Los
versos de oro (I)
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

Los Versos de oro constituyen todo el andamiaje ético y moral
de la escuela Pitagórica, a partir de cuando esta se instaló
en Crotona, en la Magna Grecia (siglo VI a. C). Y además han
sido fuente de inspiración para toda la humanidad a lo largo
de su atormentada historia.
Se cantaban diariamente, con un fondo musical de cítara o de
lira, dos veces: al amanecer y al anochecer.
Y, también, eran la guía básica que seguían
los pitagóricos en el diario examen de conciencia.
Los Versos de oro eran la verdad pura más allá de cualquier
cuestionamiento o de cualquier compromiso a medias. Eran la verdad
en sí misma. La verdad insobornable en cuyo espejo había
que mirarse a diario.
Cada una de las cuatro etapas por las que pasaba el discípulo
estaba en relación con una porción de los Versos de
oro. El alumno debía de ser capaz de glosar la parte que le
correspondiese, comentarla y revelar las claves profundas, según
el nivel de aprendizaje en el que se moviera. Esto nos habla también
de que la escuela pitagórica, porque así lo quiso Pitágoras,
era una escuela donde se exponían las doctrinas públicamente
y donde se dialogaba y se discutía dentro de los más
altos lazos de amistad mutua.
Esta verdadera obra maestra del espíritu, de la moral y de
la vida intelectual nos ha llegado a través de las escuelas
pitagóricas de Alejandría y de Atenas, en el siglo I
d. C.
Como nos podemos imaginar, muchos discípulos escribieron sus
reflexiones y comentarios a estos versos; poseemos, casi completos,
los comentarios de Hierocles de Atenas, gran pitagórico del
siglo V d. C. Hierocles, tras abandonar Atenas, enseñó
en Alejandría y más tarde en Constantinopla, donde,
por causas que desconocemos del todo, fue azotado y encarcelado. Es
de imaginar que, por tratarse del siglo V, Hierocles divulgaría
en su escuela un sincretismo que aunara orfismo, estoicismo y platonismo.
Esa maravillosa Escuela Filosófica de Alejandría produjo
personajes de la talla Ammonio Saccas, Plotinio, Porfirio y Jámblico.
Como último dato, Hierocles fue el maestro del filósofo
Plutarco de Atenas, que refundó en el siglo IV d. C. la Academia
Platónica de Atenas, en su forma neoplatónica.
1. “Honra ante todo a los dioses inmortales según establece
la ley”.
Para los antiguos griegos, los dioses tenían una naturaleza
en la que se simbolizaban las leyes de nuestro universo, y los regentes
de todos los niveles y planos de los que este consta. Es decir, que
los dioses también tienen un orden y ajustarse a la ley divina
es conocer cómo están colocados jerárquicamente
unos y otros.
También este verso afirma que, en el cuerpo humano, contrapartida
del cosmos, hay diversos planos, niveles o principios y que estos
son gobernados por esos mismos dioses. Pitágoras afirmaba que
existía toda una índole de dioses intermedios, menos
elevados que los dioses inmortales, pero por cuya ayuda nos podríamos
aproximar a los altos regentes celestiales.
Hierocles nos dice que, puesto que lo semejante atrae a lo semejante,
un alma que va siendo cada vez más y más purificada,
hasta transformarse en una idea divina, se va sintiendo naturalmente
inspirada y afirmada por la presencia de Dios.
2. “Respeta la palabra dada”.
Es un principio fundamental de cualquier miembro de una escuela filosófica.
Este verso quiere decir que es preciso mantener una honestidad y una
integridad totales. Y que nada nos haga traicionar nuestra honestidad,
que no haya dinero ni recompensa en el mundo que sea capaz de hacernos
dudar de la necesidad de ser dignos. Hierocles nos dice que “solo
los que practican las virtudes pueden guardar después sus juramentos”.
