Viaje
a África
Juan Ramón González Ortiz

Todavía no había cumplido los treinta años cuando
decidí cruzar el Sahara argelino.
Me pareció que era una buena despedida de la edad esa de los
veintitantos.
Algún amigo mío conocía a algún otro que
lo había hecho. Era humanamente posible hacerlo. Y, como siempre
me gustaron las vacías soledades del Sahara, me puse manos
a la obra para documentarme. Si alguno que me lee es aún joven
habrá de saber que, por aquel entonces, años 80, preparar
un viaje a cualquier territorito inhóspito o alejado era una
tarea desalentadora. Casi siempre viajabas sin saber mucho del país
al que ibas. Y eso tenía un encanto insuperable.
La mayoría de las veces yo solventaba el problema de la documentación
acudiendo a algunas librerías especializadas en mapas y guías,
o bien poniéndome en contacto con una librería de Suiza,
que servía mapas detallados de cualquier punto del mundo. Puse
un cartel en la universidad, pero nadie se apuntó a venir conmigo.
No me quedaba otra opción que ir solo.
Muchos camiones argelinos, o malienses, cruzaban esos ciento cincuenta
kilómetros, absolutamente desolados, entre Bordj Mokhtar, en
el Tanezrouft, en Argelia, y el palmeral de Tessalit, ya en Malí.
Gozar de esa tierra de nadie, en la que estás totalmente al
margen del mundo, de ese mar desconocido, de ese agujero negro en
el que estás absolutamente perdido entre las orillas atormentadas
del Sahel, me creaba una alegría bárbara y ruidosa que
no me dejaba dormir. Contaba los días esperando que saliera
mi vuelo a Argel.
No voy a aburrir a nadie con los pormenores de mi viaje, basta saber
que por fin llegué al puesto argelino del Bidon V (antaño
denominado “Puesto Cartier”), de ahí continué hasta
Bordj Mokhtar, en la misma frontera, de donde parte la pista que va
hasta Gao, en Malí. Me dediqué a esperar un camión
que cruzara con destino hacia Malí. Los camioneros transportaban,
fundamentalmente, dátiles y corderos en los dos sentidos. Por
supuesto, no se trataba de hacer autoestop. Había que gratificar
con dinero al camionero, los dos ganábamos. De no hacerlo,
nadie se iba interesar por ti.
La pista, la única pista que había, estaba señalizada
sobre la arena con torretas metálicas en cuyas cimas, a guisa
de pequeños faros, una bombilla iluminaba la noche. Pero desgraciadamente,
habían robado todas las bombillas. Pero daba igual porque las
viejas estructuras se veían bastan bien desde lejos, blanqueadas
como afilados esqueletos, como carcasas corroídas por la locura
del sol y la furia del viento del desierto.
Muchas veces, la arena había invadido por completo la ruta.
Y no se distinguía por dónde ir. Pero el camionero que
se ofreció a llevarme conocía el trayecto hasta con
los ojos cerrados.
Me daba la impresión estar nadando en un agujero al margen
de todo, sumergido en una especie de cenote interminable fuera de
este mundo, aunque dentro de él.
La soledad, la soledad absoluta….
Mis ojos iban a estallar de júbilo…. Todo yo iba a estallar
de júbilo.

Quintín, Octavio y Juan Ramón.
Aquel hombre, al timón de su máquina, despertó
toda mi admiración. Siempre de buen humor, bajo el vendaval
del sol, con un calor que superaba los cincuenta grados de temperatura,
… Dios mío, qué hombre tan sabio y tan natural, ¡qué
diferente de todos esos charlatanes tediosos y amargos que certificaban
sus lecciones en las aulas de las de la universidad!
Eufemo, Tifis, Palinuro, todos aquellos timoneles de la antigüedad,
se unieron en el alma de mi conductor. Él también tenía
la cabeza llena de mares, pero de arena, y se sabía de memoria
los caminos de aquel océano batido por el viento abrasador,
e incluso hubiera encontrado la ruta para llegar a las islas del norte,
aquellas islas que buscaron los vikingos, donde se acababa el viento
helado y el mar, más allá de las Orcadas y de las Feroe.
Mientras tanto navegábamos a toda vela sobre las arenas blancas,
levantando torbellinos a nuestro paso, como si fuéramos un
martín pescador volando sobre la flor de las olas….
Qué música tan exquisita la monotonía, el silencio
del desierto.
Solo rocas duras y el cielo que caía enloquecido, histérico,
apocalíptico, desde lo alto.
Nadie mirando, nadie leyendo, nadie escuchando. Y el sol, como un
espadazo….
Todo era caos, desorden y anarquía. Todo era delirio. Y el
sol henchido de insolencia.
Al Este, el Nilo próspero.
Al Sur, las tierras rojas y verdes.
Al Oeste, el Gran Océano de agua salada.
Al Norte, las montañas blancas y las golondrinas.
Y, en medio…, el Vacío.
Por fin, llegamos a Gao, en
Malí. Para mí Gao significa una cosa: cerveza. Por
fin, cerveza.
Juan Ramón González
Ortiz