Siempre nos quedará la vejez
Por Juan Ramón González Ortiz

 

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Llega un momento en el que uno cumple los cincuenta años. O, mejor, aún, en el que es jubilado. Y, de golpe, nos vemos instalados en una nueva realidad de la que no teníamos seguro conocimiento. La universidad no nos había preparado para esto, ¿verdad?
Una época nueva se abre ante nosotros, y esto es apasionante. Es una época desconocida, que inicialmente se abre a mil y una esperanzas. Con paso incierto, y tal vez un poco sobrecogidos, iniciamos esta andadura, que sabemos que lleva en derechura a la muerte. Y de golpe descubrimos que es un trance para el que tampoco estábamos preparados. Porque, la verdad es que nadie o casi nadie está preparado para nada en esta vida, y simplemente hablo del ejercicio de la vida.
A partir de los cincuenta años todo cambia en la vida. Apreciamos que algo se ha alterado con respecto a lo que podríamos llamar, la primera etapa de la vida. Cumplidos los cincuenta, y más aún cumplida la jubilación, se despiertan dentro del alma de las personas fuerzas inconscientes, fuerzas que antes estaban coaccionadas por el trabajo, la familia, la vida social,…
Durante la primera etapa de la vida sabíamos de sobra que la “gente se muere”, pero no nos lo acabábamos de creer del todo, al menos, sospechábamos que eso no tenía nada que ver con nosotros. Estábamos entretenidos en labrarnos un futuro y sobre todo en “aprovechar” el tiempo.
Hasta que llegamos a la edad de la limitación. A esa edad, hemos visto la muerte de muchos, y hemos asistido a la muerte y a la decadencia de nuestros familiares.
Ya lo dice el poeta:
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.
Como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
De golpe caemos en la cuenta ya no de la limitación de la vida sino sobre todo de su caducidad. Y esta nueva vivencia del tiempo y de la vida nos descoloca completamente. De ahora en adelante, pasamos a comprender que, en esta vida, todo es tiempo.
Y tan solo la religión, y la filosofía, y tal vez de toda la filosofía, solo la filosofía estoica, ofrecen una esperanza a esta crisis. Es la crisis de la segunda etapa de la vida. Cuando se alcanza la vejez, llega una nostalgia muy profunda por “el ser humano interior”. Al mismo tiempo, también percibimos la insustancialidad y la inutilidad de las distracciones, que antes ocupaban tanto espacio en nuestras vidas.
Hemos elegido el escrito de Jung sobre el envejecimiento como maestro indiscutible y como guía en este proceso de envejecer. También he usado el extraordinario artículo sobre las dos mitades de la vida que escribió el monje benedictino Anselm Grün, que, aunque profesa como monje contemplativo, conoce perfectamente cómo fluye la vida más allá de los muros de su abadía y sabe muy bien lo que es envejecer en una ciudad occidental. De hecho, este artículo, sintetiza las ideas de Grünn.

Estos dos autores recuperan el camino que va hacia “el ser humano interior”. Esta es la gran tarea que no hemos sido capaces de hacer en la juventud.
Es en la vejez cuando hay que descender al fondo del Ser y comprender de veras quiénes somos. Esa ceguera de la juventud para el Ser es la única explicación que hay al abandono de los ancianos y a su marginación en esas enormes e industriales guarderías de la vejez, que son infaustas antesalas del cementerio.
¿Por qué hemos elegido a Jung?, porque Jung es el psicólogo que más se acerca al estudio del misterio y de lo misterioso, lo numinoso, categoría que muchos otros médicos y científicos rechazan de plano, o con indiferencia. Jung es un psicólogo que estira su ciencia hasta penetrar en la experiencia más íntima del ser humano interior. Él mismo reconoce que la pregunta de la que partió todo su quehacer fue, “¿Quién soy yo?, ¿qué es el mundo?” También fue el primer científico moderno que habló de la “autorrealización”, al margen de cualquier contenido religioso, pues para él autorrealización es rebasarse a sí mismo. Una empresa digna de un verdadero argonauta del espíritu.
Finalmente, Jung aportó un concepto genial del que Freud no se ocupó: la sombra. La sombra no es el subconsciente freudiano, ni mucho menos. Pues la sombra la conocemos y sabemos de su existencia.
Para Jung la aceptación de la sombra es un proceso hasta cierto punto doloroso que requiere de dos sistemas complementarios: la ascesis y la meditación.
El ser humano que se trasciende a sí mismo, que acepta la sombra, y que acepta la luz interior, se transforma en un ser cálido y abierto. No es un Prometeo, ni un doctor Fausto, no es un héroe byroniano, ni tampoco es el Zaratustra de Nietzsche. Es nada menos que todo un ser humano.