Además, este verso está en relación con la costumbre
pitagórica de guardar silencio. Durante toda la primera etapa
de enseñanza en el seno de la escuela pitagórica el
aspirante debía guardar silencio. Una vez que llegaba a la
segunda etapa, conquistaba el derecho a la palabra. Hablar para un
pitagórico era algo importantísimo, y la palabra algo
más valioso que el oro. La palabra solo podía usarse
para aportar luz y verdad. Traicionar el sentido tan elevado de la
palabra era traicionar la esencia misma del alma. En ese caso mejor
hubiera sido guardar silencio.
3. “Honra luego a los dioses glorificados”.
Son los protectores invisibles, las cohortes angelicales y dévicas,
los llamados dioses intermedios, que nos acompañan y a los
que elevamos nuestros corazones en momentos de zozobra, a veces inconscientemente.
Para los antiguos griegos podían ser también las grandes
personalidades de antaño: los padres fundadores de la patria,
que estaban en contacto muy íntimo con los maestros, los legisladores,
los primeros gobernantes, los primeros jueces, …. Personalidades ya
desencarnadas pero cuya vida terrestre siempre tuvo como nota principal
el amor a la humanidad. Hierocles afirma que la fe en estos héroes
nos transporta a la mansión divina. También decía
que estos seres constituyen no solo un muro espiritual para nuestras
naciones, sino que también, en un nivel personal, velaban por
cada uno de nosotros.
4. “Consagra a los genios terrestres rindiéndoles el debido
culto”.
Los genios terrestres son los espíritus de la naturaleza. Los
llamados “elementales”. Son los mediadores necesarios entre el ser
humano y la naturaleza. Pitágoras los llama “terrestres” dando
a entender que son susceptibles de mezclarse en asuntos humanos. No
los llama “terrestres” aludiendo a que sean de orden inferior, como
los llamados “genios inferiores”. Por “rendir el debido culto” seguramente
Pitágoras entiende que el ser humano debe cumplir lo que se
relaciona con las leyes de estos genios; es decir, que es necesario
contar con ellos en cualquier operación mágica (por
descartado que Pitágoras solo se refiere a la llamada magia
blanca). Hierocles afirma que es necesario recurrir a ellos en todo
aquello que se refiera “a lo que concierne a sus leyes”, o sea, a
los principios, o cuerpos, que forman el ser humano. Pues por la intervención
de estos elementales se llegan a poseer el verdadero dominio de nuestros
cuerpos superiores.
5.
“Honra a tu padre, a tu madre y a tus parientes más próximos”
Esta recomendación es obvia. Pitágoras no la podía
haber escrito así, sin más ni más, sin un sentido
más oculto, ¿verdad? Pitágoras, en un nivel profundo,
no habla de nuestro padre y madre físicos. Eso sería
demasiado común. Nuestros padres simbolizan, en nuestro, pequeño
nivel, al Padre y a la Madre cósmicos. Es decir, toda la jerarquía
de padres y madres que se despliegan por encima de nosotros, una vez
que cobramos conciencia de que somos criaturas hermanadas con las
potencias celestes. Los padres son la proyección
de una realidad trascendente, de una realidad dévica que se
multiplica a partir de nuestros padres. De ahí que la
recomendación de Pitágoras sea honrarlos a ambos,
pero de forma trascendental, es decir, sabiendo que son la imagen
de las categorías creadoras y de las cadenas angélicas
que nos dispensan continuamente su atención. Mantener y alimentar
esa cadena de amor y respeto, que principia con los padres físicos,
es fundamental para mantener la estructura social sólidamente
trabada.
Cuando se menoscaba el respeto a los padres, es porque ya se ha perdido
antes la conciencia de esa red de criaturas angélicas
que enlaza a todo un tejido de vidas en continuo ascenso. Ese
es el verdadero linaje familiar al que todos pertenecemos.
6.
