Una
experiencia religiosa
Por Antonio Callén Mora

Hace
unos días, tuve la oportunidad de desplazarme a Camprodón
(Gerona) para asistir a una celebración, a una primera comunión
en concreto. Hace mucho tiempo que no iba a Cataluña, ya que
desde que me jubilé no he tenido motivos para desplazarme a
esa comunidad y también hace mucho tiempo que no iba a Camprodón,
villa que he visitado en múltiples ocasiones debido a que,
mi mujer y yo, tenemos allá unos amigos que son, precisamente,
quienes nos invitaron al citado evento familiar. Este desplazamiento
me hizo rememorar tiempos pasados, más o menos remotos, y
me llevó a hacer un análisis retrospectivo. Es decir,
que hice un ejercicio mental que es lo que voy a tratar de relatar
aquí. En efecto, el primer contraste que me encontré
fue algo que poco o nada tiene que ver con el destino de nuestro
viaje. Estos días, ya desde hace unas semanas, estamos soportando
unas jornadas de intenso calor, a pesar de que aún faltan tres
semanas para que empiece el verano cronológico. Como la ceremonia
se iba a celebrar en domingo, decidimos comer en casa el sábado
y salir nada más comer, es decir sobre las dos de la tarde.
La temperatura exterior en Zaragoza era de 31º C y prácticamente
se mantuvo constante hasta Camprodón, sorprendentemente. Atravesar
Los Monegros a esa hora y en esas condiciones se hace un poco duro;
pero, al menos, estábamos descansados. La autopista AP2 ya
no es de peaje, un cambio notable, al menos para el bolsillo, en
estas fechas de crisis económica. Me habían comentado
que esta vía ahora está plagada de camiones que quitan
fluidez al tráfico, ya que casi todo el tráfico pesado
que circulaba por la NII pasa ahora por esta autopista. Quizás
por la hora a la que viajábamos, y también por el hecho
de ser sábado, nos libramos de ese sufrimiento, pues tan apenas
había vehículos. De hecho, una vez que tomamos la A2,
tampoco notamos mucha densidad de tráfico, algo que continuó
o incluso fue más leve en la C15, el famoso Eix. De modo que
el viaje de ida fue muy cómodo y seguro. De igual forma, a
la vuelta, al celebrarse la Pascua de Pentecostés en Cataluña
y ser festivo, solo encontramos algo de tráfico en dirección
a Zaragoza una vez entramos en la comunidad aragonesa; es decir a
partir de Fraga.
Otro tema que me llamó la atención con respecto al viaje
es que no vi tanta proliferación de banderas y símbolos
independentistas como estaba acostumbrado a ver; aunque lógicamente
sigue habiéndolos. Algunos ya eran viejos conocidos para mí.
Me chocó mucho una enorme bandera, independentista por supuesto,
en el tramo entre VIC y RIPOLL, sobre un mástil imponente,
que estaba muy deteriorada y sucia. Ese es un detalle que pienso deberían
cuidar quienes la pusieron o pugnan por el separatismo, pues da una
imagen muy pobre. De hecho, vi otras banderas más humildes,
pero más limpias y recientes.
Aprovecho para comentar algo que siempre me ha llamado la atención
respecto de las banderas y es el hecho de que se suelen ver tres
tipos de banderas catalanas: la oficial, es decir la clásica
senyera, y la estelada, esta última en dos versiones diferentes,
según que lleve o no (estelada vermella) el triángulo
azul bajo la estrella (estelada blava). Quizás esto sea un
reflejo de que no todos los independentistas blanden la misma bandera.
Otro tema que me chocó fue que había pintadas de “Llibertat
presos politics”. Puede que esté mal informado, pero creo
que eso ya no procede. Lo cual indica que las pintadas no se actualizan
y algunas perduran, aunque estén obsoletas. Finalmente, encontré
bastantes lazos amarillos, además de alguna pintada en inglés
o catalán con alusiones a su condición de república.
