¿Cómo
ven los clarividentes las vidas pasadas?
Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

The Mechanic, Donato Giancola.
He
de confesar que la lectura del libro Las últimas veinte vidas
de Alcione me impresionó sobremanera. Especialmente, porque,
quien haya leído la obra, descubrirá que la entidad
que después habitaría el cuerpo de Jiddu Krishnamurti,
en el período atlanteano, tuvo luchas muy parecidas a las
nuestras, entre mundanidad y vocación espiritual, y que pudo
haber sucumbido a las malas tendencias. Lo que más me hizo
reflexionar es que fue su devoción y su adoración por
una mujer la que estuvo a punto de atarlo al lado de las fuerzas de
la negatividad.
Leadbeater fue el autor de este libro y, como él mismo comenta,
tras su publicación recibió numerosas cartas que contenían
esta pregunta: “¿Cómo ven los clarividentes las vidas
pasadas?"
El propio autor nos cuenta que esta cuestión es muy difícil
de responder y aún más de entender.
La clave de la explicación es comprender que el Logos lo llena
todo, y que todo impresiona al Logos, el cual tiene su propia memoria.
Todo lo que afecta a la más mínima partícula
de ese Logos, todo lo que “presione” a ese Logos que, por ejemplo,
está dentro de una roca, de una joya o de un animal, automáticamente
queda registrado en su memoria. Esa partícula cualquiera, que
creemos inani¬mada, esa joya, ese libro, ese objeto están
repletos de la vida del Logos, y son una parte de él.
Nuestra memoria también actúa de la misma manera, aunque
de forma imperfecta pues nuestra capacidad de recordar es deficiente.
Nuestra memoria registra, igualmente, todo lo que entra en contacto
con nosotros. Por tanto, la memoria nuestra no es sino una parte
de la memoria del Logos. Es más, cada una de esas partículas
de las que hablábamos antes, también tiene su porción
de memoria. Una piedra del camino, un edifi¬cio, un libro, ...
tienen su memoria interna y guardan en ella el recuerdo de los acontecimientos
ocurridos en ellos o en su vecindad.
Cada átomo retiene el registro de todo cuanto sucedió
ante su presencia o de cuanto se relacionó con él. Esta
propiedad se funda en la psicometería. Según Wikipedia,
“psicometría” es:
“un tipo de percepción extrasensorial definido como la habilidad
de obtener información relevante de un objeto, del dueño
de un objeto, o de la historia relacionada con ese objeto haciendo
contacto físico con él. Se supone que un objeto posee
cierta energía psíquica el cual puede transferir facilitando
información y conocimiento sobre la historia de ese objeto.
La psicometría es una referencia común entre los poderes
psíquicos como un tipo de clarividencia”.
El psicómetra normal solo podrá ver lo inmediatamente
relacionado con una piedra que reposa en el valle. Gracias a esa roca,
tendrá una visión de los cam¬bios que durante siglos
y siglos han suce¬dido en aquel valle.
Pero un maestro podrá ir más lejos que el psicómetra:
verá más allá de las colinas del valle, y también
podrá ver qué había ahí antes de que llegase
la roca.
Igualmente cuando un maestro coge un libro no solo ve a todos los
poseedo¬res de ese libro, a todos los dueños que están
en relación con esa obra, sino que además puede entrar
en la mente del au¬tor, y tener toda perspectiva interior, e incluso
conocer lo que el autor sentía mientras escribía en
determinado mo¬mento, y además puede instantáneamente
relacionarse con todos los comentaristas y conocer todas las notas
y comentarios que se han hecho a esa obra no solo en vida del autor
sino hasta el momento presenten. Es decir, que un maestro pude saber
de determinada obra más que el propio autor e incluso más
que cualquier experto en ella del mundo.
La memoria personal, llamémosla memoria cerebral, es imperfecta,
porque a veces es inexacta, casi siempre por culpa del observador,
generalmente por¬que alguna postura o ideología previa
deforman todo el recuerdo. También es cierto que muchas veces
evocamos un recuerdo en forma parcial o inexacta, tan solo porque
queremos verlo así. Es decir, recordamos algo tal y como queremos
recordarlo.
No ocurre así con la memoria de un vestido o de un objeto,
que esperfecta y clara, para quien sabe leerla.
Evidentemente, el cuerpo físico de una personalidad no puede
albergar ni el más mínimo recuerdo de una personalidad
pasada, pues todos sabemos que con la muerte se renuevan todos los
vehículos inferiores.
Sin embargo, el Ego estaba y está siempre en su plano, el cuerpo
causal, sin ningún tipo de mudanza y sirve como testigo y
muda presencia de todo cuanto está por debajo de él.
Esto quiere decir que todas las informaciones acerca de vidas pasadas
habrán de obtenerse en el plano, o cuerpo, causal. Ninguno
de los planos inferiores a él (plano físico, astral
y mental) pueden informarnos de nada.
Sin embargo, muy frecuentemente la comunicación entre el Ego
y la personalidad de un ser humano común no es fluida, sino
que está muy distorsionada y repleta de obstáculos.
Muchas veces solo se logran cuadros aislados, más o menos turbios,
escenas separadas de todo su transcurso en la vida. Al faltar el contexto
no se puede hilar una pintura coherente de esa vida que queremos investigar.