“Escoge por amigo al que destaque más en la virtud”
Un amigo representa un acto de libertad pura, pues hemos sido nosotros
los que lo hemos elegido. Por tanto, en la elección de los
amigos se manifiestan nuestros verdaderos ideales. Cuanto más
noble sea el ideal al que aspiramos tanto más deben de
ser los amigos que elijamos en nuestra vida. Para el pitagorismo,
esto significa que el amigo también debe de estar sometido
al mismo alto ideal que nosotros también perseguimos y,
por tanto, cuando en verdad nuestro amigo se separe del ideal, debemos
hacerle ver el error cometido. Por eso, tal vez, se afirma que la
escuela esotérica que más alto haya valorado la amistad
sea el pitagorismo.
7. “Atiende a sus dulces advertencias y aprende con sus ejemplos.
Disculpa las faltas que cometa, mientras puedas, y evita el juicio
severo, pues lo posible se halla cerca de lo necesario”.
Estos versos han de entenderse también a partir del comentario
anterior. Hierocles nos dice: “Da a la amistad toda la categoría
que esta exige”.
8. “Sé razonable. Y acepta las cosas tal y como son. Acostúmbrate
a vencerte. Sé sobrio en el comer, sé activo y casto”.
En definitiva, hay que someterse a una verdadera disciplina durante
toda la vida. Especialmente, en todo lo relativo a lo físico,
porque lo físico tiene tal poder que puede hundir por completo
el anhelo espiritual. Todo ha de ocupar el lugar que le corresponde,
su justo lugar, sabiendo que lo físico quiere y desea invadir
el espacio que está destinado a las necesidades del alma.
9. “Nunca cometas actos deshonestos de los que luego puedas avergonzarte,
ni en privado ni en público. Antes que nada, respétate
a ti mismo”.
Es decir, antes que nada, antes que cualquier otra cosa, está
la dignidad propia. Y este es el mismo sentido que tenía la
ética kantiana: para ser feliz en primer lugar hay que ser
digno. Porque Kant no se preocupa de cómo ser feliz sino
de cómo ser digno.
El sentido de estos versos se puede explicar afirmando que nunca la
sociedad o la autoindulgencia nos impulsen a justificar nuestros actos,
nuestras faltas. La dignidad hay que mantenerla por igual tanto cuando
se está a solas como cuando se está acompañado.
El origen de la idea de que hay que ser el guardián de uno
mismo es que atesoramos un alma divina.
10. “Observa la justicia en acciones y palabras. No te comportes
nunca sin regla ni razón. Piensa que el Hado nos ordena a todos
morir, y que los fáciles honores y los bienes de la fortuna
son inciertos”.
En estos versos, Pitágoras destaca por encima de todo el poder
de la reflexión y de la introversión. Revelarse
a uno mismo los motivos de su actuación era una actitud básica
en el camino hacia la perfección. Por eso, para Pitágoras,
la primera virtud ha de ser la prudencia. No somos dueños
de todo aquello que nos viene dado: cuerpo, riquezas, fortuna, … Pero
con la prudencia podemos usar del cuerpo y de los bienes para embellecer
nuestra alma. Si usamos continuamente de la reflexión, llegará
un momento en el que percibiremos las causas exactas de lo que
nos sobrevenga de forma casual y arbitraria.
11. “Las pruebas de la vida vienen por voluntad divina”.
Dios es el que distribuye a cada cual lo que más le conviene.
Hierocles nos recuerda que Dios no recompensa o castiga a uno con
preferencia a otro, sino que lo trata conforme él mismo se
ha tratado.
Por tanto, las causas están en nosotros. Si no hubiera karma
(o moira, en griego) en el mundo, este sería injusto, desordenado
y caótico. No merecería la pena portarse bien. Y sería
imposible alcanzar la perfección y la dignidad. El orden en
el mundo es el destino. Siguiendo con la máxima anterior, la
única manera de remediar los incidentes de nuestras vidas es
a través de la atenta y continua reflexión.
Para los pitagóricos la reencarnación (o metempsícosis)
y el karma explicarían también gran parte de las manifestaciones
de esta vida. Esta doctrina, igualmente, es la afirmación
continua de la naturaleza divina del alma y de su prolongadísima
evolución a través de los muchos planos del cosmos.
12.
“Mucho se habla y mucho se enjuicia sobre los más diversos
temas. No los acojas con admiración y tampoco los rechaces.