Nada nuevo. En cuanto a los lazos, alguien había pintado recientemente
un conjunto de ellos en la calzada de la C15, lo que me parece cuando
menos arriesgado. Por otra parte, en Camprodón estaban los
ya clásicos lazos, a base de bolsas de malla del tipo de las
que se usan para los limones, en pleno centro, al lado del pretil
que limita el río en el bonito tramo desde donde se observa
el antiguo puente sobre el Ter. La verdad es que queda de lo más
cutre; pero creo que el independentismo tiene un particular sentido
de la estética, como cualquier persona que viaje puede comprobar.
En contraste con todos esos signos, que pueden resultar desagradables
o incluso amedrentadores para muchos de los visitantes foráneos,
recibimos una atención esmerada y quizás poco habitual
por parte de la propietaria del establecimiento hotelero donde nos
alojamos. Digo poco habitual porque, al fin y al cabo, ese trato
personalizado y afectuoso no es frecuente en los grandes hoteles.
Sin embargo, en estos sitios todavía te encuentras negocios
familiares con un trato especial. Según nos contaron, los
propietarios de este hotel lo habían traspasado a un matrimonio
uruguayo; pero, tras intentar llevarlo, se echaron atrás.
Creo que salimos ganando, pues la propietaria, muy devota de la Virgen
del Pilar, por cierto, no pudo tener ni más ni mejores atenciones
para con nosotros.
El día de la celebración, como disponía de mucho
margen de tiempo hasta el inicio del acontecimiento, me di un paseo
hasta la iglesia para distraerme. Cuál fue mi sorpresa cuando
atravesando uno de los puentes que unen las dos partes en que el
Ter divide la población, empecé a oír un canto
muy familiar, la “Salve rociera”, algo muy típico de Andalucía
en una de las zonas caracterizadas por el independentismo catalán.
Llegué a pensar que era un ensayo para la ceremonia religiosa
a la que iba a acudir. Lo cierto es que fui un poco ingenuo. Pregunté
a mis amigos a qué podía corresponder y no me supieron
dar una contestación. Me pregunto si no sería para una
celebración similar a la nuestra, pero más castiza.
De todos modos, viendo la televisión, he comprobado que en
estos días se celebra la romería de la Virgen del Rocío,
por lo cual no es extraño que alguien de origen andaluz, que
hay muchos en esa zona, celebrase de esa manera su devoción.
Viendo la pasión de quienes asisten a esa romería, no
me resulta extraño ningún comportamiento. Parece que
es un sentimiento muy profundo y arraigado, además de generalizado.
Sobre las 11:30 h, llegamos mi señora y yo al templo, una
magnífica iglesia, espaciosa con muros y columnas de piedra,
a base de sillares, y notable altura. Al margen del valor artístico
y religioso, me llamó la atención que sonaba por los
altavoces una pieza
religiosa cantada por Josep Carreras, si no me falla el oído.
Era algo solemne, lo cual unido a la práctica ausencia de feligreses
me trasmitió una sensación de paz y confort, ya que,
por si esto fuera poco, la temperatura del recinto era mucho más
agradable que la del exterior. Al menos para mí que vestía
chaqueta y corbata.
Toda esa tranquilidad se fue disipando a medida que se acercaba la
hora de inicio de la ceremonia y llegaban los comulgantes con sus
familias. De modo que, muchos de ellos quedaban fuera, pero otros
ibamos ocupando la entrada del templo y lo hacíamos en animada
conversación. Pensé que, seguramente, pronto nos llamarían
la atención y nos pedirían silencio. De hecho, había
un señor ante el atril vestido de paisano que supuse era el
cura párroco, el cual no parecía muy contento con el
ambiente que se estaba generando. Sin embargo, más tarde
descubrí que no se trataba del cura, sino más bien del
sacristán. A medida que el reloj se acercaba a las 12 h del
mediodía, la afluencia era masiva, las familias de los comulgantes
(en realidad debería decir las comulgantes, como explicaré
más adelante) ocupaban los bancos que se les habían
asignado y el resto de invitados nos íbamos ubicando en los
bancos detrás de estos. En esos momentos, había en el
lado derecho, en relación con los feligreses, es decir a la
izquierda del altar, una señora con aspecto de religiosa, pero
cuyo atuendo no correspondía a esa condición. La mujer,
que superaba los 70 años, pidió silencio con una autoridad
tal que pronto reinó aquél y tan apenas se oía
un murmullo. Delante suyo había una especie de atril que no
correspondía al de las lecturas sagradas, pues éste
se situaba a la derecha del altar. Durante la celebración descubrí
que esa señora hacía las veces de directora de coro.
