El
viaje del sufí Fuad Al Lal Mohammed contado por él mismo
Juan Ramón González

El Cairo
“Ya desde pequeño tuve un ansia irrefrenable por la santa ciencia.
Frecuentemente estaba solo a todas horas porque la conversación,
los juegos y las travesuras me parecían estúpidos. Mi
primer maestro lo tuve a la edad de los siete años. Me vio
en el mercado libanés, separando a dos perros enzarzados en
una pelea. Mientras todos reían, yo, un niño, luchaba
para apartarlos. Toda mi vida me he dedicado a la Sabiduría.
Cuando contaba 23 años me dirigí a El Cairo, porque
me habían hablado de que allí había un gran maestro
espiritual. Él me estaría esperando en la tienda de
Abú Al Muqtadir, el vendedor de alfombras. Entré en
la tienda. Todo era gente chillando, comerciando, tomando té
y cambiando dinero. Ni rastro de mi cheik. Al cabo de mucho tiempo,
escuché a mis espaldas una voz poderosa, llena de furia. “¡Imbécil,
llevas aquí más de dos horas y no me has reconocido!”
Al volverme, vi a un hombre descomunal con los ojos inyectados en
sangre. “Disculpad, maestro. Yo…”. “¡Silencio! No estás
preparado. Aún eres mundano y estás repleto de ti mismo.
Ve a Taxila, en la otra punta del mundo. Y busca a Zarkub.” (…)
“He llegado a Taxila. Estoy desganado y vacío. He caminado
durante años. He comido larvas de los troncos de los árboles,
disputándoselas a los tejones. He trabajado en Ctesifonte,
en el bárbaro mercado, rapando la barba de mercaderes y ociosos.”(…)
“Por fin, he encontrado el taller de Zarkub, el batidor de cobre.
Mi tarea es calentar el cobre, lo doblo, lo estiro, lo tuerzo y a
veces le añado cuentas de coral. Llevo ya aquí seis
años. A veces pienso que cualquier animal es más feliz
que yo. Mi corazón está abrumado. Toda esta búsqueda
ha sido inútil. Mi peregrinación no era más que
un delirio concebido en la mente solitaria de un niño entristecido.”(…)
“A medianoche, una divina mujer ha venido a despertarme. Me ha urgido
a que la siga muy rápidamente, en silencio. Tras andar varias
horas, llegamos a un palmeral. Allí vi a otros como yo. Embrutecidos,
con la cara inclinada al suelo, como las bestias. Todos tenemos las
mismas marcas de dolor La búsqueda ha hecho de nosotros seres
pensativos y lentos. He visto a una bellísima mujer que conocí
en Pérgamo. Ahora está cubierta de arrugas y lepra.
Nos han dejado dormir un rato, tan solo un momento. Al despertar,
he descubierto que estoy solo. Nadie me ha avisado ni me han esperado.
Todos se han marchado. ¿Y si ha sido un mal sueño? Solo.
En el desierto de roca y peñascos. Pero no puedo dejarme morir.
Empecé a andar, sin saber muy bien adónde. Era ya el
mediodía y la fatiga estaba a punto de vencerme. De pronto,
descubrí un monje que, a lo lejos, me aguardaba, junto a un
caballo negro, a la sombra de una alta montaña. Cuando llegué
hasta él, me dijo: “Monta en Buraq. Él sabe el camino.
El Venerable quiere verte”. Y así fue. El caballo me llevó
hasta un edificio grandioso, fantástico, indescriptible. Al
entrar vi a un chico joven, de no más de trece años.
Sonriendo me dijo: “El Venerable y sus abejas se han marchado de aquí,
y nunca van a volver. Él y sus abejas, como prueba de su amor
y de su admiración por ti, te dejan ver la que ha sido la Cámara
del Consejo”. Caí de rodillas, llorando. Me sentía burlado.
El joven monje, me dijo: “Ahora vuelve, encuentra el centro del mundo
y allí cumple tu destino. Donde esté el centro del mundo,
allí está tu misión.” Y ante mis ojos, su imagen
empezó a aclararse hasta que desapareció en el aire.”
(…)
“He vuelto Estambul. A mi casa de siempre. Frente a ella está
el viejo hospital que toda mi vida me ha acompañado. Y yo trabajo
en él. No sé cuál es mi destino. Soy camillero
y auxiliar en el hospital cercano. No leo libros, casi no hablo con
gente, no me interesan las noticias. He abandonado toda búsqueda.
Me importa un higo el centro del mundo. Hoy han traído a un
chico malherido, al cogerlo en brazos he descubierto.... que era el
mismo joven monje de hace tantos años atrás. Me sonreía
desde la camilla mirándome directamente al alma. En mi mente
sonaban aquellas palabras: “Donde esté el centro del mundo
allí está tu misión”. Vi cómo introducían
al joven en una sala de curas. Al cabo de algún tiempo volví
a buscarlo. Nadie me supo decir qué pasó con aquel enfermo.
Alguien me comentó que no habían recibido a ningún
chico joven en el pabellón de urgencias.”
“Entonces supe que el centro del mundo era mi ciudad, mi vivienda,
mi hospital. Y que mi destino era…. trabajar a dos pasos de la puerta
de mi casa.”
Juan Ramón González Ortiz