Si seguimos a Freud, vemos que, en sus obras, el horizonte de la psicología se extiende no más allá de la adolescencia. La Psicología y al análisis clásico se fijan obsesivamente en las primeras etapas del desarrollo, no avanzando más allá de la edad de los dieciocho años.
Pero Jung cambia por completo el paradigma de la psicología clásica: Jung es el analista del aquí y del ahora, al contrario que Freud, que se situaba en el pasado. Jung comprobó en su estudios clínicos que la mayoría de los problemas que planteaban en su consulta los adultos, que ya habían superado los treinta y cinco años, eran de naturaleza espiritual. Problemas que afectaban al plano del alma. Y estos problemas no surgieron en la infancia, ni mucho menos.
Este cambio de dirección que imprimió Jung al psicoanálisis lo cambió todo.

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El primer problema que aparece en la segunda mitad de la vida es el problema de la individualización.
Jung entendía por individualización el proceso de construcción interior que culmina en la unificación del ser humano como un todo independiente e indivisible.

Durante la primera etapa de la vida nuestra misión es abarcar el mundo y expandir nuestra energía. Para eso todos tenemos que desarrollar una personalidad, o “persona”, en el sentido etimológico de “máscara”, que funcione en la vida en representación nuestra. Porque la máscara afirma nuestra realidad y protege nuestros principios interiores, demasiado sensibles: nuestros sentimientos, nuestras zonas de inseguridad, …
En la primera etapa de la vida, hemos de construir esa máscara, fortalecerla, y, a partir de ella, negociar con la sociedad y relacionarnos con el entorno. Pero este proceso de afirmación olvida, neglige, otros aspectos. Y aquí tenemos ya la primera sombra: sabemos que descuidamos otros aspectos y valores del yo, y además sabemos que la imagen de la máscara no es el verdadero yo. Jung lo explica de manera extraordinaria:
“La imagen del yo está compuesta por múltiples rasgos del ser humano en parte reprimidos y en parte no vividos del todo. Estos rasgos fueron en gran parte excluidos del todo por motivos morales, sociales, educativos, o de cualquier otro tipo, y por eso cayeron en la represión, o, lo que es lo mismo, en la disociación”.
Como vemos, la sombra es la contraparte polar de las cualidades que hemos cultivado y desarrollado en mayor medida. Cuanto más se cultiva una cualidad, más fuertemente actúa su contraria desde la sombra. Esas proyecciones de la sombra, junto con la actividad de la razón, que trata de que esto no llegue al nivel consciente, son la causa de multitud de problemas psicológicos y de tiranteces en la sociedad y entre las personas.
Por ejemplo: si una persona cualquiera (hombre o mujer) potencia sobremanera su aspecto intelectual por encima de cualquier otro, más presión surgirá, desde la sombra, de su parte sentimental. Junto a la particular sombra que nos es propia e intransferible, padecemos también, añadida, la sombra común que afecta a toda la humanidad. La falta de consideración humana llevada a cabo a sabiendas, el desvarío colectivo, la injustificable tristeza, el egoísmo consciente y programado, toda la manipulación ejecutada eficazmente, …, llamémosle “la sombra mundial”, que también pesa dentro de nosotros y tiñe y colorea todas nuestras actuaciones y nuestros planteamientos.
Finalmente, también pertenece al inconsciente mundial la realidad de la existencia del animus y del anima. Nadie se detiene a reflexionar sobre estos dos principios. Y esta falta de reflexión forma parte de la sombra.
El animus es el punto masculino en la constitución inconsciente de la mujer, y anima es el punto femenino en el inconsciente masculino. Estos dos aspectos funcionan por igual tanto en la humanidad masculina como en la femenina. Ambos vibran como arquetipos en el inconsciente colectivo.
Durante la primera etapa de la vida, vivimos volcados en el yo consciente, en la gratificación de lo consciente.
Pero en la segunda etapa todo esto se invierte. En el caso del varón ha de retornar al anima para integrarla en su personalidad. Y la mujer ha de hacer lo mismo, pero con el animus.