Es decir, animaba al público asistente a participar en los
cánticos religiosos y lo hacía con su propia voz y con
un movimiento de su brazo derecho que me recordaba al de los directores
de orquesta; aunque sin batuta, obviamente. Cuando, acabado el acto,
recabé entre mis conocidos de dónde venía ese
personaje, no me supieron decir con exactitud. Lo que estaba claro
es que era una persona amante de la música y habituada a los
eventos religiosos. Una nota para mí inédita en mi prolongada
existencia. No obstante, si esa persona formó parte de mi experiencia
religiosa, no fue el personaje principal. Se trataba de un actor secundario.
En efecto, al empezar el acto y antes de que entrasen de forma triunfal
los protagonistas del sacramento, surgió como de la nada en
una casulla de color rojo el ministro de Dios. Lo curioso es que,
sorprendentemente para mí, era negro. Pero siendo eso una sorpresa
no fue la mayor, pues lo que más me llamó la atención
es que se expresaba en un catalán que, en mi corto entender,
era bastante bueno. De hecho, al acabar el acto religioso, recabé
información y me dijeron que era de origen ruandés
y se llamaba Juan de Dios. Lo que no supieron decirme es cuál
había sido su trayectoria, pues a lo largo de toda la ceremonia,
no titubeó ni un momento al expresarse en la lengua vernácula.
Todo lo cual, junto con mi intento de comprender las lecturas sagradas,
hizo que la celebración me resultase muy amena. En efecto,
he asistido a
Virgen del Rocío
muchas misas en mi vida; pero creo que era mi segunda misa en lengua
catalana. Por lo cual tuve que realizar un verdadero esfuerzo para
entender algunas cosas, lo que acrecentó mi interés
en el acto y me lo hizo más ameno.
Otra de las cosas que me llamó poderosamente la atención
fue el hecho de que tan solo tres de los catorce niños que
tomaban su primera comunión eran varones. Sin duda se trata
de una proporción desorbitada. Como diría un epidemiólogo
la razón de proporciones (“Odds ratio”) es de 78,6/21,4. Es
decir, mayor que 3, algo estadísticamente significativo en
relación con una tasa esperable de 50/50=1. Enseguida me surgió
la pregunta: ¿Cuál es la razón? La respuesta
quizás sería motivo de una tesis doctoral. En efecto,
no creo, o es muy improbable, que esa desproporción obedezca
a una descompensación en la razón de sexos en los nacimientos
de esa quinta de niños. O sea, de los nacidos en 2013. Entonces,
es inevitable ponerse a pensar y hacer suposiciones. ¿Qué
sucede? ¿Por qué había muchas más niñas
de primera comunión que niños? Si uno participa en
la celebración, enseguida se percata de algo clásico:
las niñas parecen novias o princesas, una de dos o bien las
dos a la vez. Sus peinados, sus vestidos, todo...¿y los niños?
Ya se han perdido aquellos trajes de marinero o de almirante. Ahora
se ven más vulgares, corrientuchos diría yo, al lado
de tanto “glamour”. Sin embargo, sigo preguntándome ¿acaso
las familias que tienen varones de esa edad son menos religiosos?
Lo cual me parece improbable. Quizás la pregunta habría
que reformularla ¿los papás de niñas que hacen
su primera comunión promueven este tipo de celebraciones aunque
no sean más religiosos? Como digo, son preguntas para las que
no tengo respuesta, pero dignas de estudios sociológicos encaminados
a saber si es algo frecuente y por qué. Lo que resulta evidente
es que esas niñas han tenido que ser mayoritarias en la catequesis
y, aunque algunas de ellas no continúen con esa práctica
religiosa, la probabilidad de que la proporción de niñas
que sigan prácticas religiosas en su adolescencia sea abrumadoramente
mayor siempre será más alta.
Por supuesto que me gustaría saber qué proporción
de esos comulgantes van a seguir recibiendo ese sacramento. Si, cuando
yo comulgué, éramos pocos, ahora seguro que serán
menos.