En definitiva, quien quiera leer las vidas pasadas de alguien, su
primera labor habrá de ser concentrarse en su propio cuerpo
causal y cobrar conciencia de él. Habitar en ese nivel de conciencia
y desarrollar las facultades que les son propias. Entonces podrá
focalizarse en el cuerpo causal de la persona a la que se quiere investigar.
Tenemos dos posibilidades para conocer las vidas pasadas de cualquier
persona: valernos de la memoria del Ego. O “psicometrizar” el cuerpo
causal de la persona en cuestión nosotros mismos para ver las
circunstancias por las que atravesó.
Verdaderamente, esto es muy difícil de explicar, casi imposible,
aun así, vamos a seguir los comentarios con los que Leadbeater
intenta aclarar este tema. En ambos casos, es preciso utilizar los
recursos del cuerpo causal.
El primer método, aunque nos remontamos al Ego de la persona
investigada, puede confundirnos, pues, a pesar de que se trate del
Ego, puede retener impresiones subjetivas o pueden subsistir prejuicios,
provenientes de alguna de las personalidades de sus vi¬das pasadas.
En el segundo método, a través del cuerpo causal propio
se psicometriza el cuerpo causal de la otra persona. Este método
es más eficaz, pero requiere un desarrollo personal elevado,
y consiste en remontarse al nivel de la conciencia búdica,
que anula todas las distancias y la separatividad entre nosotros y
los demás. Al elevarse a la conciencia búdica, la persona
a la cual queremos investigar se identifica como nosotros mismos y,
así, podemos ver y contemplar sus existencias como si fueran
las nuestras.
Naturalmente, identificar a los egos que aparecen en la sucesión
de una serie de vidas pasadas reviste dificultad hasta para los expertos.
Los egos, o personalidades, que pertenecen a personas comunes, curiosamente,
se pueden reconocer sin mucho esfuerzo pues permanecen durante vidas
y vidas sin progreso, o con un progreso tan lento que se puede seguir
perfectamente el desarrollo de esa personalidad.
Los Maestros cambian muy poco de vida en vida. Generalmente, ya hace
miles de años que consiguieron la integración de los
cuerpos, y la conciencia causal, por eso simplemente crecen en conciencia,
pero no hay cambios en sus vehículos inferiores, que toman
una forma semejante al cuerpo causal.
Igual que podemos acelerar o retardar la proyección de una
película, así mismo es posible acelerar o retardar el
paso de las vidas sucesivas hasta que podamos localizar la parte
que nos interesa y tenerla ante la vista, y esa parte podría,
simplemente, una escena.
La determinación exacta de las fe¬chas, o al menos su aproximación,
siem¬pre es difícil. Imagine el lector el cómputo
que hay que hacer cuando se trata de acontecimientos que sucedieron
veinte mil años antes de Cristo, o cua¬renta mil años
antes de Cristo. Estos cómputos son difíciles y exigen
mucha atención.
Por supuesto que los idiomas y lenguas que se emplean en estas exploraciones
del pasado son del todo incomprensibles para el investigador. Pero
esto da igual, pues el clarividente accede al pensamiento, que está
por debajo de las palabras.
Los prejuicios personales y las ideas preestablecidas pueden deformar
todas las investigaciones. No por parte del que ya es Adepto, naturalmente,
sino por parte de los que están por debajo. Swdenborg, por
ejemplo, estaba muy in¬fluido por el cristianismo y ciertas ideas
personales las encajaba en las visiones que percibía. Seguramente,
las formas mentales personales, engendradas años atrás,
aparecían también filtrando sus vi¬siones.
Otro peligro latente en la observación de las vidas pasadas
es tomar la parte por el todo. Por ejemplo, si alguien viese en el
continente de la Atlántida a una fraternidad de personas de
gran pureza de corazón, entregadas a ritos excelsos pensaríamos
que esa civilización habría sido la cima de la espiritualidad
antigua. Pero no fue exactamente así, a pesar de que también
hubiese fraternidades con aspiraciones sublimes. Por eso no se puede
hacer ninguna generalización hasta que no se ha explorado muy
a fondo el campo de investigación.
Generalmente, bastaría con ver el aura colectiva de esa civilización,
pues cada época, cada civilización y cada país
tienen su propia aura.
Pero ver esta aura no es fácil. Por eso muchos médium
y videntes primarios (todos no) cometen tantísimos errores
y generalizaciones indebidas. Muchos de ellos ni siquiera saben que
existe esa aura grupal dela que hemos hablado.
Lo mismo sucede con respecto a uno mismo. Cuando se alcanza lacontinuidad
de conciencia y la vida queda toda ella centralizada en el Ego, uno
mismo ac¬cede a la unidad de sus vidas y puede contemplar la totalidad
de ellas, incluidas sus vidas bajo cuerpos animales. Es posible,
entonces, realizar la experiencia de ver, en aquellos lejanos mundos,
a los humanos a través de esos ojos animales.
Verdaderamente, cuando uno llega a las alturas del cuerpo causal,
certifica que la reencarnación es un hecho comprobable. Es
entonces cuando este mecanismo de progreso, el único posible,
deja ya de ser un dogma para ser una verdad científica.
Juan
Ramón González Ortiz