Ese animus es lo que hace que una mujer se enamore verdaderamente de un determinado varón, pues reconoce en él a su parte masculina. Y al revés para el hombre: es el reconocimiento de su anima en una determinada mujer lo que prende en él el fuego del verdadero amor. Ambos perciben que al lograr su contraparte polar se completará la personalidad y el alma llegará a su redondez, y a la perfección arquetípica.
Digamos que la biología, más o menos, tiende hacia esta realización, facilitándonos la tarea: la menopausia en la mujer produce una cierta virilización, y en el hombre el paulatino cese de la testosterona lo lanza a la palpitación de la sensibilidad femenina.
En esta segunda etapa, el yo debe volver los ojos hacia fuerzas que hasta ahora le eran secundarias. No hay otra alternativa
A este desarrollo total le llamaba Jung la “individuación”: formar la completitud, la realidad acabada del ser humano. Es “el sí mismo”, la meta de toda una vida de autoanálisis y autodesarrollo. Es la unión y la síntesis de lo evidente con la sombra, y de lo consciente con lo inconsciente. Es la convergencia psíquica y la integración de los dos principios. El camino del ser humano se inicia con el yo y finaliza, o debería finalizar, con “el sí mismo”.
El segundo problema nuevo que surge en la segunda etapa de la vida es la desidentificación con la persona que fuimos.
Con la cincuentena, y más todavía una vez que la sociedad nos jubila, entramos en el terreno de la inseguridad. Es natural: brota, con toda su pujanza, el inconsciente, el cual durante gran parte de nuestra vida ha estado bajo un férreo control. Entonces se rompe el equilibrio en el que creíamos vivir. Todo el andamiaje de nuestro mundo basado en lo consciente se tambalea, y entonces perdemos el norte.
Para Jung, la pérdida del equilibrio es una ocasión extraordinaria, porque requiere la constitución de un nuevo equilibrio. Él mismo advierte de que esto no siempre es así, pues muchas personas, una vez que se apartan del trabajo y del mundo laboral, y una vez que la familia, o el hogar, dejan ser el centro de sus vidas, se sienten perdidos, totalmente incapaces de cimentar un nuevo equilibrio. Y, la mayoría de las veces, esta situación acaba en un verdadero, y silencioso, desastre personal.
He conocido jubilados que aún después de haber cesado en sus trabajos se seguían haciendo llamar “doctor tal”, o “doctora cual”. Incluso una persona a la que conocí en un viaje en tren, al despedirme de él, me tendió su tarjeta de visita en la que estaba escrito “Exdiputado en las Cortes españolas”.
¿Hay algo más triste que aferrarse a las antiguas ocupaciones, o a los antiguos títulos, una vez que el trabajo y las profesiones, a las que han dedicado tantos años, han terminado definitivamente? ¿No es, todo esto, algo así como la mente insegura del adolescente o del joven que no quiere separarse de la bendita niñez? ¿Qué malestar es ese que hace que un ser humano se aferre a su profesión o a su titulación como si estos elementos fueran la única tabla de salvación que le pudiese evitar la muerte en medio del embravecido mar de la vejez?