Y si advirtieres que el error triunfa, ármate de paciencia
y dulzura”.
No
hay que impacientarse ni alterarse ante las indignidades. Se necesita
ser flexible para no caer en el fanatismo ni en la rigidez académica.
El fanatismo crea enemigos y aparta a los demás de las creencias,
o de la escuela, que uno profesa. El pitagorismo tiene la elegancia
del alma y de la mirada distante, y defendía la máxima
tolerancia dentro en el seno de la propia escuela como una de las
más sublimes manifestaciones del alma humana. De nuevo, hay
que apelar a la indagación, a la psicología, incluso
a la astrología para comprender por qué algunos afirman
el error.
13.
“Observa estas razones en toda circunstancia: que jamás nadie
te induzca con palabras o con hechos a decir y a hacer lo que no te
corresponde”.
Aquel
que se siente en posesión de su propia dignidad como ser espiritual
jamás se deja envilecer. Es uno. Todo él es un bloque
cerrado, totalmente compacto. No hay por donde entrarle… El que a
veces dice una cosa y luego en otro ambiente dice otra, está
lleno de fisuras y grietas y por eso está perdido. Si uno conoce
la esencia de su alma nunca se apartará de ella, y por tanto
nunca nadie puede inducirle que diga palabras o a que realice actos
que contradicen la realidad de esa del alma. Aunque le amenacen con
la muerte o con la tortura es imposible que vaya contra la esencia
de su alma.
Por otra parte, si uno conoce su esencia conocerá por añadidura
todo aquello que es afín a la naturaleza del alma. Esto enlaza
con la ley de la simpatía natural o de las afinidades electivas:
las cosas que tiene relación rítmica y natural se atraen
entre sí de forma incontenible. Es decir, el estudio de nuestra
naturaleza es la llave del conocimiento de todo el cosmos, con sus
diversos sistemas y con sus planos de existencia. Porque todo es una
asombrosa unidad.
Ops, diosa de la tierra, la abundancia, y esposa de Saturno.
14.
“De insensatos es hablar y actuar sin premeditación. Consulta,
delibera y elige cuál ha de ser la más noble conducta.
Intenta edificar sobre el presente lo que será una realidad
futura”.
“Habituada
al goce de las cosas bellas, dice Hierocles, nuestra alma, curtida
en todo tipo de combates, conserva intacta su determinación”.
Este versículo quiere decir que para todo hay que ajustarse
siempre al punto de vista de cómo actúan los dioses:
la actitud interna siempre ha de ser divina; y la norma para actuar
ha de ser la misma que guía a los dioses: la belleza y la perfección,
tanto por dentro como por fuera. Si hacemos así, cualquier
cosa que edifiquemos ahora, en el futuro seguirá siendo
algo esplendente y vivo, y que manifiestará la belleza del
alma, que es nuestro Dios interior.
15. “No alardees de lo que no entiendas, sin embargo, aprende siempre
y en toda circunstancia, y la satisfacción será
su resultado”.
El que comprende las leyes de los mundos superiores recibe una recompensa
muy superior a la que recibe una persona ordinaria. Este versículo
nos muestra que, para Pitágoras, existe un auténtico
gozo en vivir, cosa que no siempre era así para los estoicos
o para otros filósofos de base práctica para los
cuales la vida es a la vez un juego y una técnica, e incluso
para cierto tipo de místicos. Para los pitagóricos el
gozo de vivir se desprende de una actitud anterior y es la recompensa,
la dádiva, cuando uno logra entender la vida como el más
fantástico y grandioso de todos los espectáculos.
Es una forma de gozo que nace de la inocencia que supone aprender
siempre, continuamente y en todo lugar. Esta actitud genera un agradecimiento
tal que, en sí misma, es una verdadera oración. Esto
es así porque el pitagórico se complace en la contemplación
del alma ajena. Y eso quiere decir que no reconoce fronteras
entre él, su alma, y todas las almas que encuentra en el camino.
Juan Ramón González Ortiz