mónadas, esta Tercera Oleada hace descender las Mónadas para unirlas a las formas que han sido ya vitalizadas y puestas en evolución por las fuerzas del Segundo y Tercer Logos. Porque es la Tercera Emanación, proveniente del primer Logos, nos convierte en Egos.
Una vez que los cuerpos están lo suficientemente evolucionados, la Mónada desciende y toma posesión de los agregados que están por debajo de ella (átomo átmico, átomo búdico y átomo manásico). A medida que la fuerza de la Mónada va entrando en el átomo permanente manásico (mental superior) se va formando un remolino giratorio, este movimiento giratorio se extiende a la unidad mental inferior de ese cuerpo en evolución, y también empieza a girar.
Finalmente se rasga la envoltura de esa unidad mental (el Alma Grupal, o Animal), que se levanta para unirse con la vida descendente de la Mónada. A medida que el remolino, o vórtice disminuye en su actividad, se forma una envoltura delicada: ese es el Cuerpo Causal. Y el Alma Grupal, o Animal, pasa a ser Cuerpo Causal, transformándose en el receptáculo de la chispa divina. Este es el verdadero significado del Grial. El cáliz es el resultado de haber perfeccionado todos los niveles, y en ese cáliz se vierte por fin el vino de la divinidad.


Al acabar este breve resumen sobre el misterio de los Tres Logos, tenemos que recordar que nosotros, los seres humanos, somos por igual mezcla de las fuerzas de la tierra y de las fuerzas del Sol. Las dos fuerzas se unen en nosotros. Las dos fuerzas actúan juntas, No podemos preferir ninguna de ellas, ni centrarnos en una y despreciar la otra. Eso sería desastroso.
En resumen, hemos intentado dar una visión más o menos comprensible de una situación que nos desborda por completo. Volviendo al ejemplo que hemos dado antes, es como si los habitantes de Planilandia (en la simpática novela del reverendo Abbott), que viven en el mundo de las dos dimensiones, quisieran entender la realidad del cubo. Es imposible. El conocimiento que hemos desarrollado aquí de manera muy aproximada es la raíz de todas las religiones y creencias sagradas. Y también subyace en la entraña del Plan, del Propósito, que los Maestros conocen y sirven, y que algún día compartiremos.

Juan Ramón González

 

 

 

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