A este respecto, Jung nos dice lo siguiente:
“Esa identificación con la antigua profesión tiene algo de seductor, porque para muchos seres humanos ese es el único reconocimiento que les ha concedido esta sociedad. Es lo único digno que se les ha atribuido. Es inútil, por tanto, que en tales seres busquemos una personalidad por debajo de la cáscara. Tras esas apariencias, no hay sino hombres y mujeres que merecen lástima. La profesión es tan seductora porque representa una barata y fácil compensación a una personalidad que es deficiente”.
Alcanzada la segunda etapa de la vida, hemos de ponernos a la expectativa del mundo interior. Escuchar dentro de nosotros a ver si oímos algo, en lugar aferrarnos con uñas y dientes al mundo exterior y a sus apariencias. Sobre todo, a sus apariencias.
El tercer problema, es la aceptación de la propia sombra.
Toda la vida humana está llena de opuestos y de contradicciones: luz frente a sombra, y animus frente a anima. El enfrentamiento polar está en el núcleo de la vida humana.
Desarrollar “el sí mismo” es integrar las tendencias opuestas, y no forzar a que una prepondere sobre otra.
Durante la primera etapa de la vida, solo ha de haber una verdad permanente. Una norma. Y esa norma es que exigimos al yo que controle la vida de forma consciente. Generamos ideales conscientes, regidos siempre por la inteligencia. Pero por cada uno de esos ideales conscientes, surgen otros, macerados en el inconsciente. Estos ideales, apartados, ocultos, son los que braman en los sueños, o cuando se debilita la estructura consciente, por ejemplo, en lo que Freud llama “los actos fallidos”.
En la primera mitad, nos empecinamos en vivir en lo consciente, en los valores que se corresponden con el universo de lo consciente, en ser señores del tiempo, en actuar permanentemente, en influir,… Incluso cuando buscamos lo espiritual lo hacemos como el que sigue una prescripción o como el que prepara un plato siguiendo una receta de cocina previa.
Todo lo que guarda nuestro corazón nos perturba y nos molesta. Y, por tanto, lo negamos. Lo negamos incluso cuando practicamos algún tipo de autoanálisis.
En la segunda mitad de la vida, es necesario volver los ojos a los contrarios, y, en consecuencia, hay que rendirse a la existencia de una sombra, que viaja con nosotros, y que la hemos evitado siempre.
Esta contradicción ha de ser resuelta, e integrada. Y para eso está la segunda mitad de la vida.
De nuevo, no todo el mundo tiene la serenidad de encarar esta situación. A veces se abandonan bruscamente los valores anteriores y se vive en una permanente negación de los valores pasados.
Las creencias anteriores son tratadas con odio, con intolerancia, y la vida se instala en la persecución y en el enfrentamiento con la vida pasada.
He conocido varios casos de estos: jubilados que de la noche a la mañana se han hecho activistas radicales…