Voy
a cambiar de tercio, pues quiero dedicar una parte de este relato
a describir circunstancias que rodearon a la celebración a
la que estábamos invitados mi señora y yo. La niña,
que se llama Laura, es la ahijada de bautismo de mi esposa, de ahí
la invitación. Se da la circunstancia de que su madre es colombiana,
como mi mujer, de ahí la relación. Sin embargo, su padre
es catalán si bien tiene ascendientes próximos y lejanos
que son andaluces. En efecto, la abuela paterna era hija de un señor
catalán que se casó con una andaluza, la bisabuela que
con 97 años aún vive y estuvo presente en el convite.
Con muy buen humor y excelente apetito, por cierto. El abuelo paterno,
que falleció hace unos años, nació en Andalucía
y se desplazó a Cataluña por trabajo. Según me
consta, él no hablaba catalán; pero a buen seguro que
lo entendía, pues su mujer y sus dos hijos lo hablan como primera
lengua. Por parte de la madre, estaban presentes la abuela, que vive
en Colombia, y una hermana que es colombiana de nacimiento, pero
reside desde hace unos veinte años en USA. Además de
los tres hermanos de la abuela paterna, un varón soltero y
dos mujeres con sus consortes, había dos parejas jóvenes
con su descendencia, todos ellos nacidos y criados en Cataluña.
Sin embargo, el padre de una de las jóvenes nació y
se crió en Ateca (Zaragoza). Finalmente, además de
nosotros, una colombiana y un maño, había una pareja
compuesta por una prima colombiana de la madre de Laura que tiene
nacionalidad francesa y está casada con un francés,
aunque viven en Tarragona. Si a esto le añadimos un amigo
del padre de la niña comulgante que reside en la zona, pero
es de Jerez de la Frontera, el cóctel se completa. Es decir,
si nuestra reunión fuera una muestra representativa de la Cataluña
actual, nos encontramos que ha habido una globalización y
un encuentro de nacionalidades y culturas. De ahí que, en
pleno núcleo del nacionalismo catalán, se den este
tipo de “amalgamas”. Alguien, que no recuerdo, nos comentó
que no es que haya muchos independentistas en la zona, sino que se
hacen oír. Obviamente, eso varía con las circunstancias,
pero creo que es una valoración bastante acertada.
Para
concluir, no quiero dejar pasar un hecho que me llamó mucho
la atención. Una vez concluida la pantagruélica comida,
culminada con cava y una tarta que no desmerecería en una boda,
quedamos en continuar la fiesta en el pueblo, pues había
una celebración. En efecto, un bar celebraba su aniversario
y había obtenido permiso de las autoridades para montar un
chiringuito en una de las plazas del pueblo. Además, había
un escenario y músicos en directo, con música disco
en los descansos. La fiesta estaba muy animada, por el horario y quizás
porque el lunes era festivo. Allí había jóvenes,
menos jóvenes y muchos niños, niñas más
bien. Si bien dominaba el tumulto alrededor de la barra, no faltaba
gente que se animaba a bailar, especialmente las niñas, alguna
de corta edad, pero con mucho salero. Sin embargo, había a
menudo gente que se sumaba a las canciones tarareándolas o
siguiendo el ritmo mientras bebían.
Pues
bien, de repente me percaté que, a pesar de todo el lío
que se está montando a nivel político con la presencia
del castellano en las escuelas, se pusieron y tocaron muchas canciones
en castellano, bastantes en inglés y muy pocas (de hecho, no
recuerdo ninguna) en catalán. En esos momentos pensé,
como dicen a menudo en los medios, que la música une. Nadie
se cortaba en bailar y tararear conocidos éxitos musicales
en castellano. Me venía a menudo a la cabeza que mientras las
cosas sigan así es un buen signo y que nada mejor que la música,
algo muy cultural y muy nuestro, para sentirnos a gusto aceptándonos
cada uno como somos. Para finalizar, no puedo pasar por alto un detalle,
tan apenas vimos personas con mascarilla, ni en la calle ni en los
recintos cerrados. Por un par de días, nos olvidamos de la
pandemia.
Antonio
Callén Mora