Cuando en su trabajo eran conciliadores y moderados, o los que han negado atrozmente su anterior vida de religión lanzándose al más feroz ateísmo, con todas sus consecuencias, pues, como dice Dostoyevski, “si Dios no existe todo me está permitido”. No se trata de sustituir la vida de lo consciente por su opuesto, la vida de lo reprimido. No. Esto es cambiar una cosa por otra. Sigue sin haber equilibrio. Y es tan unilateral como la negación de la sombra que hemos practicado en la primera mitad de nuestra vida. Se trata de integrar lo vivido y lo no vivido.
Jung nos insiste en que todo lo humano es polar, porque todo lo que es interior es contradictorio.
La segunda mitad de la vida ha de valer para reconocer los dos tipos de valores que han alimentado nuestra vida: los valores visibles de nuestra vida mundana y social, y los valores ocultos, y contrarios, que también nos han movido, pero en otra dirección, claro está, desde su mundo de sombra y penumbra.
El cuarto problema: es necesario aceptar la muerte y buscar la propia divinidad.
Mientras vivimos en la primera mitad de la vida parece que el tiempo, la muerte, no va con nosotros. Yo mismo estudiaba la filosofía de Bergson, tan basada en la temporalidad, y aunque estaba seguro de que la entendía, ahora veo que no tenía ni idea de lo que era la valoración del tiempo. Lo mismo digo de todos los tópicos literarios basados en el paso del tiempo: mi mente creía de veras que lo comprendía todo, pero no tenía ni idea de los valores vitales que en esas obras se implicaban. Jung tiene una célebre frase, muy divulgada pero escasamente meditada:
“A partir de la mitad de la vida solo permanece vivo el que quiere morir con la vida”.
Este pensamiento lo desarrolla más extensamente en esta cita:
“Existen muchas personas jóvenes que padecen un secreto y angustioso miedo ante el hecho de vivir. Desean vivir, por supuesto, pero experimentan pánico ante ella. Igualmente hay también personas mayores que sufren del mismo temor ante la muerte. Muchos de esos adultos que sufren ante la idea de la muerte eran esos mismos jóvenes a los que angustiaba la vida. Si cuando eran jóvenes reaccionaban infantilmente ante los requerimientos de la vida, es normal que cuando lleguen a viejos se angustien ante la muerte, pues esta es una de las exigencias de la vida. Cuando estos afirman que la muerte no es más que el final de la vida, deberían comprender que eso significa también que la muerte es la meta y el cumplimiento de toda una vida. La muerte debería de ser aceptada como hacíamos con otros objetivos y perspectivas propios de una vida juvenil ascendente”.
El objetivo de la juventud es conquistar una parcela de mundo y establecerse ahí. Es preciso alcanzar algo. Pero cuando llega la segunda mitad de la vida, cambian las metas. Ya no hay cima a la cual subir. Al contrario: ahora nos acercamos al valle. Acabó la ascensión, y ahora vamos de bajada. Ahora el objetivo es el valle que estaba tras la cumbre. Aunque no lo percibamos, nuestro interior tiene su mirada puesta en ese valle.
Mientras tanto, tal vez nuestra conciencia exterior intente resistir, y no despegarse de la cima, crispada ante la pérdida del control de la vida y del entorno.
¿Acaso el miedo a la muerte sea producto de que no queremos abandonar la cima, y emprender el camino hacia el valle? Se trata de un “no querer vivir”. Porque vivir es lanzarse a la ladera que lleva al valle por donde se pone el sol.
Solo puede vivir el que acepta que el camino que le resta es el camino que conduce hacia la muerte. Por eso decía Jung que “solo puede seguir vivo el que quiere morir con la vida”. Hay que mirar hacia el valle que se abre ante nosotros y no hacia la cima, que ya quedó a nuestras espaldas. Y, sin embargo, la sociedad actual halaga y enaltece a los hombres y mujeres ancianos que viven despreocupadamente en una especie de alocada segunda juventud, que tienen aspecto juvenil y que imitan en todo a los jóvenes campeones. Ese es el modelo de anciano que se nos ofrece: viejos que saltan en paracaídas, o que renuevan amoríos, o que se entregan a hazañas deportivas, …
Nos dice Jung:
“De todos los pacientes que he tenido y que habían pasado de la mitad de la vida, no había ni uno solo en el que su problema fundamental no fuera la actitud religiosa (…) Nadie se cura de veras si no recupera la actitud religiosa. Y que quede bien claro que hablo de actitud religiosa y no de seguir confesión religiosa o iglesia alguna”.
Para ese recuperar la visión religiosa de la vida, Jung ofrecelos mismos métodos que los autores místicos de siempre: soledad, ascesis, sacrificio personal, meditación… Estos son los medios que abren de par en par las puertas de lo inconsciente, de lo que no hemos dejado vivir. Entrar en el inconsciente es como entrar en la montaña: sorpresa, novedad, descubrimiento de la verdadera dimensión de uno mismo, ... Y, a la larga, renacimiento. Pero, desdichadamente, en la primera mitad de la vida, no nos hemos dedicado a ejercitar la mirada interna. Hemos descuidado por completo el autoconocimiento, embelesados en el universo material que nos salía al paso. Como un niño fascinado en una feria, así nos hemos situado frente al mundo. Hemos pensado que lo único que merecía la pena era el desarrollo de la vida social, afectiva y material. Y, sin embargo, la mirada interior es totalmente transformadora. Y totalmente renovadora. Y, además, es la única reconciliación que no solo importa en el mundo, sino que es absolutamente necesaria.
Es preciso renacer espiritualmente.
Es preciso volverse hacia dentro de uno mismo: esta es la dimensión religiosa de la que nos habla Jung. Profundizar en la mirada interna es buscar la propia divinidad, o como le llamaba Jung,“el encuentro con Dios”.
Que cuando la vejez nos alcance, escuchar atentamente dentro de nosotros mismos los susurros de Dios sea nuestra actividad permanente. Como final, como conclusión y como resumen de todo este pequeño artículo, nunca olvidemos la admonición, casi la orden, con la que el maestro suizo nos invita a hacer un arte del envejecer:
“Dedicarse con todas las fuerzas y toda la energía a ser “el sí mismo”. Esta es la principal, la única tarea de todo ser humano que inicia el camino de la vejez”.

Juan Ramón González Ortiz

 

 

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